El artista de la supervivencia

p-cuarenton-2aCuarentón (Joe Ollmannn). La Cúpula, 2016. Rústica. 196 págs. ByN. 17,50 €

Yo juego al rol. Sí, soy de esa gente. Y la pregunta a la que más veces me he enfrentado tras una partida, ya sea por parte de mi madre, mi novia o ente similar es: “¿Has ganado?”, a lo que yo debo responder que no, que en el rol no se gana, que es como la vida, puedes perder pero no ganar. Da igual que seamos investigadores de los años 20 enfrentándonos a los mitos de Cthulhu, vampiros postmodernos o saqueadores de tumbas en planetas olvidados del siglo XXV. Tú juegas hasta que tu muñeco la palma o hasta que te cansas, que es matar al personaje de inanición. Puedes evitar una vez más el fin del mundo, rescatar a los aldeanos o acabar con un complot de una megacorporación, pero después viene otra aventura, y luego otra. No, no ganas, es imposible ganar porque una partida de rol, mientras quieran el máster y los jugadores, es infinita.

Es como la vida, salvo que en la vida no te puedes aburrir de ser un panadero en la Sevilla de la actualidad y pasar a ser un policía en la Barcelona de finales del siglo XIX, te aguantas y sigues jugando. Así que, como habré dicho aquí millones de veces, el realismo tiene esa carga del cierre imposible, de las pequeñas, o grandes cosas, que son vencidas más veces por el tiempo que por la inteligencia humana, el amor o la maldad. Por eso, obras como Cuarentón de Joe Ollmann presentan ante nosotros esos tapices donde la belleza, no necesariamente una belleza estética, se alcanza por la suma de las pequeñas cosas que dan un resultado mucho mayor que que el conjunto mismo de los elementos. Cuarentón es un cómic que habla de la vida, y no necesariamente de la vida como gloria épica, sino de la vida como algo que pasa aunque nosotros mismos no queramos.

En base a lo expuesto, hay que tener en cuenta que Cuarentón no es un cómic bibliográfico en el sentido más clásico del término. Por fortuna, Joe Ollmann sabe que toda autobiografía termina convirtiéndose en mentira, queramos o no terminamos minimizando y exagerando pasajes de la vida para que el propio relato se nos haga menos doloroso a nosotros mismos. Si nadie conoce nuestras mayores miserias no es necesario airearlas a los cuatro vientos. Pero este ejercicio por parte del autor es más inteligente de lo que pudiera parecer. Pues al comunicar que la obra pivota entre la crónica y la fantasía, puede colocar sin miedo los pasajes más desahogados de su existencia sin el miedo al escarnio público, pues el lector sin duda puede pensar que los momentos más vergonzantes y deprimentes son invenciones del autor para añadir interés a su lectura. Yo, como hombre, sé que no es el caso, que la invención posiblemente llegue por otros derroteros, usando la excusa de la no-ficción como escudo para que Joe Ollmann pueda desnudar literalmente su alma con el lector.

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Así que la lectura de Cuarentón se parece enormemente a la liturgia de la confesión, ejerciendo el lector de vicario de Dios ante un arrepentido que se desahoga con dibujos y letras, no buscando la absolución, sino la comprensión por parte del otro. Se podría resumir en un “tío, ¿ves mis cagadas?, a mi me parecen despreciables, pero seguro que tú tampoco estás mucho mejor”. Mal de muchos. Así que la vida familiar y profesional, metafísica, de Joe Ollmann y su alterego protagonista de Cuarentón, funcionan como un fresco humanista donde la vergüenza y el error son los grandes puntos de anclaje que nos igualan a todos. Porque todos nos equivocamos, y si no podemos siquiera reírnos de la mierda que nos pasa nada tiene sentido, porque al final no vamos a ganar.

Sobre el estilo artístico de Joe Ollmann en Cuarentón poco se puede decir más allá de que sabe perfectamente que historia contarla y como desarrollarla. Un dibujo directo al servicio de la trama, como la propia estructura de la página, funcionando con una cuadrícula de nueve viñetas de cemento, sin ningún miedo al abuso de la letra y la palabra. Porque aunque Joe Ollmann sepa narrar perfectamente a través del dibujo, buena parte de las equivocaciones y el humor que gobiernan Cuarentón se consiguen a través de lo que los personajes, principalmente el protagonista, dicen. Problemas que se hubieran solucionado al no enviar un email o elegir otras palabras para explicar una idea. ¿Pero quién puede culpar a Joe Ollmann? Quién no se sienta identificado en sus desgracias es alguien que se niega a conocerse a si mismo, algo que Joe Ollmann se ha atrevido a hacer y encima contándonoslo en un cómic.

@bartofg
@lectorbicefalo

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