Vida, esperanza e imposibilidad

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Sesión de tarde (Jonathan Lara y Stephen Hausdorff). La Cúpula, 2016. Rústica. 148 págs. Bitono. 14 €

Que la vida no tiene puntos de giro es bien conocidos por todos. La llegada del segundo punto de giro, es decir, el comienzo del tercer acto, es un momento curioso para mí, por deformación profesional no tardo en descubrirlos. Así que si la obra que estoy consumiendo no me gusta me alegro porque me acerco al final, si por contra la estoy disfrutando me espanto porque mi gozo presenta fecha de caducidad próxima. Algo que en la vida no me pasa nunca porque nada comienza y termina, la vida, al igual que las frases orales, está compuesta por interrupciones, desviaciones del tema y, sobre todo, improvisaciones. Es complicado, y hasta cierto punto una pérdida de tiempo, tratar de organizar nuestras vidas, especialmente si hablamos de planos personales y emocionales.

Pero claro, ante todo como consumidores de obras narrativas exigimos esa clausura que todo equilibra y cierra. Pero tras el final pasan más cosas, cosas que pocos autores se atreven a explorar. Así que es de agradecer propuestas como Sesión de tarde de Stephen Hausdorff y Jonathan Lara, intento que van más allá del sílice of life porque su trama en sí huye del cierre obvio y natural (es decir, ficticio) para representar verdaderamente la importancia de la vida como suma de momentos desordenados y azarosos que sólo adquieren una lógica con una observación posterior. Isaías, el protagonista de Sesión de tarde, vive una situación personal que lo convierte en carne de cañón para cualquier drama sensiblero: criado por una abuela con la que lleva una década sin hablarse, con una madre muerta y un padre ausente. Pero por fortuna para los lectores, el guión de Jonathan Lara se vale de los momentos puntuales para plasmar resoluciones puntuales, tratando la belleza del humanismo en los pequeños detalles que nadie cuenta.

Isaías se pasea por la Galicia rural de principios de los años ochenta del pasado siglo conduciendo una furgoneta y realizando proyecciones cinematográficas. Como buen estratega, Jonathan Lara encapsula su trama en capítulos, centrando cada uno en una vivencia de Isaías y relacionándolo con una de esas películas proyectadas al aire libre o en casas de la cultura que a día de hoy aún pueblan las pequeñas localidades de España. La trama general existe, es decir, poco a poco vamos conociendo que ha llevado a Isaías a su situación actual y que posibilidades tiene de avanzar. Pero que nadie espere una resolución final en la que el protagonista encuentra la felicidad y consigue a su anhelada familia. El guión de Sesión de tarde es demasiado bueno para ello, y ya desde los primeros compases de la obra queda claro que la resolución total es imposible, sólo podemos ser testigos de la capacidad de Isaías para adaptarse, comprender y perdonar, pero nada más allá de eso. Hay oportunidades que desaparecen en algún momento, tanto en la vida como en el pasado de los personajes de Sesión de tarde.

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Por su parte, el dibujo de Stephen Hausdorff se adapta a la ternura implícita en una historia tan dramática, casi pesimista. Un trazo que recuerda a autores como Craig Thompson o Bryan Lee O’Malley. Un trazo donde la caricatura juega con el drama, consiguiendo que tramas de una dureza que podría llegar a ser pornográfica en otras manos se convierta en costumbrismo mediante la pluma de Jonathan Lara y los lápices de Stephen Hausdorff. De este modo lo que sería un melodrama sensiblero sobre el cambio y el perdón imposible, tanto para Isaías como su contexto histórico, termina siendo una pieza de realismo humanista y cercano, con la misma capacidad para llenar de optimismo la desazón que el neorrealismo italiano, por mantener las referencias fílmicas. Sí algo se pudiera achacar a Sesión de tarde es que mientras esos primeros años ochenta del pasado siglo están más que bien resueltos, no pasa lo mismo con los años de infancia de Isaías, donde quizás se hacia necesaria una mayor representación de esa España franquista de los años sesenta y setenta.

No hace mucho escribía aquí mismo sobre el cómic Daytripper de Fábio Moon y Gabriel Bá, el cual se construye como la antítesis formal de Sesión de tarde. Pues mientras que la apuesta brasileña parte de esos momentos definitorios dentro de una vida excelsa más grande que la propia vida, tratando de comprender y cerrar en una única línea lo que es la existencia humana; la propuesta española obvia cualquier posibilidad de entender la vida como constructo y se limita a observar y buscar la poesía inherente a los detalles. Ambas opciones son aceptables, pero creo que mientras hay cierta épica importada en querer contarlo todo, la belleza se esconde en la aceptación de que no podemos entender nada.

@bartofg
@lectorbicefalo

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