Mundos diferentes integrados

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Stuck Rubber Baby. Mundos diferentes (Howard Cruse). Astiberri, 2016. Cartoné, 232 págs. B/N, 20€

El primer trabajo largo de Howard Cruse es un clásico del cómic contemporáneo, a pesar de que el autor estadounidense ya se había fogueado previamente en publicaciones de carácter underground, constituyendo un hito dentro de la narración gráfica. Para abordar el relato Cruse apuesta por una paginación barroca y recargado, detallista en exceso, y abigarrado por los cuatro costados. Pero no se trata de aspectos negativos sino todo lo contrario. Esta narración necesita de esos aspectos para poder ser ensamblada en su complejidad. El detallismo, casi puntillista, es un punto a favor, los hechos deben de ser explicados en toda su amplitud y reconocidos como tales para poder avanzar en una historia que necesita contar las cosas tal y como fueron.

Esa fidelidad podría implicar que estamos hablando de un biopic en el cual el autor pone de relieve los momentos más relevantes de su vida, y eso tan solo sucede en parte. Este libro es solo en parte una autobiografía y tan solo una parte representación de hechos sucedidos en el pasado, existen algunos que son inevitables, pero la intención de Cruse más que escribir sobre un fragmento de la historia de Estados Unidos es crear un simulacro de la misma en la que muchas pequeñas verdades ficcionadas crean un relato panorámico de la Norteamérica que lucha por los derechos de los afroamericanos contra un statu quo de aquellos que prefieren mantener la segregación utilizando todos los medios posibles, desde la violencia institucional a la de aquellos de grupúsculos que optan por agredir por cuenta propia a aquellos que no piensan como ellos.

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La historia de Toland es un reflejo de una sociedad cambiante pero que no acaba de darse cuenta que el primero que tiene que cambiar es el. El protagonista es un chico blanco gay que se niega a reconocerlo que participa activamente en todos los actos pro derechos civiles de la comunidad afroamericana  de su población. Si bien la actitud política de este no es del todo firme, está dentro de esos grupos más por estar rodeado de amigos y su pareja que por propia convicción, sí que está en contra de cualquier tipo de segregación. Sin embargo, la principal lucha de Toland es consigo mismo por el autorreconocimiento de su propia sexualidad. El principal planteamiento de este es evitar ser gay como si fuera algo que se puede disimular y ocultar cuando todo el mundo sabe cuál es tu orientación sexual. Solo cuando comprende que la lucha solo se puede afrontar desde la autoconciencia solo así se puede luchar contra el stablishment.

Stuck Rubber Baby es un trabajo en el que la realidad es meta, se muestra a modo de acomodamiento narrativo en el que los lectores podemos encontrar ciertos topos de la cultura América que hacen reconocible el espacio del relato. La ciudad, los personajes y algunas situaciones son ficciones puras y duras pero representan situaciones del pasado en un contexto ubicado durante el mandato de Kennedy pero no identificado con fechas concretas. Howard Cruse monta uno de los discursos más eficaces de la lucha por la igualdad social entre seres humanos de cualquier género, orientación, procedencia, raza, cultura, etc. a través de poner en duda los valores de la hegemonía dominante, planteando un discurso construido en base a un código opuesto sobre la sociedad de los años sesenta, y porque no de la contemporánea. Esta obra de Cruse es básicamente imprescindible, intensa, emocionante y con un regusto a un tipo de cómic que funciona a todos los niveles.

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Amor pero de otra manera

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Infierno embotellado (Suehiro Maruo). ECC, 2016. Rústica, 192 págs. B/N, 13,95€

Suehiro Maruo es una de las claves para entender el manga, o más bien un tipo de manga: el ero-guro. Ese género que está a medio camino entre lo grotesco y lo poético que surge como representación de los más bajos instintos humanos pero en su vertiente más estética. Maruo es un viejo conocido del público español, el que abrió la publicación de este tipo de títulos, luego vendrían otros autores como Shintaro AKgo, mucho más experimental y dialogante con la forma del relato; o Junji Ito, menos espectacular en la forma pero mucho más formal en cuanto a las pautas narrativas del terror más clásico.

En Infierno embotellado seguimos algunas pautas discursivas que ya aparecen en otras obras del autor y que orbitan, principalmente alrededor de la familia o la cercanía entre personajes. En gran parte el encanto que Maruo desprende a la hora de narrar se basa en su capacidad de transformar las relaciones entre personas, pervertirlas, reconvertirlas en algo que nunca debió ser. Entre los matices que aplica el autor japonés no están aquellas dependencias corporales entre personas, también podemos encontrar aquellas que fluctúan hacia la subordinación intelectual y la más peligrosa es el amor. Este es mostrado de manera exacerbada con una pasión enfermiza que hace que los protagonistas sean capaces de traspasar los límites personales de cada uno.

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Podríamos decir que los cuatro relatos que componen este volumen están presididos por el amor: fraternal que se convierte en carnal, hacia el propio estatus personal, hacia la humanidad y el familiar que se convierte en una fuente de dependencia y autojustificación de las propias acciones. En el relato que le da título al volumen, basado en una obra de Yumeno Kyusaku, se narra la historia de dos hermanos que conviven juntos en una isla desierta tras haber naufragado cuando eran pequeños. Estos fueron lanzando botellas explicando su situación, concretamente tres, en cada una de ellas, sobre todo en las dos primeras, se explica cómo estos se han ido convirtiendo esclavos de una pasión que no saben definir como tal. Convertirse en adultos también les ha hecho cambiar su cuerpo, no solo con las transformaciones de la pubertad sino convirtiéndolos en una especie de demonios. “La tentación de San Antonio” es un tanto diferente, en esta ocasión el santo sale con su talante solidario a la calle para ser maltratado por el prójimo a pesar de su insistencia en la bondad de los humanos.”Kogane-Mochi” es sobre un masajista ciego que siente tanto miedo por lo que le rodea como amor por sus ahorros, la desconfianza que le transmiten sus vecinos hace que se coma el dinero antes de que otros se queden con este. Aunque el relato más Maruo de todos es “Pobre hermanita” en el que una chica cuida de su hermano pequeño, el cual tiene una deficiencia intelectual, tras un intento del padre para venderlo a un Freak Show. Ella se prostituirá para mantener al niño alejado de todo mal.

En Infierno embotellado Maruo nos muestra que en su arte no está el mostrar la brutalidad ni imágenes que puedan dañar nuestras retinas sino sembrar en nuestra alma un sentimiento descorazonador hacia el resto de la humanidad. En eso el autor nipón es mucho más fino que algunos de sus contemporáneos de género, no se deja llevar por esa suerte de impulso de querer impresionarnos desde el primer momento, sabe que para eso hay sembrar, dejar que la incertidumbre hacia el texto crezca en el lector hasta el punto que estas atrapado y no puedes dejar de leer, de rastrear las páginas buscando el detalle. En ocasiones así nos permitimos ser morbosos, aun sabiendo que ninguno de los personajes acabará a salvo. Eso es Maruo, léanlo.

@Mr_Miquelpg

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Spain is Pain #277: l’avant-garde, mon ami, l’avant-garde

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Hoodo Voodo (VVAA) Fosfatina, 2016. Rústica, 192 págs. Color, 30€

Las vanguardias artísticas son de por si elitistas ya sea  por cuestiones de acceso a la obra, de lo circunscrita que esta sea un circulo creativo u otro, incluso en ocasiones por el conocimiento que el espectador tenga de la obra del autor en cuestión. En todos los casos supone una ruptura con las formas más tradicional de cualquier arte, la ruptura implica un compromiso tanto por parte del autor, al cual se le “pide” que explique su obra tal como este entienda que tiene que hacerlo y a una audiencia que se involucre con la obra, no solo a un nivel de investigación, anterior o posterior, sino de dar su punto de vista aportar desde su background cultural que le permita asumir dicha ruptura, en cierta forma cerrarla. Y es que en las vanguardias la necesidad de entender una obra no tiene por qué ser precisamente obligatorio encontrarle un sentido. En gran medida porque este se abona cada vez más a implementar una distancia más larga entre forma y fondo, y a pesar de ello la mente humana se ve abocada de manera compulsiva a crear una narrativa a todo aquello que observamos o se plantea a nuestro alrededor.

En el ámbito del cómic la experimentación sobre la forma del relato es inherente al medio desde sus inicios. Las viñetas como forma de expresión estaban abonadas a rehacer cualquier hallazgo previo para llegar a una forma consensuada de estructuración y de pautas lingüísticas. Una vez establecido lo que el noveno arte va a ser, la experimentación, entiéndase como vanguardia, consiste en pervertir, transformar, rehacer todo aquello planteado como canon, o importar/exportar de/a otros artes para encontrar confluencias discursivas en las que ambas formas textuales se enfrentan

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En el caso de Hoodo Voodo se nos plantean otras cuestiones, pero la principal consistiría en definir que es el cómic de vanguardia. De hecho todo el volumen procura trazar una definición de esta tendencia del noveno arte. Sin embargo, gran parte de los integrantes de esta generación son autores que no se caracterizan por haber sido lectores asiduos de cómics o como mínimo alejados de los tebeos mainstream. Muchos vienen de los estudios de Bellas artes o de disciplinas, como la arquitectura, que en apariencia parecen alejadas de todo rasgo comiquero. Es decir, las nuevas direcciones que debe tomar el cómic  como tal viene dado en esencia por personas que tratan de buscar confluencias, encontrar a través de su experiencia personal, intelectual y cultural una definición propia del noveno arte, y que en la mayoría de ocasiones va  a partir desde fuera de este. A estas alturas aunque pueda ser considerado como algo estéril, podemos plantear otra duda ¿la vanguardia debe ser considerada como tal cuando es generada por autores del propio medio o cuando lo es por artistas ajenos a este?

Las editoriales como Fosfatina nos ayudan a resolver en parte esta pregunta, la publicación seriada de este cómic plantea otra escena muy diferente a la que estamos acostumbrados. Como esencia, y quizás como buque insignia, de su línea editorial Hoodo Voodo se erige como un ejemplo de las diferentes vertientes de ese nuevo cómic, inquietante e intrigante, que nos proporciona la oportunidad de hacer una panorámica global no solo a modo de catálogo de autores, sino también de formas de aproximación a todas las formas de interacción viñeta. Podemos encontrar historietas anarrativas en las que se realiza un acercamiento puramente estético pero en las cuales podemos encontrar evoluciones en ese apartado, pseudonarrativas, en las que una trama mínima busca da pie a la investigación sobre el personaje, puntos narrativos cero, otras en las que la forma es la clave para acceder al texto, etc. Aquí cabe todo, pero no cualquier cosa; los autores que participan en este volumen colectivo son: Roberto Massó, Andrés Magán, María Ramos, Nacho García, Begoña García-Alén, José JaJaJa, Alexis Nolla, Julia Huete, Los Bravú, Santi Z., Cynthia Alfonso, Óscar Raña, Conxita Herrero, Martín López Lam, Alejandro Gaudino, Ana Galvañ, Irkus M. Zeberio, Sergi Puyol, Roberta Vázquez, Cristina Daura y Luis Yang. Sin duda los más representativo y a tener en cuenta en este momento.

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En resumen, Hoodo Voodo es la mejor oportunidad para conocer el nuevo cómic nacional, un trabajo editorial impecable acompañado de dos imprescindibles introducciones de Octavio Beares y Gerardo Vilches que ponen el punto de partida necesario para poder abordar un volumen con la actitud necesaria para ser lo pretendido en un inicio. Esté título hace gala de ser una introducción a esta forma de entender las viñetas, pero que en ningún momento lo hace fácil. Está pensado para aquellos lectores más valientes, los que quieren que las páginas le den algo más que un texto ordenado cronológicamente, los que son capaces de deshacerse de las estructuras mentales de los tres actos y generar nuevas dinámicas de acción entorno a la estructura de la página. Es, en definitiva, uno de los títulos más imprescindibles de lo estos años y de los próximos, un punto de partida que nos permitirá con el tiempo evaluar el estado de nuestras viñetas. Imprescindible.

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Paseando con Samuel (Tommi Musturi). Aristas Martínez, 2016. Cartoné, 160 págs. Color, 22€

Simplemente Samuel (Tommi Musturi) Aristas Martínez, 2016. Cartoné,  160 págs. Color, 22€

Tommi Musturi a través de Samuel, un personaje creado exprofeso para desarrollar uno escenarios oníricos, construye un paradigma crítico sobre el concepto de evolución y civilización, sobre todo en su primer volumen: Paseando con Samuel. Si bien este título es un punto de partida para investigar sobre ciertos aspectos sobre como un personaje debe ser creado para un fin concreto en un espacio de acción determinado, el segundo volumen sugiere otro tipo de reflexión que tiene que ver mucho más con la mutación de los personajes en función de sus rasgos pop(ulares) y la conjunción con otros personajes famosos de la cultura pop contemporánea.

Musturi es un autor en apariencia sencillo que parece quedarse en el plano visual para mostrar una narración basada en el alarde visual, y quizás ese pequeño disfraz que aporta al relato lo hace más digerible captando a aquellos incautos y reconduciéndolos hacia la reflexión interior que el autor finlandés nos ofrece. El paseo en el cual nos convertimos en acompañantes no es de carácter descriptivo sino cognitivo. Se nos da la oportunidad de retar a nuestra mente reubicar nuestro lugares comunes y reubicarlos a través de las diferentes propuestas espaciales  que Musturi reimagina no sin cierto encanto del kawaii japonés, aunque sin la saturación que caracteriza al mismo. Convierte en encantador y adorable cualquier aspecto de lo humano desde el más despreciable a las virtudes. Pero Samuel no es un personaje ejemplar, es un observador, por lo que parece le encanta reflexionar, fluye por los espacios y entra en acción solo para experimentar pero no para involucrarse, eso nos lo deja a los lectores, la distancia entre los espacios y el personaje la debemos aportar nosotros.

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Dichas pautas discursivas se ponen de manifiesto a través de las primeras páginas de Paseando con Samuel donde podemos ver como un nuevo mundo se crea y Samuel surge de la nada explorando ese mundo primigenio que a las pocas páginas empieza a complicarse en una sociedad hiperpoblada y en el que la soledad es imposible. Musturi propone la soledad como una salida, un viaje sinestésico, algo que ya habíamos podido comprobar en la magnífica Sr. Esperanza. Esta reflexión sobre lo que implica la civilización pasa por la creación y posterior quema de ídolos, la producción en cadena de personalidades grises y anónimas autocanibalismo.

Sin embargo, Simplemente Samuel es una suerte de continuación pero apunta hacia otra dirección. En este caso la reflexión apunta hacia el desarrollo de un personaje muy icónico y mutarlo/confrontarlo a la experiencia cultural de los lectores. En este título nos vamos a encontrar historias más cortas que en el anterior, pero que no están estructurados como gags. El personaje en cuestión aparece en una situación que más o menos se resuelve o simplemente se deja a abierta, como un relato al cual se recorta el final para sembrar la incertidumbre en el lector. En ocasiones nos encontramos que Samuel encarna diferentes roles, desde vampiro a motero pasando por luchador; sin olvidarnos de las páginas que el autor dedica a transformar al protagonista en personajes como Charles Chaplin, Rambo, He-Man o el capitán Haddock entre otros.

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Si bien el segundo volumen es más estético también es más placentero, pero no hay que dejarse engañar, Samuel no es un personaje casual para echar el rato. La sencillez de su diseño lo convierte en un lienzo en blanco que es capaz de reflejar la perplejidad ante la cual nos encontramos a la hora de ponernos ante estos dos títulos. Sobre todo por la impresión de serenidad-hieratismo que aporta el protagonista. En ambos casos el trabajo de Musturi apunta hacia un viaje lisérgico por mundos de difícil concepción en el que en ocasiones el cuerpo humano constituye para Samuel un espacio por el cual transitar en busca de algo que nunca sabemos que es lo que es. Tampoco parece cargado de prejuicios, ni valores morales, ni tan siquiera esta agobiado por cuestiones sobre sus orígenes y el fin con el que ha nacido. Eso lo ponemos nosotros, con todo eso leemos estas obras que tan solo buscan maravillarnos en el aspecto visual y nos animan a poner una lectura a nivel narrativo.

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Scalped – Libro dos (Jason Aaron, R. M Guéra, Davide Furnò y John Paul Leon)

scalped_libro_dosScalped: Libro dos (Jason Aaron, R. M. Guéra, Davide Furò y John Paul Leon). ECC, 2016. Cartoné. 320 págs. Color. 30,50 €

Todos somos unos hijos de puta, o al menos tenemos el potencial de serlo. El otro día hablaba con una amiga norteamericana sobre el calado de las barbaridades que cada uno de nuestros ancestros (más bien los suyos, los míos no abandonaron Europa) llevaron a cabo al otro lado del Atlántico. Desde la más intensa curiosidad hacía por entender que piensa un norteamericano, alguien cuya nación se basa en el domino de la tierra de otros que más que conquistados han sido diezmados hasta el límite de la extinción. Mi amiga me intentó hacer saber ese sentimiento de pertenencia a una tierra que otros la han convertido en ajena mientras sobreviven en tierras baldías que técnicamente son tercermundistas.

Idea que se ve reforzada por el segundo volumen de la serie Scalped de Jason Aaron y R. M. Guéra, contando este último con el apoyo en los lápices de Davide Furnò y John Paul Leon. Pues si el primer tomo de Scalped era un denso trago de rabia, el segundo se vuelve aún más negro y añade un matiz de amargura que difícilmente puede no derivar en la nausea. Jason Aaron parece decidido a demostrar que los infiernos pueblan la tierra y que las reservas indias pueden ser uno, quizás al ser una mezcla de pudrideros y sueños rotos de una nación otrora fuerte y orgullosa. Esto es así hasta tal punto que incluso por momentos todo lo noir desaparece de la colección para mostrar un drama desnudo y gris. Es innegable que los grandes estilemas del género siguen presentes, pero poco importan las investigaciones policiales o los agentes encubiertos ante un cadáver que algún día fue bello y que ahora se pudre al sol, algo que aunque sea beneficiario del milagro de la resurrección jamás volverá a tener ni su fuerza ni su presencia.

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Especial interés encontramos en los capítulos donde Dash Caballo Terco, hay que tener valor para hacer con su protagonista lo que hace Jason Aaron, cede su puesto a Lincoln Cuervo Rojo, ese jefe indio-criminal a tiempo completo. Porque si hay algo peligroso es humanizar al villano, algo que hace a la perfección Jason Aaron en Scalped, momento en el que sabes que no hay vuelta atrás, que todos tienen sus razones y están destinados al fracaso más absoluto. El guión adquiere tal fuera que hasta el dibujo feista de R. M. Guéra se ve fortalecido, consiguiendo que su línea irregular y sus negros densos den más verosimilitud a la reserva india de Prairie Rose, un lugar donde bajo ningún concepto querías vivir y donde el único indio libre es el indio muerto.

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Las mujeres y yo (según Matsumoto)

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La chica de los cigarrillos (Masahiko Matsumoto). Gallo Nero, 2016. Rústica, 272 págs. B/N, 21€.

Entender el Japón de la posguerra es algo complejo. Hay que pensar en un país que sufre dos reestructuraciones sociales radicales y forzadas en menos de un siglo: la del periodo Meiji y una posguerra en la que el gobierno americano impone una nueva constitución y unas nuevas formas sociales, políticas y económicas. El arte del momento, sobre todo el popular, no dudó en representar aquel cambio brusco con el que, entre otras cosas, llego la igualdad de la mujer en el sistema social japonés. Entre estas nos encontramos la obra cinematográfica de Yasujirô Ozu con películas como Cuentos de Tokyo (1953) o Buenos días (1959); díptico en el cual se observa el cambio de valores y prioridades entre diferentes generaciones, o el caso del más desconocido por estos lares Mikio Naruse en el que focaliza la atención, en algunos de sus filmes, sobre la mujer y habla de La voz de la montaña (1954) en la que el aborto aparece como uno de los temas transversales.

Si bien las películas citadas nos permiten aproximarnos a ese nuevo Japón que se arrastra hacia una nueva definición de su sociedad es mejor avanzar unos años para entender las nuevas formas de los japoneses y de la construcción que hemos percibido desde occidente. Un título clave es el relato corto Las algas americanas (1967) de Akiyuki Nosaka, en el que un joven matrimonio nipón recibe a un viejo matrimonio americano. Los primeros se desharán en atenderlos, mientras los segundos pasan completamente de ellos, por el camino subyace, a pesar de “los años de paz”, el odio hacia los americanos.

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En este camino de la evolución social del país del sol naciente podemos incluir La chica de los cigarrillos de Masahiko Matsumoto  publicada en la década de los setenta. En este título, que recopila algunas historias cortas de este autor, no encontramos con un trabajo completamente apartado de sus inicios, tanto en lo temático como en lo estético, influenciado en un primer momento por Osamu Tezuka. Aquí el autor se centra en la relación entre individuos, principalmente en la relación hombre mujer, en el que esta última aparece completamente emancipada y por lo general víctima de sus propias circunstancias y no de las impuestas en una sociedad heterocéntrica. Destaca desde un primer momento un desarrollo de las tramas trágico-cómico en el que el dibujo juega un papel importante, quizás más con un toque caricaturesco que apunta a la desdramatización de todos los problemas de los personajes.

Centrándonos en la cuestión de género vemos que el esclavo de la situación es el hombre, él depende más de casarse o tener una relación estable con una mujer que a la inversa. El nuevo sistema de valores revela la incapacidad del hombre a adaptarse a las nuevas condiciones. La emancipación femenina aparece retratada principalmente en la cuestión laboral, gran parte de las mujeres que aparecen en este manga son independientes y en el sentimental, son ellas las que deciden el tono de las relaciones. Paradigmático me parece el caso de “Señorita felicidad” un relato en 7 partes en el que una mujer joven se independiza económicamente a través de la vente de preservativos, procura la felicidad de terceras personas sin procurar la suya, algo muy vinculado a los estereotipos de la cultura japonesa, siendo  así la manera en que llega a obtenerla. Todo ello se desarrolla en ambientes laborales, casa de clase media-baja en un país que mientras se reconfigura deja atrás todo su pasado.

La chica de los cigarrillos es sin ningún tipo de dudas el mejor manga publicado en muchos años en este país. Es delicioso, brillante y sincero como pocos, y sin pretenderlo, o si, muestra la realidad de ese Japón que ha quedado medio olvidado y que se encuentra entre la posguerra y la imagen de eficiencia tecnológica que conocemos hoy día. Leer a Matsumoto cuatro décadas después resulta fresco y alentador, tanto en lo narrativo por la agilidad a la hora de crear unos personajes de trazo simple pero carismáticos, como en lo personal, ya que uno se encuentra en situaciones personales similares a las narradas. Si tenéis que leer un manga este año que sea este, sin ningún tipo de duda.

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Vida, esperanza e imposibilidad

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Sesión de tarde (Jonathan Lara y Stephen Hausdorff). La Cúpula, 2016. Rústica. 148 págs. Bitono. 14 €

Que la vida no tiene puntos de giro es bien conocidos por todos. La llegada del segundo punto de giro, es decir, el comienzo del tercer acto, es un momento curioso para mí, por deformación profesional no tardo en descubrirlos. Así que si la obra que estoy consumiendo no me gusta me alegro porque me acerco al final, si por contra la estoy disfrutando me espanto porque mi gozo presenta fecha de caducidad próxima. Algo que en la vida no me pasa nunca porque nada comienza y termina, la vida, al igual que las frases orales, está compuesta por interrupciones, desviaciones del tema y, sobre todo, improvisaciones. Es complicado, y hasta cierto punto una pérdida de tiempo, tratar de organizar nuestras vidas, especialmente si hablamos de planos personales y emocionales.

Pero claro, ante todo como consumidores de obras narrativas exigimos esa clausura que todo equilibra y cierra. Pero tras el final pasan más cosas, cosas que pocos autores se atreven a explorar. Así que es de agradecer propuestas como Sesión de tarde de Stephen Hausdorff y Jonathan Lara, intento que van más allá del sílice of life porque su trama en sí huye del cierre obvio y natural (es decir, ficticio) para representar verdaderamente la importancia de la vida como suma de momentos desordenados y azarosos que sólo adquieren una lógica con una observación posterior. Isaías, el protagonista de Sesión de tarde, vive una situación personal que lo convierte en carne de cañón para cualquier drama sensiblero: criado por una abuela con la que lleva una década sin hablarse, con una madre muerta y un padre ausente. Pero por fortuna para los lectores, el guión de Jonathan Lara se vale de los momentos puntuales para plasmar resoluciones puntuales, tratando la belleza del humanismo en los pequeños detalles que nadie cuenta.

Isaías se pasea por la Galicia rural de principios de los años ochenta del pasado siglo conduciendo una furgoneta y realizando proyecciones cinematográficas. Como buen estratega, Jonathan Lara encapsula su trama en capítulos, centrando cada uno en una vivencia de Isaías y relacionándolo con una de esas películas proyectadas al aire libre o en casas de la cultura que a día de hoy aún pueblan las pequeñas localidades de España. La trama general existe, es decir, poco a poco vamos conociendo que ha llevado a Isaías a su situación actual y que posibilidades tiene de avanzar. Pero que nadie espere una resolución final en la que el protagonista encuentra la felicidad y consigue a su anhelada familia. El guión de Sesión de tarde es demasiado bueno para ello, y ya desde los primeros compases de la obra queda claro que la resolución total es imposible, sólo podemos ser testigos de la capacidad de Isaías para adaptarse, comprender y perdonar, pero nada más allá de eso. Hay oportunidades que desaparecen en algún momento, tanto en la vida como en el pasado de los personajes de Sesión de tarde.

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Por su parte, el dibujo de Stephen Hausdorff se adapta a la ternura implícita en una historia tan dramática, casi pesimista. Un trazo que recuerda a autores como Craig Thompson o Bryan Lee O’Malley. Un trazo donde la caricatura juega con el drama, consiguiendo que tramas de una dureza que podría llegar a ser pornográfica en otras manos se convierta en costumbrismo mediante la pluma de Jonathan Lara y los lápices de Stephen Hausdorff. De este modo lo que sería un melodrama sensiblero sobre el cambio y el perdón imposible, tanto para Isaías como su contexto histórico, termina siendo una pieza de realismo humanista y cercano, con la misma capacidad para llenar de optimismo la desazón que el neorrealismo italiano, por mantener las referencias fílmicas. Sí algo se pudiera achacar a Sesión de tarde es que mientras esos primeros años ochenta del pasado siglo están más que bien resueltos, no pasa lo mismo con los años de infancia de Isaías, donde quizás se hacia necesaria una mayor representación de esa España franquista de los años sesenta y setenta.

No hace mucho escribía aquí mismo sobre el cómic Daytripper de Fábio Moon y Gabriel Bá, el cual se construye como la antítesis formal de Sesión de tarde. Pues mientras que la apuesta brasileña parte de esos momentos definitorios dentro de una vida excelsa más grande que la propia vida, tratando de comprender y cerrar en una única línea lo que es la existencia humana; la propuesta española obvia cualquier posibilidad de entender la vida como constructo y se limita a observar y buscar la poesía inherente a los detalles. Ambas opciones son aceptables, pero creo que mientras hay cierta épica importada en querer contarlo todo, la belleza se esconde en la aceptación de que no podemos entender nada.

@bartofg
@lectorbicefalo