Los pétalos y las espinas

zr-condesa-pocketLa condesa sangrienta (Alejandra Pizarnik y Santiago Caruso). Libros del zorro rojo, 2012. Rústica. 60 págs. Color. 10,90 €

Leo mucho, casi tanto como olvido, y aunque puedo olvidar argumentos, pasajes, nombres o lugares, es complicado que olvide las sensaciones que me dejan una lectura. Si olvido dichas sensaciones supongo que no pasa nada por olvidar la lectura en sí, es lógico, hay cosas, experiencias que pasan sin más, quitahambres, quitaburrimientos sin más. Pero eso no me pasó con Fin de poema de Juan Tallón, esa obra de falsa no-ficción donde el autor gallego recorre las últimas horas de cuatro autores que vencidos por la marea dejan de nadar, abren la boca, sin violencia, sin aspavientos, y se hunden en la noche, la oscuridad, el agua negra o cualquier otro elemento que nos sirva para nombrar a la muerte sin nombrarla, para dar algo de poesía a ese momento. Por fortuna, las páginas de Tallón están tan llenas de poesía como carentes de épica, lo que las convierte en un compendio de humanismo donde la tristeza se bate con con la belleza.

En las páginas de Fin de poema asistimos a los últimos momentos de Cesare Pavese, Alejandra Pizarnik, Anne Sexton y Gabriel Ferrater. Hasta hace poco sólo había caído víctima de la poesía del italiano Cesare Pavese, caído vencido y derrotado de buen grado. Pero no ha sido hasta hace poco que he ido más allá tras leer La condesa sangrienta de Alejandra Pizarnik, supongo que Anne Sexto y Gabriel Ferrater se cruzarán también en mi destino en algún momento futuro. Pero hoy hablamos de Alejandra Pizarnik, con una cuidada edición ilustrada por su compatriota argentino Santiago Caruso. Es curioso porque La condesa sangrienta no es una obra sencilla de clasificar, marcándose a medio camino entre la crítica literaria y la poesía en prosa, definición que se complica con la adquisición del trabajo de Santiago Caruso, convirtiendo el libro en un artefacto aún más complejo, pues el texto de Alejandra Pizarnik se funde hasta los huesos con las ilustraciones hasta quedar todo combinado en una obra única y homogénea.

Aunque La condesa sangrienta comenzó como una reseña literaria de una obra de Valentina Penrose, la pluma de Alejandra Pizarnik no tarda en marcar distancia con la obra a reseñar hasta el punto de convertirse en una obra autónoma. La escritora argentina opta en ese momento en desgranar y comentar a la propia figura histórica, la Condesa Erzébet Báthory, con el único fin de llegar a la esencia misma del personaje. Erzébet Báthory, aristócrata húngara que vivió entre los siglos XVI y XVII, es famosa actualmente por ser la responsable del asesinato de más de seiscientas jóvenes, en su mayoría chicas adolescentes que fueron torturadas y posteriormente sangradas para que la condesa pudiera recibir baños de sangre. Es lógico comprender la fascinación por un personaje de tal ralea, capaz de lo peor y con la capacidad social para llevar a cabo los caprichos más cruentos y sádicos.

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Casi podríamos definir a Erzébet Báthory como el experimento perfecto para conocer el límite de la maldad humana ante un escenario perfecto donde la máxima violencia tienen libertad absoluta. Así que sorprende este estudio sobre el mal, la crueldad principalmente, realizado por una persona frágil y sensible, que como demostró al final de su vida, era incapaz de soportar el peso de la propia vida. Contraste que se destila en las páginas de La condesa sangrienta, donde una persona aplastada por el peso de su propia vida trata de desentrañar el misterio de otro igual, otra mujer, que no tuvo problemas con segar centenares de vidas. Antítesis existencial que se destila en las páginas de la obra, con una Alejandra Pizarnik que no deja de censurar el comportamiento de la condesa pero sin dejar en ningún momento de intentar comprenderla, así como sin caer jamás ni en la crítica obvia ni en la fascinación morbosa. Alejandra Pizarnik crea una rara avis de humanismo puro, convirtiéndose en abogada del diablo pero sin dejar de señalar en todo momento sus pecados.

Por su parte, mucho hay que decir del dibujo de Santiago Caruso, ilustrador dotado capaz de aunar un erotismo casi casto, se podría decir angelical, con una perversión más allá de lo físicamente representable. Algo así como si Las tres Gracias de Rubens coquetearan con El jardín de las delicias de El Bosco. Hay algo en su dibujo cercano a una serpiente de coral, donde la misma belleza que nos atrae es señal del peligro que habita en el interior del ser. Por su propio valor, las ilustraciones de Santiago Caruso merecen un reconocimiento en si mismo, pero adquieren más valor al confrontarse con los textos de Alejandra Pizarnik, con esa fusión ya comentada que a partir de ahora hace prácticamente imposible pensar en una edición honesta de La condesa sangrienta sin los trazos de Santiago Caruso.

@bartofg
@lectorbicefalo

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