Wir sind die Barbaren (Nosotros somos los barbaros)

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El club de la lucha 2 (Chuck Palahniuk y Cameron Stewart) Reservoir Books, 2016. Cartoné, 288 págs. Color, 21,90 €

La adaptación cinematográfica es posiblemente la última película generacional más potente de las últimas décadas no solo contenido sino cómo creció hasta convertirse en un film de culto. Tras un paso por cines discreto, para el tipo de producto que era, adquirió el estatus cultual en el mercado de video de alquiler. La adaptación llevada a cabo por Fincher parecía necesitar en aquel momento un visionado individual, que llevase a cierta reflexión interior sobre la condición humana, aunque todo apunta hacia una revisión de la masculinidad, en la actualidad. Sin embargo, el realizador falló a la hora de captar el carácter renovador que Chuck Palahniuk buscaba en su novela. El director estadounidense apuntaba a un punto catártico en el que la liberación de los humanos pasaba por la utilización de la violencia para deshacerse de los sistemas de control bancarios, entre otros, para conseguir la emancipación del sistema capitalista (aunque esto último no quedaba nada claro).

La tesis de esta adaptación pasaba por una descripción de la violencia como el único sistema de cambio de modelo social. La parte mala de todo esto pasa por obviar que cualquier sistema basado en la imposición de la violencia conduce al totalitarismo. La obra original de Palahniuk apuntaba a otros valores, destruir para construir una nueva civilización, partir de cero y cazar en las ruinas de Rockefeller Plaza. La obra de Palahniuk tenía más tintes de manifiesto político que la película que se quedó tan en la superficie que muchos espectadores quedaron atrapados en el “resplandeciente” discurso del macho dominante que construye su masculinidad a golpes y se somete a una jerarquía preestablecida. Pura cultura del macho alpha para inadaptados sociales que no saben crecer en los nuevos sistemas de valores. La jerarquía era algo que también se le escapó a Fincher, este omitía de manera deliberada dos aspectos del relato original: el mecánico y el momento en el que Tyler Durden deja de ser el líder del proyecto estragos para otorgar el mando a la masa. El mecánico es un tipo normal que aparece, más o menos a mitad de la novela, que asume todas las tesis de Durden como propias siendo la representación en carne y hueso de estas, de hecho, por momentos, parece otro desdoble del narrador. En cuanto al segundo rasgo supone uno de los momentos álgidos de la novela, en el que, ni siquiera, todos aquellos que forman el club de la lucha seminal, reconocen la autoridad del líder por orden suya. La disolución de la jerarquía es una las ideas más peligrosas inscritas en este libro.

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La pregunta es ¿quedaba algo más por contar? Siempre resulta tentador que una obra de este tipo siempre suscita dudas sobre la evolución de los personajes a un contexto histórico y tan cambiante como el actual. El club de la lucha 2 podría haber sido muchas cosas, desde un remake actualizado a una prolongación pura y dura, pero ¿de qué?. En principio debería de ser del libro ya que la esencia de la adaptación del mismo es una continuación de la obra original. Sin embargo, tiene algunos tics que nos recuerdan directamente a la película, y es que en cierta manera la adaptación ha eclipsado en popularidad, y como referente al título de Palahniuk.

Esta segunda parte juega a ser una prolongación/ metarrelato que reflexiona sobre la vigencia de un icono como Tyler Durden, reducido a la esencia del capitalismo más básico y brutal. En este título el narrador/protagonista de las versiones anteriores está casado con Marla, tiene un hijo, pero sigue llevando a Durden en su interior, que es liberado por un psicólogo en periodos cortos para que este pueda seguir liderando el proyecto estragos. Un apocalipsis casero que, esta vez sí, busca reconducir, y reconfigurar, el pestazo a heteropatriarcado que echa la adaptación cinematográfica. Si por un lado Marla es utilizada a nivel instrumental para dicha reestructura, por otro, tras esa supuesta apertura y queriendo mantener el nivel de polémica de su opera prima, Palahniuk opta por abrir el club de la lucha a enfermos terminales de todo tipo, pero como fuerza de choque, al estilo de los antiguos kamikazes japoneses. La función utilitaria de estos personajes supone en busca de esa transgresión forzada queda bastante fuera de lugar como estética de la radicalidad y de la crueldad y puede suponer una serie de lecturas un tanto preocupantes. No es lo mismo inculcar la desobediencia en un periodo histórico que en otro.

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Quizás sea mucho más interesante el metatexto de la obra en la que el autor estadounidense intenta reflejar el valor de El club de la lucha original. ¿Es Tyler Durden un virus? Si, seguramente lo sea pero no en la medida en la que el autor la pretende. Como se ha indicado más arriba el libro era trascendental en su momento evitando la postmodernidad a golpe de reduccionismo en la polisemia de un texto que en más de una ocasión apuntaba a manifiesto. Pero Tyler Durden sigue ahí, todos somos anarquistas en potencia y ahora si tenemos las herramientas para ver arder el mundo. Los barbaros somos todos desde aquellos que ponen bombas hasta los que consumimos productos de empresas que explotan a niños en el tercer mundo. Aunque eso queda muy lejos de lo que quizás Palahniuk debería haber explicado en este cómic. El otro factor que valora es su posición como autor dentro de la obra como narrador que maneja los hilos, posiblemente no a su antojo sino del modo que él cree que es lo que gusta a sus lectores.

Una de las conclusiones que se puede extraer tras la lectura de El club de la lucha 2 es que Palahniuk agotó, en gran medida, lo que tenía que contar a partir de su cuarto libro. Las nuevas aventuras de Durden juegan en gran medida hacer una valoración sobre el texto en general y su repercusión en la cultura contemporánea. Palahniuk entiende que explicar el mundo de hoy día pasa por la transmodernidad, el discurso de lo global lo absorbe absolutamente todo, incluso en lo emocional. No podemos entender la emancipación del ser humano a nivel local, ese es uno de los puntos a favor del relato. En cuanto a lo narrativo el relato está abocado desde un primer momento a un callejón sin salida, pero eso es lo de menos.  Chuck Palahniuk y Cameron Stewart esbozan una reflexión sobre el presente a través del pasado porque posiblemente las dudas existenciales ya no sean las mismas, ni tampoco lo que necesitamos que nos diga un escrito tenga que estar en la misma onda, de ahí que el valor revolucionario de la obra sea menor.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

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