El amargo atolladero de la lucidez

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Melancolía (Simon Hanselmann) Fulgencio Pimentel, 2016. Rústica, 160 págs. Color, 24€

Simon Hanselmann está empezando a caminar por unos senderos un tanto peligrosos para sus lectores. Las desventuras de Megg, Mogg y Búho empiezan, o más bien inician una acentuación, hacia la mostración de la depresión como un estado de ánimo permanente. En este universo nadie es feliz, simplemente siguen hacia adelante, viven su día a día omitiendo cualquier sentimiento que les ayude a reflexionar sobre su paupérrima situación emocional. Ninguno de los tres parece que quiere vivir en esa ciudad, ni en ese apartamento y, en el caso de Búho, odia su trabajo.

El escenario que plantea Hanselmann es de amor/odio entre los personajes, el de tener que soportarse a pesar de todo. En la última entrega tanto Búho como Werewolf Jones adquieren gran protagonismo casi dejando  a Megg y Mogg como personajes que articulan el resto del relato. El hombre lobo se ve asediado por la paternidad y tiene que  cuidar de dos hijos que al igual que el son incontrolables. Aunque es quizás la incapacidad de este a incorporar un poco de autocontrol en su vida la que hace de la vida de todos estos personajes sea un caos. Aunque el personaje más paradigmático sigue siendo Búho, la incapacidad de buscarse una vida propia le hace vivir con unas personas que lo maltratan física y psicológicamente; un punching ball de las retoricas del resto de habitantes de la casa. Búho representa la imposibilidad de marcar unas pautas sociales dentro del “hogar”, pero que él es incapaz de seguir.

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La clave de la imposibilidad emocional de los personajes la podemos encontrar en el último relato del volumen “Amsterdam” en el que la bruja y el gato deciden viajar a la ciudad holandesa para visitar los coffee shop para hartarse a fumar. Por su lado Búho se queda solo en casa y decide experimentar, en un vano intento de reconstrucción de su mundo, con un ápice de “normalidad” hasta que Werewolf Jones aparece y rebela la auténtica razón por la que no puede ser padre: es un ser totalmente dependiente que es incapaz de gestionar su propia vida como para convertirse en el pilar en el que se apoyen sus hijos. Por su lado Megg y Mogg, entre porro y porro, tienen una revelación: dejar los antidepresivos en favor de encontrar cierta lucidez en sus vidas. Pero a la vuelta sigue todo igual, Megg necesita espacio, Mogg no puede vivir sin ella, Búho asume en cierta medida su incapacidad emocional para emanciparse de dicha situación y, si, Werewolf Jones se convierte por su extrema dependencia en el elemento unificador de este grupo.

Posiblemente uno de los factores que hace emocionalmente digerible esta obra es que en su mayoría son personajes fantásticos y animales antropomorfizados. En la mayoría de ocasiones las historias breves dejan en el lector una demoledora amargura sobre la imposibilidad de la felicidad. La lucidez es un lujo que ninguno de los personajes se puede permitir. Hanselmann se está ganando como pocos  el título de cronista de una generación, sin lastres morales y sin segundas lecturas, más allá de las que cada uno de los lectores quiera extraer. En Melancolía se recuperan las dinámicas narrativas del primer volumen manteniéndose igual de fresco que en sus inicios para constituir uno de los títulos fundamentales de esta década.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

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