Pecados sin penitencia

tsumitsukiTsumitsuki (Hiro Kiyohara) ECC, 2016. Rústica, 192 págs. ByN, 7,95 €

El otro día, en mitad de una conversación sobre religión, nos dimos cuenta de que no sabíamos que pasaba con un judío cuando se moría. La mayoría de las religiones tienen un final para el ser que puede ser bueno o malo: cielo, infierno, nirvana, reencarnación, penitencia, etc, pero los judíos no. Así que me puse a investigar y resulta que aunque algunas pequeñas sectas defienden una vida ulterior, en ningún lugar de los dogmas hebreos se habla de ninguna existencia posterior al fallecimiento del cuerpo físico. Con lo que no existe recompensa ni castigo y aún así son posiblemente la religión más normativa y exigente para sus practicantes, que al menos podrían tener la decencia de decirte que si no le pones queso a la hamburguesa serás feliz durante toda la eternidad.

Y en el caso contrario tenemos a los japoneses sintoístas, una religión empeñada en la vida tras la muerte, con una riqueza sobrenatural fuera de toda duda, pero que carece de cualquier norma. Desde un punto de vista católico, más cultural que que religioso, esto puede parecer difícil de entender, pues la lógica occidental nos marca que existen normas y que su cumplimiento traen recompensas mientras que su transgresión conlleva el castigo. Supongo que por esto me resultan tan interesantes las obras realizadas por autores hebreos y japoneses, hay una magia que se me escapa que vuelve precisamente todo el proceso aún más interesante y atractivo. Como me ha ocurrido recientemente con la lectura del manga de terror Tsumitsuki de Hiro Kiyohara, donde toda la trama gira en torno a un concepto tan católico y ajeno a la tradición sintoísta como es el pecado.

La trama de Tsumitsuki es sencilla: existen unos demonios que buscan a los pecadores, entran en su interior para ir devorándolos poco a poco hasta que toman el control del sujeto para después limitarse a hacer maldades por todo el mundo, llevándose por delante a quien puedan. Como es lógico tenemos un héroe, o al menos una especie de héroe, Kuroe, un joven encargado de acabar con los Tsumitsuki antes de que se lancen a la destrucción malsana. Toda la historia está ambientada en los lugares comunes del manga de terror, un instituto lleno de chicas que ven peligrar su vida mientras se mezcla con sus relaciones interpersonales. Por su parte, Kuroe vive en un templo sintoísta esperando a ser útil mientras el lector poco a poco va descubriendo todo lo que esconde el personaje. No se puede negar que antes que nada, Hiro Kiyohara construye una trama que funciona dentro de los andamiajes del género, cualquiera que quiera disfrutar de un manga de terror tendrá en Tsumitsuki todo lo que desea, pero por fortuna para quien quiera algo más también puede hallar elementos interesantes, entre ellos un conocimiento superior sobre la religión y la moral japonesa, tan descentralizada como personal.

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Lo interesante del manga es que los mencionados demonios buscan a pecadores, y claro, como el pecado no existe como concepto mensurable en la religión japonesa, se equipara pecado y arrepentimiento, hasta el punto de que un asesino que no se arrepienta de sus crímenes no es un pecador, mientras que por contra una chica que trate mal a una amiga lo es y en gran medida. Así que más que pecados nos encontramos con personas que se han fallado a sí mismas y se ven incapaces de perdonarse. Encontramos aquí el segundo punto interesante de Tsumitsuki, la ausencia de penitencia, en el momento que una persona es captada por un demonio no existe posibilidad de sanación o perdón, Kuroe  no puede salvar a los infectados, simplemente tiene la opción de acabar con su sufrimiento y con el que pudieran causar a terceras personas. De este modo, Tsumitsuki se convierte en un relato desesperado y dramático, sin posibilidades de redención o perdón.

A simple vista, el manga puede parecer un volumen más dentro de la gran producción del género, pero una lectura nos muestra que nos encontramos con algo más, con un vehículo que se vale del mismo motor y carrocería para llegar a un sitio nuevo, uno que sin lugar a dudas tendrá más interés para los curiosos de la cultura japonesa y de sus engranajes más allá de las filias y fobias ya conocidas en detalles por todos. Hiro Kiyohara construye en Tsumitsuki un vehículo cultural donde posiblemente sin darse cuenta habla de su cultura mucho más de lo que pretendía, algo que como lector sólo podemos agradecer al obtener una lectura mucho más enriquecedora y entretenida.

@bartofg
@lectorbicefalo

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