Cuando el presente adelanta al futuro

golem portadaGolem (Lorenzo Ceccotti). Sapristi Cómic, 2016. Rústica. 280 págs. Color. 21,90 €

Hay suficientes motivos económicos para saber que el brexit es una estupidez de proporciones como pocas veces hemos visto. Pero lo que realmente me preocupa a mí, a pesar de que profesionalmente la salida del Reino Unido del mercado único me toca de cerca, es la vertiente social del asunto. Primero porque demuestra que el ser humano no es bondadoso a nivel general y abstracto, cuando más debería serlo; y segundo porque demuestra que la democracia no funciona. El Reino Unido se va de Europa por los votos de personas mayores sin estudios que viven en zonas rurales, quienes menos tiempo vivirán con su decisión, quienes menos entienden el problema, y sobre todo quienes menos padecen un supuesto problema de inmigración. Prueba es que Londres, donde más debería ser el descontento contra una inmigración nociva, ha votado mayoritariamente quedarse. A veces votar es peligroso porque nos mostramos como lo que somos, y no es precisamente como hijos de la Ilustración, los movimientos sociales y la sociedad del bienestar.

Yo creía que esa Inglaterra, más que el propio Reino Unido, distópica y fascista, que pintaban los guionistas de cómic británicos durante los ochenta y principios de los noventa, era una respuesta virulenta al reinado de Thatcher, pero la actualidad más reciente les da un nuevo papel, como textos premonitorios de una sociedad donde la incultura y la xenobofia den lugar a una sociedad tan democrática como fascista. Así que leyendo Golem de Lorenzo Ceccotti no me queda más remedio que pararme a reflexionar de vez en cuando, a preguntarme si lo que leo es una crítica a nuestros días bajo el prisma de la ciencia-ficción, o si me hallo ante un texto premonitorio sobre no sólo la Italia del futuro, sino sobre la Europa que nos tocará vivir y dejar en herencia. Lo primero que llama la atención de Golem es su acabado artístico, la primera obra de Lorenzo Ceccotti, diseñador gráfico de profesión, es una declaración de intenciones sin paliativos, una experiencia visual que ya sólo por el trabajo artístico vaciado de trama merece la pena, pero que afortunadamente para el lector esconde ideas poderosas. Digo esconde porque los niveles de lectura de Golem son muchos y variados.

A un nivel superficial, podríamos defender a Golem como una obra de ciencia-ficción pura, una distopia aparentemente perfecta que esconde un corazón podrido. Por suerte para este cosmos de Europa de pasado mañana, existe un grupo de rebeldes y un chico elegido, todos fuente del conflicto y motores del cambio, que no buscan traer una vida mejor en el sentido mundano, sino una existencia más libre. El universo imaginado por Lorenzo Ceccotti podría definirse como una especie de dictadura comunista donde la base socialista se suplanta con el capitalismo, es decir, sus ciudadanos carecen de valores y viven encerrados en una aparente libertad donde el consumo suplanta a la igualdad. Asistimos a una especia de Un mundo feliz de Aldous Huxley pero más perturbador, porque la sensación de aparente bienestar es aún mayor. En la obra de Huxley bastan unas páginas para saber que ese mundo no es perfecto, en Golem necesitamos algo más, Lorenzo Ceccotti juega con nosotros enseñándonos algo que aparentemente deberíamos odiar, pero que nos cuesta comprender hasta que no entramos en sus engranajes profundos. Y quizás este sea uno de los pocos problemas de Golem, pues en cierto momento el autor rompe la poesía de la duda del buen ciudadano para entrar en la gesta de la acción y la revolución, convirtiendo su obra en un díptico.

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Esto no quiere decir en ningún momento que Golem pierda fuelle o contradiga su espíritu interno, pero si es cierto que hablamos de dos obras en una. Lo curioso es que se me hace complicado enfrentar las dos mitades, al menos en cuestión de calidad, porque ambas funcionan perfectamente. Cuando Lorenzo Ceccotti nos habla de política y sociedad, está claro que quiere plantear pregunta tras pregunta al lector, haciendo del consumo de su obra un enfrentamiento continuo al espejo de lo que sentimos y creemos. Pero cuando cambian las tornas y la acción toma el protagonismo de la obra, no podemos hablar de una traición al texto, pues toda violencia responde a las preguntas anteriormente planteadas. El lector puede empatizar más o menos con esos rebeldes dispuestos a salvar al mundo de si mismo, pero lo que no puede bajo ninguna circunstancia es negarles el valor de la coherencia. La espita se levanta, la bomba explota y la energía cinética toma el control de Golem.

Sí durante la reflexión el trabajo gráfico de Lorenzo Ceccotti funciona sabiendo plasmar vida a personajes y escenarios, durante la acción no se desenvuelve peor, haciendo de la línea y el movimiento una herramienta afilada y certera. Las referencias visuales del autor son tan variadas como en su guión, y del mismo modo consigue que todas cuadren hasta un estilo único puesto al servicio de la historia que se quiere contar. Tras una lectura de Golem es fácil encontrar autores y obras que han influenciado en su creación, pero no se puede negar que Lorenzo Ceccotti no se pierde en la referencialidad, consiguiendo en todo momento un estilo propio y reconocible, quizás más cercano al mundo de la ilustración y al grafismo que al cómic clásico, pero ya tocaba que la generación digital, los artistas que pueblan tumblr, nos regalaran una obra que nos hablara de ahora, de nosotros, y del futuro que nos espera. Un futuro que aún nos pertenece a pesar de lo idiota que somos, como bien demuestran las estadísticas.

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Ciencia ficción costumbrista

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Los hijos del crepúsculo (Gilbert Hernandez y Darwyn Cooke). ECC, 2016. Cartoné, 128 págs. Color, 14,95 €

Los pueblos pequeños son como microcosmos de funcionamiento interno que no se mueven por las reglas generales del resto de la sociedad. La estructura social jerarquizada es mucho más relajada que en poblaciones más grandes y complejas. Las personas son quienes son independientemente del lugar que ocupan en el escalafón social o de su puesto dentro de la comunidad. El policía, la médico, el profesor o la directora del banco son algo más que sus simples cargos y son conocidos por sus defectos, virtudes y por el historial familiar.

Gilbert Hernandez y Darwyn Cooke plantean dicha estructura de mundo para hablarnos de un típico pueblo costero en el que empiezan a tener lugar sucesos paranormales. En esta población todo parece funcionar con regularidad, el sheriff ejerce su trabajo con firmeza pero con cierta pasividad, el panorama no invita, al parecer, a la delincuencia; Tito, una sensual lugareña, es el centro de un triángulo amoroso en el que ella engaña a su marido con Antón, aunque parece ser vox populi. Y también está Bundo, el viejo borracho del pueblo que vive en constante pena por la muerte de su esposa e hijos. Perfiles muy arquetípicos que funcionan en contextos de poblaciones, digamos, paradisíacas.

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Pero en este pueblo aparte de los problemas entre parejas y los sentimientos de culpa empiezan a aparecer unas esferas de luz de las que nadie sabe nada. En las habitaciones de los habitantes, en la playa, en el mar, casas enteras, y con estas empiezan a desaparecer algunos de los lugareños y algunos de los visitantes que se ocupan de investigar que son, de donde vienen, y misión tienen; y quizás lo que es más importante a donde llevan a aquellos que son absorbidos por la luz. Ninguno de ellos recuerda nada pero parece que han sufrido algún tipo de redención, una especie de paz que no son capaces de explicar.

Los hijos del crepúsculo juega con aquellos valores que Beto Hernandez da a sus relatos, unos personajes sólidos en los que la estereotipia es utilizada para que el lector los asimile rápidamente, pero sin abusar de los lugares comunes; la definición de un espacio reconocible en el que dichos protagonistas encajan a la perfección y ese punto de realismo mágico que si en otras ocasiones es más transversal esta vez es mucho más directo. Darwyn Cooke aporta un dibujo de trazo limpio, sencillo que permite vislumbrar a los personajes y la serenidad de ese lugar paradisíaco reflejado en sus rostros. Para ver luego como contrasta la aparición de estos fenómenos paranormales. Estamos ante un relato que principalmente juega a implementar el relato de ciencia ficción, con un ritmo calmado, dentro de una narración costumbrista con unos resultados más que interesantes.

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Spain is Pain #264: A Dios rogando y con los superpoderes dando.

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Los ángeles de María (Roberto Bartual y Julián Almazan) Zas! Cómics, 2016. Rústica, 76 págs. Color, 9,99€

Religión y conspiranoia  han ido casi siempre de la mano. La creencia y la fe suelen tener huecos que alimentan, tanto a favor como en contra, cualquier tipo de especulación sobre la construcción de cualquier mitología religiosa. A eso hay que sumarle la necesidad actual por parte de un amplio sector de los creyentes de revitalizar la fe en la actualidad: revisión y recuperación de tradiciones, procesiones, milagros, eventos para la juventud, visitas del Papa, etc. En esencia es algo casi necesario para la pervivencia de cualquier creencia. Pero retomando la idea inicial y retomando la idea de lo pop en la religión, esto es milagros en los que intervienen personas de clase trabajadora con poca relación con el clero, provocando una mayor expansión de la fe y una popularización de la misma sin indagar en lo que supone ser creyente.

Esa es, en principio, la pauta discursiva que recorre Los ángeles de María. Para ello los autores navegan por uno de los principios que más creyentes ha movilizado durante el siglo XX: los milagros. Este concretamente tiene lugar en España en la década de los ochenta, cuando este país todavía estaba arrastrando el lastre de cuarenta años de dictadura y se empiezan a avistar posibilidades de cambio, por muy pequeñas que fuesen. En el pueblo madrileño de Morata de Tajuña tres niños, Casimiro, Sergio y Fátima, avistan a la virgen y esta les dota de poderes sobrehumanos. Para investigar llega el padre Pilón que al no poder demostrar que es un fraude forma un grupo de “metahumanos” católicos que se dedicarán a recuperar reliquias de la fe.

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El relato evidentemente circula por los acantilados de la parodia. No tanto de la religión sino de la comprensión popular de la misma. Para ello no se queda en los márgenes del comic como medio. Los autores echan mano de otros discursos para redondear la comprensión no solo del contexto social del momento sino también del peso de la iconografía social de la religión. Para ello echa mano desde un primer momento de un metadiscurso, empezando por el prólogo de Jiménez del Oso, una noticia del ABC que data de abril de 1986 representando la religión oficial, publicidad sobre cursos CCC que ahondan en la desigualdad de género, Informes del padre Pilón para la Conferencia episcopal, un fragmento de un libro “escrito por Enid Blyton”, etc. Un reflejo que intenta mostrar la cruda verdad que se encuentra tras la sociedad inocente del momento.

Lo gracioso del concepto no es solo la formación de un grupo de superhéroes católico, sino todo lo que se destapa detrás. La crueldad de una nación en la que todo el mundo sabe que le pasa si se sale de la línea. La metadiscursividad le da un entorno a un relato breve expandiendo el universo del mismo. Los ángeles de María, guarda en su interior mucha mala leche, la justa y necesaria para abordar un relato que en ningún momento trata de ser ni buenista, ni destructivo y que tiene la virtud de mantenerse en un término medio pero dejando perlitas para el lector.

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El negro

old_pa_anderson portadaOld Pa Anderson (Hermann y Yves H.). ECC, 2016. Cartoné. 56 págs. Color. 12,95 €

Si algo me ha enseñado la convivencia con personas de otras nacionalidades es que aunque compartamos defectos, muchas veces no son del mismo tipo. Hay un perfecto ejemplo en el racismo. Sólo puedo hablar de lo que conozco, pero algunos conocidos míos son racistas debido al desconocimiento. Puede sonar extraño, pero cuando yo era pequeño los negros no eran precisamente habituales en mi pueblo, con lo que la gente les temía debido al desconocimiento. Actualmente la población de origen africano es notable en mi pueblo, y puedo decir con orgullo que aunque seamos algo catetos la integración es más que notable. Es innegable que algunas personas caen en el paternalismo del pobre negrito, pero lo cierto es que como sociedad imperfecta hemos pasado en poco de temer lo que desconocemos a normalizarlo. Aunque es cierto que algunas ancianas siguen cambiando de acera, agarrando con fiereza los estereotipos.

Así que me resulta extraño comprender el racismo estructural norteamericano. No soy ajeno al odio, pero soy incapaz de odiar a un grupo demográfico entero. Quizás por eso me gustan tanto los chistes racistas, porque para mí permanecen en el estrato de la fantasía y la aberración. Pero todo puede ser un error mío de percepción, pues el dolor intrínseco de la sociedad afroamericana en Estados Unidos debe ser gargantuesco, lunático si hablamos del sur. Son dos grupos que no chocaron en igualdad de condiciones, hablamos de unas personas que ya superadas la Ilustración se empeñaron de poseer y dominar a otros seres humanos a su antojo, quitándoles la categoría de persona. Problema que no se solucionó ni mucho menos con el abolicionismo, ya que las heridas quedan abiertas, desde los nombres de esclavo hasta la miradas altaneras, las cruces en llamas y los linchamientos.

Quizás una buena forma de entender tan complicado problema sea el cómic Old Pa Anderson de Hermann y Yves H., una historia sin concesiones en el corazón del racismo, el sur de Estados Unidos durante los años 50 del pasado siglo. Una lectura rápida y simple puede resumir Old Pa Anderson en una historia de venganza, un anciano afroamericano decide llevar la justicia personal, la única que le queda, ante los violadores y asesinos de su nieta, asistimos así a un tour de force sangriento donde la justicia se mezcla con la rabia y la desesperación. Pero el cómic de Hermann y Yves H. es mucho más, es ante todo un fresco sobre el horror humano, el peor, el cotidiano, y una denuncia sobre el fracaso de las sociedades. El personaje de Old Pa no se nos muestra como un virtuoso luchador por los derechos civiles, es un perro apaleado que ha decidido vivir su vida con el morro agachado, y sólo cuando no tiene absolutamente nada que perder decide darse la vuelta y morder, lanzar dentelladas y llevarse todo lo que pueda por delante hasta un final que él sabe trágico de antemano.

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Yves H. no deja espacio para los chistes o el humor, realmente no caben. La ausencia total de humor suele ser un defecto, ya que se suele suplir con grandilocuencia vacía, con una intención, la mayoría de las veces fracasada, de dar rotundidad a la trama. Yves H. no comete ese error, si en Old Pa Anderson no hay humor no es porque el guionista nos esté dando moralinas, es porque la violencia y la locura no dejan espacio a nada fuera del horror. El guión del cómic funciona como la tala de un árbol, los primeros golpes pueden desconcertar un poco, ya que se marca el inicio del trabajo, pero cuando se entra en faena no hay lugar para la duda o el descanso. La violencia sin sentido ni honor llena las páginas de Old Pa Anderson. Como es lógico, podemos empatizar con las motivaciones y acciones de Old Pa, pero su triunfo agónico no es ningún consuelo, porque la necesidad de recurrir a tal explosión de venganza no es más que un recordatorio más del fracaso de todos, del abandono del hombre.

Por su parte, Hermann nos regala un acabado gráfico acorde a la trama general, un trabajo artístico puesto totalmente al servicio de la historia que se nos narra. Las figuras humanas están vacías de cualquier idealización, con rostros cincelados por el cansancio, el trabajo, y en mayor o menor medida la maldad. Sin olvidar los propios escenarios, con un dibujo que remarca el calor claustrofóbico del sur de Estados Unidos, con unos días que caen a fuego y unas noches igual de calientes y húmedas llenas de todo mal. En resumen Old Pa Anderson es un cómic donde la acción y la peripecia están llenas de fuerza pero responden ante un modelo social cruel, Hermann  y Yves H. juegan con esta contradicción, parecida al Haneke más cruel.

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Spain is Pain #263: el color y la forma.

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Gran bola de helado (Conxita Herrero) Apa Apa Cómics, 2016. Cartoné, 144 págs. Color, 19€

En muchas ocasiones no sé si definir la obra de muchos de los nuevos autores como slice of life por el alto componente de experiencias personales volcadas en el texto. En algunos casos se puede entrever cierta vinculación entre el personaje, que a veces intuyo como un alter ego del creador, y el mismo autor. Dicha percepción viene dada por la cadencia del relato, normalmente lineal, en un intento de representar la cotidianidad, el día a día y por una rotura con los grandes puntos de giro. Dando como resultado una narración que fluye, que empieza y acaba de manera aleatoria.

Gran bola de helado de Conxita Herrero, se desarrolla con esos parámetros al que debemos añadir el concepto de viaje, o más bien de recorrido. Se desprende del personaje cierta ansiedad por vivir pero desde la no-acción, no hay premura por nada de lo que sucede alrededor de la protagonista, simplemente el mundo transcurre alrededor de esta y ella deja que todo fluya. Esta idea se refleja en la carencia de rasgos faciales expresivos en los personajes de este título. Tan solo unas características generales que los definan. Tampoco podemos hablar de hieratismo ya que el escaso lenguaje corporal de los mismos apunta a la emoción en determinados momentos.

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Lo más interesante del planteamiento de Herrero es tanto dicha definición de personajes así como la composición de página y el uso de los colores. Las páginas rompen unas con otras, y entre las diferentes historias. Un estilo, más bien la forma o formas del relato que ahondan más en el carácter de los personajes que la descripción de los mismos. Y ahí juega un gran papel el color desbordante por el que apuesta la autora viñetas monocromas, líneas de color que definen a los personajes y colores vivos que reivindican su protagonismo dentro de la narrativa. Dando un trasfondo, tanto el color como la forma, a los seres que pueblan este relato.

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El libro de Conxita Herrero es una gratísima sorpresa, se lee rápido, pero con una sola lectura no vale, hay que detenerse en cada página releer, entender la función de cada uno de los elementos, ver el conjunto y como todos juegan para apoyar una historia sencilla. Gran parte de la fuerza del discurso de esta autora consiste en hacer que todo parezca simple, sin mucha importancia, pero página tras página se revela un segundo perfil en el que la forma nos da muchas más pistas del relato de lo que hace la historia en sí misma. Un trabajo arriesgado pero brillante como pocos.

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Hiperrealidad y solipsismo (y 2)

Los invisibles vols. 5-7 (Ashley Wood, Cameron Stewart, Chris Weston, Dean Ormston, Frank Quitely, Grant Morrison, Jill Thompson, John Ridgeway, Mark Buckingham, Michael Lark, Paul Johnson, Philip Bond, Rian Hughes, Steve Parkhouse, Steve Yeowell, The Pander Bros., Warren Pleece) ECC, 2015. Cartoné, entre 224 – 288 c/u. Color, entre 22€- 28,50€ c/u.

En el post de la crítica de los 4 primeros tomos recopilatorios de Los Invisibles  se plantearon dos ideas principales para entender la obra de Morrison, o al menos para entrar en ella con buen pie en este título y que dan título a las dos entradas dedicadas a este trabajo. La hiperrealidad hace referencia a como la ficción ha superado a la hora de delimitar espacios físicos, entendemos como ficción toda aquella interpretación de la realidad, desde un relato ficcional ambientado en una comunidad o un mapa o Google Maps que trata que no deja de ser un reflejo del espacio real, pero más completo ya que se complementa con detalles que apuntan a la recreación. Por su lado el solipsismo es un pensamiento que apunta a creer que solo podemos estar seguros de nuestra existencia  y nuestra realidad.

Los invisibles dibujan la realidad pasada y presente a través de ese doble paradigma reutilizando cuestiones recurrentes de la ciencia ficción pero en otro sentido. Por ejemplo el tomo titulado “Contar hasta atrás” tiene como temática transversal los viajes en el tiempo, pero sin ser el eje central de la trama. En este volumen este grupo de terroristas hiperrealistas y solipsistas viajan hasta San Francisco para encontrarse con Takashi un empleado de uno de Mason Lang que está trabajando en una máquina del tiempo. Este punto de partida ayuda a redibujar ideas preconcebidas sobre la obra en en cuestión y sobre el género en si mismo. Robin viene del futuro y King Mob la transporta entre dimensiones, Jack Frost y Lord Fanny consigue un objeto de poder, la mano de la gloria, y King Mob viaja al pasado para descubrir cómo utilizar dicho objeto. No se trata de un brevísimo resumen, si no tratar de esbozar la idea de Morrison de mezclar realidad y ficción y jugar con la coetaneidad del tiempo y el espacio, la lógica y lo irracional y, el poder y la conspiración.

“Besos para el señor Quimper” es un final en falso, los personajes establecen relaciones sentimentales entre ellos Robin con King Mob y Jack Frost con Boy, y en este caso el objeto de deseo de todos los personajes es el Espejo mágico de la Iglesia exterior. Mob destruye al final la mansión de Lang. Tanto este volumen como el anterior son los antecesores de The Matrix en el que los objetos totémicos adquieren relevancia para aquellos conocedores de los mismos. Estos sirven para disolver las fronteras entre realidades y poder jugar con estas.

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El último tomo de la colección “El reino invisible” se trata de una cuenta atrás en la que King Mob y compañía desarrollan un ataque a través de diferentes dimensiones, y en el que lo villanos poderosos del relato aparecen en primer plano compartiendo protagonismo con los personajes que han ido conduciendo esta narrativa a lo largo de estos siete volúmenes. La historia empieza un año después de los hechos sucedidos en el tomo anterior, cada tomo tiene diferentes arcos argumentales en pos de un mitoarco, en este caso evitar que Moonchild sea el huésped de Rex Mundi, una especie de gobernador extradimensional de la Iglesia exterior. Jack Frost utilizado como macguffin durante todo el relato se desquita aquí como personaje y toma consciencia de su rol como salvador de la humanidad. Todos los objetos de poder recopilador convergen en este punto para salvar la Tierra. Pero finalmente tal y como se ha ido prediciendo la tierra llega a su fin el 22 de diciembre de 2012.

Los invisibles sigue siendo una obra capital para entender el cambio de siglo, los finales de los noventa, el auge de la cultura del apocalipsis, las dobles lecturas sobre la violencia publica, la toma de conciencia del fin de la sociedad como la habíamos conocido, el precio a pagar por la estratificación social, etc. En esta obra Morrison no salva a nadie, porque nadie necesita ser salvado, estamos todos perdidos. El fin del mundo fue hace tiempo y aquí seguimos pataleando como recién salidos de la cueva reclamando la centralidad como especie de un planeta que solo entiende de estructuras de poder.

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Monstruos imposibles

bestiario portadaBestiario (H. P. Lovecraft y Enrique Alcatena). Libros del zorro rojo, 2016. Cartoné. 68 págs. Color. 18,90 €

Si hay algo bonito dentro del pulp es que hablamos de poesía realizada por autores que vivían al límite, no por su vida alocada, sino por la conjunción de una mala economía particular y unas características personales únicas. Robert E. Howard, el autor detrás de iconos viriles como Conan o Solomon Kane, terminó sus días pegándose un tiro en su coche después de que su madre entrara en coma, incapaz de lidiar con una existencia sin su progenitora. Howard Phillips Lovecraft, la mente pensante tras el horror cósmico, vivió una vida azotado por el miedo al otro, el otro en su mayor concepción, pues era un reconocido racista y misógino, sin dejar en ningún momento de ser un clasista en el sentido más rancio del término. Autores atormentados, en el caso del primero consigo mismo y en el del segundo con el mundo, que nos regalaron herramientas, impresas en el papel más barato, con el que expandir la imaginación más allá de los límites clásicos.

En el caso de Lovecraft nos encontramos con la curiosidad de un universo que no escapó sólo de las manos de su creador, sino de la propia literatura. Es complicado encontrar a alguien medianamente interesado en la cultura popular que desconozca a los llamados mitos de Cthulhu, llamados así por la famosa criatura creada por Lovecraft que da nombre a su universo, lo que si es más común es encontrar a aficionados que no han leído al autor de Providence. Esto se debe al gran impacto que ha tenido la obra de Lovecraft en mundos como el cómic, los videojuegos, el cine o especialmente el rol. Los mitos han mutado desde mera literatura de horror a una definición del propio terror que pervive en toda la cultura. Así podemos disfrutar de un libro ilustrado como Bestiario con ilustraciones de Enrique Alcatena, quien reconstruye conceptualmente algunas de las criaturas más conocidas del universo de Lovecraft.

Lo primero que hay que tener claro es que el horror de Lovecraft se basa en la concepción de lo inenarrable, el miedo era tan absoluto en gran parte debido a la imposibilidad de entender y describir lo que sucedía a los personajes de sus relatos. No encontraremos nunca descripciones claras de las criaturas, llegando incluso a contradecirse varias de ellas. Conceptos como masa informe o mezcla de avispa con pulpo y máquina de coser, son comunes en la obra, pegando primero una patada a la mente del lector para que después este rellene los huecos y se imagine a las criaturas como buenamente pueda. Esto podría ser considerado un problema a la hora de ilustrar un Bestiario, pero lo cierto es que nos encontramos casi con un punto a favor del trabajo artístico de Enrique Alcatena, que en lugar de crear representaciones canónicas de las criaturas de los mitos, nos regala interpretaciones personales llenas de los mismos flecos que las obras originales. Las criaturas de Enrique Alcatena fluyen, se pierden y se recrean ante nuestros ojos constantemente.

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Las ilustraciones de Bestiario van acompañadas siempre por extractos de la obra literaria de Lovecraft, sacados de los relatos originales que dieron vida a sus criaturas. Esta forma de enfrentar origen e interpretación ayuda a entender la labor que ha llevado a cabo Enrique Alcatena, pues el artista se ha visto obligado a reinterpretar visualmente descripciones que jamás fueron planteadas para ser ilustradas. Hay que decir que el artista supera con brillantez el reto, regalándonos un mundo híbrido de pesadilla donde los matices se mezclan con las insinuaciones. Una mixtura entre el dibujo infantil, casi prehistórico, con un uso del color singular, que se podría decir de fuera de este mundo, conquistan y seducen nuestra imaginación. En cierto sentido, las ilustraciones de Enrique Alcatena podrían ser las realizadas por un testigo directo del horror cósmico, incapaz de plasmar de forma anatómica lo que presenció, obligándose a tener a mano recursos más de la poesía que de la anatomía en sus retratos robot del horror y el vacío.

Son muchos los que encontrarán utilidad a Bestiario de Lovecraft y Enrique Alcatena, desde los amantes de un buen libro de ilustración hasta los seguidores de los mitos de Cthulhu, desde los lectores de los relatos originales hasta los jugadores de rol que quieran ponerle una posible cara a esos terrores del abismo a los que se enfrentan sabiendo que su victoria es imposible. Bestiario debe ser un libro consumido poco a poco pero de forma continuada, releyendo las imposibles descripciones de Lovecraft y descubriendo la imposibilidad del dibujo de Enrique Alcatena, un intento de traducir lo imposible a nuestros ojos.

@bartofg
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El legado del casino indio

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Scalped: Libro uno (Jason Aaron y R. M. Guéra). ECC, 2016. Cartoné. 296 págs. Color. 29 €

En España no existe el problema nativo debido a que somos un pueblo compuesto por la mezcolanza y el fruto de quienes siempre han estado aquí y los incontables grupos humanos que han cruzado estas tierras. Siendo del suroeste español, de una familia bastante concentrada en el espacio y con pocos movimientos en el pasado, lo más sencillo es decir que soy mediterráneo. La respuesta larga es que como mínimo por mis venas corre sangre íbera, tartesa y musulmana, lo que derivaría en lo que actualmente somos los andaluces del suroeste y los portugueses del sur. Pero tampoco me extrañaría que se encontrara en mi acervo genético algo de fenicio, romano o hasta una pizca de celta. Así que se me hace complicado hablar de elementos como la pureza de sangre o el mestizaje.

Supongo que es algo inherentemente español, un pueblo que allí donde ha ido ha hecho del mestizaje su bandera. El español no ha tenido problemas nunca para follar, para encontrar el atractivo  a cualquier tono de piel. Los habitantes del norte de Europa han sido un poco diferentes, les ha gustado más separar, hasta el punto de que actualmente en Estados Unidos los nativos americanos suponen el 0,8% de la población, unos 2,4 millones entre más de 300, que perviven en las llamadas reservas indias donde la supervivencia de las viejas tradiciones pierden la batalla ante la pobreza y el juego legal. Aunque quizás todo esto sea más fácil de entender si leemos Scalped, el cómic de Jason Aaron y R. M. Guéra, ambientando en una reserva india y protagonizado por un indio, Dashiell Caballo Terco, que vuelve a casa como se debe hacer, lleno de ira y con un secreto que pone en peligro su vida.

Las reservas indias cuentan con cierta autonomía legal, lo que las coloca fuera de la jurisprudencia estatal, lo que provoca que la justicia sea administrada por la policía local, con el FBI como único cuerpo con poder real dentro de la reserva, y da cierta libertad legislativa, como es la posibilidad de legalizar el juego. Esto ha hecho que muchas reservas se conviertan en agujeros donde la pobreza ha mutado a la corrupción del juego y las mafias. Jason Aaron toma este punto de partida, la total desmitificación del pueblo amerindio y trata una obra de género negro sin piedad, un retrato real, y por tanto dramático, de un pueblo en franca decadencia y sumido en una batalla interna que no puede ganar bajo ningún concepto. La historia de Scalped puede terminar mejor o peor, pero si algo queda claro en el Libro uno es que independientemente de cómo acabe la odisea personal de Caballo Terco, su tribu ya hace mucho que fue condenada.

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La trama central de Scalped es clara y contundente, Jason Aaron demuestra que sabe escribir una historia de acción frenética con tipos duros y conciencias derrotadas. Pero quizás lo mejor de Scalped es todo lo que da carne a esos huesos, las historias que se van colando y planteando un fresco sobre la reserva de Prairie Rose, un escenario donde lo único indio es el color de la piel. Jason Aaron trata temas tan delicados como el alcoholismo, la lucha por los derechos civiles o la pobreza, pero todo desde un prisma tan realista que duele. En este sentido cobra gran importancia la organización temporal del relato, ya que el guión da continuos saltos en el tiempo, tanto para deconstruir una escena de varias horas, saltando hacia atrás y hacia delante y cambiando el foco, como viajando décadas en el tiempo para mostrarnos que vida ha llevado a cada personaje a la realidad presente de Scalped. El guión consigue que sin dejar una sola página de entretener y divertir, la denuncia esté siempre presente, borrando cualquier rastro de romanticismo y mostrando la miseria física y espiritual.

Por su parte, el dibujo de R. M. Guéra casa perfectamente con el tono lúgubre y pesimista de Scalped. Prairie Rose no es una reserva en mitad de la naturaleza, sino un basurero habitado por seres humanos, y el dibujante se encarga de recordarnos en cada página y viñeta esa fealdad opresiva condenada al fracaso. Quizás la tinta de R. M. Guéra sea demasiado intensa al principio de la lectura, pero al discurrir de las páginas se demuestra como una herramienta más al servicio del fin de Scalped, contarnos la odisea infernal de Dashiell Caballo Terco. Ahora sólo queda esperar a los próximos tomos recopilatorios de Scalped, sabiendo que acabe como acabe la aventura de su protagonista, el pueblo indio está condenado.

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Spain is Pain #262: Love is…

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Insecto (María Llovet) Norma Editorial, 2016. Rústica, 144 págs. Color, 12,95€

La obra de María Llovet es en conjunto, al menos por el momento, sibilina en lo que concierne a la mutación de la forma de la misma. Me explico, mientras que en Eros/Psique y Porcelain gran parte del peso del relato venía influido por los espacios. Los relatos tenían un lugar en una única localización que no siempre que tenía que ser fija, el interés se ha ido desplazando poco a poco hacia los personajes. Algo que se apunta en las obras anteriormente citadas y que en Heartbeat se construye por el interés hacia lo extraño, es decir, el interés por otras personas ajenas al círculo de lo común. En Insecto encontramos el siguiente giro la construcción de mundo a través de dos personajes muy próximos.

A diferencia de sus anteriores obras son los protagonistas los que construyen el ambiente y definen el espacio que habitan; quizás el más convencional de los elaborados hasta este momento por esta autora. Pero necesario para entender que la fuerza de esta narrativa reside en una relación íntima que define una estructura de percepción espacial que lleva a los lectores a leer los espacios tal y como nos los hacen ver Lucas y Lea. Si la casa donde habitan es atona, de una familia de clase alta, sin ningún rasgo distintivo, son los personajes los que a través de su proximidad nos dan a entender la función de los espacios, un giro muy curioso en el desarrollo de narrativo de las obras de María Llovet.

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Lo que si sigue la pauta es la relación entre los personajes, siempre muy próxima. Siempre con vínculos que bordean lo insano y que ponen en cuestión el sistema de valores que rodean a los protagonistas. En este caso Lucas y Lea son dos hermanos de la misma edad, hijos de un matrimonio convencional de clase alta, que viven, hasta el momento, para cumplir las expectativas de sus padres por el bien de la imagen de la familia. Hasta ese punto, el planteamiento nos conduce, al menos en principio a una ruptura. Lucas y Lea deciden romper una norma social preestablecida: no mantener relaciones sexuales entre hermanos. Y lo que en un principio es una pasión carnal se convierte en una relación amorosa, con una especie de final feliz que plantea una serie de preguntas sobre el amor en los nuevos tiempos.

A pesar de que el incesto es tan viejo como la humanidad el relato de María Llovet deja cierto regusto de crítica a lo añejo en varios aspectos. Uno, los padres en los cuales se percibe cierto distanciamiento entre ellos representan la idea de las relaciones sentimentales clásicas, cerradas y abogadas al fracaso la familia como núcleo de la sociedad basada en la representación, y como han dejado de funcionar. Dos, de cómo el amor se reconstruye en los nuevos tiempos. El instituto en el que los dos hermanos cursan estudios no deja de ser un espacio recreativo para la carnalidad. Enamorarse es una función secundaria, al igual que la copresencia de la pareja en un mismo espacio; Lucas y Lea se desean con solo mirarse con una puerta de por medio, la distancia se construye como un valor de la idealización y de revalorización de lo sentimental. Tres, quererse viene después de entender que el amor es solo una fase, quizás bastante destructiva, que uno solo puede llegar a comprender el sentimiento hacia uno mismo a través de la reciprocidad. Cuatro, enfrentar la relación íntima con terceros solo hace comprobar la intensidad de la misma. Y cinco, Insecto no tanto un canto a la libertad sexual, que lo es, sino a la formas propias de construcción del querer y la pasión.

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En este último trabajo, María Llovet sigue con su camino de elaborar texto con múltiples capas de lectura, en el que la metáfora y el background cultural de los lectores juegan un papel importante. Por otro lado, nos encontramos con un dibujo mucho más suelto que en ocasiones anteriores y más desligado de cualquier clasificación que se le haya otorgado anteriormente. Estamos ante una gran parábola sobre la libertad para elegir y sobre los condicionantes a la hora de tomar una decisión que afecte a lo más íntimo de la persona. Un gran trabajo en el que como siempre la autora siembra con gran destreza todos aquellos elementos que nos ayudan a comprender la historia desde el principio. Llovet tiene una de las voces más frescas y sólidas del panorama del cómic nacional, lo malo es que no siempre se le reconoce, por ello Insecto es una buena oportunidad para empezar apreciar el arte de esta artista.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

En la luna

WetMoon1 portWet Moon (Atsushi Kaneko). ECC, 2016. Rústica. 272 págs. ByN. 10,95 €

Muybridge no inventó el cine, simplemente colocó varias cámaras en fila y capto de forma aislada el movimiento, viendo las imágenes una tras otras se podía captar el movimiento. El escocés era un científico, para nada un narrador. Con posteridad, los hermanos Lumière tampoco inventaron el cine, levantaron la estructura necesaria para rodar y proyectar imágenes en movimiento, pero la mayoría de las veces no eran más que planos aislados que sorprendían simplemente por conseguir mostrar el movimiento. Los franceses eran empresarios, hasta abandonaron el invento por verlo poco rentable. El verdadero padre del cine no fue otro que Georges Méliès, el cual no era ni científico ni empresario, era un mago que supo ver las posibilidades de la cinematografía en el campo más básico de la narrativa humana, la mentira. El cine permitía el truco final, congelar el tiempo, cambiar la realidad y volver al presente sin que el espectador fuera consciente de ese no-tiempo en el que todo había cambiado.

La leyenda dice que Méliès fue consciente de estas posibilidades al ver una grabación de una toma de una calle, el plano no cambiaba, pero debido a un fallo técnico la cámara no grabó durante unos segundos, los suficientes para que un caballo que cruzaba la calle desapareciera al instante, esfumándose sin dejar rastro. Algo así es lo que le sucede al agente Sada, el protagonista del cómic Wet Moon de Atsushi Kaneko un policía de la ciudad de Tatsumi empeñado en capturar a una sospechosa de asesinato, y descuartizamiento, a pesar de los saltos y huecos que su mente padece, todo fruto de un extraño accidente del que nada recuerda y de un extraño trozo metálico alojado en su cerebro. Atsushi Kaneko opta en esta obra en tres tomos por desarrollar un drama policiaco con fuertes influencias fantásticas, más concretamente bajo la marca del neofantástico de autores como Kafka o Calvino, mostrándonos un Japón de mediados de los años sesenta del pasado siglo lleno de eteriedad y sumido en la fuerza del cambio, con la carrera espacial como telón de fondo.

Wet Moon es un seinen, manga de corte adulto, que exige atención en su lectura, ya que se derrama por los detalles y hace de la repetición y el código sus principales caballos de batalla. Es fácil construir una historia en apariencia críptica, hay muchas copias de David Lynch, pero la mayoría se limitan a la extrañeza aparente sin ser conscientes de que la verdadera fuerza recae sobre el código, sobre conseguir que el espectador desentrañe un idioma desconocido careciendo de diccionario. En muchas de estas obras el código se muestra vacío, carente de sentido y construido con cartón piedra. No es el caso de Atsushi Kaneko, que sin dejar en ningún momento de ser críptico consigue una coherencia absoluta, podemos no entender los detalles que oculta la historia por debajo de la trama principal, pero sin duda escuchamos la música y percibimos su tonalidad. Quizás la obra más cercana a Wet Moon la encontremos en Homunculus de Hideo Yamamoto, otro fresco sobre Japón, sus constantes y contrastes bajo la mirada personal de un artista.

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La trama superior de Wet Moon está perfectamente planteada, con el agente Sada persiguiendo a una fugitiva mientras cae irremediablemente en las redes de la corrupción, todo sin saber muy bien que sucede, pues tan importante es lo que sucede como los actos que protagonizan las lagunas de memoria del personaje, incógnitas tanto para él como para el lector. Pero hay algo más detrás, en lo más hondo, desde un extraño proyecto de investigación aeroespacial hasta la predominancia de la Luna, ese territorio ansiado por todo el mundo. Sólo cabe esperar que los dos tomos restantes estén a la altura de lo que Atsushi Kaneko plantea en el primero, pregunta tras pregunta y respuestas que mutan en dudas. Todos queremos saber que le sucedió a Sada, cómo terminó con esa cicatriz en la cabeza y que hay dentro de su mente, tanto en lo figurativo como en lo literal. Atsushi Kaneko consigue una historia noir en la cara oculta de la Tierra como pocos.

Aunque lo que no se puede olvidar en ningún momento es el trabajo gráfico de Atsushi Kaneko, un dibujo, y sobre todo una tinta, que elevan aún más la calidad de Wet Moon. Aunque el manga tuviera un mal dibujo se podría disfrutar, pero es que el autor consigue un acabado ajeno a las críticas. El trazo de Wet Moon es completamente atemporal, lleno de referencias que van desde el manga más clásico hasta el underground americano y el cómic europeo más comercial. Se podría decir que Atsushi Kaneko dibujó Wet Moon hace cincuenta años para que hoy pareciera moderno, o que está realizado ahora para que en treinta años nadie sepa donde situarlo cronológicamente. Un acabado artístico que redondea aún más la obra, aumentando el misterio, su dureza y su bondad. Capítulos como Cabaret o El confidente son experiencias visuales que todo lector de cómics debería disfrutar, porque la narrativa gráfica no es sólo dibujar viñetas con bocadillos, hay que jugarse el tipo y llevar la obra más allá.

@bartofg
@lectorbicefalo