Perdido en los mapas

portada_atlas-de-los-lugares-malditos_olivier-le-carrer_201506261318Atlas de los lugares malditos (Olivier Le Carrer) geoPlaneta, 2015. Cartoné. 136 págs. Color. 12 €

Actualmente se critica mucho la banalidad de los viajes, un hecho al que yo no dejo de sumarme. En Tinder hay demasiadas chicas tomándose un selfie frente a las ruinas del Machu Pichu. Parece que vale la pena simplemente con ir a un sitio y poder decir que se ha ido, y si es lo más express posible mejor. Puede ser una opinión demasiado apocalíptica, pero en cierto sentido el low cost ha democratizado viajar en el peor sentido, ahora un pobre puede pasar de la pirámide del Louvre igual que antes sólo lo hacían los pudientes, corriendo simplemente para poder hacerse una foto junto a la Gioconda. Aunque claro, sería obsceno por mi parte criticar a quienes viajan para no separar sus ojos de su smartphone, porque yo desde pequeño he hecho, y sigo haciendo, lo propio con los mapas. Da igual a donde viaje, lo primero que necesito es un mapa, todos los que pueda, para moverme, explorar, equivocarme, dar rodeos, buscar y encontrar. Seguir líneas con el dedo, girar sobre mi mismo y voltear el mapa para hacer coincidir realidad y representación.

Probablemente esta obsesión venga de la infancia y sus lecturas, de las novelas de aventuras y fantasía, las primeras hablaban de expediciones a lugares recónditos, y las segundas siempre estaban prologadas con un mapa, con unas coordenadas que situaban el mundo imaginario de una forma física. Así que ahora es normal que me pueda pasar horas perdido en mapas y atlas, proyectando e imaginando, desde el batir de las olas en un acantilado marino hasta la intrincada geometría del centro histórico de una ciudad. Así que nadie se debe extrañar que lo mío con Atlas de los lugares malditos de Olivier Le Carrer haya sido amor a primera vista, una compra tan compulsiva como útil y necesaria. Porque aunque Google Maps sea la aplicación que más use en mi móvil, hay pocas lecturas más placenteras que la que aúna geografía y anécdota, pudiendo viajar en compañía de Olivier Le Carrer a diversos lugares del globo marcados por la fatalidad en sus más diversas formas.

El formato elegido por Olivier Le Carrer para su Atlas de los lugares malditos es ante todo estético, los diversos lugares malditos están organizados por zonas, las cuales responden más a la imaginación que a las coordenadas. Cada lugar está delicadamente ilustrado con uno o dos mapas, la mayoría sacados del Atlas de géographie moderne, editado en Francia en 1896, con lo que la correspondencia con las fronteras actuales se sacrifica en búsqueda de la belleza vintage de dichos mapas. Por si el libro no tuviera suficiente enjundia, también está profusamente decorado con miniaturas y grabados propios de los mapas del siglo XVIII y XIX, escogiendo las ilustraciones entre lo más macabro y dantesco de la producción artística. Este planteamiento hace de Atlas de los lugares malditos un objeto estético por si mismo, basta con hojear sus páginas para alimentar la vista con una belleza arcaica, la cual ha perdido su utilidad en la actualidad pero ni por un segundo ha sacrificado la más mínima modernidad.

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Pero el libro de Olivier Le Carrer no es sólo bello en lo visual, sino que también posee una prosa sugerente y capaz como pocas de unir trivialidad y concisión. En Atlas de los lugares malditos no encontraremos sólo ciudades y parajes unidos a maldiciones milenarias, el autor tiene el talento de conseguir mezclar todo tipo de facilidades, generando una reserva de anécdotas curiosas para cualquier conversación con un seguidor de los viajes, lo curioso o lo fatídico. De este modo tenemos desde las clásicas ciudades malditas hace milenios hasta los bosques infectados de bestias, los emplazamientos humanos más caóticos o los lugares que simplemente se han empeñado en hacer imposible la presencia humana. Olivier Le Carrer demuestra que lo que antiguamente podía llamarse maldición hoy tiene enormes vertientes que van más allá de la mera superstición y el miedo a fuerzas oscuras o primigenias.

La lectura de Atlas de los lugares malditos debe ser tranquila, pausada, teniendo el libro siempre ha mano para disfrutar dos o tres destinos cada vez, ya sea siguiendo el orden preestablecido en el índice o dejándonos llevar por nuestro espíritu viajero, ya sea para fantasear con visitar o esquivar los destinos propuestos por Olivier Le Carrer. Yo en todo caso seguiré leyendo y releyendo estos y otros mapas, con la idea última de alguna vez visitarlos, seguir la ruta con el dedo, tomar notas en el mapa, elevar la mirada y ver que representación y realidad coinciden.

@bartofg
@lectorbicefalo

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