Las niñas que juegan

portada_paper-girls-n01_brian-kvaughan_201603291547Paper Girls #1 (Brian K. Vaughan, Cliff Chiang y Matt Wilson) Planeta Cómic, 2016. Grapa. 48 págs. Color. 2,95 €

Lo más triste del regetón es que bien podrían estar recitando la tabla periódica o la lista de los reyes godos, la gente bailaría igual sus ritmos simples y repetitivos. Pero no, en lugar de eso lo que hacen es lanzar mensajes como mínimo sexistas y misóginos al universo. Mensajes que fuera de toda duda son perjudiciales, dando imágenes tan tristes como chicas jóvenes que bailan al son del machismo más gris, muchas veces en grupos de chicas, mientras recitan las ominosas letras, con el rostro casi en éxtasis, como si vertieran por sus labios los versos de Last blues, to be read some day de Cesare Pavese. Todo bajo la excusa de la festividad absoluta, de la supuestamente inocente diversión. Pero yo no puedo evitarlo, cada vez que soy testigo de esta situación algo hierve dentro de mí, algo me incita a acercarme a esas chicas y preguntarles sin son gilipollas, si no saben que precisamente esta cultura del sexo simplemente las invita al inmovilismo, al utilitarismo social ya no como madres, sino como meros juguetes de consumo rápido. Es la inocencia naïf del amour fou transmutado en ganadería.

En esos momentos no puedo evitar pensar en lo agradecido que estoy con mi madre, en como me transmitió su amor por la ficción, por vivir en las posibilidades, en mi hermana y en su capacidad sin igual para la creatividad, en su capacidad para la feminidad y la sensibilidad artística sin sacrificar un ápice de dignidad y autorespeto. Pienso en lo que me gustan las mujeres que sonríen, no usan pendientes y limitan el maquillaje a un pintalabios rojo. Pienso en como me hubiera gustado que en mi adolescencia hubieran existido chicas como las protagonistas de Paper Girls de Brian K. Vaughan, Cliff Chiang y Matt Wilson. Yo hubiera estado loco por ir al cine con alguna de ellas, jugar a la consola, perder el tiempo con un juego de rol o simplemente darme el lote en algún rincón sucio lleno de escombros. Porque si algo me transmite Paper Girls es unas ganas locas de que todo el mundo lo lea, desde las niñas necesitadas de verdaderos modelos hasta cualquier idiota que crea que los cómics son cosas de tíos. La única pega respecto a Paper Girls es que recurre a los años ochenta del pasado siglo, como si la rebeldía femenina, el girl power adolescente, fuera una rara avis del pasado. Aunque en tal caso esperemos que se trate de un ave fénix.

Aunque si hablamos de temas de género, a nadie debe pillar desprevenido la apuesta de Brian K. Vaughan, que ya demostró ser capaz de controlar un universo netamente femenino en Y, el último nombre, su colección para Vertigo. Aunque en este caso, el guionista se centra en un grupo de chicas repartidores de periódicos en la segunda mitad de los años ochenta, algo así como si la obra estuviera ambientada en la actualidad y versara sobre un futbolista profesional homosexual. En el primer número de la colección, Brian K. Vaughan consigue crear un cosmos propio con tres pinceladas suburbanas, manchas narrativas que podrían parecer una vuelta a los viejos tópicos del cine adolescente de la década prodigiosa, cuando existían realmente productos dirigidos a los adolescentes. Sin embargo, el guión rezuma frescura por todas sus esquinas, así como un planteamiento casi de slice of life cotidiano, tan veraz que es complicado no leer un par de páginas y quedar atrapado entre sus personajes, enganchados a sus peripecias.

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Como se trata de un cómic, no podemos dejar de lado el trabajo gráfico, en este caso del dibujante Cliff Chiang, participe en algunas de las mejores últimas obras de Vertigo, una esencia que parece haber recogido en parte Image para mantener vivo ese cómic como producto cultural masivo alejado de los superhéroes y totalmente consciente de su valor como estrella de la cultura popular. Cliff Chang maneja un estilo casi cinematográfico, cuidando es especial la cantidad de detalle, sabiendo siempre que es necesario para que la historia fluya, huyendo de la sobrecarga pero sin renunciar a una búsqueda estética última de la obra. Tampoco podemos olvidar el trabajo del colorista Matt Wilson, encargado de que Paper Girls sea un cómic redondo en todo su sentido, con un color capaz de crear atmósferas como pocos, consiguiendo un nuevo nivel de lectura narrativa sin sacrificar en ningún momento el realismo. El trabajo artístico de Cliff Chiang y Matt Wilson trabaja como un recuerdo, no es una búsqueda última del realismo, sino más bien la sensación que deja un recuerdo detrás de los ojos.

Así que cuando vea a mí hermana lo primero que haré será regalarle una copia del primer número de Paper Girls, sé que lo va a disfrutar, y sólo espero que como ella sean legión los lectores de la colección, para que Brian K Vaughan, Cliff Chiang y Matt Wilson puedan seguir entreteniendo como pocos sin dejar de ofrecer modelos femeninos tan necesarios como rompedores. Porque al final lo que no evoluciona se estanca, y en algún momento de hace varias décadas las tías de instituto molaban y les daban sopas con ondas a los niñatos, y sinceramente necesitamos volver urgentemente a esa época.

@bartofg
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Spain is Pain #261: el puto Juarma (strikes back)

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Romance Neanderthal (Juarma) Ultrarradio, 2016. Rústica, 64 págs. Color, 10€

Entre las tonto-discusiones que suelen aparecer en foros de todo tipo, virtuales y presenciales, está el debate eterno sobre que es cómic y lo que no lo es.  Otro que por innegable ya ha ido desapareciendo poco a poco pero que a través del primero surge de manera transversal e insondable: el cómic como arte. En estos años el debate ha pasado por la novela gráfica, el cómic como producto cultural, la recuperación de los viejos valores de mercado, el haber ganado públicos nuevos, el cómic como un producto para las masas… Esto ha venido de la mano de las editoriales, algunos críticos y sobre todo por parte de algunos autores que buscan el reconocimiento de la obra y de su trabajo, pero sobre todo de su forma de entender este arte.

No debemos entender el tener nombre y apellidos y dedicarse a un arte creativa para considerarnos autores, los rasgos autorales, aquellos que definen la concepción propia sobre un arte y sobre la representación del mismo han de ser inherentes a la estructuración de forma y fondo del relato. Hace algunos años me topé con las obras de uno de los autores más particulares del panorama nacional no solo por su obra si no por la manera que tiene que entender el concepto de autor. Juarma tiene todos los rasgos de un autor maldito, pero en realidad no es así, publica por impulso, a veces para la web otras para fanzines otras para publicaciones propias, lo mismo hace viñetas, posters que pequeñas historias y casi nunca relatos largos. Aunque lo más importante es su actitud, dibuja y escribe por impulso y vive apartado de todos los focos del panorama editorial nacional.

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Romance Neanderthal es la última recopilación de trabajos cortos del autor de Deifontes, en el que insiste en dar una visión subjetiva de la vida en la que prescinde en la mayoría de ocasiones de un narrador omnisciente, es el propio Juarma transmutado en otros personajes o en el mismo. La visión  que tiene refleja lo patético del mundo contemporáneo. Sus microrrelatos son de carácter fragmentado en lo que la estructura poética preside todas y cada una de sus historias presentando a protagonistas corales que hablan de cada uno de nosotros sobre la situación social, la imposición tecnológica, las drogas, el amor, el sexo… Para Juarma las miserias nos definen mejor que las virtudes.

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Pocos autores representan mejor el apocalipsis a cámara lenta contemporáneo, pero lo más interesante es el foco, la calle, los desahuciados socialmente… la representación de la humanidad a través de lo irremediable del caos domestico de extrarradio. Y el otro es la poesía como leit motiv formal del relato a través del cual profundiza en los temas, supuestamente más populares. Romance Neanderthal es otra maravillosa pieza de Juarma, una obra de un autor único en el sentido estricto de la palabra con un concepto muy personal del cómic como medio y como arte. Por otro lado lo social no como fin si no como medio para explicarse a el mismo, y de paso a nosotros.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

Perdido en los mapas

portada_atlas-de-los-lugares-malditos_olivier-le-carrer_201506261318Atlas de los lugares malditos (Olivier Le Carrer) geoPlaneta, 2015. Cartoné. 136 págs. Color. 12 €

Actualmente se critica mucho la banalidad de los viajes, un hecho al que yo no dejo de sumarme. En Tinder hay demasiadas chicas tomándose un selfie frente a las ruinas del Machu Pichu. Parece que vale la pena simplemente con ir a un sitio y poder decir que se ha ido, y si es lo más express posible mejor. Puede ser una opinión demasiado apocalíptica, pero en cierto sentido el low cost ha democratizado viajar en el peor sentido, ahora un pobre puede pasar de la pirámide del Louvre igual que antes sólo lo hacían los pudientes, corriendo simplemente para poder hacerse una foto junto a la Gioconda. Aunque claro, sería obsceno por mi parte criticar a quienes viajan para no separar sus ojos de su smartphone, porque yo desde pequeño he hecho, y sigo haciendo, lo propio con los mapas. Da igual a donde viaje, lo primero que necesito es un mapa, todos los que pueda, para moverme, explorar, equivocarme, dar rodeos, buscar y encontrar. Seguir líneas con el dedo, girar sobre mi mismo y voltear el mapa para hacer coincidir realidad y representación.

Probablemente esta obsesión venga de la infancia y sus lecturas, de las novelas de aventuras y fantasía, las primeras hablaban de expediciones a lugares recónditos, y las segundas siempre estaban prologadas con un mapa, con unas coordenadas que situaban el mundo imaginario de una forma física. Así que ahora es normal que me pueda pasar horas perdido en mapas y atlas, proyectando e imaginando, desde el batir de las olas en un acantilado marino hasta la intrincada geometría del centro histórico de una ciudad. Así que nadie se debe extrañar que lo mío con Atlas de los lugares malditos de Olivier Le Carrer haya sido amor a primera vista, una compra tan compulsiva como útil y necesaria. Porque aunque Google Maps sea la aplicación que más use en mi móvil, hay pocas lecturas más placenteras que la que aúna geografía y anécdota, pudiendo viajar en compañía de Olivier Le Carrer a diversos lugares del globo marcados por la fatalidad en sus más diversas formas.

El formato elegido por Olivier Le Carrer para su Atlas de los lugares malditos es ante todo estético, los diversos lugares malditos están organizados por zonas, las cuales responden más a la imaginación que a las coordenadas. Cada lugar está delicadamente ilustrado con uno o dos mapas, la mayoría sacados del Atlas de géographie moderne, editado en Francia en 1896, con lo que la correspondencia con las fronteras actuales se sacrifica en búsqueda de la belleza vintage de dichos mapas. Por si el libro no tuviera suficiente enjundia, también está profusamente decorado con miniaturas y grabados propios de los mapas del siglo XVIII y XIX, escogiendo las ilustraciones entre lo más macabro y dantesco de la producción artística. Este planteamiento hace de Atlas de los lugares malditos un objeto estético por si mismo, basta con hojear sus páginas para alimentar la vista con una belleza arcaica, la cual ha perdido su utilidad en la actualidad pero ni por un segundo ha sacrificado la más mínima modernidad.

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Pero el libro de Olivier Le Carrer no es sólo bello en lo visual, sino que también posee una prosa sugerente y capaz como pocas de unir trivialidad y concisión. En Atlas de los lugares malditos no encontraremos sólo ciudades y parajes unidos a maldiciones milenarias, el autor tiene el talento de conseguir mezclar todo tipo de facilidades, generando una reserva de anécdotas curiosas para cualquier conversación con un seguidor de los viajes, lo curioso o lo fatídico. De este modo tenemos desde las clásicas ciudades malditas hace milenios hasta los bosques infectados de bestias, los emplazamientos humanos más caóticos o los lugares que simplemente se han empeñado en hacer imposible la presencia humana. Olivier Le Carrer demuestra que lo que antiguamente podía llamarse maldición hoy tiene enormes vertientes que van más allá de la mera superstición y el miedo a fuerzas oscuras o primigenias.

La lectura de Atlas de los lugares malditos debe ser tranquila, pausada, teniendo el libro siempre ha mano para disfrutar dos o tres destinos cada vez, ya sea siguiendo el orden preestablecido en el índice o dejándonos llevar por nuestro espíritu viajero, ya sea para fantasear con visitar o esquivar los destinos propuestos por Olivier Le Carrer. Yo en todo caso seguiré leyendo y releyendo estos y otros mapas, con la idea última de alguna vez visitarlos, seguir la ruta con el dedo, tomar notas en el mapa, elevar la mirada y ver que representación y realidad coinciden.

@bartofg
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Spain is Pain #260: vuelve el underground.

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Voltio #1 (VVAA) La cúpula, 2016. Rústica, 124 págs. Color, 12€

En una entrada anterior sobre la primera entrega de La resistencia sobre este posible nuevo ciclo que puede estar empezando de revistas periódicas dedicadas al cómic en un formato algo diferente del que habíamos visto anteriormente y condicionado por las publicaciones digitales y por un tipo de autores cada vez más acostumbrados a publicar regularmente online, ya sea historietas, ilustraciones incluso opinión sobre el trabajo de otros autores. El caso de Voltio es un tanto diferente tanto por el perfil de editorial con un público con un gusto por un tipo de cómic de autor y arriesgado y por los autores que componen el volumen en sí mismo.

La apuesta de Voltio, editado por Ana Oncina y Alex Giménez, es por una serie de autores de la última generación que arriesgan con nuevas estéticas, diferentes formas de abordar la narración o innovar dentro de las formas más tradicionales del relato. Por lo general estamos ante dos tipos de relatos aquellos que bordean lo cómico, cada una con un estilo diferente, o aquellos que construyen la historia bajo la perspectiva de lo incómodo.

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Entre estos últimos están Mancha de Nuria Tamarit en la que una marcada elipsis de años se convierte en una gran incógnita sobre un reto de adolescencia. Yo y tú  de Alexis Nolla en la que dos personajes, que probablemente ni se conozcan, establecen una relación basada en el instinto inmediato de ambos. En Bicicletas Power Paola esboza a través de un breve relato en el que dos personajes se enseñan mutuamente a montar en bicicleta cierta incomodidad bajo la estética que lo caracteriza.

En una vertiente más experimental se encuentra Blah de José Domingo, en este el protagonista busca la experiencia de la soledad alejándose de ruidos y palabras vanas. Los relatos más estéticos son aquellos de Andrew Rae, Moonhead in the City, de una sola página en la que un hombre luna sufre una ensoñación mientras pasea, o Alan, del incólume skater y autor de cómics onubense Antonio Hitos, a medio camino entre lo esteta un humor puñetero y cabroncete.

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El resto de autores participan con relatos en los que predomina lo humorístico bajo diferentes vertientes, a excepción de Alicia de Ana Oncina una reescritura de Alicia en el país de la maravillas, quiero creer, que profundiza en un relato en el que el espacio cobra un papel relevante y se apoya en ciertos aspectos de estética adorable. Fran Collado juega con la idea de los espiritistas de plantas en Coldbridge & Blackguard espiritistas botánicos; Cristian Robles (a.k.a. Kensausage) en sus dos historias juega con la idea de la condición humana, en la primera Tú eras mi hermano, yo te quería un gato ve como un niño recién llegado a casa, al que él considera como hermano, crece y crece sin contarle el secreto de su desarrollo físico. Por otro lado en El caso normal de Benjamin Button negando por completo la excepcionalidad del ser humano. Alex Giménez participa con Rojo y crudo, Amor Absoluto y la primer entrega de Pedrín y Jeremías; el primero son historias de una página protagonizada por dos personajes transgresores, la segunda es una historia de amor entre un hombre y una mujer en la que nada es lo que parece, y la comida adopta un papel muy importante,y Pedrín y Jeremías un relato que se desarrolla en la época de los bandoleros y en que Jeremías  disfruta metiendo miedo a Pedrín justo antes de que este se interne en el bosque. Para acabar falta hablar de Aroha Travé y Corvis en el que un par de amigos, uno con un problema peculiar por un problema de crecimiento se mudan de ciudad y Larry Keel de Alex Red, que trata sobre las ensoñaciones y pesadillas de un tipo que en vez de nariz tiene un pene del tamaño de un infante.

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Solo queda decir lo fresco de la propuesta, es poco habitual que las editoriales apuesten por un tipo de creación que últimamente estamos más acostumbrados a ver en el ámbito de la autoedición o en la red. La idea de Voltio creo que dista mucho de la idea de revista a la que estamos acostumbrados y que por narices deberá seguir mutando en función de las necesidades tanto del público, las editoriales, pero sobre todo de los autores y de sus necesidades creativas.

@Mr_Miquelpg

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¡Hail Hanselmann!

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Hail Satan! (Simon Hanselmann). Fulgencio Pimentel, 2016. Cartoné,  66 págs. Color. 16 €

En este blog ya hemos hablado antes un par de veces de los cómics Simon Hanselmann y de lo íntima relación que tenemos los dos miembros de El lector bicéfalo con su obra; eso sí menos con las drogas recreativas que nos dan mucho miedo. Bahía de San Búho, acaba con gran amargura, a los personajes de Hanselmann no les queda más remedio que vivir con sus compañeros, compartir su desazón vital y hacer que no les importa nada la de los otros. Se trata de una obra cómica pero en esencia la transversalidad del drama me hace dudar de la primera categorización genérica.

La pregunta que recorría la lectura de Bahía de San Búho era ¿de dónde ha salido toda esa amargura? En ese volumen lo único que hacían era hacerse daño unos a otros y particularmente despreciar a Búho, un personaje simplón que busca la normalidad a través de cumplir ciertas expectativas socialmente.  La respuesta a la pregunta es Hail Satan y una portada reveladora que nos indica la perdida de contacto con la realidad de los personajes. En esta Megg, Mogg, Búho y Werewolf Jones se disuelven mientras corren lo más despavoridos posible bajo la influencia de las drogas, en un espacio boscoso que busca ser la representación de la realidad. No se sabe de qué huyen pero lo tienen que hacer juntos.

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La otra parte de la respuesta está en el mismo cómic una historia larga en la que Búho invita  a sus compañeros de piso, incluyendo a Werewolf, a celebrar su cumpleaños en un restaurante francés de postín. Evidentemente la cosa no acaba bien, y con Mogg y Werewolf en la cárcel. Aunque viendo la esencia del relato eso es algo anecdótico. Por primera vez nos encontramos con un texto largo aislado que no está rodeado de historias cortas que nos permite medir la intensidad de las relaciones entre personajes, y que, ciertamente, a pesar de las continuas bromas y chistes se desliza cada vez más hacia el drama. Más o menos a mitad del libro cuando toda la pandilla están encaramados en un árbol tiene lugar el siguiente monologo colectivo entre Werewolf y Megg:

          Werewolf: ¿No os sentís como si os fuerais a morir todos los días?. En plan: “me rindo”

          Megg Mas o Menos a diario, sí. Son como… olas de insatisfacción. Pura futilidad…

Creo que este diálogo define a la perfección la deriva que Hanselmann le está dando a su relato, que sin ningún ápice de duda se está convirtiendo en una obra generacional y que a mí me permite conectar con el texto de maneras inimaginables. Hail Satan es una excusa para dibujar a unos personajes mucho más complejos de lo que hemos podido vislumbrar hasta ahora: Mogg es un gato inseguro totalmente dependiente de Megg, esta no acaba de apreciar la centralidad de su persona en el grupo y el peso de sus desprecios en Búho, este a su vez es incapaz de asumir su marginalidad a pesar de querer ser un tipo normal y Werewolf Jones es posiblemente el loco del grupo al que a todos aceptan cómo tal. A pesar de todo es una obra que sigue siendo graciosa y divertida a rabiar que apunta a una evolución de personajes increíble manteniendo su espíritu primigenio. ¡Hail Hanselmann!

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Spain is Pain #259: En las tripas de Ásgard

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Los dientes de la eternidad (Jorge García y Gustavo Rico) Norma Editorial, 2016. Cartoné, 220 págs. Color, 25€.

En el prólogo de este título Pablo Auladell, habla de la recurrencia de los creadores actuales de utilizar el pasado de manera constante para reescribir el mito y reconvertirlo para nuestro presente, y, añado yo, para hablar del ahora a través del pasado. El futuro ya no es útil en cuestiones ficcionales, o al menos a nivel de metáfora de la humanidad. El futuro es ahora, y por lo que parece permaneceremos en un estatus quo en el que la tecnología evolucionará de manera constante incorporándose cada vez más a todas las facetas de nuestras vidas, y no, nos hará mejores. En parte porque llevamos casi una década de apocalipsis a cámara lenta y no creo que la cosa remonte. Y porque la tecnología no ha sido un elemento redentor.

Los dientes de la eternidad narra el fin, o al menos es una de las instancias narrativa por las cuales se mueve el relato, de un mundo. El de la epicidad de la mitología nórdica, unos relatos que se construyen bajo el amparo de los dioses y la sobriedad hierática de Odín. El fin de este mundo mitológico basado en la sangre, el honor, el deber y la sumisión a los dioses empieza a llegar a su fin con la llegada del dios blanco, el dios de los cristianos que no basa la fidelidad hacia el en otra cosa que la compasión. Ni Odín ni los suyos son compasivos, ni los muertos, que recuerdan si están ahí por una traición o por otro tipo de cuestión.

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La idea del eterno retorno de Mircea Eliade es una constante en esta obra, todo vuelve a empezar de manera cíclica para repetirse los mismos errores que conducirán al fin de dicho ciclo. Jorge García y Gustavo Rico apuestan como trasfondo por un relato que muestran el fin de uno de esos mundos, un fin de ciclo que será conducido ni más ni menos que por un humano: Gylfi. Un hombre que parece encontrarse al final de sus días y que ya engaño a los dioses en su momento, pero que esta vez vuelve para recuperar a Einar un viejo amigo al que traiciono. Para ello deberá romper con todo su pasado, no solo en aspectos terrenales sino de construcción de su mundo, esto es lo mitológico. Su viaje en sí mismo es un retorno que intenta subsanar un error cometido previamente.

En ese intento de recuperar a Einar y traerlo de vuelta al mundo de los mortales. Gylfi se verá envuelto en un conflicto en el que Loki intenta arrebatar el poder a Odín, o quizás tan solo pretenda ver destrucción y confusión en vez de ocupar el puesto del dios nórdico. Ese es el otro sentido de esta obra, reconfigurar esta mitología a modo de relato épico que encajaría perfectamente en las leyendas prototípicas de esta cultura. Pero se trata de una épica certera, apartada de la mística del guerrero, Gylfi no lo es. Se podría decir que en su momento fue cobarde y que eso le lleva a ser un valiente crepuscular que no busca mayor gloria que la redención personal. En ese sentido juega un papel importan el aspecto gráfico de la obra. Gustavo Rico opta por sobredimensionar las mundos a través de diferentes estilos gráficos, que me recuerdan desde algunos apuntes cubistas de Picasso, lo extraño en el retrato de Otto Dix, la espacialidad en Malevich o la descripción de tumultos infernales como en El funeral (1918) de George Gorsz.

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Los dientes de la eternidad es un libro inmenso que algunos llevamos esperando, desde que allá por finales de 2011 apareciera la primera parte en formato álbum, su conclusión con muchas ganas. El guion es intenso pero medido, no convierte el texto en una mera excusa para desbordar al lector. El relato de García aporta dimensiones épicas a la cobardía de un personaje en busca de redención, lo cual se complementa a la perfección con el dibujo de Rico que solo podemos clasificar de sobrenatural y valiente. Ya que este tipo de narrativas tienen asociadas unos estilos gráficos asociados a la “realidad”: espadas, yelmos, escudos, sangre… (la epicidad a través de la pornografía del detalle). Para ello el artista bebe del fondo del relato y lo sustrae en espíritu y alma. Todo empieza desde la primera página, la portada, que no engaña, un dibujo que nos invita sumergirnos en las frías tierras del norte de Europa para buscar algo que solo cada lector sabrá después de acabar el libro.

@Mr_Miquelpg

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Hiperdiégesis elíptica

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El día de Julio (Beto Hernandez) La Cúpula, 2016. Rústica, 116 págs. B/N, 12€

La hiperdiégesis narrativa es una técnica por la cual un creador describe un espacio ficcional amplio del cual se describe tan solo una pequeña parte. Pero a partir de un pequeño relato podemos percibir que el universo narrativo es muchísimo más amplio, es lo que Ronald D. Moore define como texturas, definiendo esto último como pautas y elemento que apuntan a una profundidad que no hace avanzar la historia pero profundiza en el universo. La elipsis, técnica más conocida, consistente en la supresión de algunas acontecimientos del relato ya sea por cuestiones de economía narrativa o bien para utilizar dichos eventos a nivel estructural.

El día de Julio  de Beto Hernandez hace gala de ambas técnicas de una manera sublime. Pero yendo por partes, este título nos narra la historia de Julio un hombre que nace en el año 1900 en un pequeño pueblo y que al parecer morirá a final de siglo. La vida del protagonista es la de ser un mero testimonio de la vida de otros y de los cambios sociales que devienen a lo largo de 100 años. Julio es una especie de Shigekuni Honda, el protagonista transversal de la Tetralogía del mar de la fertilidad de Yukio Mishima, participando de manera muy leve en el devenir de las vidas de los habitantes de dicha población.

Julio habita en un pueblo miserable de gente que vive del trabajo del campo y en el que se intuye una breve evolución en la forma de ganarse la vida. No hay señoritos ni terratenientes, pero los personajes que pueblan este título se ven atados a la tierra, pero no de una manera visceral si no instintiva, se agarran a sus raíces pero más como una forma de vida conformista que no pretende más que seguir hacia adelante y perpetuar la especie que como una superación de las generaciones anteriores.

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Quizás debido a eso subyace una de las técnicas mencionadas en el primer párrafo, la hiperdiégesis, aunque en este caso quizás sea más interesante denominarlo como texturas. Dichas texturas se construyen a través de los topos a través de los cuales se elaboran el imaginario popular del pueblo: el hombre que hace desaparecer niños, la mujer que cree que su marido e hijos sepultados por una alud de barro siguen vivos, la mujer que se ofrece como enfermera en todas las guerras, el chico que al que devuelven completamente amputado y que la madre no lo reconoce como tal. Micronarrativas que ayudan a concebir un espacio en off mucho mayor. Atribuyendo, todavía más, un papel meramente testimonial a Julio.

Sin embargo, el gran rasgo de este título es la elipsis, en apenas 120 páginas se narran 100 años de historia, toda una vida narrada a través de la vida de otros. Julio es un personaje estático que ve y deja pasar la vida, ni se enamora, ni se casa, ni tiene hijos; no hace nada en particular, tan solo estar. El día de Julio se enmarca, o se debería, dentro de ese macrouniverso de Palomar en el que la visión que Hernandez tiene del realismo mágico preside la vida de los personajes que en cierta manera se mueven entre cierta ficcionalidad y rasgos apegados a las tragedias diarias de la realidad.

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