Pequeños trazos en el tiempo

intrusosIntrusos (Adrian Tomine). Sapristi Cómic, 2016. Cartoné. 128 págs. Color. 21,90 €

Cuando la gente piensa en el cómic, y hablo sobre todo de gente que nunca ha leído un cómic, tiende ha definir el medio por el género más exitoso, los superhéroes. Este es un problema bastante común, cuando el género devora al medio, pero que alcanza cotas increíbles si hablamos de la historieta. Para cualquier persona común el cómic se divide en Mortadelo, Batman y Naruto. Todo esto cuando van más allá de las simples capas. Este desconocimiento no sería preocupante, es simple fruto de la ignorancia y no está bien culpar al ignorante, se le intenta explicar, y si no quiere aprender pues peor para él y que disfrute de su ignorancia. No voy a ser yo el primero que diga ahora que el cómic es mucho más que hostias filofascistas, más cuando creo que incluso la predominancia de la acción sobre el tiempo es la mayor señal de saber desaprovechar las virtudes del arte secuencial.

Realmente los superhéroes deberían reinar en el cine por encima del cómic, un medio más espectacular en lo visual y dueño de un ritmo ajeno al espectador. Si hablamos de acción, es el creador quien debe marcar el ritmo, quien se vale de esta herramienta para afectar a su destinatario. El cómic por contra funciona mucho mejor cuando el ritmo se estira tanto que desaparece. Si quieres marcar acción encabalgas diez planos que duren menos de un segundo cada uno, eso es energía. En un cómic todas las viñetas duran lo mismo, lo que quiera el lector, así que si te paras a admirar una pelea llena de detalles no estás absorbido por la acción, estás realizando una autopsia a instantes. Pero si lo que quieres es caer entre las fibras del tiempo, el cómic te permite condensar una eternidad en varias viñetas, no tienes que aguantar el plano durante diez minutos, sólo tienes que repetir la viñeta. Hay tienes el tedio, la elongación de lo eterno en dos simples viñetas.

Por eso, si hablamos específicamente de guión, pocos genios vamos a encontrar en el mundo del cómic cercanos a Adrian Tomine, un autor que como pocos ha sabido construir relatos que funcionan en el cómic mejor que en cualquier otro medio valiéndose de las virtudes de la página. Intrusos es una constatación de este hecho, seis historias que son cómic. Es cierto que por su temática, las narraciones de Adrian Tomine podrían parecer el mejor material para una película indie americana, pues comparten la misma atmósfera y tono, pero necesitarían que un director con personalidad diera su propia visión y trasladara las tramas al lenguaje cinematográfico. Pues lo más poderoso de Adrian Tomine no es lo que cuenta, sino el cómo lo hace. Desde el uso del color hasta el tamaño de las viñetas, todo parece responder a un plan último para exprimir las máximas posibilidades narrativas del cómic. Afortunadamente todo esto se realiza sin que la propia experimentación ahogue las historias. No estamos ante una obra llena de técnica pero vacía de sentimiento.

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Algunas historias de Intrusos, como Traducido del japonés, podrían parecer incluso story-boards para cotometrajes, pero lo cierto es que esto podría ser más fruto de la genialidad oculta que de la verdad. Adrian Tomine consigue un estilo tan único como invisible en su narración, no nos lanza a la cara los enormes aciertos que encuentra en la narrativa secuencial, en su lugar teje historias poderosas que sirven a la narración igual que está lo hace con los personajes y tramas. Es cómic porque no podría ser ninguna otra cosa sin perder la esencia. Adrian Tomine plantea historias interesantes y humanas, alejadas de cualquier atisbo no ya de fantasía, incluso del más mínimo realismo mágico, llegando incluso a ser cáustico en el mundo que representa, casi como un dios cruel indiferente ante sus criaturas. Pero por fortuna, el padre termina siendo redentor y todas las historias de Adrian Tomine son tristes porque la vida es triste, pero el autor se reserva siempre un giro hacia la esperanza o al menos la ternura, huyendo del happy end o del chiste final, pero dando cabida al optimismo desde la aparente óptica del autor más pesimista.

No quiero terminar sin detenerme en lo que me enamoró de Adrian Tomine la primera vez que lo leí, lo que me ha hecho siempre volver a él, su trazo. Siempre he sido un obseso por la capacidad de contar lo máximo con el mínimo recurso posible, y conozco pocos autores del talento de Adrian Tomine. En Intrusos, como en toda su obra, vemos una línea clara que parece obsesionada con contar lo máximo posible gastando la mínima cantidad de tinta, llevando algunos elementos hasta la categoría de los esquemático. Sin embargo, desde este mínimo, Adrian Tomine es capaz de transmitir emociones como pocos, siempre desde la contención pero sin miedo al humanismo. Los rostros de Adrian Tomine parecen presas a punto de colapsar, rictus serios donde se percibe desde la tristeza más honda hasta la alegría más sincera, grietas dispuestas a explotar en sentimientos descontrolados. Eso en resumen es Intrusos, seis historias que demuestran las virtudes del cómic como medio pero sin olvidar que la humanidad existe y ante todo es sentimiento.

@bartofg
@lectorbicefalo

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