Spain is Spain #258: sin pena

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Que no, que no me muero (María Hernández Martí y Javi de Castro) Modernito books, 2016. Rústica, 168 págs. Color, 19,50€

Lupe es una mujer cercana a los cuarenta, que tiene la vida más o menos organizada hasta que le detectan un cáncer de mama. A partir de ahí el relato podría tomar una serie de desvíos: por un lado se podía haber decantado por lo lastimero, el porqué del castigo divino, etc. Podría haber sido un cuento sobre la dignidad de la enferma por encima de la injusticia de un sistema que no cumple su parte. Pero no, Que no, que no me muero, no opta por ninguna de las vías clásicas para la ficción sobre enfermedades.  Evita de pleno el relato maniqueo de bien y mal y por supuesto el lastimero.

La guionista opta por una serie de microrrelatos, un total de 32, que recorren las etapas por las que Lupe pasa por su enfermedad. Pero no se trata solo de la historia de ella sino de la de aquellos que la rodean, los cambios y una misma. Pero sobre todo por la fuerza que va adquiriendo el personaje página tras página, que lejos de desfallecer y convertirse en un personaje patético se convierte en el motor de los que la rodean. Aunque el carácter de la protagonista se pueda confundir muchas veces con el amargor que supone el tratamiento de esta enfermedad no es más que su carácter. Lupe no busca posibles causas kármicas a su situación, ni el perdón de la gente.

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Página tras página podemos ver como el proceso no homogeniza, a cada enfermo le afecta de una manera diferente, no solo en lo físico sino a nivel intelectual, cada uno es diferente , y la mala leche que destila Lupe es única. Se agradece a lo largo del volumen evitar la moralina fácil, buscar la lágrima o construir un personaje que de lástima sino a una persona un tanto cabrona.

Me da la sensación que pocos autores como Javi de Castro hubiesen sido capaces de plasmar los recursos literarios propuestos en el relato. Algo que ya hemos podido ver en trabajos anteriores suyos y que se convierte en una especialidad del autor: desglosar el espacio visual del relato y desfragmentar la acción dentro del encuadre. El autor se sirve de estas técnicas para apuntar a la evolución de Lupe, un personaje que apuesta por seguir con su vida independientemente de la opinión de aquellos que le quieren hacer comer remolacha. Una obra que María Hernández Martí escribe con un buen punto de mala leche, el necesario para sobrevivir hoy día.

@Mr_Miquelpg

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Santo Tomás de Belfast

punk_rock_jesusPunk Rock Jesus (Sean Murphy). ECC, 2016. Cartoné. 368 págs. ByN. 30 €

Aunque uno no crea en ningún poder superior no se puede negar que la religión tiene un atractivo tan brillante como perturbador. Desde un niño con estigmas que llora sangre hasta un suicida que se inmola en una estación de metro. Hay algo que atrae y aterra a partes iguales, tanto por lo ilógico como por lo incuestionable de su naturaleza. Hablamos de algo que es imposible demostrar, todo convencido lo hace a través del sacrifico del conocimiento, y encima espera que los demás sean partícipes de su juego. Quizás sería más comprensible si un religioso guardara su fe como un tesoro y sintiera lástima de los no creyentes, pero el problema es cuando el no creyente se vuelve un ser inferior. Entonces llega lo peligroso, porque el no creyente ofende a un poder superior que a pesar de ser omnipresente, omnisciente y omnipotente, necesita que otra persona te rebane el cuello o te pegue un tiro en la cabeza.

Pero por si esto fuera poco, la religión en lugar de convertirse en una herramienta para la paz se convierte en una creadora más de diferencias. Pareces que pocos son los dispuestos a aceptar el martirio, a aceptar la belleza moral de la víctima. De modo que no sólo odias a los creyentes de otras religiones, sino también al de otras sectas. Esto lo vemos hoy en día entre sunies y chiies en el mundo islámico, pero hasta no hace mucho los católicos y los protestantes hacían lo mismo. Irlanda del Norte fue el último bastión que enfrentó a católicos con protestantes, mezclando la lucha entre Irlanda y Gran Bretaña, republicanos y monárquicos. Quizás todo se hubiera solucionado si todos los implicados hubieran leído con atención la carta de San Pablo a los romanos, pero en su lugar optaron por matarse. Y de dicha masacre nace Thomas McKeal, el verdadero protagonista de la obra magna Punk Rock Jesus de Sean Murphy, quien guarda un gran paralelismo con San Pablo, verdadero padre fundador del Cristianismo moderno.

Pero el planteamiento inicial de Sean Murphy es mucho más ambicioso, en Punk Rock Jesus se habla de religión en el sentido último de la palabra, de mesianismo y redención. En un futuro tremendamente cercano, un productor de televisión crea el reality-show más popular de la historia,  J2, todo clonando a Jesucristo gracias al material genético del sudario de Turín. J2 ocupa la primera mitad de Punk Rock Jesus, donde vemos el crecimiento de Chris, el clon de Jesucristo, desde su gestación hasta la llegada a la adolescencia. En la segunda mitad vemos como Chris rechaza su papel de mesías y decide usar su popularidad para despertar conciencias a través del punk. En estas dos mitades Thomas es primero el jefe de seguridad de J2 y el guardaespaldas de la banda de punk de Chris después. Porque aunque Chris sea un personaje interesante, el primer mesías que es educado como tal, el niño del que se esperan los milagros, el talento como escritor de Sean Murphy llega con los personajes menos idealistas, con los fracasados.

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Como en toda buena historia, en Punk Rock Jesus los personajes son los restos que la marea de sus fracasos ha dejado varados. De este modo tenemos a Gwen, la madre del nuevo mesías; Slate, el productor de J2; o a Epstein, la científica responsable del clonado. Todos estos personajes, así como los numerosos secundarios, ofrecen suficientes motivos para ser tanto odiados como amados, o al menos ser dignos de lástima. No sé si de forma consciente o no, Sean Murphy escribe una historia tremendamente humanista, con personajes que pivotan continuamente en busca del perdón, algunos fracasando una y otra vez para volver a partir en busca de la redención. Siendo el personaje más claro Thomas, antiguo asesino aterrado por las llamas del infierno. Hay cierto paralelismo entre Gwen y Thomas, ambos son personajes fácilmente criticables por el ateo medio, son en cierto sentido el creyente tranquilo que Chris llama a la acción, ambos con una vida alejada del evangelio, combativo o no. Pero es precisamente ese papel de cristianos fallidos lo que los hace más puros, no sabemos si sus experiencias divinas fueron reales o no, lo que si sabemos es que creen en Chris, en el nuevo mesías.

Sean Murphy desarrolla en Punk Rock Jesus una historia madura, dejando clara sus ideas religiosas, su clara inexistencia, pero siendo tremendamente respetuoso. Las críticas caen sin clemencia sobre todo radical, como debe ser. Sean Murphy hace una llamada a la autoreflexión y el cuestionamiento de las grandes verdades, esperando que la caída de los grandes relatos sea su conclusión, pero contento al menos con que se consiga un ejercicio de reflexión. Punk Rock Jesus es un cómic valiente e inteligente, pero es que aunque no lo fuera su lectura sería igual de recomendable. Es más, aunque Punk Rock Jesus fuera un cómic estúpido y aburrido yo seguiría recomendándolo, sólo por disfrutar del dibujo de Sean Murphy, por sus líneas anguladas y sus perspectivas imposibles, por este evangelio gráfico de la vida y el movimiento, por saber dibujar como pocos un puñetazo y unos ojos llenos de ternura.

@bartofg
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Spain is Pain #257: El territorio subjetivo.

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Gialla (Martín López Lam) Ediciones Valientes, 2016. Grapa, 56 págs. Triple pantone, 6€

Retomemos algunas de las ideas centrales de que aparecían en Sirio de López Lam para empezar a hablar de Gialla (ambas obras aparecieron casi al mismo tiempo). Nos encontramos en la obra publicada por Fulgencio Pimentel la disolución de un narrador en primera persona que apunta a una narración del relato desde el punto de vista del lector, una apuesta difícil que le otorga a la construcción del tiempo y el espacio un protagonismo por encima del propio relato en el que se planteaba una duda ¿Quiénes somos nosotros como lectores?, a la vez de retomar el debate entre mapa/territorio filtrado a través de la visión subjetiva compartida entre los lectores, el autor y el personaje principal.

Ese debate braudillardiano se retoma, o mejor dicho, se inicia en Gialla cuando se empieza a establecer una discusión sobre la subjetividad del relato sobre espacios geográficos e históricos incorporando un nuevo matiz: la subjetividad. El recuerdo del territorio construye un nuevo mapa, vinculado con lo cognitivo y este con lo emocional, el mapa, o el Google Maps tal como aparecía en Sirio tan solo puede reproducir fotos, pero no la estancia ni el momento vivido. Algo que podríamos denominar como el síndrome de Robinson Crusoe, al menos desde el punto de vista de Tournier, este, en su reescritura titulada Viernes y los limbos del Pacifico (1967) plantea el cambio sustancial del espacio a través de la subjetividad. El autor francés apunta a los intentos de reorganización por parte del náufrago occidental de las formas de la isla, hasta el punto que sufre un cambio personal que le impide abandonar la isla, cosa que si hace viernes.

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En Gialla el autor apunta hacia la subjetividad autoral para definir el espacio, el Trastevere uno de los barrios céntricos de Roma. Parte de la realidad para recrear un hecho ficcionado, Francesco Citti tirándose al rio, para recrear un pseudoevento, la caída de una estatua al rio para hacer un recorrido que da pie a la reflexión y la focalización de diferentes personajes de carácter secundario. Dicha focalización parte de algunas pinturas en las que los perros como personajes secundarios como los personajes que anónimos que pueblan dicho barrio. Acentuando el trayecto a modo de encartes interiores, una intervención a modo de subtexto que amplía el relato principal  y aporta nuevas líneas “argumentales”. López Lam recurre a cierto punto de narración cero, no hay nudo ni desenlace, tan solo el recorrido subjetivo por el territorio, dibujado y reimaginado en pequeños fragmentos documentales poniendo el acento en el vagabundo que baila, los gatos hambrientos de caricias, los neones o el gorrilla con pinta de yakuza. Un fresco que pone en hiato cuestiones como el continuo causal del relato y sosega la acción en favor de la contemplación.

@Mr_Miquelpg

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Animal Warrior

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Animal Man. Vol 1. El zoo humano (Grant Morrison, Chaz Truog y Tom Grummett) ECC, 2016. Cartoné, 240 págs. Color, 23€

A final de la década de los ochenta apenas se podía presagiar la hecatombe que iba a arrasar al cómic de superhéroes comercial en el siguiente decenio. Lo que si sucedió es que se sentaron las bases discursivas para un tipo de cómic que sigue su andadura hasta nuestros días y un tipo de autor que no solo se preocupa por aspectos de canon cronológico, o más bien lo desechan, sino que deciden establecer ciertas narrativas metadiscursivas y de hablar de nuestra realidad en tiempo presente sin olvidar los rasgos de entretenimiento y ficción fantástica que tienen que tener este tipo de textos.

Uno de los autores claves surgidos de ese periodo es sin ningún tipo de dudas es Grant Morrison que con la recuperación de Animal Man empezaba a lanzar un discurso propio sobre este medio. Luego vendrían obras como Doom Patrol, Flex Mentallo, The Invisibles o El multiverso. Todas fundamentales para entender el giro que ha sufrido el cómic comercial en los últimos años. Se convierte en una mezcla de comentario social sobre el momento en el que son publicadas con una intención consciente de trascender de los aspectos más habituales del discurso del cómic reventando algunas formas del mismo.

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En el caso de Animal Man se trata de la recuperación de un personaje  creado por Dave Wood y Carmine Infantino para el Nº180 de Strange Adventures (septiembre de 1965). Cabe decir que el discurso de Morrison es posmoderno, y parte de eso pasa por actualizar no solo las narrativas tradicionales sino por remodelarlas y convertirlas en meta. La reconversión de Buddy Baker pasa por reconvertirlo en un tipo normal con familia que vive en un vecindario convencional de Estados Unidos. El don de Buddy, más que superpoder, consiste en poder absorber las características de un animal concreto y amplificarlo a nivel humano. Morrison pone de relieve los problemas de dicha condición. Animal Man, aparte de ser un novato en todo esto de ser un héroe tiene una serie de prejuicios morales sobre el mundo en el que nos movemos y nos muestra una realidad muy cruda: en algún momento de esta desenfrenada carrera hacia un capitalismo desbocado los animales pasaron de ser fuerza de trabajo a convertirse en cosas.

La concepción animalista de Morrison se descubre en los cinco primeros números de la colección. Los cuatro primeros es una bajada a la realidad de un personaje de ficción, no solo constituyen la presentación del mismo sino las intenciones del autor este se enfrenta a Bwana Bestia un hombre con poderes que intenta salvar a unos simios que son utilizados para investigar con Ántrax, el siguiente número “El evangelio coyote” insiste en esa cosificación de los animales. Las siguientes entregas, sin dejar de lado esa vertiente ahonda más en la inserción de Buddy dentro del universo superheroico de DC, en ir haciéndolo encajar. Pero Animal Man siempre es más que un simple cómic de superhéroes, intenta reflejar el momento implementar cierto valor de crónica, una obra que en sus mejores momentos todavía sigue golpeando conciencias.

@Mr_Miquelpg

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Pequeños trazos en el tiempo

intrusosIntrusos (Adrian Tomine). Sapristi Cómic, 2016. Cartoné. 128 págs. Color. 21,90 €

Cuando la gente piensa en el cómic, y hablo sobre todo de gente que nunca ha leído un cómic, tiende ha definir el medio por el género más exitoso, los superhéroes. Este es un problema bastante común, cuando el género devora al medio, pero que alcanza cotas increíbles si hablamos de la historieta. Para cualquier persona común el cómic se divide en Mortadelo, Batman y Naruto. Todo esto cuando van más allá de las simples capas. Este desconocimiento no sería preocupante, es simple fruto de la ignorancia y no está bien culpar al ignorante, se le intenta explicar, y si no quiere aprender pues peor para él y que disfrute de su ignorancia. No voy a ser yo el primero que diga ahora que el cómic es mucho más que hostias filofascistas, más cuando creo que incluso la predominancia de la acción sobre el tiempo es la mayor señal de saber desaprovechar las virtudes del arte secuencial.

Realmente los superhéroes deberían reinar en el cine por encima del cómic, un medio más espectacular en lo visual y dueño de un ritmo ajeno al espectador. Si hablamos de acción, es el creador quien debe marcar el ritmo, quien se vale de esta herramienta para afectar a su destinatario. El cómic por contra funciona mucho mejor cuando el ritmo se estira tanto que desaparece. Si quieres marcar acción encabalgas diez planos que duren menos de un segundo cada uno, eso es energía. En un cómic todas las viñetas duran lo mismo, lo que quiera el lector, así que si te paras a admirar una pelea llena de detalles no estás absorbido por la acción, estás realizando una autopsia a instantes. Pero si lo que quieres es caer entre las fibras del tiempo, el cómic te permite condensar una eternidad en varias viñetas, no tienes que aguantar el plano durante diez minutos, sólo tienes que repetir la viñeta. Hay tienes el tedio, la elongación de lo eterno en dos simples viñetas.

Por eso, si hablamos específicamente de guión, pocos genios vamos a encontrar en el mundo del cómic cercanos a Adrian Tomine, un autor que como pocos ha sabido construir relatos que funcionan en el cómic mejor que en cualquier otro medio valiéndose de las virtudes de la página. Intrusos es una constatación de este hecho, seis historias que son cómic. Es cierto que por su temática, las narraciones de Adrian Tomine podrían parecer el mejor material para una película indie americana, pues comparten la misma atmósfera y tono, pero necesitarían que un director con personalidad diera su propia visión y trasladara las tramas al lenguaje cinematográfico. Pues lo más poderoso de Adrian Tomine no es lo que cuenta, sino el cómo lo hace. Desde el uso del color hasta el tamaño de las viñetas, todo parece responder a un plan último para exprimir las máximas posibilidades narrativas del cómic. Afortunadamente todo esto se realiza sin que la propia experimentación ahogue las historias. No estamos ante una obra llena de técnica pero vacía de sentimiento.

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Algunas historias de Intrusos, como Traducido del japonés, podrían parecer incluso story-boards para cotometrajes, pero lo cierto es que esto podría ser más fruto de la genialidad oculta que de la verdad. Adrian Tomine consigue un estilo tan único como invisible en su narración, no nos lanza a la cara los enormes aciertos que encuentra en la narrativa secuencial, en su lugar teje historias poderosas que sirven a la narración igual que está lo hace con los personajes y tramas. Es cómic porque no podría ser ninguna otra cosa sin perder la esencia. Adrian Tomine plantea historias interesantes y humanas, alejadas de cualquier atisbo no ya de fantasía, incluso del más mínimo realismo mágico, llegando incluso a ser cáustico en el mundo que representa, casi como un dios cruel indiferente ante sus criaturas. Pero por fortuna, el padre termina siendo redentor y todas las historias de Adrian Tomine son tristes porque la vida es triste, pero el autor se reserva siempre un giro hacia la esperanza o al menos la ternura, huyendo del happy end o del chiste final, pero dando cabida al optimismo desde la aparente óptica del autor más pesimista.

No quiero terminar sin detenerme en lo que me enamoró de Adrian Tomine la primera vez que lo leí, lo que me ha hecho siempre volver a él, su trazo. Siempre he sido un obseso por la capacidad de contar lo máximo con el mínimo recurso posible, y conozco pocos autores del talento de Adrian Tomine. En Intrusos, como en toda su obra, vemos una línea clara que parece obsesionada con contar lo máximo posible gastando la mínima cantidad de tinta, llevando algunos elementos hasta la categoría de los esquemático. Sin embargo, desde este mínimo, Adrian Tomine es capaz de transmitir emociones como pocos, siempre desde la contención pero sin miedo al humanismo. Los rostros de Adrian Tomine parecen presas a punto de colapsar, rictus serios donde se percibe desde la tristeza más honda hasta la alegría más sincera, grietas dispuestas a explotar en sentimientos descontrolados. Eso en resumen es Intrusos, seis historias que demuestran las virtudes del cómic como medio pero sin olvidar que la humanidad existe y ante todo es sentimiento.

@bartofg
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Blanco Humano – Vivir en Amérika (Peter Milligan, Cliff Chiang y Javier Pulido)

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Blanco Humano: Vivir en Amérika (Peter Milligan, Cliff Chiang y Javier Pulido). ECC, 2016. Rústica. 176 págs. Color. 15,95 €

Peter Milligan, acompañado por los dibujantes Cliff Chiang y Javier Pulido, continúo su serie Blanco Humano empeñado en ir un paso más, como podemos ver el el tomo Vivir en Amérika, que recoge los números del 7 al 13 de la colección americana. Si anteriormente el guionista se había atrevido construir al hombre de las mil personalidades a través de la América más excesiva, narrando relatos relacionados con la gran América, como es Hollywood, el 11S o el béisbol, en estos números no tiene miedo en recorrer la Norteamérica más escondida, indagando en historias secundarias tanto en el presente como en el pasado del único país que podía gestar a un personaje como Christopher Chance, el Blanco Humano.

Vivir en Amérika comienza con la miniserie de tres números Hacia donde sopla el viento, donde Peter Milligan, junto al dibujante Cliff Chiang, se centra en una historia sobre los restos del movimiento terrorista de izquierdas de los años setenta del pasado siglo. Es una práctica recurrente en la carrera del británico recurrir a historias que corren el riesgo de desaparecer entre la gran Historia, con el acierto de no convertirlas en anécdotas, sino desarrollarlas en el sentido más amplio. Hacia donde sopla el viento es un juego continuo de ser y no ser, de máscaras más allá de las propias de Christopher Chance, y de las heridas mal curadas por el tiempo. Más allá de lo curioso del tema a tratar, Peter Milligan realiza una radiografía del terrorismo y de sus derivas hacia lo criminal o la asimilación por el sistema, con la gran ventaja de que su reflexión se asienta en un terreno pocas veces explorado. Peter Milligan podría haber recurrido sin problemas a las milicias de ultraderecha, al narcoterrorismo o a los radicales religiosos, pero apuesta y gana con una historia de extremistas comunistas olvidados por la historia americana.

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Tras un número único lleno de acción y giro final, Christopher Chance sufre una especie de reseteo en Juegos de azar, momento en el que vuelve el portentoso lápiz de Javier Pulido, para volver a su status quo en Los Ángeles, tras recorrer la arcadia americana con el fin de recuperar su relación con Mary White. Es entonces cuando Peter Milligan sólo necesita dos números para conseguir esa unión perfecta entre entretenimiento de acción, denuncia social y angustia existencial. Los dos números que componen Cruzar la frontera es quizás de lo mejor que Blanco Humano había dado hasta el momento, dos simples números para contar el tráfico de personas desde México hasta Estados Unidos, especialmente el de niños. Peter Milligan tiene un talento único para tocar los temas más duros de la forma menos explícita pero más efectiva, es un genio, y como muestra estas páginas llenas de héroes caídos en busca de redención y la imposibilidad de la victoria absoluta. La última página de Cruzar la frontera es una muestra violenta y descarnada de como el menos es más.

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Spain is Pain #256: Memoria y región.

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La bondad y la ira (Juan Pérez y Daniel Viñuales) GP ediciones, 2016. Rústica, 72 págs. B/N 11€

Por lo general las editoriales de cómics están abocadas a líneas generales que resuelven aspectos de carácter genérico o temático a través de las colecciones, en otros casos la editorial está enfocada hacia un género o temáticas concretas. Pocas veces nos encontramos con el caso de editoriales de cómic volcadas en el aspecto regional. Uno de esos casos es GP ediciones una pequeña editorial cuyo principal rasgo es editar autores maños, relatos relacionados con la historia de Aragón o ficciones ambientadas en esa zona de España.

Otra de las líneas está dedicada a personajes históricos relevantes en la historia de la comunidad, el cómic del que hablamos hoy está dedicado a Ramón Acín, pedagogo e intelectual que vivió algunos de los momentos más convulsos de la historia de este país durante la década de los 30. Acín fue un personaje público y reconocido intelectual que apoyó la República y por los movimientos libertarios que surgieron durante esos años. En una breve introducción al texto los autores dicen: “La intención de este cómic no es otra que llevar el personaje a otro medio, pero con el mismo objetivo, difundir su memoria”.

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La memoria es el gran campo de batalla para explicar la historia del siglo XX de un país como el nuestro. El relato convierte la memoria de Acín en la nuestra o en lo que todos no deberíamos olvidar, del valor de la amistad, de la educación, de saber formarse en un modo de vida que no perjudique a otros. Quedan ocultos o invisibles aquellos que sobresaltaron al país sumergiéndolo en 40 años de oscuridad, como si fueran los adultos en un película de Pixar, porque no merece la pena volver a verlos, sus actos hablan por ellos.

La bondad y la ira cabalga, es ante todo un texto divulgativo y emocionante que deja de lado desde el primer momento la hagiografía centrándose en la vida del personaje centrándose en seguir dando a conocer a Ramón Acín. El libro se construye a modo de memoria personal en los días en los que el intelectual estuvo escondido en su casa tras el golpe de estado de 1936 que devino en la Guerra Civil. Este título resume a la perfección que GP busca trasladar al lector, el darnos a conocer su tierra a través del cómic, una labor que desgraciadamente a veces pasa desapercibida.

@Mr_Miquelpg

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Otros mundos

antares portadaAntares (Leo). ECC, 2015. Cartoné. 320 págs. Color. 32 €

Viajar ya no tiene ningún mérito, se ha convertido en un producto vacío de la más mínima épica. Quizás hace sólo 50 años viajar a Tailandia fuera una experiencia única, una verdadera aventura, hoy en día la única diferencia entre ir a Tailandia o París es el precio y que el vuelo tarda un poco más. Lo exótico ha muerto y lo que antes era misterio y un choque de culturas ahora es un parque de atracciones desvencijado para Occidente. Un turista con una camiseta de futbol absorto en su móvil mientras ignora pirámides precolombinas dista mucho de ser un explorador aguerrido que se arriesga a morir de unas fiebres. No hemos empequeñecido el mundo, lo hemos manufacturado y vendido en porciones asequibles para cualquiera.

Así que del mismo modo que nuestro tiempo es ya viejo para explorar la Tierra, aún queda tiempo para que podamos hacer lo propio con las estrellas, con lo que las personas de espíritu realmente indómito no tienen espacio en este tiempo, demasiado tarde para explorar junglas y demasiado pronto para descubrir nuevos paisajes en otros mundos. Pero el espíritu de asombro ante lo desconocido sigue perviviendo, para lo que hay que leer textos ambientados en otro tiempo, cuando la Tierra era una amalgama de diversos mundos aislados, o recurrir a la ciencia-ficción, imaginándonos como pueden ser esos nuevos mundos. Esto es lo que ha hecho el artistas brasileño afincado en Francia Leo, que mediante su saga Los mundos de Aldebaran nos ha presentado tres planetas a explorar en tres arcos diferentes: Aldebaran, Betelgeuse y Antares. Hoy hablaremos de la tercera saga, Antares, publicada en un tomo recopilatorio que supone un chute de ciencia-ficción dura.

En Aldebaran conocemos a Kim Keller, una chica autóctona de Alderaban que posteriormente vivirá más aventuras en Betelgeuse, para posteriormente retirarse a la Tierra y volver a ser llamada a la aventura cuando se descubre un tercer planeta con posibilidades de ser colonizado. Lo primero que tiene que tener claro cualquier lector de Antares es que Leo es un guionista que plantea la ciencia-ficción desde una dureza realista, dejando de lado cualquier posibilidad de salvar la trama mediante la fantasía o un deux ex machina. Leo es un juez tan neutral como duro. No por nada se nos muestra una historia de conquista y exploración de otro planeta, con lo que los tiempos de las acciones se adaptan a la realidad, y el propio viaje a Antares es tan largo y tedioso como tuvo que ser la primera travesía del Atlántico de Colón, siendo el porcentaje de retornados también similar. Leo sabe que escribe una aventura, y por tanto la llena de peripecias y sorpresas para el lector, pero también está fantaseando sobre un mundo nuevo, con sus propias reglas, y a la hora de mezclar a sus personajes con el nuevo campo de juego es consecuente de lo que significaría ser humano y habitar su mundo.

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A pesar de lo entramado de la trama de Antares, es perfectamente disfrutable sin haber leído las dos sagas anteriores, es más, el disfrute y la calidad de la obra es tal que me cuesta que cualquier fan de la ciencia-ficción no termine de leer Antares y tome como determinación leerse los dos primeros arcos de la saga en suma brevedad, como ha sido mi caso. Leo despliega una imaginación portentosa en las páginas de Antares, haciendo que la especulación científica sea lo más entretenida posible sin olvidar la construcción de unos personajes complejos, así como ahondando en temas tan humanos como la fe o la justicia. Leo crea un personaje tan lleno de matices como Kim Keller, la rodea de otras tantas personalidades igual de complejas, y los introduce en un ambiente peligroso donde la supervivencia es un lujo, y no sólo contento eso los enfrenta a problemas derivados de la propia humanidad como la fé o la autoridad. Todo desde un prisma tan realista que asusta, Leo es un director de orquesta que hace lo que muchas veces es harto complicado, opta por la coherencia llevándola a sus últimas consecuencias, hasta ese terreno donde lo fantástico y extremo se vuelve real.

Por su parte, tampoco se puede dejar de lado la capacidad artística del autor brasileño, que domina un estilo que podríamos englobar dentro de la línea clara del cómic adulto francobelga, un estilo que he comparado muchas veces al estilo invisible de Hollywood. El realismo en el trazo de Leo es asombroso, hasta el punto de que podemos llegar a olvidarnos de que estamos leyendo ficción, pero esta capacidad de mímesis no está sola, pues se acompaña de una imaginación portentosa a la hora de crear la fauna y flora de Antares, consiguiendo lo que parece impensable, que lo realista coexista de forma orgánica con lo fantástico, haciendo que lo segundo parezca tan asombroso como plausible. Antares es un viaje a lo desconocido que podría ser, Leo nos lleva a una aventura fuera de toda escala pero dejando claro que, sin restar asombro, lo que leemos podría formar de la historia futura de la humanidad, con sus altezas y bajezas.

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El Tezuka más crudo

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Devorar la Tierra (Osamu Tezuka) Ecc, 2016. Rústica, 520 págs. B/N, 27€

Las recientes ediciones de diferentes títulos de temática adulta de Osamu Tezuka nos hacen pensar que se trata de un autor clarividente. En Tezuka no solo debemos reconocer su labor como padre del manga actual con una influencia que pocos autores del medio desde finales del XIX hasta nuestros días pueden igualar. Sino que desde finales de los 60 y a lo largo de los 70 tuvo la visión necesaria para poder plasmar una serie de temas que en aquel momento el manga comercial no trataba. La canción de Apolo (1970), Oda a Kirihito (1970-1971), el libro de los insectos (1970) o MW (1976-1978) son un ejemplo de como este autor es capaz de reivindicar los valores de crónica y denuncia en un manga abierto a todo tipo de lectores.

En este periodo, y a partir de las obras mencionadas podemos extraer una primera conclusión: la principal preocupación del autor son las posibles consecuencias de un capitalismo galopante en una sociedad recién salida de una guerra devastadora y, que en menos de un siglo ha sufrido dos reconversiones socio-económicas forzadas, ambas, por el gobierno de EEUU. La primera por parte del comodoro Matthew Perry que provocaría el advenimiento del Periodo de Renovación Meiji y la segunda tras el fin de la guerra comandad por el General McArthur del año 1945 a 1952, por el que se creó una nueva constitución para el país que reformula las bases estructurales del mismo, en cierta manera a imagen y semejanza a ciertas estructuras económicas estadounidenses.

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Devorar la tierra se publica en 1968, algo menos de dos décadas después de la salida de los americanos del país, justo en el momento en el que Japón se empieza a reconvertir en un país volcado en la renovación industrial y empresarial del mismo, en el que Tezuka empieza a observar una serie de tics que hacen inquietar su espíritu humanista. El origen de la historia parte de la perversión del capitalismo. La hija de un gran científico se casa con un hombre ambicioso que no duda en vender el trabajo de este a los nazis y provoca más tarde la muerte del científico. La hija huye con su prole, 7 niñas a las que criará en una isla en la que trabaja la Srta. Critos. Antes de morir la madre le pide venganza a sus hijas, no del padre sino del mundos y urde de manera breve un plan en tres partes: primero devaluar el dinero por robar la felicidad de los seres humanos, en segundo lugar poner en evidencia la ley para tomar conciencia de lo injusta que es y por último burlarse de todos los hombres del mundo.

Dicha venganza es la que articula el relato que maneja de forma magistral las trama principal, la de la venganza con otras de carácter secundario que tienen que ver con las consecuencias de este plan. Para ello con la ayuda de Critos, que es científica, desarrollan una piel artificial por la cual todo el mundo podrá ser quien quiera y como quiera, esto provoca el no poder acusar a nadie de un delito al desconocer la identidad real. Con la ayuda de esta piel construyen la mujer más deseable del planeta Zephyrus, las siete hermanas se disfrazaran con esta piel para volver locos a los hombres, burlarse de ellos, defenestrarlos y poder conseguir lo que quieran de los más poderosos. En cuanto al capital devalúan las principales economías del mundo haciendo abarrotando las reservas de oro de todo el mundo. Tan solo un hombre, Gohonmatsu, un borracho que no siente la menor atracción por las mujeres consigue apartarse de dicha “catástrofe”.

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La maestría de Tezuka allá por 1968 nos ofrece obras como esta que carga contra un capitalismo creciente, plantea el final del mismo como una consecuencia de este sistema económico: el culpable del fin del capitalismo será el propio capitalismo. Esto nos llevará a una nueva edad media en la que la tecnología será aquella que nos permita sobrevivir en el día a día para cubrir las necesidades mínimas. El entramado narrativo es crudo, Tezuka hace vivir un infierno a todos los personajes en una carrera sin fondo en la que todo está escrito. No se trata de evitar la venganza sino de ver los motivaciones de los personajes, la corrupción de las estructuras sociales o hacer comprender lo que era un nuevo mundo, lo cual desde la actualidad resulta bastante fresco. Devorar la Tierra es otro, como casi todos, título de Osamu Tezuka, un autor del que todavía nos queda mucho por descubrir por estos lares.

@Mr_Miquelpg

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El hogar pese a todo

jamilti portJamilti y otras historias (Rutu Modan) Astiberri, 2016. Rústica, 176 págs. Color, 18 €

Es complicado defender al pueblo hebraico como el pueblo elegido por Dios, más cuando ni siquiera creo que exista tal cosa. Pero lo que para mí es indudable que hay algo tan misterioso como poderoso entre estas personas que durante milenios han mantenido su propia idiosincrasia al margen de lo más básico para un pueblo, el territorio. Aunque no hay constancias de que los israelitas realmente fueran esclavizados por los egipcios, si las tenemos de su confinamiento en Babilonia y del posterior desprecio tras el ascenso del cristianismo, todo sin olvidar el genocidio durante la Segunda Guerra Mundial. Nada ha podido con los judíos, nada. Guardianes de una religión y cultura, imposibles de separar totalmente extrañas, con una normativa que controla la vida al detalle y una mística más cercana al transhumanismo que al credo clásico.

En todo caso, estos milenios de historia han dado forma a la propia psique social que configura el actual Estado de Israel, que para rizar el rizo nace como una tremenda chapuza sin igual y convirtiendo la propia existencia del país hebreo en un quebradero de cabeza más para ellos y la comunidad internacional. Tampoco es que a los judíos les cueste asimilar la noción de vivir en un estado sitiado, en su lista de enemigos cuentan desde el Imperio Romano hasta la Santa Inquisición, siendo expertos en levantarse tras una paliza. Pero al margen del estado militarizado en perpetua guerra, existe otro Israel, un país occidental con una población civil que trata de emular, al igual que todos, lo que vemos por la televisión. De este modo, Tel Aviv, Israel, trata de ser una pieza más en un tablero, con la rareza de ser un alfil en mitad de un tablero de damas. Por eso disfruto tanto la lectura de obras como Jamilti y otras historias de Rutu Modan, porque hablan desde una óptica personal de lo que es Israel más allá de sus treinta segundos de rigor en los telediarios.

Si queremos conocer la Historia del Israel moderno tenemos grandes referentes como Israel: Un retrato de familia, pero una vez que tenemos clara, si es que es posible, la génesis política y social de uno de los países más delicados del mundo, hay que ahondar en lo que respira sus calles. Para ello, Rutu Modan se convierte en una guía perfecta, pues a través de Jamilti y otras historias no vemos sólo frescos sobre Israel, sino que también observamos la adquisición de la autora de una nueva voz, de seguir esa máxima que debería ser básica para cualquiera con intención de contar una historia “escribe sobre lo que sabes”. De este modo, la historia El rey de las rosas, la primera realizada por Rutu Modan de las recogidas en Jamilti y otras historias, es quizás la menos significativa a pesar de lo bien construida que está su trama y de la calidad del acabado gráfico. Pues es en el resto donde explota la personalidad de la autora, muy ligada a su calidad y genio artístico.

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Cronológicamente, a El rey de las rosas le sigue Lo pasado, primera obra de Rutu Modan ambientada en Israel, donde vemos como la autora inicia la tónica general del resto de las narraciones englobadas en Jamilti y otras historias, la cual no consiste que en otra cosa de contar dramas netamente familiares pero tocados por la realidad israelí. Así tenemos historias como la mencionada Lo pasado, bloqueo de energía, el asesino de las bragas, y su mayor fan. Las dos primeras cuentan historias muy parecidas, con familias israelíes marcadas por la desgracia pero con un extraño poso de felicidad, o al menos de tranquilidad. Esta relajación tras la tormenta choca con El asesino de las bragas y su mayor fan, contando el primero una historia de género llena de mediocridad, en el tono, no en su acabado; y centrándose en el segundo en un músico israelí con ínfulas y poco éxito. Estas cuatro historias nos permiten ver el día a día israelí más allá de la historia trágica del país.

Aunque Rutu Modan también tiene espacio para el conflicto israelí en Jamilti y otras historias, tanto en la narración que da título a la obra como Vuelta a casa. Si el estilo de Rutu Modan es absolutamente costumbrista, casi con ínfulas de cronista, en éstas dos historias alcanza un nivel mayor, o quizás eso es lo que percibe el lector externo. Pues al fin y al cabo, los personajes de Jamilti y Vuelta a casa son tan complejos como los del resto de historias, creaciones llenas de matices y complejidad inscritas en tramas donde lo tremendo se cruza de tú a tú con el detalle más cotidiano. Pero en estas dos historias se mezcla la guerra y el terrorismo, un conflicto que pasa de drama grotesco a ruido blanco de fondo. No sé si Rutu Modan busca un conflicto directo con el lector, convirtiendo la guerra en rutina, o realmente ese es su día a día normal. En todo caso, la lectura de Jamilti y otras historias es un ejercicio fascinante por el contraste, desde el dibujo inocente, casi infantil, capaz de saltar de lo más naïf a lo aberrante y perturbador; hasta sus guiones, donde el humor más blanco y cotidiano se dan de la mano con la crueldad más espantosa. Aunque bien pensado, en más o menos eso consiste la vida, y puede que un poco más en Israel.

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