Spain is pain #251: Trampantojo espacial.

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La Reina Orquídea (Borja Gónzalez). El verano del cohete, 2016. Rústica, 80 págs. Color. 17,50 €

En un determinado momento de Solaris de Stanilaw Lem, el autor decide por un momento abrirnos una puerta directa al universo ficcional en el que se desarrolla a través de la lectura que el protagonista está haciendo sobre los tipos de ondas. Se trata de una puesta en abismo bastante particular, ya que el texto en sí mismo, el que está leyendo el protagonista. Se trata de un informe técnico, soporífero que se convierte en un paréntesis no solo para la acción si no para el lector mismo. Pero la importancia del mismo es otra: ayuda a configurar la profundidad del universo a niveles de física de un mundo.

La literatura es un vehículo, que por el nivel de extensión que puede llegar a adquirir, permito dicho tipo de recursos estilísticos a través de los cuales nos permite indagar sobre el nivel de profundidad conceptual en la construcción de un espacio narrativo. Por supuesto con la pintura sucede exactamente lo mismo, menos aquella que es exclusivamente referencial y basa su idea en una representación exacta de la realidad sin profundidad psicológica ni narrativa. Pero el espacio del cuadro está delimitado en ocasiones por un encuadre que “delimita” el espacio, unos personajes y un tiempo narrativo inherente que nos permite cerrar la obra a nuestra manera.

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Tiempo, espacio y personajes, son los tres elementos explorados por Borja González en su último trabajo, La Reina Orquídea. En primer lugar se trata de un espacio determinado una mansión con un gran jardín, un espacio abierto – tan grande como el pueblo – dice de una de las protagonistas. Por lo que se nos antoja un vasto jardín que ni siquiera ella conoce en su integridad a pesar de recorrerlo una y otra vez. Las protagonistas, Teresa y Matilde, sitúan su experiencia vital en el espacio vital citado con anterioridad, pero su conocimiento sobre el mundo no viene dado por el lugar en el que habitan sino de un exterior desconocido. Y en tercer lugar es el tiempo, un verano perene, que da lugar a un paseo eterno que no finaliza nunca con conflictos que nunca parecen resolverse y de los que nunca parece que conocemos el origen.

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En medio de todo esto Oberón omnipresente durante toda la obra ejerce, al parecer, de un demiurgo cruel que tan solo nos deja visualizar parte del relato de Teresa y Matilde condenadas a vagar de manera continuada por un jardín eterno. Borja González nos regala un relato que instalado en cierto clasicismo en las formas, pero que busca indagar en ciertas ideas de la vanguardia estética pero que a la vez nos lleva a encontrar con unos recursos visuales instalados en los topos del relato gótico, sin llegar a serlo del todo. Para ello contribuye una elección de colores bastante inédita y construida para dar fuerza al conjunto. Creo que estamos ante uno de los cómics de los que recordaremos a finales de año, porque por el momento es la mejor obra de un autor que sigue trabajando en los temas que ha hecho hasta ahora pero que poco a poco va evolucionando hacia las formas más sublimes del arte del cómic sin perder un ápice de su personalidad creativa. Todo en unas pequeñas cajas chinas muy sutiles que se van abriendo a medida que vamos conociendo a las protagonistas.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

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