Los niños en flor

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La Favorita (Matthias Lehmann). La Cúpula, 2016. Rústica. 164 págs. ByN. 15,50 €

Puede que la lucha más complicada a la que se tiene que enfrentar cualquier persona sea a la propia definición personal. Una persona es un cúmulo inmenso de elementos tan dispares que incluso parece una pequeña barca que zozobra en alta mar entre las contradicciones. Está claro que una parte interna de nosotros mismos debe venir al menos con el acervo genético, desde una predisposición hacia la bondad hasta una preferencia erótica por cierto tipo de color de cabello. Pero poco importa en aislado este núcleo prevital, pues se verá afectado indudablemente por nuestras vivencias y circunstancias, especialmente las infantiles y juveniles. Es el viejo debate entre el genotipo, lo que nos da la genética, y el fenotipo, lo que el ambiente hace con nosotros. El desarrollo de la persona en sociedad es lo que en última instancia forja su personalidad, pues podemos tener elementos incrustados dentro duros como diamantes, pero sólo la erosión del trato con el otro y lo otro los sacarán a relucir. Todo sin dejar de preguntarnos si el ambiente puede convertir dichos elementos internos en los contrarios.

Cuando leo La Favorita de Matthias Lehmann me pregunto si el autor era consciente de este juego o simplemente quería sorprender al lector con una caja china gótica que esconde tras capas y capas nuevas perturbaciones. En este sentido, sólo puedo defender que la lectura óptima de La Favorita es una lo más virginal posible, Matthias Lehmann juega con los golpes de efecto y las revelaciones asombrosas para insuflar llamaradas a su historia, la representación de Constance una niña de 10 años. Lo único que tenemos que saber es que Constance vive con sus abuelos, dos potentados franceses venidos a menos que sobreviven en el esqueleto de una casa señorial de la campiña francesa. Se puede añadir que la abuela es una fanática de la disciplina que no duda en torturar a la niña para reafirmar su mal entendido concepto de la educación, mientras que su abuelo es un hombre gris y apocado que defiende que no sentir es igual a no vivir y por tanto no sufrir. Este triángulo se verá alterado por una familia de portugueses que llegan como criados a la familia, especialmente por los dos hijos de la misma.

Desde este planteamiento tan clásico, gótico hasta el extremo, Matthias Lehmann juega sin piedad con sus personajes, retorciéndolos, y con el lector, consiguiendo que la información sea un bien tan preciado como escaso, obligando a replantearse momentos anteriores de la trama cuando algo de luz cae sobre la cosmología de la familia d’Octeville. En un principio, La Favorita puede parecer la típica historia de imposible contención de la infancia, con una Constance que se enfrenta una y otra vez a su abuela, la mayoría de las veces de forma audaz y sigilosa, para poder explorar el mundo, o al menos los jardines de la mansión. Constance vive aventuras en su imaginación y con los pocos recursos que tiene a su alcance, como son unas simples cerillas o el pequeño gato de la familia. Este plano de la obra es hasta divertido, con momentos que fluctúan desde lo cómico gestual hasta la ternura más infantil. Matthias Lehmann sabe como guiarnos de la mano para que sintamos primero lástima por Constance y luego admiración por su capacidad de supervivencia y búsqueda de la felicidad.

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El desarrollo de La Favorita es casi juvenil, tanto por su dibujo como por su planteamiento de la historia. El dibujo perfectamente podría responder a una versión ilustrada de la literatura juvenil más bienpensante del siglo XX, incluso las aventuras de Constance, que se presentan de forma episódica y casi anecdótica, son juegos infantiles inocentes en su mayoría. Matthias Lehmann hace de la exploración de un bosque, la compra de pan en el pueblo o el cuidado de un conejo, los momentos álgidos de la historia. Todo es bonito y bucólico, con una Constance que demuestra que su imaginación, su personalidad última, está muy por encima de cualquier obstáculo que le ponga la vida en el camino.

Pero en un momento dado, Matthias Lehmann nos golpea la mano, apaga la luz y nos deja solos en mitad de la oscuridad, simplemente con un par de pinceladas de información. Desde ese momento la vida de los personajes continúa de igual manera, pero ya no podemos, como lectores, verlos igual, el castillo de naipes se desmorona y el horizonte de expectativas colapsa, debemos replantearnos quiénes son y cómo han llegado a ser así. Es curioso como en este primer momento los personajes continúan existiendo igual, sin ninguna variedad en su día a día, pues la única diferencia es lo que sabe el lector. Matthias Lehmann ha jugado con nosotros y no podemos más que darle las gracias. Desde dicho momento, La Favorita aumenta en tensión e intensidad, pues la vida de Constance es vista desde otro punto de vista, lo suficiente como para que lo que era una lectura agradable y tierna pase a ser una enorme duda que exige un cierre tan necesario como tranquilizador.

Por fortuna, Matthias Lehmann, reserva el final de la obra para levantar la sábana que en todo momento ha tapado la pizarra con la historia y los hechos familiares, para conseguir que el lector termine entendiendo que absolutamente nada era lo que parecía y que incluso los personajes más despreciables y cobardes tienen motivos para ser merecedores de la lástima y el consuelo. Es al final donde se rompe un poco el planteamiento de La Favorita, pues si hasta entonces todo se había mostrado mediante pinceladas casi aisladas, con una estructura episódica casi centrada en la anécdota, al final es cuando una estructura narrativa cronológica toma el mando para tapar huecos y resolver dudas. Es cuestionable si era necesario al final tal trabajo narrativo, pero lo cierto es que Matthias Lehmann construye tan bien esta traca final que poco se le puede recriminar.

@bartofg
@lectorbicefalo

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