Cuando el gatillo emocional no es una metáfora

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Button Man: El juego de la muerte (John Wagner y Arthur Ranson) ECC, 2015. Rústica, 96 págs. Color, 8,95 €

La violencia ficcionalizada es y será siempre un elemento de debate continuo, no sólo sobre la idoneidad de representar o no la violencia, sino del propio grado de lo representado. Lo primero que llama la atención es como lo permitido varía con el tiempo, avanzando en una línea clara hacia la representación total del hecho cruento, donde el tendón y la materia gris van saltando desde los confines de la cultura más minoritaria hasta el primer plano. Puede parecer una exageración, pero escenas de series como CSI o Bones, confeccionadas para una clase media que sólo busca evasión y entretenimiento, pueden competir con las películas más atroces de hace medio siglo. Simplemente nos hemos acostumbrado, hemos ido aceptando cada vez un poquito más, sin que sepamos muy bien si el aumento de la violencia en el centro ha radicalizado los extremos o si la propia radicalización de los extremos es lo que ha ido enviando mayor carga de violencia al centro.

En todo caso, hay algo que jamás se debe olvidar, este aumento de la violencia representada se realiza sólo a un nivel visual, es decir, cada vez la carga es mayor en lo que vemos, la violencia se vuelve cada vez más anatómica y pornográfica, pero no sucede lo mismo con la moralidad, e incluso lo psicológico. Si en buena parte somos capaces de soportar tales cantidades de violencia es por la cosificación de la víctima, e incluso del verdugo, asistimos a un juego visual donde los participantes son engranajes para convertir la biología en una mecánica visual, como sucedía en el Grand-Guignol francés, teatro gore de principios del siglo XX al que siempre terminamos volviendo. Pero nos negamos a ver a la víctima como una persona, y muchísimo menos al verdugo. Sólo basta ver cuales son los actos violentos que causan más revuelo en la ficción, las violaciones, escenas que no son las que más muestran pero si las que más revuelven, porque en las mismas percibimos a la víctima como un ser vivo que está siendo vejado, degradado y agredido a todos los niveles, no sólo el físico, en un acto que destruye tanto su cuerpo como su mente, hasta su propia concepción con ser humano.

Es en estos juegos ficcionales cuando el arte nos demuestra que por mucha sangre que veamos no somos tan duros como creemos, que más que insensibilizados ante la violencia nos colocamos una máscara burda. Y esto no es nuevo, basta leer Button Man: El juego de la muerte, el cómic de John Wagner y Arthur Ranson para ver que cuando la violencia realista, que no creíble, entra en el juego de la ficción. Button Man es una novela gráfica publicada por entregas en la revista británica 2000 AD, a principios de la última década del pasado siglo, un pequeño juego narrativo. Juego porque John Wagner lo que hace es dar el protagonismo a Harry Exton, un mercenario de élite que acepta participar en un juego a vida o muerte para lucrarse. John Wagner es un guionista dotado y lo demuestra con soltura en Button Man siguiendo la máxima de menos es más, eliminando cualquier adorno o añadido que pudiera dar una coartada moral a Harry Exton. Como es lógico, el guionista crea una trama llena de peripecias para que el lector no se aburra, pero en todo momento deja claro que su protagonista es un cabrón despiadado que no tiene ningún problema en matar para conseguir un fin.

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Ahí radica el verdadero potencial de Button Man, Harry Exton no es ni un héroe obligado a usar la violencia para conseguir un fin bueno, ni un psicópata que disfruta aplicando la violencia sobre víctimas inocentes. Harry Exton mata personas igual que un pescadero eviscera una caballa o un mecánico cambia una bujía. Y existen hombres así en nuestra sociedad, racionalizadores de la violencia. Esto crea una condición extraña en el lector de Button Man, pues es complicado empatizar con su protagonista, pero seguimos leyendo porque la trama atrapa por si misma y como lectores deseamos un cierre para su historia, saber que pasa con éste sujeto y con los elementos que pueblan su universo, el cual podemos cometer el error de pensar que es externo o anexo al nuestro, cuando realmente vivimos en el mismo plano de violencia y bondad. John Wagner nos la juega y aceptamos gustosos el engaño, sabedores en el fondo de que esa violencia mercenaria no ocurre en un pasado olvidado ni en un futuro distante.

Pero todo esto no podría haber sido posible sin el dibujo de Arthur Ranson, un trabajo que sólo puede ser definido como demoledor. Pues todo el juego del guión se hubiera caído si un dibujo dentro del estándar del cómic hubiera tomado las riendas. Por fortuna, Arthur Ranson es realista hasta volver la historia dolorosa, hay tanto detalle que todo se vuelve caústico en cualquier acepción del término. Arthur Ranson no tiene necesidad de dibujar imágenes especialmente cruentas o desagradables para plasmar la intención de John Wagner, es más, en cualquier cómic de superhéroes medio actual encontramos más violencia, pero la excusa de la fantasía, del cartón violence que llaman los americanos, acaba con la posibilidad de crítica disfrazándolo todo de juego. En Button Man no tenemos asideros morales o excusas metarreferenciales, es violencia, y como tal no sólo duele, también afecta a lo más profundo de nuestra mente, porque nos guste o no, y como John Wagner y Arthur Ranson nos recuerdan, aún no somos una sociedad de psicópatas desquiciados. Todavía.

Button Man: El juego de la muerte
Button Mann: La confesión de Harry Exton
Button Man: Asesino de asesinos

@bartofg
@lectorbicefalo

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2 comentarios en “Cuando el gatillo emocional no es una metáfora

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