Destruir para construir

Invasión_Mongola

La formidable invasión mongola (Shintaro Kago) ECC, 2015. Rústica, 192 págs. B/N, 11,95 €

A veces hay que dar un par de pasos para atrás para tener una perspectiva global de la situación o como se dice normalmente tomar un poco de distancia histórica para poner los hechos en su sitio. No es raro encontrar en los tiempos que corren artículos, tuits, entradas en blogs, noticias, o reportajes televisivos, que ensalzan diariamente a diferentes tipos personas como héroes o tachar de histórico cualquier momento. El hecho histórico es un caramelo muy dulce que ningún medio de comunicación o cualquier tipo de arte quiere dejar escapar, lo malo es que seguramente el 95% de las cosas que hoy consideramos históricas en el futuro no sean estudiadas como tal y que los hechos que estructurarán el porvenir de las civilizaciones actuales ni los conocemos.

El hecho histórico acarrea, como es sabido, un gran debate sobre quien lo cuenta, cómo y porqué. De ahí parte otro aspecto, la creación de una mitología de la historia a partir de personajes de los cuales solo se ensalza las virtudes y el sacrificio realizado por el colectivo. Shintaro Kago nos plantea un desarrollo de estos parámetros desde una óptica rara, bizarra, en la que sus dotes para el eroguro se convierten en un medio perfecto para descontextualizar la evolución industrial del mundo. No se trata como se ha querido ver como una visión personal de la historia de la humanidad, sino de los procesos de producción y de los personajes históricos implicados.

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Para ello se detiene en: las invasiones mongolas, el viaje de Vasco de Gama para generar comercio con oriente, la revolución industrial, la primera guerra mundial y la producción en cadena de bienes materiales, en este caso vehículos. Las personas/personajes históricos son dibujados como seres llenos de defectos inseguridades destruyendo la mitomanía en torno a estos. Aunque el giro de todo el relato es el motor que produce los cambios y la evolución del sistema de producción: los caballos mongoles.

Estos no son equinos procedentes de una parte de Asía sino las manos de unos gigantes que los antiguos cultivaban en Mongolia como montura para la guerra. Al ser traídas a occidente se aliena el objeto, la mano, de su procedencia, y consiguen reproducirlas sin la necesidad de cultivarlas a partir de los gigantes originarios. Estos últimos, se rumorea, que son los dioses del pasado que ayudaron a conformar la tierra. Llegados a la revolución industrial se intuye un giro terrible: si los caballos  mongoles son tratados como cosas nada impide que el resto de los seres vivos del planeta sean tratados como tal, incluso aquellos hombres y mujeres que ocupan los escalafones más bajos de la sociedad.

Así pues Kago elabora una gran metáfora sobre la condición del hombre en el tejido socio-industrial y de cómo la evolución humana ha venido acompañada de una pérdida del miedo a la ira de los dioses, seres convertidos en algo instrumental para una evolución completamente material. El autor japonés sigue en su línea de mostrar lo ridículo de la condición humana y de que el concepto evolución no tiene por qué ser explícitamente positivo. Aunque más convencional en aspectos de forma que ofrece el medio que en obras anteriores, sigue siendo un relato igual de transgresor, crítico y mordaz con respecto a lo ridículo de la experiencia humana.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

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