La familia como último refugio

sunny 1 portadaSunny 1 (Taiyô Matsumoto). ECC, 2015. Rústica. 216 págs. ByN. 12,95 €

Durante aproximadamente cinco años, mis padres decidieron convertirse en una familia adoptiva, la figura exacta era algo así como familia de acogida permanente, es decir, los niños no se adoptan, simplemente están en una casa en lugar de estar en un hogar de acogida, pero siguen manteniendo contacto con su familia biológica. Para mis padres, y también para mi hermana y para mí, ha sido la experiencia más enriquecedora y traumática a la que nos hemos tenido que enfrentar. Acoger a dos personas que llegaron como niños y se fueron como adolescentes, una lucha tremenda en la que con dificultad se pueden mesurar los niveles de felicidad y tristeza, de ternura máxima y desconcierto apabullante. Una reconstrucción y readaptación continua en la que creo que a pesar de los enormes sacrificios sufridos por todos los implicados, terminó siendo una etapa definitoria que nos marcó a todos, para bien sin ninguna duda.

No voy a entrar en la definición del modelo de familia, porque modelos existen muchos y todos son igual de válidos, todos son un refugio emocional y físico, el último bastión al que se puede agarrar un ser humano, y por tanto, sea como sea la familia, el principal recurso y base de cualquier sociedad. En su manga Sunny, Taiyô Matsumoto teje un relato sobre un hogar de acogida en Japón, una narración llena de niños sin familia que terminan conformándose entre ellos y junto a los educadores, como un núcleo familiar, un grupo de personas obligadas a apoyarse los unos a los otros. Esta obra podría realizarse desde la más sensiblera orgía lacrimógena, pero por suerte, Taiyô Matsumoto opta por un costumbrismo alejado de los grandes dramas y una leve conquista del escenario por parte de la imaginación de los niños, creando un pequeño cosmos tan cotidiano como especial.

Quizás porque en parte la obra es de carácter autobiográfico, Taiyô Matsumoto sabe gestionar la información y la acción en todo momento, esquivando, al menos en el primer volumen de la serie, los impactos gratuitos. Pero lo mejor de todo es que ni siquiera necesita dichos resortes emotivos, porque el propio tono de Sunny crea un perfecto caldo de cultivo para el humanismo más puro y descarnado. Aunque los chavales del hogar de acogida ideado por Taiyô Matsumoto podrían desde padecer leucemia hasta ser victimas de abusos sexuales, lo cierto es que eso no sería más que un estorbo, pues son dramas que en igual medida pueden afectar a una familia nuclear clásica. El verdadero valor se sitúa en como estos niños inusuales se enfrentan a lo usual, desde el colegio hasta el primer amor, consiguiendo que la empatía del lector sea total y al mismo tiempo se comprenda una situación ajena.

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Situaciones como encontrar el cadáver de un gato o que un niño se pierda por la calle, se vuelven diametralmente diferentes al tratarse de personajes a la deriva, fuera de la normalización social, que muchas veces funciona más como frontera que como refugio. Taiyô Matsumoto nos muestra los procesos emocionales y cognitivos de chavales obligados a compararse continuamente con los niños con casa, sabiéndose ellos como la anomalía dentro de la normalidad. Este proceso, psicológico en su planteamiento, encuentra una salida artística, puramente emocional, en una ternura desbordante y en una celebración de la vida que pocas veces he leído en un cómic. Los sentimientos más puros y humanos, desde la alegría que obliga a sonreír hasta que duele la mandíbula, hasta la tristeza que llama a las lágrimas a los ojos, se cruza en Sunny, una historia ante todo humana.

Taiyô Matsumoto es famoso principalmente, como no podía ser de otra forma, por su estilo gráfico, un autor que claramente se clasifica dentro de sus fronteras nacionales, pero que ha sabido absorber soluciones y herramientas de todo el mundo, especialmente de creadores europeos, consiguiendo un estilo ante todo único, que hace de la referencia un mero punto de partida para conseguir una individualidad fuera de toda duda. Aunque dicho estilo puede quedar más atractivo en obras de corte más fantasioso, como Tekkonkinkreet, lo cierto es que es en Sunny donde más fruto consigue, recreando lo real de forma personal y con margen más que de sobra para que los momentos de pura poesía, cuando la imaginación de los niños toma el poder, la fantasía sea un mundo onírico llena de belleza y movimiento desbordante.

@bartofg
@lectorbicefalo

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3 comentarios en “La familia como último refugio

  1. Pingback: Lo mejor más allá de las fronteras nacionales del 2015 | El lector bicefalo

  2. concuerdo totalmente con tu reflexión, y no solo en sunny encontramos esa experiencia al leer un manga, también ocurre con las otras obras de matsumoto que es característico de él, relatar historias emotivas que conectan al espectador consigo mismo

  3. Es cierto que Matsumoto domina como pocos las herramientas de la empatía, consiguiendo como dices que el lector no conecte sólo con los personajes, sino también consigo mismo. Y es en Sunny donde yo creo que lo consigue con mayor acierto, porque al final son historias mínimas que te hacen un nudo en la garganta.

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