El arte de abreviar

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Alicia en Sussex (Nicolas Mahler) Salamandra, 2015. Rústica, 144 págs. Bitono, 20€

Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carroll marca un antes y un después dentro de la literatura. Bien, eso es un hecho conocido por todo el mundo, sin embargo, me falta añadir un pequeño matiz, fue una de las primeras obras que tras popularizarse sirvió como lienzo para que escritores de diferentes pelajes políticos plasmaban sus ideales a través de un viaje mágico. Las obras variaban desde países gobernados por proletarios o en el que el sistema de mercado era el imperante. Eso si dicha tendencia lejos de ser inmediata se prolongó desde finales del XIX a principios del XX.

La obra de Carroll tiene esa ventaja de ser un metarelato que se puede explorar así misma al igual que H.C. Artmann hizo con el Frankenstein de Mary Shelley. Mahler opta por tomar  la referencia de la reinvención de El moderno Prometeo del autor austriaco y llevarlo al mundo onírico de Alicia. Aunque la estructura narrativa se mantiene y los personajes fantásticos también esta vez son estos los que dotan de realidad a la historia. Alicia está perdida, quizás más que nunca, se sabe en un mundo mágico pero las reglas que se le aplican son más o menos lógicas. Por otro lado los personajes son mucho más reflexivos que instintivos como sucede en la obra de Carroll.

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Mahler plantea la obra bajo dos aspectos bien diferentes y que trabajan de manera opuesta. En lo estético opta por un dibujo alejado de lo preciosista asociado a las adaptaciones del relato de Alicia, reduce los rasgos de esta a un vestido, las extremidades, nariz y una buena mata de pelo. Pero en el fondo el texto es complejo, rico en referencias: Voltaire, Cioran, Pulet, etc. aparte del mismo Carroll o el propio Artmann. Lo cual hace que el lector desconocedor de las obras de estos autores ande algo perdido y no llegue apreciarla en toda su plenitud. Ese aspecto junto con la brevedad de la obra convierte a Alicia en Sussex  en una obra compleja y poco asequible, pero muy recomendable para aquellos que como yo somos fans acérrimos de la obra de Carroll.

@Mr_Miquelpg

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Spain is Pain #238: Spain is bleeding

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¡García! – Vol.1. (Santiago García y Luis Bustos) Astiberri, 2015. Rústica, 192 págs. B/N, 15€.

Cierto es que las derechas de este país viven, quieren vivir y quieren que vivamos en una especie de realidad alternativa en la que el presente social y las necesidades de las de los diferentes grupos sociales están disfrazados de caprichos que buscan destruir España. España como un concepto difícil de acotar, como cualquier nacionalidad, pero que aquí se insiste a asociar a una serie de valores con los que cada vez más ciudadanos se sienten menos identificados. Un país en el que las ansias de cambios beneficiosos para el global de la población, vengan de donde vengan, son vistos como algo negativo.

Quizás con un poco de malicia he reservado ¡García! de Santiago García y Luis Bustos, con una breve pero divertida colaboración de Manel Fontdevila, para estos días de campaña electoral. Momentos en los que salen a relucir aquellos aspectos más abstractos de los conceptos nacionales de nuestro país. García es un héroe de la posguerra una especie de superhombre que combatía aquellos males ficticios que acuciaban a España de los cuales el dictador no se cansaba de advertirnos. Sí, me refiero a aquella  seudomitología del mal judeomasónica que nuestro protagonista se ocupó de mantener a raya hasta que en un momento de la historia se lo traga la tierra.

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Finalmente aparece en el presente, a pocos días de unas elecciones nacionales en la que la candidata a la presidencia de los liberales ha sido secuestrada, presuntamente por un grupo terrorista de ultraizquierda. García llega desubicado y es reutilizado por el servicio secreto español regido por Jaimito su antiguo sidekick. Esto nos ofrece una imagen muy simbólica y potente de lo latente de como los poderes que se anclaron durante la dictadura siguen teniendo el timón del rumbo que tiene que tomar este país, pero también para mostrar la diferencia entre musculo y cerebro. García a pesar de representar los valores de un régimen antediluviano y rabioso no es más que un icono de la pulcritud y de la rectitud impuesta de cara al exterior durante el régimen como reflejo de esa España vanamente pretendida.

Lo que en un principio parece un thriller de acción, con unas escenas de peleas brillantemente coreografiadas por Bustos, es en realidad un thriller político social de la España actual protagonizado no solo por García, sino por Antonia una mujer joven que trabaja en prácticas en un periódico de izquierdas y que empieza a establecer relaciones con su pasado familiar y con la prensa más conservadora. El despliegue narrativo es amplio García, el guionista, dibuja, a través de la doble articulación, una obra muy ambiciosa disfrazada de cómic de acción pero que narra este terrible apocalipsis que estamos viviendo a cámara lenta y de cómo y porque nos cuesta tanto salir de este pozo político en el que nos hallamos. Por su lado Bustos muestra una doble vertiente en la que puede ser tan dulce como brutal pasando por tonos más realistas. Lo dicho quedan unos días para votar, lean ¡García! y reflexionen.

@Mr_Miquelpg

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Imaginación y enfermedad

joe_el_barbaroJoe el bárbaro (Grant Morrison y Sean Murphy). ECC, 2015. Carboné. 224 págs. Color. 22 €

La escala puede convertirse por si misma en un valor positivo dentro de una obra, pues la épica es un rodillo enorme que engrandece todo lo que toca. Hasta cierto punto es un elemento peligroso, pues la épica corre rápido a relacionarse con el apartado más fascista del arte: lo masivo. Un gigantesco ejército de miles de guerreros o una bestia de cientos de metros adquiere un valor positivo simplemente por su escala, esa enormidad es bella por si misma, es una especie de síndrome de Stendhal pero prestando atención sólo a la enormidad. Nadie puede negar que El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl es una obra épica, que empequeñece el alma y nos hace querer ser partícipes de esa masa ordenada y poderosa. Es complicado hacer un ejercicio de separación, pero seguramente, para un turista que viera ese despliegue antes de conocer las atrocidades de la guerra, la Alemania Nazi sería todo un ejemplo de fuerza y voluntad.

Por eso la épica es peligrosa, porque el heroísmo del guerrero es la validación de sus argumentos por la propia fuerza bruta, por su voluntad. Por eso, no son pocas las sociedades y autores que han desmontado al fascismo con el sacrificio, haciendo algo tan sencillo como destruir a sus ídolos para dar a entender que elementos como la justicia o el amor están por encima de su fuerza. De este modo, la voluntad de la épica queda supeditada a la bondad, destinada la mayoría de las veces hacia los más necesitados. Esta es la base de Joe el bárbaro, el cómic escrito por Grant Morrison y Sean Murphy, la historia de un héroe obligado a cruzar diversos reinos de fantasía para desterrar a la oscuridad, contando con la ayuda de innumerables ejércitos, pero obligado a enfrentarse a enemigos de una escala y poder inconmensurable.

Pero si estuviéramos en la enésima aventura de fantasía del bien contra el mal no estaríamos hablando de un cómic de Grant Morrison, pues Joe el bárbaro tiene la peculiaridad de jugar con la escala y el carácter del héroe. En realidad, Joe es un chico diabético que sufre un ataque y necesita con urgencia elevar su nivel de azúcar en sangre. Algo tan sencillo como ir desde su dormitorio a la cocina y beberse una lata de refresco. Pero el guionista opta por jugar y mezclar realidad y fantasía, haciendo que ese pequeño recorrido se convierta en una aventura épica en la que un héroe mítico, el chico moribundo, traiga la paz a varios reinos asolados por una fuerza maléfica empeñada en sumir a toda la creación en una oscuridad absoluta y eterna.

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No es la primera vez que se crea un mundo de fantasía infectado por la realidad, ya que contamos con ejemplos tan clásicos como La historia interminable de Michael Ende, donde elementos como la cuenta atrás están igual de presentes. Pero Morrison añade una capa más, pues Joe no es transportado a un mundo de fantasía donde debe convertirse en héroe, más bien mezcla ambos planos de forma difusa y casi anárquica, siendo para el mundo fantástico el chico de la profecía, aunque nadie sepa muy bien que significa esto. La lectura de Joe el bárbaro puede de este modo ser vista como una simple aventura adolescente donde un chico algo alterado trata de salvar su vida y consigue las fuerzas a través de la fantasía, pero también es una narración sobre la superación del trauma, sobre la propia aceptación y sobre la certeza de que uno mismo es quien construye su propia identidad, proceso donde la locura tiene un papel bastante importante.

Todo esto no podría haberse realizado sin el trabajo de Sean Murphy, un dibujante que consigue mezclar sin problemas realidad y ficción, haciendo que ambos mundos cohabiten el mismo espacio para que los continuos saltos de uno a otro sean lo menos traumáticos posibles, con el consiguiente aumento de la extrañeza. Aunque para esto, el dibujante no se vale de un estilo neutro, pues apuesta claramente por una puesta en escena oscura y tenebrosa, alimentando cada sombra con una posibilidad de caos y muerte. Esta comunión entre guión y dibujo hace que Joe el bárbaro sea una historia épica, en el sentido más fascista, pero al mismo tiempo con unos niveles de tristeza considerables, que nos recuerdan continuamente la aparente futilidad de los actos de nuestro héroe, quien en todo momento hace justicia a su nombre como el chico moribundo. Grant Morrison y Sean Murphy construyen una obra que obliga a la lectura rápida, casi acelerada, pues cada página es una apuesta segura hacia el fracaso, algo que no estamos dispuestos a aceptar, pues al final Joe no deja de ser un chaval que necesita algo de azúcar para no caer en coma.

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Más magia

portada ocultistaEl Ocultista (Tim Seeley y Victor Drujiniu). Aleta Ediciones, 2015. Rústica. 136 págs. Color. 13,95 €

La creación de una cronología y cosmogonía suele ser de lo más entretenido a la hora de enfrentarse a la génesis de un mundo de ficción ajeno al nuestro. La narración de una historia en sí suele ser más complicada, pues la ordenación de elementos causales con unos personajes complejos y una puesta en escena atractiva es más complicado, con el problema de que muchas veces, a la hora de escribir una historia, cambiar un elemento puede derrumbar todo el complejo castillo de naipes. Crear el mundo permite más libertad, pues la coherencia exige menos y se pueden modificar los diferentes elementos siempre y cuando no entren en colisión con la lógica del propio mundo y del resto de componentes. Es más fácil definir como son los vampiros de tu mundo ficticio que darles una historia atrayente, ya que por muy originales que sean tus chupasangre, si no atrapan al lector se quedan en poco más que plantillas.

Por desgracia, estas plantillas aumentan más cada día, con lo que muchas historias de ficción se olvidan de su principal labor, entretener y hacer reflexionar al consumidor, para limitarse a mostrar una galería de escenarios y personajes. En cierto sentido, muchas historias no deberían haber pasado de libros de arte para un videojuego o un manual de ambientación para un juego de rol. Los protagonistas se ven reducidos a meros tramoyistas encargados de mostrar lo original que es el mundo que habitan aunque sus propios arcos de transformación y odiseas nos importen tanto como lo que son, meras excusas. Por eso la lectura del primer volumen de El Ocultista de Tim Seeley y Victor Drujiniu me presenta sensaciones enfrentadas, pues parte de la base de tantas obras que se acumulan en estanterías deseando caer en manos de predadolescentes que por un descuido se leen un cómic. Por suerte, creo que El Ocultista ofrece mucho más, o al menos hay una posibilidad para que el enésimo mago accidental sea algo más que un mero mago accidental.

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Aunque Tim Seeley es el responsable de los guiones y Victor Drujiniu se encarga del arte, el personaje ha sido creado por Mike Richardson y diseñado por Guy Davis, que han cedido a su vástago a los dos primeros autores, que entre un número de presentación, un pequeño arco de tres capítulos y un último número extra, han tenido que definir a Rob Bailey, un universitario que de repente tiene poderes mágicos, y un entramado fantástico donde el chico se cruza con otros magos y criaturas de diversa índole, todos con el mismo interés, matarlo. Por suerte, Tim Seeley tiene más interés en contar una historia de fantasía y acción que en explicarnos los entramados y reglas del universo de El Ocultista. De este modo, los cinco números recopilados en el primer volumen no cierran todo lo que deberíamos saber sobre el mundo al que acaba de tener acceso Rob Bailey, pero si son lo suficientemente entretenidos, y sueltan bastantes pistas, como para que volver a él sea algo deseable.

Tras la publicación de este primer volumen sólo queda esperar la edición del segundo que termina de recopilar las aventuras de este héroe mágico para saber si Tim Seeley consigue crear una obra digna del recuerdo o se conforma con una aventura sin más que bien podría haber sido una aventura para una partida de rol un domingo lluvioso. De momento, historias como la que mezcla a los hijos de Pterex, un dios vampiro; y las putas de Mahlat, un ángel caído; en un baile de instituto, son señal de que el guionista tiene cosas interesantes que decir.

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Spain is Pain #237: Álbum familiar.

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Tante Wussi (Katrin Bacher y Tyto Alba) Astiberri, 2015. Cartoné, 120 págs.Color, 16€

Más allá del slice of life está están los relatos familiares que a través de la experiencia vital de una familia, normalmente narrado por un solo personaje, nos ayudan a entender las circunstancias vitales de dicho núcleo familiar en un determinado contexto histórico. Estos álbumes nacen de lo íntimo pero no de lo privado, lo primero sumerge al lector en el relato, haciéndonos cómplice del mismo, buscando sensaciones parejas en nuestras relaciones familiares. Lo privado aleja, nos habla de lo interno, de la anécdota y de la broma privada.

Tante Wussi es en ese sentido un relato un tanto particular que juega con dos matices diferentes pero completamente integrados, por un lado el momento histórico: el ascenso del nazismo en Alemania y la Guerra Civil en España. Por otro la vida de la protagonista, Tante Wussi,  a partir de un hecho de trasfondo: la decisión del padre de ir a vivir a Mallorca. Este aparece al principio del relato pero en determinado momento de su vida y arrastra a toda su familia, es una decisión ajena a las políticas raciales del Tercer Reich y que convierte a la isla y al mismo padre en dos elemento perennes en el imaginario del relato.

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El periplo de Tante esta sesgado por las ausencias, principalmente las familiares, desde el padre que se queda en la isla española, el recorrido tras la vuelta a Alemania se convierte en un recorrido de pérdidas, algunas de las cuales se convertirán en reencuentros. Porque esta historia de Bacher y Alba trata de eso, del reencuentro, ambos resuelven a través de lo emocional sin ir al detalle o saltar a lo morboso. Si Primo Levi en Si esto es un hombre y La tregua decidía hablar de manera cruda de su experiencia, Bacher decide trasladarlos al espacio de lo familiar, que a pesar de todas las atrocidades cometidas esta continua unida a pesar de las desapariciones y las audiencias.

Llama la atención como pone en relieve las políticas raciales hacia los judíos de España a lo largo de su historia y concretamente durante el periodo del franquismo en el que este coincidió con el nazismo. Se pone acento en la crudeza de las mismas con la misión de hacernos saber de qué estas también existieron. Tante Wussi logra traernos un relato personal y familiar y que lo hagamos propio, del valor de la historia, pero sobre todo de como la microhistoria, de los pequeños relatos en el impacto global de la macrohistoria. No se trata de un relato moral ni de buenos y malos, eso ya lo sabemos de sobra, gira en torno a lo humano y al valor de la memoria.

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[No] es sólo un cómic

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Niños salvajes (Ales Kot y Riley Rossmo). ECC, 2015. Rústica. 64 págs. Color. 6,50 €

Ahora mismo se me ocurren pocas cosas más insoportables que un adolescente resabido. Es algo que odio con toda mi alma, y puedo asegurar que hablo desde la experiencia porque yo era uno de alto octonaje. No leí un cómic de superhéroes hasta llegar a la universidad, hasta entonces todo lo que había consumido era europeo, había leído todo lo que un chico tiene que leer del mercado francobelga, y por si fuera poco, mis lecturas americanas se reducían a clásicos como El príncipe valiente o Flash Gordon. Por si fuera poco, tenía interés en temas como la economía, la antropología o la sociología. Interés no significa que fuera un experto, ni siquiera que tuviera suficientes conocimientos para opinar, pero yo pensaba que sí y soltaba sin problemas mis soluciones perfectas para solucionar el mundo. Encima era un poco feo. Era insoportable.

Ahora veo a adolescentes que eran como yo, que hacen cosas, que dicen cosas, y me enervan, me sacan de quicio. Pero sólo un segundo, sólo un instante, porque de seguido pienso en que esos granos en el culo son lo único que nos salva del apocalipsis. Para mí ya es tarde, he pasado de niñato resabido a adulto pedante, me quedan las quejas, pero los que somos como yo necesitamos un ejercito de chavales inconscientes que nos enseñen a levantar barricadas de neumáticos y meterle fuego. Porque no nos engañemos, los antisistemas cuando crecen cambian los valores por la adrenalina. Nuestro líderes, los precursores de la revolución deberían ser niños expuestos a las ciencias sociales, imberbes que discuten sobre la estética postmoderna y mocosas a las que aún les está creciendo el pecho pero devoran todo lo que tenga que ver con la macroeconomía y el terrorismo internacional.

Esto es lo que hace Ales Kot cuando escribe Niños salvajes, un cómic que debería ser de lectura obligada en todos los institutos, devorado por niños de 15 años, y quienes lo entiendan, quienes tengan capacidades lectoras suficientes, deberían guiarnos al siguiente paso, puede que sea nuestra destrucción o un nuevo paso evolutivo como sociedad. El guión de Ales Kot no esconde sus referencias por ningún lado, entre sus páginas podemos ver al mejor Vertigo de los noventa destilado por el 2.0, Grant Morrison y Warren Ellis pueden estar contentos, Los invisibles y Transmetropolitan entretuvieron a una generación, pero a otra que ha llegado después ha significado una hoja de ruta sobre conceptos como la sociedad o la realidad. Ales Kot nos cuenta en apariencia el asalto de unos chicos armados a un instituto, pero esta historia tiene una epidermis tan fina que la narración lineal de unos hechos se pierde entre la reflexión de unos conceptos superiores. Mientras que Morrison o Ellis se valían de historias al límite para entretener, Ales Kot dinamita cualquier intención de contar una historia, es como si todo Niños salvajes fuera la continuación espiritual de las últimas páginas de Animal Man de Morrison.

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Y que nadie se engañe, que nadie crea que Ales Kot construye un ensayo claro, Niños salvajes no es un manual para la revolución. Es una soflama que hace de la pedantería una herramienta de desinformación, sus personajes no paran de soltar ideas complejas que se mezclan en buscan de la confusión y la anarquía, ideas postmodernas que se alimentan del debate para añadir capa tras capa con el único interés de sobrecargar la capacidad receptora del lector. Ante este panorama está la opción de pensar que Niños salvajes es una sarta de tonterías reunidas en 56 páginas que se vale de la fascinación por las redes sociales y la violencia mediatizada para vender un tebeo. También se puede pensar que Ales Kot es el resultado de dejar a una generación ante la mass media sin la más mínima preocupación, dando como resultado que esos niños dominen la tecnología demasiado pronto y demasiado bien. Que nadie se engañe, hay mucha juventud ahí fuera dormida y sobrepasada por la tecnología, pero muchos otros están por encima de eso, fuera de control y con un peso tremendo en lo que tiene que ser el futuro, y prueba de ello es el propio Niños salvajes.

Aunque no todo es cómo se dice, también hay que entender como se dice, algo que no sería posible en Niños salvajes sin el dibujo de Riley Rossmo y el color de Clayton Cowles. El aspecto gráfico del cómic es un añadido más a su intención moral y política, por esa apuesta por la yuxtaposición y la remezcla, haciendo que la lectura de Niños salvajes sea un continuo de dudas y preguntas. Ales Kot y Riley Rossmo, sin olvidar el trabajo de Clayton Cowles, nos regalan un manifiesto directo y sin miedo a las contradicciones, un juego radical que nos lanza pregunta tras pregunta sobre qué es el cómic, qué es la realidad y qué coño estamos haciendo con nuestras vidas.

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Rork Integral 2 (Andreas)

Rork_2Rork: Integral 1 (Andreas). ECC, 2015. Cartoné. 240 págs. Color. 25 €

Se cierra el recopilatorio que recoge todas las aventuras de Rork, el enigmático personaje creado por el alemán Andreas. El segundo tomo continúa las líneas generales de Andres, pero al tratarse de un autor tan personal y con un estilo narrativo más propio del juego que de la transmisión de una historia, las páginas que encontramos en este volumen continúan la lógica imperante en el universo ficticio de Rork, pero como es esperable, cualquier acontecimiento o devenir de los mismos es posible. En Rork Integral 1 encontramos esbozos y divagaciones que más que explicarnos la historia de Rork nos hacen cuestionarnos continuamente quien es ese personaje y cuales son las reglas que dominan el mundo que habita, todo sin olvidar conceptos visuales tan impactantes como El cementerio de catedrales. En Rork Integral 2 aparecen muchas preguntas nuevas, y aunque Andreas intente responderlas en Luz de estrella, Capricornio, Descenso y Retorno, que nadie espere un cierre hermético.

Luz de estrella hará que Rork se cruce con una vieja amiga y le plantee un problema que debe solucionar en Capricornio, donde su destino se cruza con otro personaje creado por Andres, para después en Descenso enfrentarse de una vez al misterio de su propia identidad, y finalmente en Retorno vivir un clímax tanto narrativo como psicológico e incluso metafísico. En todas estas historias, que aunque sigan un ruta no pueden ser consideradas como una línea recta, Rork se va definiendo y conformando mediante acciones y pensamientos, muchas veces obligado por fuerzas externas que le deben recordar continuamente que es alguien especial, alguien digno de ser definido en contraposición al resto de los semejantes, por muy interesantes que sean algunos de los que tienen la suerte o desgracia de cruzarse en su camino.

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En este sentido, quizás Retorno sea el capítulo más interesante dentro de Rork Integral 2, ya que funciona como un cierre a las hazañas y desventuras de Rork, un cierre como sólo podría darlo Andreas. Este último capítulo es quizás el que presenta más acción y complejidad, o al menos en su conjunto, aunque no se puede negar que Capricornio es casi una aventura pulp y en Descenso la propia narrativa gráfica se convierte en piedra angular de la obra, encontrándonos con un Andreas sin miedo a explorar la narración del medio. Aunque antes Luz de estrella recoge la esencia emocional de Rork esa tristeza y melancolía, muchas veces escogida, que se convierte casi en un sacrificio cristiano, atrapando una belleza extraña, casi mórbida, donde la belleza crece como una rosa llena de espinas. Pero al final está Retorno y nos toca despedirnos de Rork, una despedida auténtica, que deja en el lector esa tristeza pura en la que pensamos que nos hubiera gustado conocer más de Rork, hacerle más preguntas, pero Andreas sabe cortar, sabe elevar la intensidad de su saga, prenderle fuego a las estrellas y después dejarnos como una pluma que desciende solitaria por una corriente de aire.

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La metáfora como mundo

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El horno huérfano (Rob Davis) La Cúpula, 2015. Rústica, 164 págs. B/N, 18,5 €

Scarper Lee vive en un mundo poco habitual: los hijos crean a los padres, llueven cuchillos y a él le quedan tres semanas de vida. Si, el universo de Lee es verdaderamente extraño diríase presidido por la cosificación de las personas. Las relaciones paternofiliales de este universo están capitalizadas por un catártico acto final en el que los padres son llevados por los hijos a un horno huérfano en el que los moldean bajo la forma de objetos de uso cotidiano, esculturas, instrumentos musicales, etc. La madre de Lee es un secador de pelo que se pasa recluida el día bajo la escalera, lo cual no le impide ejercer de madre, y el padre es una estructura de latón que se impulsa a mediante una vela. Dos dibujos sociales de la paternidad representados en un elemento abstracto atrapado en una figura de libertad contenida, retenida por el hijo que lo encadena todas las noches, y en el caso de la madre un instrumento que representa la rutina diaria de la que parece que esta es incapaz de escapar.

A pesar de parecer un universo caótico está perfectamente organizado, se trata de un sistema orgánico en el que las convenciones e instituciones se apoyan en una estructura por todos los habitantes de Bear Park. Solo uh hálito de normalidad consigue deshacer y poner en duda el sistema de valores imperante, se trata de Vera Pike, una nueva alumna llegada al instituto. Esta no vive con sus padres, quebranta las normas y cuestiona el sistema de valores. Convierte a Lee en un marginado y suma al grupo a Castro un alumno de un equivalente a educación especial con un aparato electrónico que le conecta al mundo.

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Davis divide la historia en dos grandes bloques; una primera parte segmentada por bloques diarios separados por las ruedas, un entretenimiento cíclico, remedo de la televisión actual que marca el ciclo semanal de los protagonistas. La rotura de esta rutina viene dada tanto por la fuga como por la llegada de Vera cuyo único fin, oculto o no es destruir el sistema rompiendo la dinámica de las ruedas y ella, junto Lee y Castro emprenden la búsqueda del padre, y esto ya pertenece al segundo bloque, para mostrarnos un mundo desolador en el que abandonar a las madres y la violencia forman parte de los usos y costumbres de los habitantes de estos parajes.

El horno huérfano, puede parecer por momento un comic poser sin mucho trasfondo, tiene mucha forma el diseño de escenarios y personajes es excelente. Pero el trasfondo metafísico es realmente jodido ante la pregunta que Lee le hace a un maestro “¿Qué vino antes el huevo o la gallina?”, este le responde “Dios crea al hombre y el hombre crea a Dios (fundamental para entender la historia circular)”. Lee se ve envuelto en una muerte anunciada, cíclica, pero no se trata de una ejecución, simplemente va a morir, de manera indeterminada, como parte de un ciclo infernal que los lectores no llegamos a comprender, por el mismo que los padres se convierten en objetos, las madres son abandonadas, y las estúpidas reglas sociales son seguidas por un grupo de jóvenes hipermaterialistas. Una joyita que va más allá de lo planteado en primera instancia que va cogiendo forma a medida que uno va leyendo. Altamente recomendable.

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