El amor es un virus

alena portada
Alena (Kim W. Anderson). Sapristi Cómic, 2015. Rústica. 116 págs. Color. 22,90 €

El amor, cuando es de verdad, es como un virus; es como una infección bacteriana que se come los tejidos del miocardio; es como un tumor en el hipocampo que provoca disociación cognitiva. El amor es una enfermedad autoinmune que lleva al cuerpo al borde de la muerte, colocándonos en el abismo al mismo tiempo que se convierte en la última barrera contra el deceso final. Así que cuando nos infectamos del amor, cuando es de verdad, sólo queda esperar a que se convierta en crónico, pues si expulsamos al virus, o el decide abandonarnos, con facilidad esquivaremos a la parca, pero las secuelas serán tan numerosas como profundas, desde cicatrices emocionales hasta durezas en el tejido blando, un cambio irreversible que nos irá mutando hasta que llegue la próxima infección, momento en el que o ya por fin se vuelve crónico o nos volverá a dejar en cuidados intensivos. Porque el amor es una enfermedad que ansiamos adquirir, una carga vírica que no podemos más que intentar compartir.

Las metáforas médicas en el terreno sentimental, hablando sobre todo del plano artístico, son notables, siendo quizás uno de los ejemplos más significativos Agujero negro de Burns, que no es más que una gran parábola sobre la sexualidad, el amor y la adolescencia. Pero Burns no es el único, y otros autores no han dudado en saltar hacia las aguas del género o la metáfora para explicarnos lo que es el amor y cuales son sus repercusiones. Tenemos una muestra en el cómic Alena del sueco Kim W. Anderson, quien se vale de los mimbres del thriller psicológico y sobrenatural para a fin de cuentas contar una historia sobre la superación de un desengaño amoroso e intentar empezar de nuevo.

Kim W. Anderson traza en Alena una narración que podría definirse ya hoy en día casi como clásica, un cuento protagonizado por adolescentes con la justa carga de erotismo y una cantidad de violencia capaz de satisfacer a un lector de terror existente. Anderson se mantiene en el juego de lo socialmente permitido, el sexo es suficiente para demostrar que sus personajes son sexuales, que realmente representan a unos adolescentes durante su despertar sexual y amoroso; mientras que la violencia, la sangre a fin de cuentas, está presente para contentar a cualquier fanático del género de horror, no se llega en ningún momento a sobrepasar la frontera del gore, pero lo dantesco es lo bastante visible para que la obra no se quede corta dentro de su género.

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En el terreno visual, Kim W. Anderson no sobresale por un personalismo demasiado marcado, su trabajo gráfico está puesto totalmente al servicio de la narración, sin intentar en ningún momento que el dibujo sobresalga o distraiga al lector, todo está pensado para que en cada escena no haya duda de lo que está sucediendo. Casi podríamos hablar de un estilo invisible, parecido al estilo clásico de Hollywood si hablamos de cine, donde el medio trata de pasar inadvertido para que la narración fluya lo más clara y directa posible. Por suerte, el trabajo de guión de Kim W. Anderson es lo bastante fuerte para soportar el mayor peso del volumen, haciendo que la lectura de Alena no se convierta en una experiencia a medias, Anderson tiene una historia que contar y la lleva a las últimas consecuencias, intentando, y consiguiendo, que el lector no se distraiga ni por un segundo, buscando que la necesidad de saber qué pasó y que pasará le obligue a seguir leyendo.

Desde un punto de vista de la estructura, Alena es un thriller clásico, una historia que juega con las zonas oscuras de sus personajes y con la gestión de la información, Kim W. Anderson va desgranando poco a poco a sus criaturas, para que el lector pueda ir construyendo sus propias teorías sobre el presente y pasado de los personajes. Quizás sean un valor superior los propios personajes a la trama de Alena, pues mientras la estructura es más clásica, los personajes si parecen respirar un poco más, alejándose del tópico, algunos más que otros, pues mientras las personalidades e historias de Alena, Josefin y Fabian funcionan como un triangulo amoroso que mezcla amor, redención, vergüenza y muerte; Filippa, la antagonista principal de la historia, no pasa de ser un tópico carente de rasgos diferenciadores. En resumen, Alena es una historia que funciona, Kim W. Anderson crea un thriller clásico ambientado en un mundo adolescente, que aunque podría haber arriesgado más, sale más que victorioso de su misión.

@bartofg
@lectorbicefalo

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