Hoy es Navidad, mañana posiblemente también

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Navilandia (Tronchet). La Cúpula, 2015. Rústica. 158 págs. Color. 18 €

La expresión “lo amas o lo odias” es bastante común, casi se podría decir que hoy en día abusamos de la misma. Aunque quizás sería recomendable usar más las expresiones “yo lo amo, y si lo odias es que eres idiota”, o “yo lo odio, y si lo amas es que eres idiota”, porque en realidad la indiferencia está más presente de lo que creemos, y lo que para algunos puede suponer una confrontación intelectual, casi física, no es más que la ansiedad por demostrarnos superior al otro. Ahora mismo estamos viviendo una autentica batalla dialéctica a colación de El despertar de la fuerza, un estreno que ha hecho surgir de la nada miles de fans acérrimos y de enemigos declarados de la saga La guerra de las galaxias. Un enfrentamiento que parece no tener solución ni posibilidades de entendimiento.

Pero El despertar de la fuerza es un simple hito en el camino, la verdadera fuente de discusiones, de odios profundos al otro, es la Navidad. Una festividad que difícilmente deja a alguien indiferente, una ocasión que divide a la población entre quienes tienen sensaciones orgásmicas con el espumillón y el color rojo, y quienes desprecian con todo su ser cualquier cosa que tenga que ver con las gambas y el papel de regalo. Son pocos los que se encojen de hombros y disfrutan de la Navidad a pesar de las molestias ocasionadas, o quienes simplemente la soportan porque algo bueno encuentran entre tanto malestar. Aunque lo que no se puede dudar es que para todos la mayor ventaja es que la Navidad ocupe un solo día en el calendario, así quien la odia la pasa rápido y quien la ama puede concentrar toda su energía en que ese día sea literalmente mágico.

Porque a fin de cuentas, la distopía presentada por Tronchet en Navilandia es lo más cercano que se ha visto nunca a un infierno basado en la felicidad. El autor francés, que no tiene problemas para tratar cualquier tema, mezcla en la obra un estudio sobre las dictaduras autoritarias, el proceso de seducción de un tímido, y la Navidad, un elemento eterno que subyuga a la población de Navilandia. La base de la trama es tan simple como efectiva, dar el poder a un lunático con complejos infantiles que obliga a su población a celebrar la Navidad todos los días del año, aunque para ello tenga que bombardear París con nieve cuando la climatología va en su contra. Aunque por suerte, Tronchet no intenta ser ningún moralista en Navilandia, y se preocupa más por las desventuras de sus personajes que por las implicaciones ideológicas y políticas de su apuesta. El escenario propuesto es absurdo, tan absurdo como cualquier metáfora que pretende llevar al límite la sinrazón humana, pero los personajes son absolutamente humanos, haciendo que el lector comprenda lo que desean y temen, así como lo que están dispuestos a arriesgar.

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Tronchet se desenvuelve como pocos autores en el gag, siendo remarcables sus dos obras que tienen como protagonista a Jesucristo, con un humor que pivota sin problemas entre el absurdo, la provocación y la ternura, consiguiendo que la estupidez sea tan gigantesca como inofensiva. Pero en Navilandia tenemos además el desarrollo de una trama más larga, con una historia compleja que merece ser contada y unos giros continuos que hacen imposible no leer el volumen de una sola sentada, pues aunque el motor de la historia sea el humor, el vehículo es una odisea personal llena de emoción. Navilandia es un relato de aventuras en el sentido más clásico, con un héroe enfrentado a la adversidad para conseguir su objetivo, algo que por si mismo haría la lectura de la obra más que satisfactoria. Pero por fortuna también contamos con un humor tan fino como inteligente, que no necesariamente cae en el humor blanco inofensivo, con lo que la experiencia de Navilandia es aún más redonda.

No creo que la lectura de Navilandia consiga que nadie cambie su opinión sobre la Navidad, ni siquiera creo que permita que los extremos por un momento se pongan en el lugar del otro. A mí personalmente me importa poco, seguiré soportando lo que no soporto de la Navidad y disfrutaré de las pequeñas concesiones que estos días me otorgan. Porque seamos sinceros, hay que soportar cuñadismos y seguramente si todos los días comiera caña de lomo terminaría aborreciéndola. ¡Feliz Navidad!

@bartofg
@lectorbicefalo

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