Imaginación y enfermedad

joe_el_barbaroJoe el bárbaro (Grant Morrison y Sean Murphy). ECC, 2015. Carboné. 224 págs. Color. 22 €

La escala puede convertirse por si misma en un valor positivo dentro de una obra, pues la épica es un rodillo enorme que engrandece todo lo que toca. Hasta cierto punto es un elemento peligroso, pues la épica corre rápido a relacionarse con el apartado más fascista del arte: lo masivo. Un gigantesco ejército de miles de guerreros o una bestia de cientos de metros adquiere un valor positivo simplemente por su escala, esa enormidad es bella por si misma, es una especie de síndrome de Stendhal pero prestando atención sólo a la enormidad. Nadie puede negar que El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl es una obra épica, que empequeñece el alma y nos hace querer ser partícipes de esa masa ordenada y poderosa. Es complicado hacer un ejercicio de separación, pero seguramente, para un turista que viera ese despliegue antes de conocer las atrocidades de la guerra, la Alemania Nazi sería todo un ejemplo de fuerza y voluntad.

Por eso la épica es peligrosa, porque el heroísmo del guerrero es la validación de sus argumentos por la propia fuerza bruta, por su voluntad. Por eso, no son pocas las sociedades y autores que han desmontado al fascismo con el sacrificio, haciendo algo tan sencillo como destruir a sus ídolos para dar a entender que elementos como la justicia o el amor están por encima de su fuerza. De este modo, la voluntad de la épica queda supeditada a la bondad, destinada la mayoría de las veces hacia los más necesitados. Esta es la base de Joe el bárbaro, el cómic escrito por Grant Morrison y Sean Murphy, la historia de un héroe obligado a cruzar diversos reinos de fantasía para desterrar a la oscuridad, contando con la ayuda de innumerables ejércitos, pero obligado a enfrentarse a enemigos de una escala y poder inconmensurable.

Pero si estuviéramos en la enésima aventura de fantasía del bien contra el mal no estaríamos hablando de un cómic de Grant Morrison, pues Joe el bárbaro tiene la peculiaridad de jugar con la escala y el carácter del héroe. En realidad, Joe es un chico diabético que sufre un ataque y necesita con urgencia elevar su nivel de azúcar en sangre. Algo tan sencillo como ir desde su dormitorio a la cocina y beberse una lata de refresco. Pero el guionista opta por jugar y mezclar realidad y fantasía, haciendo que ese pequeño recorrido se convierta en una aventura épica en la que un héroe mítico, el chico moribundo, traiga la paz a varios reinos asolados por una fuerza maléfica empeñada en sumir a toda la creación en una oscuridad absoluta y eterna.

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No es la primera vez que se crea un mundo de fantasía infectado por la realidad, ya que contamos con ejemplos tan clásicos como La historia interminable de Michael Ende, donde elementos como la cuenta atrás están igual de presentes. Pero Morrison añade una capa más, pues Joe no es transportado a un mundo de fantasía donde debe convertirse en héroe, más bien mezcla ambos planos de forma difusa y casi anárquica, siendo para el mundo fantástico el chico de la profecía, aunque nadie sepa muy bien que significa esto. La lectura de Joe el bárbaro puede de este modo ser vista como una simple aventura adolescente donde un chico algo alterado trata de salvar su vida y consigue las fuerzas a través de la fantasía, pero también es una narración sobre la superación del trauma, sobre la propia aceptación y sobre la certeza de que uno mismo es quien construye su propia identidad, proceso donde la locura tiene un papel bastante importante.

Todo esto no podría haberse realizado sin el trabajo de Sean Murphy, un dibujante que consigue mezclar sin problemas realidad y ficción, haciendo que ambos mundos cohabiten el mismo espacio para que los continuos saltos de uno a otro sean lo menos traumáticos posibles, con el consiguiente aumento de la extrañeza. Aunque para esto, el dibujante no se vale de un estilo neutro, pues apuesta claramente por una puesta en escena oscura y tenebrosa, alimentando cada sombra con una posibilidad de caos y muerte. Esta comunión entre guión y dibujo hace que Joe el bárbaro sea una historia épica, en el sentido más fascista, pero al mismo tiempo con unos niveles de tristeza considerables, que nos recuerdan continuamente la aparente futilidad de los actos de nuestro héroe, quien en todo momento hace justicia a su nombre como el chico moribundo. Grant Morrison y Sean Murphy construyen una obra que obliga a la lectura rápida, casi acelerada, pues cada página es una apuesta segura hacia el fracaso, algo que no estamos dispuestos a aceptar, pues al final Joe no deja de ser un chaval que necesita algo de azúcar para no caer en coma.

@bartofg
@lectorbicefalo

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