El diablo en la librería

vil portada
Vil y miserable (Samuel Cantin). La Cúpula, 2015. Rústica. 152 págs. ByN. 14,90 €

La sociedad occidental actual corre a toda velocidad hacia su propia extinción. En cierto sentido se podría decir que nuestra forma de vida no tardará mucho en desaparecer con un millar de voces gritando que tienen razón y que el resto están completamente, sin la más mínima duda, equivocados. Aunque lo más triste es que todo surge de la bondad, de la intención de que todos seamos felices con un espacio propio. La única pega es que este espacio se construye enfrentándose al otro, como si la única forma de paz fuera la aniquilación del otro. Hasta cierto punto, los grupos más radicales de movimientos tan básicos y necesarios como el feminismo o el ecologismo terminan dando lugar a extremistas cercanos al integrísimo religioso. Es el conmigo o contra mí elevado a la enésima potencia, convirtiendo en cómplices del enemigo a todo aquel que no coincida hasta el último punto del credo oficial. Dentro del Islam esta tendencia es conocida como el takfirismo, una corriente que niega el título de musulmán a cualquiera que no coincida totalmente con sus creencias y prácticas. Algo que con tristeza se puede percibir en algunos grupos, minoritarios, eso sí, en todos los estilos de vida comprometidos occidentales, desde los veganos hasta los amantes del deporte.

Algo así podemos leer en el cómic Vil y miserable del canadiense Samuel Cantin, una historia protagonizada por personajes que se definen por su contraposición con el resto, haciendo de la mediocridad y la mezquindad el campo de batalla diario. El protagonista de la obra es Lucien, un demonio obligado a vivir en la Tierra que subsiste como librero en una tienda especializada en libros y automóviles de segunda mano. A partir de ahí nos encontramos con una galería de personajes tan desagradables como despreciables, una lucha constante por defender cada cual que tiene razón y que el resto son una sarta de ignorantes. La única nota discordante es Daniel, el nuevo compañero de trabajo de Lucien, la única persona no embarca en una lucha por la autoafirmación radical, que quizás por eso, se ve obligado a soportar los ataques y desprecios del resto de personajes.

Se podría defender que Daniel es un reflejo del lector dentro de Vil y miserable, un ente que trata de traer la concordia al resto de habitantes del cómic, pero que deberá cargar con los insultos y desprecios de todos los personajes, desde el protagonista Lucien hasta su jefe o el psiquiatra encargado de tratar los problemas del demonio. Lo más interesante es como Samuel Cantin parece querer jugar con las expectativas del lector, dando pequeños atisbos de esperanza para cada personaje para después recordarnos que no son dignos de la más mínima simpatía. Es especialmente hábil el juego entre Lucien y su psiquiatra, un especialista que trata con el mayor desprecio posible a Lucien, lo que puede hacer que comencemos a tener lástima del demonio, pero por suerte, Samuel Cantin no tarda en todo momento en volver a mostrarnos lo estúpido y mezquino de Lucien para recordarnos, que en cierto sentido, tiene lo que se merece.

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Samuel Cantin construye una enorme partida de póker donde unos personajes tratan de aparentar más de lo que son y de minusvalorar al resto, una práctica que en Lucien adquiere la categoría de arte, un arte chapucero pero arte y al fin y al cabo. Samuel Cantin funciona como una entidad kármica que una y otra vez castiga a los personajes porque ellos mismos se lo buscan. Tenemos un ejemplo perfecto en los problemas de sexualidad de Lucien, un motor en la trama general de Vil y miserable que en manos de cualquier guionista podría ser una herramienta para la superación del personaje, pero que en las manos de Samuel Cantin es un instrumento más para destrozar a su protagonista, principalmente porque el propio Lucien es quien se lo busca y porque absolutamente nadie discutiría que el demonio se merece todo el peso de la justicia cósmica sobre sus hombros.

Todo lo anterior llevado a cabo a través de un trabajo gráfico que aúna sin problemas una personalidad propia en el trazo y una simpleza que permite una lectura tan rápida como necesaria, pues es difícil no terminar leyendo Vil y miserable de una sentada, algo del todo compresible, pues es difícil no caer en las redes de Lucien. La lectura se iniciará por curiosidad, esperando uno de la redención de Lucien, un pobre outsider maltratado por sus compañeros, aunque a medida que avanzamos nos damos cuenta de lo merecido de su castigo, pasando de la lástima al odio, para al final terminar dándonos cuenta que el único pecado del diablo es ser humano y no aceptarlo, intentando de instaurar su visión del mundo y sus resultados por encima de los demás, en lugar de abrirse un mínimo, tratar de conocer al otro y ser feliz. Pues a pesar de que como bien decía Sarte, “el infierno son los otros”, pero no es menos cierto que estamos obligados a vivir en dicho infierno.

@bartofg
@lectorbicefalo

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Un comentario en “El diablo en la librería

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