El Apocalipsis psicópata que esquivamos

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Broadway (Mike Ratera). Tyrannosaurus Books, 2015. Rústica. 64 págs. ByN. 11,95 €

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la novela en la que se basa la película inmortal Blade Runner tiene lugar en 1992, un futuro en el que el hombre mantiene colonias en el espacio profundo. Hace mucho que dejamos de pensar en el futuro como en una realidad imaginable, en parte porque el espacio infinito se ha visto suplantado por el ciberespacio eterno, y porque la cantidad imposible de información que debemos gestionar, nos obliga más a repensar que a imaginar. El videojuego Far Cry Blood Dragon, de 2013, tiene lugar en un 1997 cibernético posterior a una guerra nuclear. La película Turbo Kid, estrenada este verano, presenta otro año 1997 distópico donde la falta de combustible obliga a utilizar las bicicletas como principal medio de transporte. Ya nadie piensa en el fin del mundo, los terremotos en directo y el Estado Islámico se encargan de recordarnos que estamos en equilibrio en un cable de acero sobre pirañas integristas con rayos láser en los ojos y escamas cancerígenas.

Así que se me hace difícil enfrentarme a Broadway, el cómic que Mike Ratera publicó a principios de los noventa del siglo pasado, hace ya más de 20 años. Lo primero que pienso es lo que se parece, no en su trama o universo, pero si en lo más profundo, a ciertas películas de David Cronemberg, uno de mis directores de cabecera, en especial a Videodrome, El almuerzo desnudo y eXistenZ, por ese tratamiento del cuerpo imposible y la mutación como causa y solución de todos los problemas. Es cierto que también tenemos la historia de ultraviolencia de unos psicópatas en un estado de Nevada postapocalíptico, pero al menos para mí eso es lo de menos. Me quedo pensando, sin poder evitarlo, en lo que sucede en la mente de Contestador Automático, un yonqui enganchado a una droga alucinógena que si sigue vivo es por algo tan simple como poder aplicarse la siguiente dosis.

No se puede negar que Mike Ratera tenía las cosas muy claras cuando hace 20 años creo a su personaje Broadway. La chica es la evolución lógica de cualquier Vixen de varias décadas anteriores, una mujer que hace demostración de su libertad a través de la violencia y el sexo, terrenos que tradicionalmente han pertenecido a los hombres. Broadway llena las páginas del cómic homónimo con ingentes cantidades de sexo duro y gore a mansalva, ya que igual le practica una felación a un amante ocasional como que le abre la yugular con un cuchillo de caza. Por si esto no fuera suficiente, los personajes que le acompañan por este Estados Unidos distópico son igual de despreciables, diversas versiones de psicópatas amantes de las violaciones y las masacres, ya tengan excusas tan variadas como ser ex-marines o chavales adolescentes.

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Quien quiera ese gusto por lo ultra encontrará en las páginas de Broadway la cantidad más que necesaria de material para ofender a cualquier bienpensante. Mike Ratera cumple y lo hace a la perfección. Pero cuando he terminado de leer el cómic no me he quedado pensando en lo bruto que ha sido el cómic, es más, para ser sincero Mike Ratera ha conseguido que rompa el tedio inicial por una obra más de guerreros de la carretera de saldo para meterme por completo en la historia de Contestador Automático, una especie de novio, casi limitado a la parte espiritual, de Broadway. La chica dura, la puta de Utah, cumple perfectamente, pero es Contestador Automático quien da una capa más a la obra separándola de sus iguales.

Mike Ratera consigue introducir al lector en Broadway mediante el juego de espejos en el que vive Contestador Automático, narrador casi obligado, testigo casi por exigencia, de la historia de un grupo de forajidos del cuero y la gasolina. Pues Contestador Automático es el foco de la historia, pero también es un náufrago por decisión propia en el mundo de la alucinación. Broadway tiene el subtítulo de Mundo de mierda, y pocas veces una frase tan explícita ha sentado tan bien a una obra de ficción, pues el universo creado por Mike Ratera no presenta ni una sola razón para ser disfrutado por alguien que no sea un depredador carente de empatía. Un infierno sin paliativos, con lo que no es difícil imaginar su gravedad al ver que Contestador Automático prefiere arriesgarse a una semivida drogado lleno de alucinaciones con un inquietante peligro de verosimilitud. Unos pasajes oníricos, en su acepción más oscura, en las que el talento de Mike Ratera se acerca a los límites de la extrañeza para fusionar la violencia postapocalíptica con la metafísica de la nueva carne.

@bartofg
@lectorbicefalo

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