El juego de los vivos

preciosa oscuridad portada
Preciosa oscuridad (Fabien Vehlmann y Kerascoët). Spaceman Books, 2015. Cartoné. 96 págs. Color. 22 €

A la hora de narrar lo más importante es jugar con las expectativas del receptor. Esto es importante tanto por querer darle lo que espera como para engañarle a plena vista. En este sentido el género cumple un papel básico, pues ayuda al espectador a saber qué tiene que esperar de una narración, dándole unos andamios sobre los que asentar lo que el narrador quiere contar. Aunque claro, puede que el narrador sea más un demoledor que un albañil, que juegue a derivar esos andamios, a ser posible con la mayor de las violencias y sin que el paciente beneficiario se lo espere, de la forma más inesperada y cruenta.

Esto no se limita a coger cualquier historia y convertirla en un baño de sangre, no se trata simplemente de hacer un Juego de tronos, si no a demostrar lo voluble y peligroso de las expectativas, haciendo visible que esos pilares de acero realmente no son más que papel mojado. El videojuego Gone Home es un perfecto ejemplo de este proceder. En el mismo nos ponemos en la piel de una chica que vuelve a su casa tras un largo viaje, un hogar vacío que debemos recorrer para reconstruir los acontecimientos recientes de su familia y los anteriores inquilinos. La propia puesta en escena nos invita a esperar el mayor de los horrores: sótanos donde se han invocado demonios, áticos llenos de muñecas poseídas y cadáveres en los armarios. Nada más lejos de la realidad, sin embargo somos incapaces de no asustarnos cuando abrimos la puerta al sótano, la cual hemos estado buscando durante horas mientras la lluvia golpea con violencia las ventanas y las continuas fluctuaciones de luz nos obligan a palpar las paredes en busca de una salida.

Pero pocos juegos he visto entre mis consumos culturales recientes como el desplegado en Preciosa oscuridad, obra del guionista Fabien Vehlmann, trabajando en la escritura junto a Marie Pommepuy, autora de la idea original, más el acabado artístico de Kerascoët, pseudónimo tras el que se esconden los dibujantes Marie Pommepuy y Sébastien Cosset. En este punto me gustaría defender que la lectura de Preciosa oscuridad es ante todo una experiencia única para el lector, un viaje sin retorno que obliga a la relectura y al cuestionamiento tanto del propio lector como de la narración en el sentido más amplio. Nadie debería acercarse a Preciosa oscuridad sabiendo lo que Fabien Vehlmann y Kerascoët han perpetrado para él, autores que casi pueden considerarse terroristas culturales en el sentido más valiente, bello y aterrador del término. La obra es una tabula rasa en el sentido más arquetípico, una ruptura total en la que todo debe morir para después renacer, quizás mejor o peor, pero en todo caso diferente.

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Con este fin en mente, el guión de Preciosa oscuridad juega con las expectativas más básicas del ser humano, incluso más allá de la narración. Es cierto que a primera instancia se puede defender que Fabien Vehlmann juega con los estereotipos de los cuentos de hadas para subvertirlos, pero no es menos verdad que al final lo que hace es pervertir el universo seguro que el lector ha construido tras una vida consumiendo productos culturales. Fabien Vehlmann se atreve a jugar incluso con lo más sagrado, con cuestiones básicas más allá del bien y del mal, destrozando cualquier horizonte de posibilidades sin dejar lugar no para la justicia, si no para la simple dignidad. Los cruces con obras como El señor de las moscas o Funny Games son más que obvias, pero Preciosa oscuridad va más allá, pues su mundo no es una desviación, no es el colapso de un universo, es el propio génesis de una realidad enferma donde la bestialidad toma el papel de la ternura. Nos encontramos con un mundo de pura fantasía que responde al darwinismo social más atroz, un reino donde los ángeles son tiburones. Si Lars Von Trier defiende que su Anticristo es un mundo creado por el diablo y no por Dios, Preciosa oscuridad es un mundo de pura fantasía creado por el vacío.

Todo esto se levanta no sólo gracias al talento de un guión sin fisuras y que en todo momento se niega a hacer la más mínima concesión, ya que hay que darle la misma importancia al trabajo gráfico de Kerascoët, quienes debido a la propia naturaleza de la obra se ven obligados a trabajar a dos niveles bien diferenciados. Por un lado observamos un dibujo naturalista con un acabado que hace de la verosimilitud su mayor baza, una búsqueda del realismo que más de una vez debe enfrentarse a escenas delicadas y perturbadoras. Por el otro tenemos la representación de la fantasía que entra en ese realismo cotidiano, una recreación que utiliza diversos estilos para dar vida a la enorme cantidad de posibilidades que la propia imaginación acepta. Por suerte, los dos dibujantes salen victoriosos de su intento, haciendo que dos formas de representación tan contrapuestas funcionen de forma orgánica y mecánica, consiguiendo que el lector acepte sin la menor duda la cohabitación de dos realidades tan antagónicas.

Las seis primeras páginas de Preciosa oscuridad, su prólogo, son una declaración de intenciones, un puñetazo que el lector no se espera en ningún momento y que le deja totalmente desorientando, tanto en lo emocional como en lo moral. A partir de ahí la apuesta no hace más que subir al mismo tiempo que lo hace el sufrimiento del lector, quien no tiene más remedio que seguir leyendo página tras página, Preciosa oscuridad sólo puede leerse de un tirón, para terminar sin saber muy qué ha leído. La única opción entonces es volver a leer el cómic desde la primera página.

@bartofg
@lectorbicefalo

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Un comentario en “El juego de los vivos

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