Esplendor y muerte de la infancia

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Pistuví: El país de los grandes pájaros (Merwan y Bertrand Gatignol). Spaceman Books, 2015. Cartoné. 192 págs. ByN. 20 €

El cómic ha de vivir una lucha constante contra el tópico de ser un medio infantil y adolescente, demasiado simple para consumidores adultos. Un tópico que no sólo es simplista, más allá de lo que suele ser un estereotipo, si no también falso, ya que incluso hoy en día es difícil de encontrar obras para lectores en formación fuera de los clásicos americanos y europeos, siendo quizás el manga el único mercado que de forma industrial apuesta por este público. Incluso sectores que se han dedicado a públicos infantiles hoy lo han abandonado, como es el caso del cómic de superhéroes norteamericano, que pivota entre la deconstrucción autorreflexiva de la postmodernidad y las obras que se limitan a presentar una visión infantilizada de los temas adultos, es decir, construcciones con la complejidad discursiva de un chaval de 12 años pero empeñadas en tratar temas adultos como el terrorismo o la violencia de género.

Pero claro, es lógico que las nuevas generaciones demanden obras nuevas, pues a pesar de la calidad de creaciones como Tintín o Astérix y Obélix, es cierto que estos cómics viven en la actualidad más de la nostalgia que de la llegada de savia nueva. Entonces qué puede encontrar un joven que quiera leer un cómic. Si debiera limitarme a mí opinión personal, defiendo una postura intermedia que enfrente al infante y al adolescente a obras a su nivel moral e intelectual pero sin querer evadir la reflexión y el pulso. En este sentido, cómics como Aquel verano son un ejemplo perfecto, ya que juegan a ambos niveles. El cómic de Mariko y Jillian Tamaki es un ejercicio de melancolía adolescente para cualquier lector adulto, pero al mismo tiempo funciona para cualquier lector adolescente como una muestra de lo que él está viviendo en esos momentos, ya que los debates son en tiempo real, con lo que el adulto reflexiona sobre lo que fue mientras que el adolescente lo hace sobre lo que es.

Pero si retrocedemos hasta la infancia tenemos que buscar obras como Pistuví: El país de los grandes pájaros, de Merwan y Bertrand Gatignol, para encontrar un ejercicio parecido. El cómic nos cuenta la amistad entre Pistuví, un zorro antropomórfico, y Jeanne, una niña amante de la música. Ambos personajes viven en una cabaña en lo alto de un gigantesco árbol y se relacionan con otros extraños individuos como el viento, personificado en una mujer etérea; un enorme anciano-tractor, que recorre el mundo ordenándolo; y unos extraños y descomunales pájaros parlantes con el poder de hechizar a quienes les escuchan hablar. El universo escrito por Merwan y dibujado por Bertrand Gatignol es la recreación perfecta de la imaginación infantil cosificada, no nos encontramos ante ningún juego postmoderno que recree ninguna desviación de una obra infantil previa, el universo de Pistuví y Jeanne es lo que es, algo tan mágico y extraño que sólo puede funcionar bajo las leches inquebrantables de una mente que aún no ha consentido poner límites al mundo. En este universo propio encontramos las lógicas propias de los juegos infantiles ajenas a la física ordinaria pero conocedoras de sus propios límites. El guión de Merwan está compuesto por capítulos cortos, de diferente duración, donde se van dando diferentes pinceladas para crear sus propias historias y dar riqueza y profundidad a la gran narración que subyace a los largo de Pistuví: El país de los grandes pájaros.

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Todo esto se ve reforzado con el arte de Bertrand Gatignol, quién con una simpleza llena de detalles da vida a este universo infantil, haciendo creíble tanto a sus personajes como a los curiosos elementos que les rodean, un lugar donde las reglas son simples pero estrictas, dejando libertad a los jugadores que sólo deben prestar atención a unas pocas normas que son tan flexibles como intransigentes. De este modo el juego es una constante en el cómic, lo que lo hace divertido y ameno de leer, disfrutándose enormemente de las aventuras de sus dos protagonistas. Pero Merwan es capaz de dar un paso más, añadiendo una capa de tristeza a la obra que gradualmente va aumentando hasta llenar de un poso de melancolía la lectura. Esta introducción de la amargura se realiza de forma gradual y orgánica, con lo que no es ningún guantazo para el lector, sino más bien la conclusión lógica de la historia de Pistuví y Jeanne, un destino al que ambos se ven abocados de forma inexorable por el simple hecho de crecer.

La historia evoluciona y crece igual que lo hacen todos los niños, pero Merwan no lleva esta tristeza hasta un campo de desolación sin esperanza, ya que se detiene en la amargura reflexiva en la que los adultos podemos reflexionar sobre el fin del juego y los niños pueden hacer lo propio sobre la propia forma de la imaginación. Merwan no habla sobre los límites de la infancia, más bien se centra en el cambio como parte importante de la misma. Las peripecias de los dos amigos protagonistas no se acaban al final de la historia aunque cambien en gran medida. Quizás sea una lectura demasiado dura para un niño, pero no deja de ser un reto interesante para un adolescente que pivota entre el juego infantil y el mundo de los adultos, un recordatorio de que el cambio no es el fin, si no una puerta a otra realidad. Merwan deja las últimas páginas como una gran pregunta donde todos los personajes ven alteradas su continuidad, obligados a preguntarse sobre la lógica de sus acciones y la posibilidad de iniciar nuevos caminos. El último diálogo entre el viento y el hombre-tractor encierra todo el misterio de Pistuví: El país de los grandes pájaros, con la duda de qué hacer con la libertad y el propio vértigo de plantearse salir de los caminos establecidos.

@bartofg
@lectorbicefalo

 

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