Se quema París

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La cólera de Fantomas 1: La guillotina (Oliver Bocquet y Julie Rocheleau). Dibbuks, 2015. Cartoné. 64 págs. Color. 16 €

No sólo es más sencillo destruir que crear, también es más espectacular. Colocar piedras con argamasa puede dar un resultado tan apabullante como una catedral medieval, un edificio de proporciones colosales dedicado a la consagración de un concepto, careciendo de una utilidad formal, pues seamos serios, lo mismo que se hace en el interior de una catedral se puede hacer en mitad de un prado del campo. Pero aún así, los anegados habitantes de la Europa cristiana no han tenido problemas en dedicar décadas, en algunos casos siglos, en levantar algunas de las construcciones más solemnes e imponentes que puebla el planeta. Y sin embargo, sí hay algo más espectacular que construir una catedral es volarla en miles de pedazos con una única explosión. A parte de la emoción cinética y violenta de la propia voladura, la propia energía inmoral del acto, reírse y escupir sobre el trabajo de otros hombres, nos recorre la espina dorsal. La destrucción se transmite por nuestro cuerpo como una descarga eléctrica, una emoción que no es otra cosa que el mal, el placer agridulce de vislumbrar ese segundo de movimiento puro que existe entre el edificio imponente y la montaña de escombros, pues antes de que se pose la primera mota de polvo asistimos a una génesis perversa.

En cierto sentido, la fascinación que sentimos por lo criminal se debe más a la fuerza de la destrucción, a esa sensación de caos, que a los beneficios del acto impuro. Es evidente que existen personas que aceptan colocarse al otro lado de la justicia por mero beneficio propio, pero no hablamos aquí de simples ladrones o asesinos, si no de estetas del caos, agentes de la destrucción cuyas obras aterran en el mismo sentido que atrapan. Artistas como Fantomas, una creación literaria de Pierre Souvestre y Marcel Allain que vive una nueva vida en el cómic de la mano del guionista Oliver Bocquet y el artista Julie Rocheleau, quienes con La Cólera de Fantomas: La guillotina, inician una nueva vida de este terrorista de mil caras que parece aterrorizar a media Europa por mera diversión. Esta génesis del supervillano es hoy en día un recuerdo difuminado, como bien recuerda su guionista en el prólogo de la obra, pero que vuelve ahora apostando por una vertiente aún más artística, acentuando los ángulos, difuminando las líneas y saturando los colores, casi vaciando a Fantomas de su papel de terrorista hasta depurarlo y crear a un artesano del crimen, un artista del mal.

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Desgraciadamente todo mi conocimiento sobre Fantomas se debe a fuentes secundarias, pues nunca he tenido la suerte de leer ninguna de sus novelas, pero al leer La cólera de Fantomas: La guillotina, no puedo evitar pensar que Oliver Bocquet ha apostado más por el simbolismo del personaje que por la puesta en marcha de una trama detectivesca. Los crímenes de Fantomas están presentes en el cómic, pero parecen responder más a una puesta teatral, en el sentido más literal del término, que a un plan para conseguir el golpe del siglo. Oliver Bocquet se recrea no sólo en el personaje, sino en la época que lo vio nacer, que ha pasado de ser el mero tiempo contemporáneo a convertirse en un tiempo idealizado y romántico, en lugar de resetear al personaje en nuestros días, lo ata a un París de principios del siglo XX lleno de todos los tópicos y clichés que el arte nos ha legado. No quiero que esto se considere en ningún momento como una crítica al trabajo del guionista, pues los clichés son malos según su uso, y el trabajo de Oliver Bocquet no está empujado por la facilidad de los lugares comunes, sino por su magia y carácter evocador.

El Fantomas de Oliver Bocquet es aún más romántico y poético que el original gracias a que su propio entorno también ha ganado esa magia que sólo puede otorgar el paso del tiempo, convirtiendo a quienes eran meros rateros a las orillas del Sena en criaturas mitológicas más cercanas al trasgo que al mafioso ruso. En este sentido, este proyecto no podría haberse llevado a cabo sin el trabajo gráfico de Julie Rocheleau, quien dinamita la realidad, volvemos a recordar la catedral en llamas, para dar a los personajes de Oliver Bocquet un diseño y espacio más que digno para expandirse ellos y su historia. El trazo de Julie Rocheleau parece cercano a la improvisación del jazz, jugando con la bidimensionalidad del papel, aunque es en su color donde el arte final de La cólera de Fantomas: La guillotina explota en un millón de trozos, quedándose suspendido ante nuestros ojos antes de posarse en tierra. La luz y la sombra bailan una delicada danza en la que el color sabe contenerse y saltar en una progresión narrativa, jugando al mismo nivel que la propia disposición de las viñetas en la página.

Oliver Bocquet y Julie Rocheleau lo han hecho bien, han resucitado al terrorista centenario en La cólera de Fantomas: La guillotina haciéndolo lo más actual posible sin olvidar la magia de aquel París donde el arte se da tanto en los inicios del cine como en su teatro, pintura y crimen. Ahora sólo queda esperar los tomos dos y tres de esta trilogía donde Fantomas vuelve a reinar sobre los criminales y el miedo de los justos.

@bartofg
@lectorbicefalo

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2 comentarios en “Se quema París

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