La verdad del átomo

primavera portada
Una primavera en Chernóbil (Emmanuel Lapage). Spaceman Books, 2014. Cartoné. 160 págs. Color. 30 €

Tratamos de relacionar habitualmente la representación física realista como la prueba inequívoca de la verdad. En este sentido no hay nada más real que una fotografía, la captación de un instante efímero en una superficie impregnada en productos químicos. Pero ya cuando hablamos del cómic Manabé Shima, del francés Florent Chavouet, chocamos de frente con el problema de la objetividad y la subjetividad, llegando a la conclusión de que la propia visión del artista, a través de su trazo, se convertía en un retrato fidedigno de lo que podríamos llamar de alguna forma como lo real. Al hablar de ese cuaderno de viajes nos encontramos con la realidad de una pequeña isla japonesa vista a través de los ojos y el dibujo de un joven mochilero francés que se relaciona con lo que le rodea, algo parecido a lo que hacían los viajeros románticos franceses y alemanes que visitaban Andalucía en el siglo XIX.

Aunque claro, la isla de Manabé Shima posiblemente sea desconocida para cualquier lector, que entrará en las páginas de Florent Chavouet en busca de una curiosidad, de la alegría de la vida sencilla y despreocupada. ¿Pero que sucede cuando el tema a tratar es otro? ¿Es posible recorrer la historia, las vivencias más allá de uno a través del cómic? Sí buscamos la objetividad más fría, deberíamos acudir a obras como La Gran Guerra de Joe Sacco, donde el autor se limita a exponer unos hechos desnudos ante el lector. O incluso se podría acudir a esa piedra de toque que es Maus de Art Spiegelman, donde la Historia se mezcla con la vivencia más personal. Aunque si todas estas obras tienen algo en común es que parten de ideas preconcebidas, todas conocen su punto de destino ya que o retratan la propia vida del autor, en relación a otro tema, como el Holocausto o el Mar Interior de Japón, o eliminan la figura del creador que se vuelve invisible ante el fango de las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Por eso creo que hay algo mágico en una obra como Una primavera en Chernóbil, obra del francés Emmanuel Lepage. Es difícil definir Una primavera en Chernóbil, pero si tuviera que arriesgarme diría que nos encontramos ante un gran reportaje de periodismo gonzo, una historia que se empeña en ir más allá de la superficie, colándose hasta el fondo para dejar que la intrahistoria del gran acontecimiento asiente la información, otorgando contexto a las ideas. La génesis del cómic de Emmanuel Lepage no puede ser más obvia, una asociación cultural tiene la idea de situar una residencia de artistas junto a Chernóbil, para que los mismos hagan de su estancia en la misma un canto hacia la mayor desgracia nuclear que ha ocurrido en el planeta. Como podría pensar cualquiera, Una primavera en Chernóbil estaba destinada a ser una obra abiertamente antinuclear, una problemática de hondo calado en Francia, el país con más centrales nucleares por habitante del mundo. Era sencillo, explicar lo que sucedió en la central nuclear soviética y después exponer al mundo las aberrantes y antinaturales consecuencias.

Nada más lejos de la realidad, pues la personalidad de Emmanuel Lapage, quien en ningún momento está muy seguro de por qué hace el viaje, se convierte en el mejor vehículo para que la descripción del Chernóbil actual se construya al margen de prejuicios. Una primavera en Chernóbil presenta una mezcla extraña y fascinante, pues en la misma obra encontramos un recordatorio constante del horror atómico, con un dibujo oscuro y tétrico que recuerda a Stalker de Andrei Tarkovski, a esa zona prohibida que el cineasta ideo siete años antes de que el reactor 4 de la central ucraniana entrara en fisión. Ese mundo oscuro y degradado, tiene un reflejo en el Chernóbil de Emmanuel Lapage, especialmente al retratar las ruinas que quedaron atrás, tanto las abandonadas totalmente a su suerte como las asaltadas por los saqueadores. Ese es el Chernóbil que cualquiera espera encontrar, un infierno donde una naturaleza tétrica y mutante ha devorado y digerido los restos de los orgullosos hombres.

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Pero Emmanuel Lapage encuentra mucho más. Quizás todo se deba a que como el propio autor se define, nunca ha sido especialmente antinuclear, lo que le hace llegar a las inmediaciones de Chernóbil más sin saber que hacer que con la idea de plasmar un ideario político en las páginas. De esta forma, el despistado autor se encuentra con dos sorpresas: la naturaleza de la zona, y sus habitantes. Al principio de Una primavera en Chernóbil se nos explica detalladamente como fue el accidente ocurrido en 1986, así como sus consecuencias más inmediatas y sangrantes, desde la contaminación que cubrió media Europa hasta las miles de muertes y deformaciones que provocó el accidente. Pero en las páginas posteriores encontramos una lucha del autor ante esa génesis, pues para desgracia de la lógica y la narrativa, el color predominante durante esos días que dura el viaje es el verde.

Nos encontramos ante un shock por parte del autor que sabe transmitir perfectamente a los lectores. En Chernóbil los árboles son verdes y los niños ríen mientras corren y juegan al salir del colegio. Es una versión brutal e ilógica de la idea de que la vida se abre camino en cualquier situación. Algo que choca violentamente contra cualquier mente externa, que sabe a ciencia cierta que la zona que rodea a la central será radioactiva durante miles de años, que la posibilidad de desarrollar un cáncer, cuando no morir directamente envenenado por la radiación, es más que posible. Todo choca con ese verde, con esa felicidad de los habitantes, obligando al autor primero y al lector después a preguntarnos qué debemos sentir, pues la tristeza y la esperanza luchan en nuestro pecho ante esas imágenes de bosques verdes y exuberantes, que nos muestra Emmanuel Lapage, ante esos niños que sonríen y piden al autor que los retrate. Es la representación de un paraíso venenoso, de algo que sabemos que está mal pero se nos presenta con una apariencia fresca y lozana.

Quizás el secreto del éxito de Una primavera en Chernóbil se encuentre precisamente en ese descoloque, en ese no saber muy bien qué hace el autor al irse unos días a vivir junto a una central nuclear que conmocionó al mundo. Pues al final, Emmanuel Lapage no nos lanza ideas, no conforma un discurso ordenado, sino que nos hace partícipe de sus preguntas y dudas, nos pide a los lectores que le expliquemos lo que ha vivido, porque él mismo no lo entiende. Se me ocurren pocos ejercicios más hermosos y tristes, y tan bien resueltos, como éste, como el que cualquier lector de Una primavera en Chernóbil puede sentir.

@bartofg
@lectorbicefalo

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