Spain is Pain #212: La debacle del futuro.

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¡Universo! 1 y 2 (Albert Monteys) Panel Syndicate, 2014 y 2015. Digital, 38 y 41 págs. Color

Que el mundo tal y como lo conocemos está desapareciendo es algo que no de lo que todo el mundo es consciente. A nivel social ha habido una revolución en todos los sentidos generando nuevos usos y costumbres, en lo político a pesar del resurgimiento de la nueva izquierda, la derecha sigue más firme que nunca; el salto tecnológico dado en la última década presupone un futuro inimaginable e intangible; y las empresas no ni dudan ni se esconden a la hora de marcar sus intereses como prioritarios por encima de países y seres humanos. La avalancha que ha supuesto las redes sociales ha dado protagonismo de manera inexorable a la microhistoria, la importancia del día a día por encima de los grandes eventos que marcan la historia oficial, a pesar de estar controlado por sistemas amorfos de control de la información

Esos son los puntos en los que se sustenta el discurso de los por ahora dos números de ¡Universo! De Albert Monteys una conjunción entre acciones que suceden a nivel de microhistoria que repercuten el global de la civilización en un mundo hipercorporativizado en el que el estado parece haber desaparecido, vamos, que ni en los sueños más húmedos de Milton Midford dicha perspectiva se hacía realidad. Todo ello se cristaliza en una deshumancización de las relaciones íntimas, imperfectas y esporádicas para potenciar las lógicas, duraderas y estables que puede aportar un ente robotizado. Monteys plantea un universo en el que la filosofía de la Escuela de Chicago campa a sus anchas, hasta el punto que los individuos que viven en esa sociedad del siglo XXVI (aproximadamente) conviven con las corporaciones hasta en lo más íntimo de sus vidas.

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“¡El pasado es ahora!”, el primer número de Universe, es la esencia de la ciencia ficción, viajes en el tiempo para arreglar algo del pasado pero que al final sale todo fatal. Sin embargo, el motivo en este caso no es otro que apropiarse del presente a través de la apropiación del pasado insertando el copyright de empresas Wortham en los quarks que originaron el universo y concretamente el planeta tierra. Para ello envían a Tommy, un empleado entregado a la empresa, para que recorra el tiempo desde el nacimiento del mismo e imprimir dicho sello. Se nos muestran dos contextos, el de la empresa y el privado del protagonista, y luego la historia de la humanidad, el espacio-tiempo configurado como un recorrido icónico en el que Tommy pone su granito de arena creando su propia especie, que luego es exterminada por el creador de empresas Wortham, y de paso convirtiéndose en el monolito de 2001: una odisea en el espacio para los habitantes de todo el espacio-tiempo terráqueo.

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El segundo título, “La fábrica del amor”, parte de lo que hace humanos a los humanos: el amor. Concepto que desarrolla desde el punto de vista de la carencia del mismo, convirtiéndolo en algo prácticamente mecánico en el que los seres humanos convertidos ya de manera irremisible en usuarios y usuarias programan a su gusto y conveniencia. Perdiéndose la esencia de la conquista, conocerse y relacionarse, y lo imperfecto y apasionante de todo el proceso. La pérdida de estos elementos se hace en favor de un amor perfecto e infinito que nunca se acaba al menos por parte del robot. Sin embargo, ese amor programable se vuelve en contra de los humanos cuando un modelo de robot concreto empieza a asesinar a sus parejas humanas por el exceso de amor.

¡Universo! es delicioso y delirante a parte iguales , una obra contruida con cariño y por amor al género, que a pesar de ese dibujo amable, secundado por un uso muy concreto de los colores, encierra un discurso totalmente pesimista: en el futuro nos habremos convertido en absurdamente incapaces de establecer relaciones sociales como es debido. En los dos números publicados por el momento nos encontramos al mejor Monteys, de lejos, mostrándose pletórico en el diseño de personajes e inmenso en algunas páginas del primer número. Las historias son SF pura y dura, creadas por amor al género abierta a un público que no tiene por qué ser, al menos en principio, habitual a este. Universo es un cómic como pocos, bien escrito, bien dibujado, un diseño impecable un trabajo que si sigue creciendo dará mucho que hablar, y del que a mí me gustaría poder leer un capitulo cada mes.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

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La verdad del átomo

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Una primavera en Chernóbil (Emmanuel Lapage). Spaceman Books, 2014. Cartoné. 160 págs. Color. 30 €

Tratamos de relacionar habitualmente la representación física realista como la prueba inequívoca de la verdad. En este sentido no hay nada más real que una fotografía, la captación de un instante efímero en una superficie impregnada en productos químicos. Pero ya cuando hablamos del cómic Manabé Shima, del francés Florent Chavouet, chocamos de frente con el problema de la objetividad y la subjetividad, llegando a la conclusión de que la propia visión del artista, a través de su trazo, se convertía en un retrato fidedigno de lo que podríamos llamar de alguna forma como lo real. Al hablar de ese cuaderno de viajes nos encontramos con la realidad de una pequeña isla japonesa vista a través de los ojos y el dibujo de un joven mochilero francés que se relaciona con lo que le rodea, algo parecido a lo que hacían los viajeros románticos franceses y alemanes que visitaban Andalucía en el siglo XIX.

Aunque claro, la isla de Manabé Shima posiblemente sea desconocida para cualquier lector, que entrará en las páginas de Florent Chavouet en busca de una curiosidad, de la alegría de la vida sencilla y despreocupada. ¿Pero que sucede cuando el tema a tratar es otro? ¿Es posible recorrer la historia, las vivencias más allá de uno a través del cómic? Sí buscamos la objetividad más fría, deberíamos acudir a obras como La Gran Guerra de Joe Sacco, donde el autor se limita a exponer unos hechos desnudos ante el lector. O incluso se podría acudir a esa piedra de toque que es Maus de Art Spiegelman, donde la Historia se mezcla con la vivencia más personal. Aunque si todas estas obras tienen algo en común es que parten de ideas preconcebidas, todas conocen su punto de destino ya que o retratan la propia vida del autor, en relación a otro tema, como el Holocausto o el Mar Interior de Japón, o eliminan la figura del creador que se vuelve invisible ante el fango de las trincheras de la Primera Guerra Mundial.

Por eso creo que hay algo mágico en una obra como Una primavera en Chernóbil, obra del francés Emmanuel Lepage. Es difícil definir Una primavera en Chernóbil, pero si tuviera que arriesgarme diría que nos encontramos ante un gran reportaje de periodismo gonzo, una historia que se empeña en ir más allá de la superficie, colándose hasta el fondo para dejar que la intrahistoria del gran acontecimiento asiente la información, otorgando contexto a las ideas. La génesis del cómic de Emmanuel Lepage no puede ser más obvia, una asociación cultural tiene la idea de situar una residencia de artistas junto a Chernóbil, para que los mismos hagan de su estancia en la misma un canto hacia la mayor desgracia nuclear que ha ocurrido en el planeta. Como podría pensar cualquiera, Una primavera en Chernóbil estaba destinada a ser una obra abiertamente antinuclear, una problemática de hondo calado en Francia, el país con más centrales nucleares por habitante del mundo. Era sencillo, explicar lo que sucedió en la central nuclear soviética y después exponer al mundo las aberrantes y antinaturales consecuencias.

Nada más lejos de la realidad, pues la personalidad de Emmanuel Lapage, quien en ningún momento está muy seguro de por qué hace el viaje, se convierte en el mejor vehículo para que la descripción del Chernóbil actual se construya al margen de prejuicios. Una primavera en Chernóbil presenta una mezcla extraña y fascinante, pues en la misma obra encontramos un recordatorio constante del horror atómico, con un dibujo oscuro y tétrico que recuerda a Stalker de Andrei Tarkovski, a esa zona prohibida que el cineasta ideo siete años antes de que el reactor 4 de la central ucraniana entrara en fisión. Ese mundo oscuro y degradado, tiene un reflejo en el Chernóbil de Emmanuel Lapage, especialmente al retratar las ruinas que quedaron atrás, tanto las abandonadas totalmente a su suerte como las asaltadas por los saqueadores. Ese es el Chernóbil que cualquiera espera encontrar, un infierno donde una naturaleza tétrica y mutante ha devorado y digerido los restos de los orgullosos hombres.

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Pero Emmanuel Lapage encuentra mucho más. Quizás todo se deba a que como el propio autor se define, nunca ha sido especialmente antinuclear, lo que le hace llegar a las inmediaciones de Chernóbil más sin saber que hacer que con la idea de plasmar un ideario político en las páginas. De esta forma, el despistado autor se encuentra con dos sorpresas: la naturaleza de la zona, y sus habitantes. Al principio de Una primavera en Chernóbil se nos explica detalladamente como fue el accidente ocurrido en 1986, así como sus consecuencias más inmediatas y sangrantes, desde la contaminación que cubrió media Europa hasta las miles de muertes y deformaciones que provocó el accidente. Pero en las páginas posteriores encontramos una lucha del autor ante esa génesis, pues para desgracia de la lógica y la narrativa, el color predominante durante esos días que dura el viaje es el verde.

Nos encontramos ante un shock por parte del autor que sabe transmitir perfectamente a los lectores. En Chernóbil los árboles son verdes y los niños ríen mientras corren y juegan al salir del colegio. Es una versión brutal e ilógica de la idea de que la vida se abre camino en cualquier situación. Algo que choca violentamente contra cualquier mente externa, que sabe a ciencia cierta que la zona que rodea a la central será radioactiva durante miles de años, que la posibilidad de desarrollar un cáncer, cuando no morir directamente envenenado por la radiación, es más que posible. Todo choca con ese verde, con esa felicidad de los habitantes, obligando al autor primero y al lector después a preguntarnos qué debemos sentir, pues la tristeza y la esperanza luchan en nuestro pecho ante esas imágenes de bosques verdes y exuberantes, que nos muestra Emmanuel Lapage, ante esos niños que sonríen y piden al autor que los retrate. Es la representación de un paraíso venenoso, de algo que sabemos que está mal pero se nos presenta con una apariencia fresca y lozana.

Quizás el secreto del éxito de Una primavera en Chernóbil se encuentre precisamente en ese descoloque, en ese no saber muy bien qué hace el autor al irse unos días a vivir junto a una central nuclear que conmocionó al mundo. Pues al final, Emmanuel Lapage no nos lanza ideas, no conforma un discurso ordenado, sino que nos hace partícipe de sus preguntas y dudas, nos pide a los lectores que le expliquemos lo que ha vivido, porque él mismo no lo entiende. Se me ocurren pocos ejercicios más hermosos y tristes, y tan bien resueltos, como éste, como el que cualquier lector de Una primavera en Chernóbil puede sentir.

@bartofg
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Reajustando los orígenes

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Superman: Legado (Mark Waid y Leinil Francis Yu) ECC, 2015. Cartoné, 304 págs. Color, 29,50 €

No hay cosa que más me fascine que las reescrituras de los orígenes de los héroes/mitos de la cultura pop. Es algo que puede suceder tanto con celebrities de carne y hueso como con personajes de ficción. Es algo que va a más allá de los reboot y que solo puede funcionar en una estructura de work in progress como son los tebeos populares, concretamente aquellos que son longevos y que pasan por la mano de diferentes tipos de lectores de otras tantas generaciones y periodos históricos donde la percepción de lo que debe ser un héroe es completamente diferente. Son reajustes que tratan de plasmar y acotarse a un periodo histórico concreto.

No descubro nada a nadie si digo que mi superhéroe favorito es Superman, la pureza y la simplicidad del concepto sobre el que se construye me fascina; a pesar de ser el tipo más poderoso sobre la faz de la tierra utiliza sus poderes para hacer la que la humanidad sea un poco menos injusta. A eso hay que sumarle otras dos ideas que hacen al personaje único: su identidad real es aquella que utiliza cuando es superhéroe y cierta idea de que la humanidad está abocada a la autodestrucción, de ahí que sea un extraterreste el que imparta justicia. Mi Superman favorito es el de sus inicios aquel que pasaba de la justicia institucionalizada y encerraba por su cuenta a banqueros, delincuentes, mafiosos y que para más inri era perseguido por la policía. Era un héroe mucho mas terrenal imperfecto con virtudes pero también con muchos defectos

En Superman: Legado de Mark Waid y Leinil Francis Yu nos encontramos con un reajuste de los primeros de días de Clark Kent como el héroe supremo de Metrópolis. Este relato atiende a cierta voluntad de incluir relatos de otros medios y que queden más o menos incorporados a la cronología “oficial” de los cómics. La iconicidad del héroe ya traspasó el papel hace unas cuantas décadas y en el imaginario popular la importancia y los hechos que componen la biografía de este personajes no se limitan solo a los cómics sino también a las películas, sobre todo a la primera, y en periodos más recientes a series como Smalville.

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De Legado interesa por encima de todo ese rediseño del personaje que lo desvincula de la idea del boyscout, recupera las imperfecciones y le añade defectos al igual que en sus inicios, apartándolo de lo puro y nos acerca a la creación del personaje de Clark Kent, aquel a través del cual Kal-El el kryptoniano decide interactuar en su vida adulta en la ciudad como profesional en los medios de comunicación. Ni tan siquiera es el Clark que ha crecido en Smallville, sino el que se ha formado en su experiencia previa en África justo antes de irse a Metrópolis. Nos muestra a un personaje que actúa con premeditación lo cual hace que en cierta manera pierda esa dualidad bajo la cual siempre ha operado Superman/Clark Kent. Por otro lado la relación con el padre no es la que nos hemos encontrado hasta ahora, es hasta cierto punto conflictiva en el momento en el que el hijo adoptivo decide seguir con su camino al margen de las enseñanzas de los padres.

Lo que mejor se explota en este volumen es la relación entre Kent y Lex Luthor, a partir de Smallville los años como adolescentes de ambos personajes han adquirido una gran importancia, la configuración de una rivalidad que nace de una amistad plena y que se reconvierte la historia no solo en es sobre el reajuste en la vida de Superman sino el origen del Lex Luthor actual. Waid y Yu nos dibujan a un personaje maduro pero huraño, un niño inmaduro que no ha superado una adolescencia traumática con el padre. Luthor pasa de ser un genio científico brillante y hombre de negocios equilibrado a un hombre rencoroso cuya máxima es un poder desbocado que nace del rencor hacia el resto de las personas.

Legado es una obra imprescindible para todos aquellos seguidores de El hombre de acero por la cantidad de guiños que contiene a los lectores de toda la vida, desde aspectos inspirados en la serie de televisión que explora la adolescencia del personaje, la escena en que Lois Lane cae al vacío y es salvada por Superman o el homenaje a la portada del número 1 de Action Comics. Un relato de orígenes tanto de Superman como de Luthor, así como el descubrimiento de un nuevo Clark Kent periodista que lucha por informar de la pérdida de derechos de una etnia minoritaria en África.

@Mr_Miquelpg

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Spain is Pain #211: El encanto de buscarse a uno mismo

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¿Dónde está mi cabeza? (Benito Pérez Galdós y Lorenzo Montatore) El verano del cohete, 2014. Grapa, 32 págs. Color, 9€

Uno de los cuentos televisivos que recuerdo con más terror es aquel episodio de Historias para no dormir titulado “El transplante” en el que Chicho Ibáñez Serrador en el que un hombre se ve obligado a ir vendiendo partes de su cuerpo a una institución médica, hasta que sólo se ve reducido a un tronco con cabeza. El relato es espeluznante narrado pero narrado con ciertas dosis de melancolía, sorna y crítica hacia una sociedad cambiante. Y es que la pérdida de un miembro, extremidad ha sido un hecho bastante traumático.

Perder la cabeza sería en efecto algo de carácter irreversible, pero frases como ‘un día de estos vas a perder la cabeza’ para referirnos a esas personas que tienen mala memoria le han dado un giro al sentido original. Nuestro Benito Pérez Galdós, se inventa uno de los cuentos más neurótico de la literatura española pero sin olvidarse de su vertiente más. En ¿Dónde está mi cabeza?, publicado originalmente los día 30 y 31 de diciembre de 1892 en el Imparcial, nos habla de un señor prototípico y arqutípico de la época que se levanta por la mañana y se percata de que ha perdido la cabeza, en sentido físico, porque en el intelectual este sigue siendo muy cabal, razona e intenta recordar donde se ha dejado la testa. Lo que más sorprende es como sus colegas de profesión tratan la patología, con total normalidad y el proceso lógico que el protagonista sigue para buscarla.

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Es un relato corto, e inacabado a propósito, que deja el misterio sin resolver pero con una riqueza y un verbo que se disfruta palabra a palabra. En la presente edición el texto está acompañado por las ilustraciones de Lorenzo Montatore, en glorioso CMYK, y con indudables referencias a ilustradores como Manolo Prieto, Searle, y alguna influencia de los diseños de los Estudios Moro. Unas ilustraciones que dotan de personalidad a este relato de más de cien años de actualidad dotándole de viveza, y restándole lo que podía ser una historia protagonizada por un señor gris de la época. Otro punto a favor de las ilustraciones de Montatore es la personalidad que le ha sabido imprimir a un personaje carente de su mayor rasgo personal: la cabeza.

El relato original, los colores, los diseños y la maquetación nos ayudan a redescubrir uno de los trabajos más desconocidos de Galdós, en un formato, una edición y unos términos que lo convierten de lectura obligatoria para las nuevas generaciones. Una delicia.

@Mr_Miquelpg

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No sin mi camión

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Wayne Shelton Integral 1 (Jean Van Hamme y Christian Denayer). Dolmen Editorial, 2014. Cartoné. 184 págs. Color. 34,95 €

Ser aventurero hoy en día no debe de ser nada fácil, hace sólo un siglo podías salir de Europa, dirigirte a cualquier lugar del mundo subdesarrollado y convertirte fácilmente en un saqueador de ruinas milenarias o en una especie de caudillo militar militar, todo sin mayores problemas. Hoy en día no, el mundo es más complejo y cualquier entorno subdesarrollado sigue sin tener agua potable, pero la presencia de armamento de lo más variado es de lo más común. Además no se puede negar que la venda del romanticismo ha caído y en cualquier lugar al margen de gobiernos más o menos estables es más sencillo ser víctima de torturas que encontrar alguna especie de paraíso anarquista. El mundo se ha vuelto, o se ha mostrado por fin, como una jauría de perros rabiosos amantes de la antropofagia. Así que si huimos en busca de aventuras más nos vale convertirnos en hijos de puta, en morder antes de que nos muerdan.

Wayne Shelton es un hombre que conoce la lección mejor que nadie, capaz de aunar una moral interior de lo más íntegra con un pragmatismo que le permite sobrevivir donde cualquier ciudadano del primer mundo terminaría violado y asesinado con algún órgano de menos, no precisamente en ese orden. En el primer integral de Wayne Shelton, que recoge los primeros tres tomos de la edición original, conocemos a un veterano de la Guerra de Vietnam que tras ser incapaz de volver a la vida civil se especializó en labores de soldado, o más bien especialista, de alquiler. Aunque nadie espere encontrar en la obra de Jean Van Hamme y Christian Denayer locas aventuras en templos perdidos en mitad del Amazonas o oscuras intrigas contra organizaciones criminales que buscan el dominio mundial. Aunque las referencias a James Bond e Indiana Jones son más que notables, Wayne Shelton está mucho más pegado a la realidad, cambiando la selva por las repúblicas ex-soviéticas y a los supervillanos por industriales y políticos.

Todo esto crea un campo de juegos más que entretenido, pues al mismo tiempo que se disfruta la lectura, Jean Van Hamme y Christian Denayer recuerdan una y otra vez al lector que el mundo que está ahí fuera es más complicado y cruel de lo que la cultura popular está empeñada en mostrarnos. En los tres álbumes que recoge Wayne Shelton en su primer integral asistimos a una misión del héroe, en los dos primeros capítulos, y a las consecuencias de la misma, en la tercera historia. La misión no puede ser menos romántica: rescatar a un camionero francés de una cárcel de Oriente Próximo para que el Gobierno de Francia desbloquee las restricciones comerciales con un pequeño y corrupto país. Afortunadamente, Jena Van Hamme desarrolla toda una intriga llena de acción para entretener al lector al margen de la poca nobleza de la actividad de su héroe. De este modo, se puede decir que Wayne Shelton respeta toda la tradición de la literatura de espías o aventureros pero colocándolo ante un escenario más realista y crudo, manteniendo el mismo nivel de violencia pero ensuciando cada página del relato.

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No hay lugar para la épica o la última tecnología, todo son antiguos rifles de asalto soviéticos y camiones con amortiguadores gastados. A fin de cuentas nada mata mejor que un kalashnikov y si te vas a mover por carreteras de tierra un deportivo de último modelo no te va a servir de mucho. Como es lógico, Jean Van Hamme deja espacio al juego y no todo es tan gris, dejando que algunos personajes sean algo más románticos, como un aristócrata inglés con afición por el tráfico de armas, un especialista de cine español o una prestidigitadora de innegables encantos. Quizás sea en los personajes donde el guionista se toma más libertades a la hora de añadir espectacularidad por encima de realismo, pues crea una cohorte de alegres malnacidos que da algo más de color a la historia. Wayne Shelton es un cabrón de buen corazón que siempre consigue llevarse a la cama a atractivas mujeres, aunque esté a las órdenes de industriales que no tienen problemas con saltarse legislaciones nacionales e internacionales para mejorar los beneficios de cara al final del año fiscal.

Por su parte, el dibujo de Christian Denayer es lo esperable en este tipo de obras, su estilo busca un realismo accesible que ayude a la lectura de la historia sin obstaculizar nunca su narrativa, la cual es totalmente cinematográfica, tratando siempre de hacer que el ritmo se adapte a la intensidad de las escenas. Se puede decir que el objetivo del dibujante está más que conseguido, pues aunque el dibujo de Wayne Shelton  no sobresalga excesivamente, es innegable que funciona en perfecta armonía con el guión, consiguiendo una obra totalmente unitaria donde la trama y el aspecto visual se marcan un destino único. Jean Van Hamme y Christian Denayer visitan las esquinas más oscuras del mundo sin ocultar la violencia, la suciedad o la corrupción, pero con el único objetivo de divertir y entretener al lector, el cual siempre que sea un amante de la acción va a encontrar una obra perfecta para pasar una tarde más que entretenida.

@bartofg
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El héroe más triste

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Gilgamesh II (Jim Starlin). ECC, 2015. Cartoné. 200 págs. Color. 19,95 €

La realidad por definición es totalmente antinarrativa, las historias no tienen un planteamiento, un desarrollo y un desenlace, más bien nos encontramos con acciones aisladas que se van relacionando con otras unidades igual de independientes, e incluso aunque uno quiera plantearse un desarrollo vital, o profesional, lo más normal es que el proceso se vea alterado para cancelarse, derivarse o transformarse totalmente. Esa sensación tan placentera de cierre que encontramos en la ficción raramente se encuentra en la vida real, y cuando es así suele ser por un imperativo externo que delimita y edita un hecho real para darle un bonito envoltorio de ficción. No existen los héroes que triunfan y viven felices tras una gran victoria, siempre hay un capítulo más hasta que la muerte irrumpe de la forma más abrupta.

Aunque claro, como consumidores de productos culturales terminamos adquiriendo un piloto automático que nos hace entrar en esos raíles a la hora de disfrutar de una narración, esperando que esa estructura en tres actos se cumpla cada vez desde el detonante hasta el clímax, conformándose un hogar cálido donde la sorpresa llegará por cualquier parte menos por la estructura. Por fortuna algunos autores se enfrentan a lo preestablecido y nos regalan paseos fuera del circuito, aventuras que parecen más increíbles precisamente por entrar en el terreno de lo aleatorio, enfrentando a sus creaciones con la incertidumbre. Un perfecto ejemplo de lo que comentamos lo encontramos en Gilgamesh II del maestro Jim Starlin. El autor más cósmico del cómic popular americano opta en Gilgamesh II por mantener todas sus señas de identidad, con un gusto notable por la ciencia-ficción más ambiciosa y grandilocuente, pero empeñándose de la forma más radical en acabar con las expectativas del lector. En Gilgamesh II nada es como esperamos precisamente porque se acerca más a un desarrollo real que narrativo.

La génesis de Gilgamesh II es más bien sencilla, a finales de los años ochenta del siglo pasado un bebé alienígena llega a la Tierra a bordo de una sonda, aunque en lugar de ser criado por unos granjeros de Kansas todo corazón, es tomado bajo el ala de una pareja de hippies narcotraficantes. 25 años después, en un futuro ya pasado, la Tierra es gobernada por un consejo de multinacionales que han convertido el capitalismo en un sistema político y no sólo económico. Por fortuna para el planeta, el Presidente Ejecutivo de la Tierra es Gilgamesh, ese alienígena que haciéndose pasar por humano gobierna el planeta con inteligencia y fuerza desde Dallas. Aunque nuestro héroe no está solo, ya que mientras él fue criado por unos hippies, otro miembro de su raza ha tenido que crecer sólo en lo más profundo de la selva sudamericana, defendiendo el territorio ante los continuos avances de las multinacionales empeñadas en urbanizar cada centímetro de selva.

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Es en este momento cuando Jim Starlin desata todo su talento, pues comienza a hacer lo último que espera cada lector, optando simplemente por lo más lógico que debería suceder. Sin dejar la base del poema épico Gilgamesh, la lectura de Jim Starlin opta por la épica sin dejar de lado las limitaciones de la lógica y lo mundano. De este modo, Gilgamesh se convierte en aliado de ese Otro que ha crecido en la selva, pues aunque la lógica narrativa invita a que ambos seres superiores se enfrente por el poder, lo normal es que ambas criaturas únicas encuentren el uno en el otro un oasis de fraternidad al no sentirse, por primera vez en su vida, solos. Este es sólo el primer paso en el devenir de Gilgamesh II, pues desde ese momento todo se desarrolla de igual modo, enfrentando continuamente las expectativas que todos tenemos que ese giro de tuerca de Jim Starlin que una y otra vez juega con la simpleza de la vida, haciendo que que la sorpresa sea continua, una sensación de juego tan inteligente como emotivo.

Pues la acción está muy presente en Gilgamesh II, no faltando enemigos como mutaciones casi primigenias en la selva o robots ninjas intentando llevar a cabo algún magnicidio. Pero Jim Starlin sabe mezclar una acción desenfrenada con una tristeza casi desoladora. Gilgamesh y el Otro son hombres de acción, pero también víctimas de su propio ser, sabedores de que no son capaces de todo y de que el fracaso es siempre una opción, pudiendo llegar la derrota desde cualquier origen. Es notable como Jim Starlin vuelve a recurrir a la enfermedad como fin de los héroes, como ya hizo en la muerte del Capitán Marvel, dejando claro que quien a hierro mata también puede acabar sus días en una cama de hospital con decenas de médicos incapaces de revertir una muerte lenta y silenciosa.

Gilgamesh II es una historia de tristeza y heroicidad, donde los protagonistas son tan poderosos como falibles, proyecciones exageradas del concepto de humanidad, enfrentados a los peligros más inimaginables y a los problemas más cotidianos. Hasta cierto punto se podría decir que Gilgamesh II tiene puntos de giro casi anticlimánticos, situaciones donde la épica exige al lector un golpe sobre la mesa sin paliativos, momentos en los que Jim Starlin se niega a complacernos y opta por resoluciones casi melancólicas, tristes y cotidianas. Jim Starlin es uno de los mejores autores que ha dado el cómic norteamericano de superhéroes, posiblemente el mejor en la vertiente cósmica, pero en Gilgamesh II volvió a demostrar que sin dejar de lado la acción hipermusculada es capaz de jugar con las pequeñas acciones de la vida, haciendo de la tristeza y el último e imbatible enemigo al que los héroes deben enfrentarse.

@bartofg
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Spain is Pain #210: Los niños no están tan locos

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Canosa y los detestables humanos (Jim Pluk) DeHavilland, 2015. Cartoné, 104 págs. B/N, 12 €

Dicen que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad, en el primer caso dudo que sea así y que tenga que ver más con la desinhibirse que con la intención de ser veraces. El caso de los niños es completamente diferente hasta cierta edad las preguntas y afirmaciones realizadas por estas no tiene, al menos en principio maldad, sino que se trata de una curiosidad por el mundo que no llegan a entender del todo de ahí que cada vez que se les responde o se les da una solución que a los adultos nos parece plausible surge el inevitable: ¿Por qué?

Si llevamos esto al mundo del cómic es inevitable acordarnos de personajes como Nancy, La pequeña Lulu o la omnipresente Mafalda. Mafalda lejos del icono que ha trascendido el poder de lo contestatario en un mundo dominado por adultos que como en la realidad somos incapaces de dar soluciones coherentes a los problemas del mundo civilizado actual. Para Mafalda el proceso de hacerse mayor, al igual que el resto de los humanos consiste en aprender a resignarse. Posiblemente la respuesta más o menos inconsciente a la obra de Quino es Canosa y los detestables humanos de Jim Pluk.

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Sin embargo, las diferencias entre estos dos personajes afloran por la distancia temporal entre estas, la niña creada por Pluk vive en el presente y posiblemente no sea tan reflexiva como su antecedente. Cierto es que se encuentra en un mundo humanamente civilizado en el que el desprecio por la vida humana crece a cada segundo y el aprecio por otras formas de vida casi ha desaparecido. Canosa odia a muerte, todo lo que un niño puede odiar, a la humanos, pero encuentra en los animales a unos amigos con los que compartir desventuras y penas. En el mundo de Canosa los adultos están fuera de campo, aparecen representados en el penoso y duro contexto social heredado por una niña que ve transformada sus prioridades en favor de reescribir su propia concepción del mundo.

Pero en este volumen que recopila el trabajo del autor colombiano no solo nos encontramos con historias de Canosa, entre las otras viñetas se nos muestra un mundo deshumanizado en el que la tecnología ha absorbido cualquier posibilidad de reacción hacia la naturaleza, y en el que los smartphones han constituido la forma más extendida de ceguera, por otro lado está el Skeetchbook, una recopilación de dibujos que tiene en común entre si la relación del ser humano con su entorno y su mundo personal.

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Canosa y los detestables humanos no es tan solo un recopilatorio cualquiera sino de Jim Pluk, uno de los autores más reconocido a nivel mundial del dibujo breve, o doodle. Micronarrativas que se esbozan casi entre garabatos que surgen de la mente del autor casi como escritura automática para plasmarse en la pantalla del ordenador con toda la intimidad que este procura y con la posibilidad de ser disfrutados por una audiencia global. Pero este volumen es también el desembarco del nuevo cómic colombiano, que al igual que todo el nuevo cómic sudamericano, que hay mucho y muy bueno, está recibiendo muy poca atención por parte de las editoriales españolas, esperemos que esto sirva para espolearlas e ir dándonos a conocer los nuevos valores de allende los mares.

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