Fricción: Una entrevista a Antonio Hitos

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Una cosa que me llama mucho la atención de Inercia es que está hecho en base a dos niveles que se enfrentan, por un lado la historia que es muy pequeña, pero que se expande muchísimo. Algo que sucede igual en los espacios, por ejemplo los espacios del día a día están muy vacíos y cuando tenemos los juegos gráficos todo se expande.

En narración gráfica funciona muy bien cuando pones una cosa y su opuesta, porque se refuerzan mutuamente por contraste. En Inercia la mayoría son espacios cerrados, pero luego hay un par de escenas importantes en espacios abiertos que funcionan por ese contraste con el resto. También hago esa contraposición de ideas con la arquitectura y las formas orgánicas, por ejemplo, o en el uso del color cuando elimino alguno de los tonos o aumento la presencia de otro.

Después de leer el cómic a mi me vienen a la mente dos  películas, más que dos cómics, que creo que tienen mucho en común con Inercia. Una es Magical Girl de Carlos Vermut por la utilización de las heterotopias, los no-lugares. Tanto en la película como en Inercia, los espacios como la casa de Jaime están totalmente vacíos, sin que haya ninguna personalidad, encontramos pequeños destellos como un póster de una película u otros objetos de decoración, pero poco más.

Hay una intención en que se perciba con cierta frialdad, con distancia, y eso se construye desde el dibujo técnico, la expresividad neutra de los personajes, y también la construcción esquemática de los espacios, aunque conservando algunos elementos que refuercen la personalidad de los protagonistas. En el caso concreto de la casa de Jaime, y también en la de Juan, hay un par de giros en la historia que me obligaban a medir bien los elementos que ocupaban esos espacios, porque debía verse cómo cambian o desaparecen llegado el momento.

La otra película que creo que viene mucho a colación es El árbol de la vida de Terrence Malick, en el sentido de que una historia muy pequeña se expande a lo más grande. En ese sentido creo que hay cierto paralelismo entre las dos obras porque la historia de Jaime y Juan no existe, es una historia sin un desarrollo narrativo en tres actos, sino que casi es una única acción.

Soy un apasionado de la ciencia, de la física sobre todo, y me interesa mucho desde un punto de vista estético la explicación de los fenómenos que suceden en el mundo natural. También la biología es muy importante en el desarrollo de la historia en Inercia. Funciona muy bien a modo de metáfora, y me permite una aproximación técnica a la historia. No he querido hacer una recreación verbal de la emotividad del personaje, ni una explicación más lírica, y por eso las partes de mayor densidad textual son también las más técnicas.

Porque aunque son elementos que tenemos más relacionados con la poesía, como lo que se dice muchas veces, lo típico del polvo de estrellas y todo eso, que es un intento de darle una belleza poética a la ciencia, tú te lo cargas totalmente.

Yo creo que la ciencia tiene una belleza poética inherente. Lo que has dicho del polvo de estrellas es cierto, es una explicación sencilla para un fenómeno muy grande. Pasa igual con la evolución o con la formación de los planetas. A modo de divulgación, todo esto se puede reducir a explicaciones que, llevadas a la síntesis, son muy emocionantes por el hecho mismo de lo que son, y no hace falta adornarlas con artificios textuales. Creo además que cuando se procura darle esa pomposidad a la explicación, en muchas ocasiones se le quita parte de la belleza cruda que tiene por sí misma.

A raíz de Inercia se ha hablado mucho a nivel social, como el paro juvenil. Pero casi que veo más en esos personajes un problema menos social y más centrado en el tedio, en el dejarse llevar.

Mi intención haciendo Inercia era la explicación visual de ese tedio, lo que pasa es que el contexto en el que sucede la historia, que es el mío propio, es el que es: niveles de paro juvenil escandalosos, incertidumbre económica… Eso marca la forma en la que te relacionas con el mundo que te rodea. Si tú estás sometido a esta incertidumbre, a la fragilidad laboral y sin expectativas a medio y largo plazo, todo lo demás termina estando muy condicionado por eso.

Tú optas siempre por la no-acción, en ese sentido no es una juventud en rebeldía, no es un correr hacia delante, sino casi chocando con la pureza de las matemáticas es un existencialismo de dejarse llevar. Me da la sensación de que los personajes se dan ya por derrotados.

Eso no representa necesariamente mi punto de vista con respecto al problema, pero también es verdad que cada uno de los personajes está en una situación distinta. Ana sí parece que es una profesional con posibilidades de progresar y ella está enfocada en eso. Juan está perdido. Jaime tiene ese trabajo y sobrevive. Pero tampoco sabemos, porque no se explica, qué situación les ha llevado ahí, no sabemos si han buscado trabajo mucho o poco, si vienen de un contexto socioeconómico más perjudicado o no. Todo esto se queda en el aire, por el mismo motivo por el que la arquitectura es más bien genérica o los personajes en muchos sentidos sean estereotípicos. Quería que el estado de ánimo que se cuenta primara sobre la historia.

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Ahora que me has hablado del punto de vista, no lo reduciremos a que Jaime eres tú. Ya que si tú fueras Jaime no hubieras hecho el cómic, te hubieras quedado vendiendo discos. Pero, ¿cuánto hay de ti en Inercia?

Supongo que un montón. Pero no sólo en Jaime, también en Juan, y en Ana, en todos los personajes. Aunque la verdad es que me reconozco mucho más en el punto de vista alejado y frío, mezcla de íntimo y técnico, que en los personajes particulares y la forma en la que se comportan.

Se ve en esa sequedad, en la puesta en escena, es casi reduccionista. Yo conozco tu trabajo y sé que es un estilo que has estado trabajando mucho tiempo, pero a mí me da la sensación de que has estado buscando una depuración en lugar de una perfección.

Sí, además lo noto muchísimo más ahora que estoy haciendo otro cómic, porque durante el proceso de realización de Inercia he sentido evolucionar mi dibujo muchísimo. Me veo con una economía de líneas más pensada, una composición de página y de estructura más medidas. Sí que llegó un momento en el proceso, en los pasos previos, en el que vi que debía ir por ahí, y entonces enfoqué más conscientemente el estilo en esa dirección.

¿Sientes que has tenido que sacrificar algún alarde técnico?

Sí, claro, un montón. Pero creo que eso es un buen síntoma, cuando empiezas a sacrificar alardes técnicos en beneficio de una coherencia interna y de una cohesión en toda la obra. Ahí es cuando estás viendo cada una de las partes como eso, como partes de algo más grande.

En esa evolución de tu estilo, no puedo evitar encontrar lugares comunes con otros autores. Ese contraste entre una arquitectura de líneas muy puras, muy rectas, y unos personajes más redondeados, casi estilo cartoon, que podemos ver en clásicos como Chris Ware o autores más actuales como Alex Schubert.

Alex Schubert y Chris Ware son, sobre todo Chris Ware por la densidad de su obra, dos de los tíos que más me gustan en el mundo. Chris Ware es el que mejor hace esa puesta en contexto, los personajes siempre están muy ubicados en un entorno arquitectónico particular. Building Stories es el ejemplo perfecto de hasta qué punto se puede relacionar al personaje con el ambiente que habita, y cómo una cosa afecta a la otra.

Más que relacionar tiende a sacar fuera, hay un contraste entre el fondo y la figura que también lo vemos en Inercia. Los personajes habitan el mundo pero ese mundo no es suyo. Casi que están por estar.

Sí, puede ser, no sé. Depende de tu estilo, pero es difícil evitar que la figura orgánica sea distinta de la figura arquitectónica, porque las naturalezas son muy distintas y las formas de representarlas, si pretendes una cierta figuración, siempre tienen que ser distintas. Uno puede sintetizar, pero si quieres que sigan haciéndose reconocibles tienes que mantener esa diferencia. Alex Schubert por ejemplo, en The Blobby Boys parece que lo mantiene un poco más, pero cuando hace Fashion Cat sí veo algo mucho más técnico incluso en los personajes. Lo prefiero cuando se distingue un poco mejor.

Hablando de lo que es el autor. Yo tengo la mala suerte de conocerte desde hace muchos años. Me sorprende una cosa que pasa muchísimo, que ves una obra sin conocer el autor y piensas “éste tiene que ser un amargado encerrado en su casa”, pero después yo te conozco a ti y tienes un humor de chistes de pollas y pedos. ¿Cómo eso después lo dejas fuera de la obra?

A mí los chistes de pollas y el humor muy pasado de rosca son de las cosas que más me gustan en el mundo, y lo disfruto muchísimo cuando lo leo. Nosotros somos amigos desde hace muchos años y la mitad de nuestras conversaciones se basan en mierdas por el estilo. Lo que pasa es que sentía que darle sitio a esto no beneficiaba a la obra en absoluto. Primero porque hubiera orientado mucho la personalidad de los personajes en una dirección u otra y hubiera ido en detrimento de lo que hemos hablado antes, de hacer un cómic más abierto, y luego lo que pasa es que el diálogo en Inercia está muy medido y sirve a unos intereses muy concretos en cada punto, y probablemente los chistes de pollas se habrían terminado comiendo la intención del diálogo. Pero habrá muchos más en el que estoy haciendo ahora.

Es bueno oírlo. Sobre ese poco uso del diálogo, ¿no te da miedo, o directamente no te importa, que la obra pueda ser demasiado críptica?

No sé si me importa mucho, pero tampoco creo que sea muy críptica. A mí me cuesta saberlo porque yo no puedo acercarme a la obra con ojos extraños, pero creo que muy críptica no es. Las metáforas visuales están bastante contextualizadas y aunque es un tebeo abierto, el desarrollo de lo que se cuenta es muy claro. No da lugar, creo, a que el lector se pierda y no sepa muy bien por dónde va el eje central de la historia. Luego el estado de ánimo que cada uno le pone a cada una de las secuencias sí que está abierto, pero no me parece mal que sea así.

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La historia, a pesar de ser sencilla y lineal sin juegos temporales, está llena de muchas elipsis. El espacio off tiene una gran importancia. ¿Tú tenías la historia y la vaciaste de contenido en los puntos que te interesaba o no llegaste a llenar esos puntos en ningún momento?

Lo segundo, yo no llené esos puntos. Puede que en alguna fase preliminar sí que tuviera alguna escena que al final acabé desechando, pero la historia está construida usando cuatro o cinco acciones claves que determinan el desarrollo que yo necesitaba. Y ya a partir de ahí añadí otras tantas para darle una coherencia y una cadencia concreta a la estructura que reforzara la sensación de desidia y todo eso, pero no he tenido una historia más completa a la que luego he mutilado.

Tenías unos puntos de giro y los rellenaste para conseguir un ritmo.

Eso es, es otra forma de decirlo. Añadí otras tantas escenas para dar esa cadencia.

Hablando de tu próxima obra.  ¿Será un cómic o una novela gráfica?

Bueno, una novela gráfica es un cómic. He tenido dudas porque sigo sin tener muy claro cuál es el formato idóneo para lo que quiero contar, pero últimamente está avanzando a un ritmo en el que parece que será una novela gráfica de una extensión parecida a la de Inercia.

En el sentido temática, ¿alguna variación? Tampoco sin destrozar la sorpresa.

Habrá algunos elementos visuales con los que tenía muchas ganas de trabajar, aliens sobre todo, porque es uno de mis temas favoritos y tú lo sabes. Intentaré que sea un poco más ambiciosa en el concepto. Habrá una exploración un poquito más intensa de la vertiente técnica o física que había en Inercia.

Tu idea es seguir el mismo camino, en el cual te sientes cómodo. Quizás más investigar el medio que la narración.

No creo que puedas investigar el medio sin investigar la narración.

Me refiero a la narración implícita al cómic, no a la narración de cómo contar una historia sino de cómo contar una historia en el cómic.

Yo estoy obsesionado con los cómics, y cuando me siento a dibujar un cómic me gusta, porque me gusta así cuando lo leo en otros autores, que exprima los códigos propios del medio. Eso no quiere decir que un cómic tenga que ser un continuo artificio en el que se manipulen los medios tradicionales de la secuencia para hacer algo espectacular todo el tiempo, sino a que simplemente tenga conciencia de sí mismo. El autor debe tener en cuenta las particularidades del medio en el que está trabajando y usar las herramientas propias del mismo, que son intransferibles a otros medios, para construir su mensaje.

Muchas gracias por la entrevista, Antonio, ya puedes vestirte.

Necesito ducharme.

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Quien a zombie mata a zombie muere

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Deadworld: la última siesta (Gary Reed, Gary Francis y Mark Bloodworth). Tyrannosaurus Books, 2014. Rústica. 108 págs. B/N. 13,50 €

Los ciclos son un elemento inherente a la cultura popular, especialmente en lo que concierne a los géneros temáticos. En el campo del horror es algo más que notable. Si a alguien le parecen absurdas las modas relacionadas con la ropa o los maquillajes, no puede más que encontrar la misma sensación con el terror. A principios de los noventa del siglo pasado, los serial killers sobrenaturales fueron perdiendo fuelle poco a poco hasta que los serial killers sin más tomaron su lugar. De este modo, Freddy Krueger daba paso a Ghostface sin que nadie se inmutara demasiado. Actualmente, parece que el horror sobrenatural más gótico, lleno de casas encantadas, está viviendo su pequeño reinado, con lo que sólo queda ver cuanto tiempo aguantarán las casas embruajdas y las muñecas con inclinaciones demoniacas.

Como es lógico, estas modas no son absolutas y no tienen problemas con cohabitar junto a otras, así que mientras en el cine de finales de siglo se apostaba por la cacería del adolescente sin visos de sobrenaturalidad, en el cómic reinaba un terror recargado tanto en la puesta en escena como en su estética, con vampiros y más seres misteriosos llenos de glamour, decadencia y poder. Pero como todo cambia, toda la pomposidad se vio reventada la llegada de los zombies, más bien su retorno, quienes cogieron todo ese saber estar y lo pasaron por una trilladora. Ahora la norma no era una rosa blanca manchada de sangre, sino un charco de barro y sangre, cartuchos de escopeta reciclados y un poncho hecho con una manta. Pareciera que Robert Kirkman hubiera inventado la pólvora, pero para nada fue así, ya que antes que él no eran pocos lo que habían mantenido encendida la mecha de los muertos vivientes, algunos durante casi 20 años, como es el caso de Gary Reed y su saga Deadworld.

Aunque Gary Reed ha escrito desde 1987 más de 50 números de Deadworld, contando tres volúmenes, varias miniseries y alguna que otra novela gráfica, no es hasta ahora que la serie ha llegado a nuestro país con la publicación de Deadworld: la última siesta, una novela gráfica independiente, escrita por Gary Reed y Gary Francis y dibujada por Mark Bloodworth que permite al lector introducirse en el universo postapocalíptico imaginado por Gary Reed. En Deadworld: la última siesta no nos encontramos con los primeros días de un despertar zombie, sino en un futuro cercano lo suficientemente alejado como para que la sociedad humana pueda haberse reorganizado mínimamente, es decir, conseguir fortificar algunas ciudades para vivir de espaldas a los muertos vivientes. En el caso de la obra que nos compete, toda la acción tiene lugar en la ciudad de Juarez, en México, donde como no podía ser de otra forma, un cartel de la droga se ha hecho con el poder, pasando de narcotraficantes a gestores públicos.

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La brutalidad ordenada de esta Juarez post-zombies chocará de frente con dos personajes muy diferentes: Raga, un asesino vagabundo que vive en el desierto; y el Rey Zombie, un muerto viviente consciente capaz de controlar al resto de los cadáveres reanimados. Ambos personajes llegarán a Juarez en busca de algo, y como es lógico sus caminos terminarán cruzándose para desgracia de todos los habitantes de la ciudad. Aparentemente Raga y el Rey Zombie son dos personajes muy parecidos, hombres de acción incapaces de recibir órdenes, aunque mientras Raga es el arquetipo de antihéroe más violento y callado, su contrapartida zombie es un cínico de buen humor. Es curioso como casi toda la carga humanista recae sobre el Rey Zombie, pues mientras los vivos luchan y mueren de forma directa, el monarca de los no muertos es más proclive a dejarse llevar por sus pasiones y caprichos, convirtiéndose en el personaje más humano de todo el cómic. Es fácil entender porque Raga hace lo que hace, pero es aún más sencillo empatizar con el Rey Zombie. Quizás en su intención de hacer de Raga un personaje de acción pura, Gary Reed y Gary Francis han terminado devorándolo, narrativamente hablando, con el Rey Zombie, protagonista de las mejores escenas del cómic.

Quién busque en Deadworld: la última siesta la típica historia de supervivencia que mezcle consejos para sobrevivir al fin del mundo junto con una violencia cruda y emocional quizás deberían leer otros cómics. Ahora bien, quien quiera acción pura y dura en un ambiente lleno de sangre y explosiones tiene en el cómic de Gary Reed, Gary Frances y Mark Bloodworth un tesoro a descubrir, un universo donde todo puede haber colapsado pero siguen existiendo héroes one-liners capaces de acabar con un batallón con un cuchillo. Deadworld: la última siesta es ante todo diversión pura y dura, descarnada y sin miedo por entretener. Sin duda una gran entrada para un universo en el que merece la pena excavar en busca de más historias de supervivientes y el Rey Zombie.

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El último héroe libertario

BATMAN_A_O_100Batman año 100 (Paul Pope). Debolsillo, 2014. Rústica. 200 págs. Color. 14,95 €

El problema de la ideología es que todos pensamos que hemos llegado a la nuestra a través del razonamiento y la reflexión libre mientras que los demás, aquellos que no coinciden con nosotros, han terminado llegando a sus propias conclusiones a partir de la estupidez y el dejarse llevar por mentes carismáticas pero equivocadas. Es así de sencillo y no hay más. Con esto no vamos a defender el relativismo absoluto, pero si vamos a señalar que mientras la defensa de las ideas sea más pasional que reflexiva, el otro será antes un tonto que alguien con ideas complementarias. Este proceder llega a límites absurdos en el campo del arte, donde muchas personas se niegan a aceptar la innegable calidad de una obra simplemente por la animadversión ante la ideología del autor.

La deriva histórica de España ha marcado de forma muy clara a los creadores y a las líneas de pensamiento, haciendo que buena parte de la creación se sienta más atraída hacia un extremo que hacia el otro, extremo que puede que no haya hecho mucho por la cultura, pero al menos no ha sido tan claramente destructivo como su oponente. Así que a veces la gente no sabe como reaccionar ante autores de reconocido talento pero que se alejan completamente del estereotipo del autor de izquierdas, no por ello siendo menos comprometidos. Un caso paradigmático es el del director de cine Clint Eastwood, quien se define como un libertario extremista, hasta el punto de rozar el anarquismo capitalista. Pero claro, tampoco faltan autores así en el cómic, siendo un ejemplo claro, tomado por muchos casi como una parodia, Frank Miller, aunque obras como Batman año 100 de Paul Pope no se alejan mucho de esa visión libertaria del universo. El error es principalmente del lector, quien ante un texto digamos marxista ve a un creador comprometido y reflexivo, mientras que ante una obra libertaria se empeña en buscar la ironía, buscando siempre la excusa, minimizando la implicación ideológica de la obra.

Pero no nos engañemos, Frank Miller está muy convencido de lo que dice y se limita a usar la expresión artística como vehículo de su ideario. Ocurre exactamente lo mismo con Paul Pope, quien en su Batman año 100 realiza una crítica directa, un ataque sin concesiones, al estado totalitario, pero no defendiendo la revuelta social, sino el poder único del individuo, defendiendo a Batman no como un catalizador que derive en una revuelta social, sino como un individuo que se basta y sobra para enfrentarse a un estado alienante que no tiene problemas en maltratar a sus ciudadanos, si es que los habitantes de ese Estados Unidos futuro merecen tal apelativo. Paul Pope simplemente transmite su ideología, o simplemente la misma se cuela en su obra de ficción. Texto que ante todo es divertido, intenso y coherente, muy coherente, sin hacer ninguna concesión buenista. En Batman año 100 existen los daños colaterales porque las víctimas eligen ser víctimas, ya sea por su adhesión a un sistema injusto o por la aceptación de su papel como cordero ante los opresores.

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En cierto sentido, el Batman de Paul Pope es equiparable a ciertas representaciones de los villanos de un Batman más clásico, especialmente a sus recientes adaptaciones cinematográficas. Al igual que el Joker o el Bane de Nolan, el Batman de Pope es un agente del caos, pues la sociedad futurista del cómic no es más que una proyección de los miedos libertarios actuales. Mientras que la izquierda teme una sociedad sin estado al servicio de megacorporaciones, la derecha se asusta ante un estado tan fuerte que esté por encima de cualquier iniciativa privada, tanto individual como colectiva. Evidentemente esto no es nada nuevo, es una idea que siempre ha estado ahí, poblando la cultura popular, una corriente a la que Paul Pope se suma con un cómic de calidad sobresaliente. Batman año 100 es el superhéroe norteamericano llevado un paso más allá, parecido a El regreso del señor de la noche de Frank Miller pero cambiando la espectacularidad operística por una acción más directa y cruda.

Del trabajo gráfico de Paul Pope poco se puede decir que no sea positivo. Es cierto que el autor cuenta con un estilo muy personal, lo que puede crear predisposición hacia filias y fobias por parte de los lectores, aunque pocos argumentos pueden existir para criticar el trazo de Paul Pope más allá de la subjetividad. El dibujo de Paul Pope consigue llenar de epicidad cualquier viñeta, cargando cada línea con una potencia cinética que parece a punto de explotar. Paul Pope es uno de esos pocos artista capaces de insuflar vida al dibujo estático, haciendo que sus figuras salgan de la página. Este acabado está presente en todas sus obras, como la juvenil Battling Boy, pero lo cierto es que casi funciona mejor en Batman año 100, ya que cierta suciedad en su trazo mejora la sociedad futura distópica, haciendo que la ciudad y las fuerzas que la controlan sean aún más despreciables y aterradoras. Aunque por suerte contamos con Batman, un héroe que no va a permitir que nadie le aplaste, dispuesto a luchar por su libertad cueste lo que cueste.

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Spain is pain #193: Ikea, dios de la muerte.

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Ikea Dream Makers (Cristian Robles) DeHavilland, 2014. Rústica, 48 págs. B/N 9,50€

La idea de la planificación y el orden extremos puede ser algo tan apaciguador como desasosegador. Sin embargo, lo extremamente medido esconde detrás una especie de infierno personal en el que la apariencia se convierte en una especie de dictadura social que va más allá de cómo vamos vestidos o como socializamos, que llega a nuestras casas en forma de muebles que transmiten una especie de karma inquietante. Eso es en forma y fondo Ikea, una marca con un posicionamiento en el mercado que ha sido capaz de hacernos sentir especiales por el hecho de tener un mueble con un nombre impronunciable que previamente hemos ido a cazar a su almacén a la vez que millones de ciudadanos en todo el mundo.

Creo que todos somos más o menos conscientes de la alienación que se siente al ir a comprar productos de este tipo marcas ¿tiene algún sentido todo esto? Sinceramente creo que no. Simplificar aquellos actos que casi por fuerza tenemos que hacer nos lleva a ir a estos sitios sin el más mínimo sentido del pudor o de la vergüenza por compartir una especie de pseudo filosofía zen-nordica. Ikea Dream Makers redunda en alguna de esas ideas en las que la principal es la de evitar la exclusión a toda costa.

Cristian Robles nos pone enfrente a Caleb, un tipo que aparece en un cubículo desnudo, en el que solo vemos una pared de ladrillos y un respiradero. La cuestión es que ese respiradero es una ventana a una especie de paraíso, aunque en principio Caleb solo lo percibe como una forma de escapar de ese receptáculo hasta que las funciones primarias empiezan a dictarle el ritmo de su vida. Más adelante descubre otro respiradero que le lleva a conocer una mujer perfecta e ideal, que no es más que el mero reflejo de esa pseudo perfección planificada que nos vende Ikea.

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Eso sería la primera parte de la historia, la segunda responde una pregunta ¿Cómo se crea un “paraíso” a partir de plástico y madera conglomerada? La respuesta es más o menos sencilla: a través del infierno de miles de personas. Esta traslación nos lleva a una parte del relato de carácter surrealista en el que el nihilismo de Ikea, aquí transformado en un personaje físico que está a medio camino de un Santa Claus esclavista que tiene a cientos de elfos trabajando como esclavos, una marca de ropa que se nutre de niños esclavos para tejer la ropa con la que nos vestiremos en occidente y Odín (o Wotan)  dios central de las mitologías nórdicas, también de la sabiduría, la guerra y la muerte.

Ikea Dream Makers convierte ese ideal en un infierno posmoderno en el que predomina una estética “cute bizarre” en el que el diseño de personajes juega en favor de la desmitificación de los espacios idealizados creados por la empresa nórdica, en otras palabras: ese orden, la organización, los espacios preconstruidos son tan vacíos como en el que Caleb inicia su maldición surrealista. En esencia el relato de Cristian Robles es una historia que despierta una sonrisa pero que narra con todo tipo de detalles el absoluto horror que se esconde tras esa visión de una vida diseñada al milímetro. Esta obra es una de las sorpresas del año por lo inesperado, efectivo y lo completo de su narrativa y su estética. Pero sobre todo por convertir un relato fantástico-surrealista sobre la perversión del capitalismo en una denuncia sobre las formas de vida preconstruidas.

@Mr_Miquelpg

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