Spain is pain #196: Disolución.

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Out of my brain. Viaje sin retorno (Miguel Ángel Martín) Rey Lear, 2014. Rústica, 120 págs. B/N 18,95€

Desde unos años antes de que China fuese escogida como sede olímpica, el gobierno de Pekín emprendió una serie de medidas enfocadas hacia una renovación urbanística de la ciudad. Dicha reconstrucción tiene como hito la ciudad de Shenzen una metrópolis que tiene como origen un pequeño pueblo de pescadores situado relativamente cerca de Hong Kong. Shenzen es la nueva China, por ahora, pero los planes pasan por unificar, más bien absorber, las diferentes ciudades que hay alrededor y crear megalópolis con poblaciones que superaran sin ningún tipo de esfuerzo la población total de España. Pero es evidente que para construir es necesario destruir, porque como parte de esa reconstitución a la nueva China se tienen que demoler los viejos edificios, tal y como recoge Jia Zhang Ke en Naturaleza muerta y la construcción del embalse de las tres gargantas. La cuestión es ¿Qué pasa con la memoria histórica que se constituye a partir del paisaje urbano? La demolición no solo es un acto físico, sino que también icónico, y así lo han entendido muchos artistas chinos que han decidido plasmarlo en obras efímeras en casas medio derruidas o aquellas que están destinadas a desaparecer y a las que se les condena con el carácter de la palabra chai gracias al cual los artistas saben sobre qué lugares actuar.

Creo que podemos equiparar en esa función a Miguel Ángel Martín en Out of my Brain. Viaje sin retorno, en la que nos muestra el tercer y último acto de su personaje más popular, Brian. ¿Por qué equiparo ambas funciones? Aunque en un principio podrían parecer diferentes, ya que los primeros son intervencionistas, actúan sobre algo que ya está hecho para resignificar el contenido de lo que estamos viendo para preservar la memoria de alguna manera, el segundo es un narrador, crea desde cero. O más bien, ha ido creando durante las dos últimas décadas. Este tercer acto ha sido un acto de demolición por parte del autor pero también una llamada para que no nos olvidemos de él. Brian, el chico con el cerebro por fuera de la cabeza, sigue estando ahí, no prosperó tras la adolescencia, se quedó atascado en una especie de bucle, al igual que los simios que van de laboratorio en laboratorio para que puedan hacer investigaciones con él.

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Para ello Martín nos muestra un doble acto de demolición: uno físico, el de Bio Lab, edificio en el que la madre de Brian hizo de conejillo de indias y por el que él salió con esas características físicas, y otro de carácter intelectual, Brian se va disolviendo poco a poco a consecuencia de lo hiperdesarrollado de su cerebro. Supongo que todos tenemos una imagen más o menos clara de lo que era Brian en sus primeras apariciones: un niño alegre que en un principio era inconsciente de lo excepcional de su físico para poco a poco empezar a darse cuenta de que esa era la causa por la cual sus compañeros lo fueron discriminando, y a pesar de eso Brian siempre se mantuvo más o menos cerca, para no perder el contacto humano. En el segundo acto de su historia Motor Lab Monqi se centra en la adolescencia de Brian en la que este es consciente de la incapacidad de mantener relaciones personales cercanas, aquí empieza el acto de demolición del personaje, el dibujo de Martín sigue siendo con formas redondas, sigue siendo amable, lo cual nos da una doble lectura, una pequeña esperanza: Brian puede esperar algo del futuro.

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Pero en el tercer acto el autor leonés se muestra implacable en el tono imperante, la narración y en un dibujo que podríamos denominar como áspero. Al menos en la descripción física de Brian. Mientras que el resto de personajes, casi todos secundarios, siguen teniendo formas más o menos amables a pesar de ser unos hijos de puta integrales. Pero en este último trabajo impera otra tónica, la cuasi desaparición de la ciudad. La obra de Martin se ha caracterizado no solo por narrar la vida de los personajes protagonistas sino también por la de ser un cronista de la evolución urbanista de la ciudad. Siempre hay una presencia importante e imponente de las arquitecturas diseñadas por el autor, estas han definido en gran parte el devenir de los personajes y de la evolución de estos. Creo que por primera vez en su obra lo urbano pasa a un segundo y tercer plano, pierde relevancia y por primera vez se convierte en fondo. Ahora sí, Brian es el protagonista único y completo de una obra, creo que Martín se lo debía, darle un final más o menos digno, un final que todos recordaremos durante mucho tiempo.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

De magos, reyes y sueños rotos

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Merlín (Robin Wood y Enrique Alcatena). ECC, 2014. Rústica. 144 págs. B/N. 11,95 €

Existen algunos mitos que están por encima de la historia, leyendas que incluso hoy en día prevalecen sobre los hechos verídicos en los que se inspiraron. En un tiempo en el que tenemos acceso a cualquier información a un par de clicks de ratón, la magia sigue siendo más fuerte que la piedra. De este modo, es difícil que en algún momento personajes históricos como Carlomagno lleguen a ser más conocidos que otros míticos como el Rey Arturo. Durante parte de los siglos VIII y IX, el imperio Carolingio dominaba todo el centro de Europa, convirtiendo al Rey de los Francos en el Emperador de Occidente y creando una cultura y sociedad que hoy en día conocemos como Edad Media. Durante ese siglo y el posterior, la literatura de lo que hoy es el Reino Unido y Francia se llenó con relatos del Rey Arturo, un rey bretón que durante el siglo VI defendió de las invasiones sajonas las islas británicas. No existe ninguna prueba histórica que demuestre la existencia real de Arturo, su fortaleza Camelot o Merlín, el mago que guió todos los pasos del rey.

La imagen de perfección como monarca de Arturo ha llegado con tanta fuerza hasta nuestros días que el mandato de John F. Kennedy fue conocido como el nuevo Camelot, presentando al Presidente y sus Estados Unidos como una promesa de justicia y libertad en la Tierra. Sin embargo, al igual que el malogrado presidente católico, la historia del rey bretón tiene un final triste y apagado, una luminosa promesa marchita antes de florecer. Esto es precisamente lo que nos encontramos en el cómic Merlín, obra del guionista Robin Wood y el dibujante Enrique Alcatena, quienes nos cuenta una versión tan oscura como plausible del mito artúrico. El Rey Arturo ha tenido cientos de representaciones, desde las que lo convierten en un centurión romano hasta los que lo llevan prácticamente al Renacimiento, sin obviar traslaciones más propias de la ciencia-ficción. Aunque en el caso que nos ocupa, parece que los autores se han documentado rigurosamente para plasmar su obra con una estética y un tono totalmente acorde a la Alta Edad Media, época en la que Merlín y Arturo deberían haber vivido.

El trabajo gráfico de Enrique Alcatena es actual y dinámico, lleno de energía, pero el continuo uso de elementos medievales, tanto dentro como fuera de las viñetas, le otorga a Merlín un poso arcaico, como si viéramos un tapiz medieval que ha cobrado vida, como si esas pequeñas figuras de líneas simples hubieran terminado el movimiento de su espada, como si el caballo hubiera lanzado espuma por la boca y hubiera saltado al galope. Aspecto artístico que se refuerza con el impactante uso del blanco y negro, con unas sombras que añaden un nivel casi surgido de una fantasía gótica. Si existía un dibujo que debiera contar la historia de Merlín, al menos este Merlín puramente medieval, oscuro y triste, no podría ser otro que el de Enrique Alcatena. Existen otras grandes adaptaciones del mito artúrico al cómic, pero en pocas encontraremos un acabado visual que nos traslade al reino medieval de Arturo, a los bosques llenos de sombras de Merlín y a las misteriosas brumas de Ávalon.

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Pero todo ese dibujo no significaría nada sin la historia que Robin Wood fragua en Merlín. El guionista paraguayo de ascendencia australiana toma como punto de partida una interpretación muy purista del mito artúrico. Aún siendo cierto que fusiona y elimina algunos pasajes y personajes para hacer la historia más directa, la mayoría de la historia se encuentra en su guión, contada sin añadir grandes elementos de su cosecha. Aunque lo que es innegable, es que Robin Wood toma partido de forma muy decidida en su narración, no sólo ya tomando como protagonista de la historia a Merlín por encima de Arturo, sino colocando el foco en los elementos más oscuros y pesimistas de la leyenda. Arturo se ha presentado muchas veces como la perfección del gobierno, un tirano ideal tanto en tiempos de guerra como de paz, contando siempre con el sabio consejo de Merlín, un mago de poder y sabiduría fuera de toda duda. Interpretación que Robin Wood desmonta mostrando a Merlín como un hombre cargado de buenas intenciones pero de funestos resultados, un héroe que no duda en colocar los fines muy por encima de los medios sin darse cuenta que condena su propio fin. El resto de los personajes quedan en segundo término, relegados a meras marionetas de Merlín, quien creyendo salvar al reino no hace más que hundirlo.

En cierto sentido, Merlín de Robin Wood y Enrique Alcatena es un ejercicio muy parecido al realizado por Santiago García y David Rubín en Beowulf, pero mientras los segundos se centraban en el valor heroico del mito, en la fuerza más pura y sangrienta; los primeros hacen un estudio sobre las implicaciones del uso del poder. Mientras Beowulf busca la gloria en la sangre, donde sólo puede encontrar victoria y derrota, Merlín se pierde en el control y dominio de todo un reino. Como es lógico, Merlín no puede más que fracasar, por eso no encontramos en Merlín la leyenda de una victoria heroica, sino la historia de un intento, heroico eso sí, pero fracasado. Robin Wood nos habla al mismo tiempo de lo que fue y de lo que pudo haber sido, de como la utopía choca siempre con la realidad sin que esto sea excusa para no intentarlo un poco más, pues al final, Merlín lo único que buscaba era la paz y aunque las intenciones no significan nada, Robin Wood nos muestra la épica de un fracaso.

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Mañana me pongo y me apunto al gimnasio

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Jano in corpore sano (Bernal). GP Ediciones, 2014. Rústica con solapas. 96 págs. Color. 12 €

La culpa es posiblemente uno de los sentimientos más decisivos a la hora de comenzar algún cambio. No es precisamente casualidad que sea a principios de enero y septiembre cuando los kioscos se llenan de coleccionables de lo más variado, todos nos encontramos en horas bajas, llenos de culpabilidad y arrepentimiento por los excesos de la Navidad y el verano, dispuestos a llenar nuestras vidas de significado, ya sea construyendo un galeón de guerra o decorando nuestra librería con las obras completas de Julio Verne. En este sentido, el ejercicio físico es sin duda uno de los reyes, viviendo su momento de mayor esplendor tras las fiestas navideñas, cuando seres destrozados por la comida y la bebida, se miran ante el espejo y se prometen que esculpirán su cuerpo con tesón para llegar al verano como héroes grecolatinos. Entonces se apuntan al gimnasio. Después no van.

Esa gran miseria, la de querer hacer pero no poder, no poder debido a la vagancia y a la apatía, no es más que el reverso de otra miseria, el que sí va al gimnasio. Porque desgraciadamente, hoy en día tanto ejercitar el cuerpo como despreciarlo es algo que no está exento de mediocridad y derrota. Algo que ante todo es muy divertido, y si alguien tiene una duda no tiene más que leer el cómic Jano in corpore sano de Bernal. Por suerte, el autor no se ha quedado en una descripción de las malas bestias pardas vigoréxicas que pueblan los gimnasios de barrio de toda la geografía española, sino que utiliza una forma aún más despreciable para entrar en el mundo atlético, ya que su obra está protagonizada por un sujeto que realmente disfruta del deporte, Jano, una de esas personas que juega una pachanga de fútbol siete con los amigos de vez en cuando, que no le hace ascos a salir con la bici al monte, y que incluso levanta pesas sin consumir anabolizantes.

Para cualquiera que haya estado apuntado a un gimnasio de forma continuada, o que al menos haya pagado la primera sensualidad y lo haya dejado al tercer día, ese subreino de la realidad presenta una fauna extraña ante la que sólo podemos asustarnos al no llegar a comprenderla. Bernal se vale de Jano como un aventurero dentro del mundo de la vigorexia, dándole algunos compañeros de viaje aún más extraños, como el amante de la comida Paco o el escuálido Umberto, quienes aunque podrían ser con quienes más empatice el lector, son los extraños en el universo del cómic. Bernal reparte sus chistes de mala leche entre ambos grupos por igual, entre los descerebrados anabolizados y los perdedores de Jano y sus amigos, mostrando que el ejercicio es un imán para el humor desde todos los puntos de vista.

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Jano in corpore sano está construido en base a las páginas, como es lógico si hablamos de un recopilatorio de publicaciones semanales, lo que permite una lectura tranquila del cómic, pudiéndose leer de un tirón o de forma más reposada sin que afecte a su disfrute. Bernal opta más por construir un universo en expansión que por contar una historia lineal, y aunque a lo largo del cómic se desarrollan pequeñas tramas de varias páginas, lo cierto es que no tenemos la sensación de ver el desarrollo de Jano, sino más bien vamos entrando en su rutina diaria, en su práctica del deporte, el cual le da tanto alegrías como penas; alegrías de las que somos cómplices y penas que nos sacan alguna que otra carcajada.

El trabajo gráfico de Bernal es sin duda el mejor vehículo para la obra que quiere desarrollar, su trazo es limpio y simple pero está lleno de detalles y matices, con lo que consigue llenar la página de vida sin hacerla pesada. Aunque esto debería de ser lo habitual, no es sencillo encontrar tal acabado, siendo demasiado común encontrar dibujos demasiado simples sin personalidad, y páginas tan cargadas que hacen farragosa su lectura. En Jano in corpore sano Bernal sale victorioso consiguiendo no sólo un dibujo utilitarista, sino también mostrando una personalidad propia en el trazo que lo hace reconocible y ya predispone al lector para enfrentarse a una obra de humor.

@bartofg
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Spain is Pain #195: Señor del tiempo.

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Kiosco (Juan Berrio) Dibbuks, 2014. Cartoné, 144 págs. Color. 18 €

Juan Berrio es el autor que más ha aparecido en esta sección desde que esta se alojaba en el otro blog. De su obra me fascina prácticamente todo: la creación de espacios, la humanidad de unos personajes creados sin artificios, la habitabilidad de unos no-lugares perfectamente amueblados, la planificación de unas situaciones complicadamente sencillas, pero sobre todo su capacidad de manejar los tiempos e inculcárnoslos al lector. De todo lo mencionado esto último me parece lo más complejo, y más en un momento en el que el consumo de textos, sean libros, videos, juegos, etc…, está presidida por la urgencia y por una posibilidad inmediata de abortar la lectura en cualquier momento. Aun así Berrio es capaz de plasmar un ritmo único a sus obras que te obliga a leerlas de un tirón y tal y como él las ha planteado.

Kiosco al igual que sus últimos trabajos plasma una extraña mezcla de rutina y excepcionalidad en la que la causalidad narrativa viene dada de la mano de una casualidad perfectamente planificada, al igual que los grandes narradores Berrio es capaz de imprimirle un halito de frescura sin que esta nos parezca forzada en ningún momento  y por muchas veces que volvamos al texto en cuestión. Esta sensación es un tema recurrente; aparecía en Miércoles, un trabajo en el que un buen número de situaciones planteadas como aleatorias le daban cuerpo a una historia coral que al final redundaba en la idea de que cada una de nuestras vidas repercute en la de otras tantas personas, y en el que rondaba cierta idea de denuncia social por la situación del país. En Cuaderno de frases encontradas Berrio se convierte en un cazador furtivo de la cotidianeidad recogiendo en el momento exacto una frase adecuada que en cierta manera nos identifica como una comunidad con rasgos culturales colectivos.

Esta nueva obra se encuentra a medio camino de los dos trabajos anteriores, por un lado dibuja a un personaje que intenta interactuar con el resto de seres que pueblan la narración pero a causa de su trabajo, o más bien por la carencia de este, le cuesta mucho. Pero por otro lado es un compilador de historias, lo cual me lleva a formular una pregunta un tanto absurda ¿Es este camarero un trasunto de Juan Berrio? A mí me lo parece, realiza la misma función que el autor en Cuaderno de frases encontradas: mira, observa, recoge y extrapola posibles situaciones que den pie a que terceras personas se acerquen a su kiosco a tomar algo. Pero para que eso suceda tiene que dejar de “tomar notas” y ser parte de la historia, no solo un mero observador dejar de funcionar a modo de demiurgo para formar parte de la intrahistoria, dejar de ser un narrador omnisciente para ser protagonista.

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El desarrollo de la historia es sencilla, un tipo se levanta cada mañana y se prepara para ir a trabajar en un kiosco que funciona a modo de bar con un par de mesas y poco más. El trasfondo del personaje va mucho más allá de la mera idea estereotípica del camarero como personaje plano y secundario, aquí vemos la complejidad de este desde que se levanta se arregla su piso, pinta en un pequeño lienzo, trabaja, y al final del día se enamora. La profundidad viene dada por eso y por el trayecto que realiza desde su casa hasta el lugar de trabajo en el que este recorre la ciudad a través del paisaje urbano. Pero los matices vienen en el carácter individual de la historia: vive solo, trabaja solo, y es capaz de mantener una vida plena sin la necesidad de tener a nadie a su lado. Un urbanita puro con una capacidad para la observación innegable, otorgada en gran parte por la falta de popularidad del kiosco que regenta.

No se si decir que este es el mejor trabajo de Juan Berrio, porque posiblemente me encuentre en la misma tesitura con su próxima obra. Cada nuevo título de este autor es una nueva sorpresa, por el momento que está se encuentra a medio camino entre el clasicismo narrativo y lo experimental. Kiosco es una obra muda que se puede leer de principio a fin, en el sentido de lectura convencional, o al revés con la misma efectividad narrativa, sin que nos resulte extraño ni ajeno. Es una obra obligatoria para todos los amantes del cómic, para los fans acérrimos del autor y para aquellos que quieran tener una muy buena primera experiencia dentro del mundo del cómic.

@Mr_Miquelpg

@lectorbicefalo

Porque salvar el mundo no paga las facturas

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Hulka: Ley y desorden (Charles Soule, Javier Pulido y Ron Wimberly). Panini Comics, 2014. Rústica con solapas. 144 págs. Color. 13,50 €

Al final de la película Saint Laurent (Bertrand Bonello, 2014) el afamado diseñador francés, durante los últimos años de vida, cena con una antigua colaboradora, ambos de etiqueta y frente a la atenta mirada de un mayordomo pétreo. La mujer no para de alabar el talento de su antiguo empleador, defendiendo como su inspiración bebía de Proust mientras los diseñadores actuales mancillan el oficio tomando como referentes el mundo del cómic. Yves Saint Laurent le da la razón a su empleada, definiéndose como el último gran modisto mientras con una cuchara de oro le da caviar a su perro. Durante el documental La danza (Frederick Wiseman, 2009), centrado en el ballet de la Ópera de París, un coreógrafo intenta explicarle durante un ensayo a dos bailarines, vestidos con mallas y camisetas sudadas, como expresar un amor imposible mediante el baile. El coreógrafo termina pidiéndoles que se imagen que son X-men, criaturas llenas de poder pero cuya potencia les impide amarse, llegando incluso a imposibilitarles el contacto físico.

Evidentemente son dos formas de ver la cultura, de percibir la historieta, incluso los superhéroes, como referente y dinamizador de la sociedad. Por fortuna parece que cada vez la sociedad en general es más receptiva a un medio de comunicación que ha tenido que luchar a brazo partido por conseguir su lugar en la cultura global, enfrentándose tanto a censores del buen gusto como a talibanes que se negaban a soltar su objeto de deseo. Pero el tiempo ha abierto las ventanas dejando pasar el aire, demostrando que el cómic tiene mucho que decir. Si alguien tiene alguna duda no tiene más que sentarse un rato y leer el primer tomo de Hulka de Charles Soule, Javier Pulido y Ron Wimberly. El guionista Charles Soule no lleva demasiado tiempo escribiendo cómics, profesión que desde 2009 compagina con la abogacía, actividad a la que ha dedicado la inmensa mayoría de su vida laboral. Sin embargo, colecciones como Inhumanos para Marvel o Red Lanterns para DC demuestran cierta valía como guionista de superhéroes mainstream. Aunque si Hulka tiene algo, es su alejamiento total de cualquier cosa que se acerque a un cómic clásico de superhéroes, siendo al mismo tiempo todo lo que un lector de superhéroes espera encontrar. Puede sonar absurdo, pero la ruptura continuísta de Charles Soule funciona con eficacia, eso sí, contando la ayuda excepcional de Javier Pulido, dibujante estable de la serie; y Ron Wimberly, que realiza dos números del primer volumen de Hulka.

La serie de Charles Soule es continuísta porque Hulka es una colección llena de acción y misterio, una continua invitación a seguir leyendo, tanto en lo referente a cada número, los cuales funcionan de forma autónoma sin problemas, como en el sentido de saga de la historia. Charles Soule sabe gestionar la información para sin que aparentemente pase nada, Hulka entretenga sin exigir demasiado al mismo tiempo que va construyendo una red de relaciones y causalidades al rededor de Jennifer Walters, la profesional abogada que recibió una transfusión de sangre de su primo Bruce Banner, heredando su precioso tono esmeralda y buena parte de sus poderes. Pero en la actual colección de Hulka, el poderío físico de la protagonista se sitúa como mucho al mismo nivel que su portento intelectual, especialmente en lo referente a su labor como letrada, pues Charles Soule llena el cómic con algo que domina en su vida profesional, el derecho, haciendo que los juicios y las demandas no sean sólo elementos secundarios en la colección, pues su Hulka es primero abogada y después heroína.

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Charles Soule es un abogado experto en inmigración y derecho corporativo, con lo que no extraña que dos de los primeros casos de Hulka sean una demanda por violación de patente y la petición de un asilo político, aunque los demandantes sean respectivamente la viuda y el hijo de sendos villanos. Todo este conocimiento ajeno al mundo del cómic enriquece Hulka hasta el punto de que su lectura se aleja de la típica sucesión de combates, Charles Soule nos cuenta principalmente la historia de una joven profesional que trata de abrirse camino en el difícil mundo de la abogacía, intentando al mismo tiempo mantener una vida personal estable, si es que su trabajo se lo puede llegar a permitir. Se podría decir que Hulka es el slice of life de una joven abogada de Nueva York que abre su propio bufete, con la salvedad de que es verde, mide dos metros y tiene una fuerza sobre humana, una fuerza sobre humana que no impide que las pequeñas derrotas del día a día sean menos dolorosas.

Para rematar la jugada, nos encontramos con el dibujo de Javier Pulido, quien con un estilo totalmente alejado del clasicismo superheroico ata a tierra Hulka, haciendo a los personajes, y especialmente a su protagonista, más redondos y humanos. Pulido refuerza el tono de Soule, consiguiendo los dos autores unos personajes femeninos como pocas veces se han visto en el cómic de superhéroes, mostrando una visión realista y colorida, lejos de simplificaciones y estereotipos. El dibujo de Ron Wimberly, tan diferente del de Pulido como del estilo clásico, también trae novedad a la obra, pero sus constantes juegos estilísticos y su obsesión con la perspectiva enfatizan más el dinamismo que la carga emocional de la historia. El tandem entre Soule y Pulido, sin desmerecer en ningún momento a Wimberly, conforma una de las mejores colecciones mainstream de la actualidad, presentando unos resultados parecidos a los del Ojo de Halcón de Matt Fraction y David Aja, donde también trabajó Pulido. Quizás ésta sea la salida, la evolución lógica, historias diferentes con acabados artísticos también diferentes, donde los héroes no dejan de ser héroes pero sin olvidar que las facturas no se pagan solas.

@bartofg
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(mini) Fundación

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Los hombrecitos. Primeras historias. 1967-1970 (Albert Desprechins y Pierre Seron) Dolmen Editorial, 2014. Cartoné, 192 págs. 29,95€

Uno de los grandes problemas de la ciencia-ficción actual es que se ha convertido en narrativas de acción ambientadas en futuros posibles, ya sean lejanos o de pasado mañana. Esto sucede sobre todo en el ámbito cinematográfico y del noveno arte. La literatura de este género ya hace décadas que decidió apartarse de ese camino de la pornografía de efectos especiales y centrarse en la exploración antropológica y el devenir de la civilización occidental enfrentados a los retos de toda la vida en otros entornos, aunque siempre hay excepciones y también hay títulos SF que abordan las temáticas desde el ámbito del entretenimiento más ramplón. En esa onda esta The shape of things to come de H.G. Wells uno mis escritores favoritos. En ese libro el autor británico especula sobre la evolución de la humanidad desde 1933 hasta 2106, viendo como a pesar del desarrollo de la misma se ha encaminado hacia la constitución de una comunidad pacífica sienten cierta nostalgia los rasgos más primitivos de la raza humana.

Especular, esa debería ser, en principio la base de todo relato de ciencia ficción. Intentar recrear aquello que sucedería si determinados caminos fuesen tomados o si una situación al azar procura una nueva oportunidad a la humanidad, o bien si esta se la quita. Sin embargo no toda especulación ha de ser demostrativa de lo equivocado de las decisiones de la raza humana como especie, ni de carácter negativo. La ciencia ficción nos ofrece una oportunidad de lo que el futuro nos puede ofrecer, y puede ser ciertamente didáctica. A mí me gusta pensar que Los hombrecitos de ser Albert Desprechins y Pierre Seron es un relato fantástico sobre un futuro posible dentro de un presente real que ofrece una visión optimista y didáctica de lo que puede ser el desarrollo humano visto desde un punto de vista muy positivo.

Pero vayamos por partes, ¿Qué valores positivos tiene? El primero el de la superación grupal. Los habitantes de Rajevols tras verse afectados por la caída de un meteorito que reduce de tamaño a todo aquel que lo toca, deciden no venirse abajo y crean una nueva ciudad a su medida dentro de unas cisternas que había en la antigua ciudad. La nueva urbe recibirá el nombre de Eslapión. Esta al igual que la descrita por Orwell en su novela vive un desarrollo tecnológico y social continuo. Los medios de transporte están más desarrollados, la comunidad está más cohesionada, y el tamaño actual de sus habitantes no les ha hecho menguar su espíritu de superación. Pero ¿qué es lo que sucede en las otra civilización? la de los grandes. El tenerlo todo fácil y hecho a su medida les ha dado a estos habitantes una capacidad inmovilista a la hora de evolucionar. Es decir, el estatismo provocado por la carencia de retos erosiona la capacidad de superación de la humanidad.

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Todo esto es, quizás, una lectura excesivamente trascendental para un tipo de historieta cuya principal misión es entretener a lectores de todas las edades. Y cuando digo entretener no lo digo como algo menor, sino como todo lo contrario, pero en el caso de cómics como Los hombrecitos ese tipo de lectura trascendental se hace necesaria o en todo caso es algo que emana del propio texto. En este primer volumen se recogen las primeras historias de esta colección, para bien o para mal se aprecian aquellos aspectos que hacen que la narración no sea tan fluida en pos de cierto lucimiento estético, algo que a medida que vayan publicando los siguientes volúmenes veremos cómo evoluciona para bien.

Las historias incluidas en este primer volumen abarcan de 1967-1970 son: Alerta en Eslapión, Los fugitivos, El hombrecito que ríe, El gallo en su salsa, Pascuas para dos niños y Ratones y hombrecitos. Son historias cuyo leit motiv son misiones para solucionar un problema de la comunidad normalmente son de interacción con el mundo de los grandes pero que nos ofrecen una visión cultural de lo belga como es el caso de la penúltima historia de este volumen. Los hombrecitos son un digno representante de la Escuela de Marcinelle caracterizada por el dinamismo de sus viñetas y por los caricaturesco en la representación de los personajes y lo exagerado y suelto de su dibujo. Pero es quizás algo más: la constatación que un cómic entretenido no pasa de moda y que a pesar de sus defectillos y aspectos que han quedado culturalmente desfasados sigue siendo un gran entretenimiento para todo tipo de lectores.

P.D.- Gentes de Dolmen; ¿Tardaremos mucho en ver algún recopilatorio de Benoit Brisfer de Peyo por nuestras tierras?

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Spain is Pain #194: Ut pictura poesis.

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Inercia (Antonio Hitos) Salamandra Graphic, 2014. Flexibook, 128 págs. Color 19 €

Tienes que ir de Huelva a Sevilla y como por tren la comunicación es más bien precaria tienes que ir en autobús. El trayecto es corto, de apenas una hora, eso siempre que no cojas el que va parando por todos los pueblos. Pero ese no, no lo coges. Te subes al que va directo, te sientas más o menos por mitad del autobús. El trayecto es corto pero da igual sacas un libro que intentas leer hasta que te das cuenta que hay un tipo a tu lado que parece sacado del Seattle de los noventa en el momento de mayor esplendor del grunge, hasta ahí bien. Este mira atentamente a todos y cada uno de los pasajeros que compartirán durante una hora el mismo espacio con él como si tomara nota de las actitudes de cada uno de ellos. No solo los mira, lo hace como si tomara nota mental, como si los dibujara trazo a trazo, y luego vuelve la mirada hacia su skate comparándolo con el resto de seres del bus. Después de observar, después de mirar, después de comparar comprende, y acaricia su monopatín intentando encontrar humanidad donde no la hay.

La búsqueda de la humanidad, y en cierta manera de la deshumanización, en las urbes es el tema de fondo de Inercia de Antonio Hitos. Una obra en la que la figura humana aparece en la mayoría de ocasiones en un plano entero. El fondo deshumanizador lo proporcionan las relaciones entre unos personajes que podríamos definir como próximos pero no cercanos y cuyo máximo nivel de comunicación es la cercanía física. Jaime busca la calidez en un objeto al cual dota de una serie de atributos o virtudes, según se vea, en el contexto de una ciudad aplastante pero más humana que cualquiera de los seres que la habitan, por ser más narrada, en extensión, que los propios personajes.

La urbe toma un protagonismo al estilo de las antiguas sinfonías dedicadas a las grandes ciudades europeas. Películas que buscaban la belleza de lo material en la que los hombres no tenenian una función más allá de convertirse en un mero acorde. Inercia recupera ciertas ideas de lo sinfónico desglosando la ciudad en unas maravillosas páginas dobles en la que esta pierde profundidad y corporeidad con una serie de perspectivas planas en las que los humanos dejan de ser meros acordes para conjugarse con esos fondos urbanos.

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Jaime y Juan viven su vida en la calle, los lugares cerrados están abocados a un hábito mortal que les lleva a vivir el día a día bajo la losa más pesada: la rutina. Ambos se ven envueltos en una conducta vital a medio camino entre lo vulgar y lo banal. Constantes que trascienden en un discurso que podemos denominar como postcientifico en el que se desarrolla una idea de lo inútil de considerar la vida humana como el centro de gravedad del planeta. Esa vertiente explota en las primeras páginas cuando al romperse el skate de Jaime este se convierte como un colisionador de electrones generando un agujero negro que escupe pasado, presente y ¿futuro? Que hace entrar en juego a una cucaracha, a modo de un dios repugnante, cuya misión principal es proporcionar patadas de realidad y certeza que ponen de manifiesto e infravaloran la falsa autocompasión del protagonista.

Para desplegar tal complejidad Hitos muestra un arsenal gráfico respaldado por un uso del color que va más allá de lo meramente decorativo para convertirse en un elemento narrativo de peso que unifica determinados momentos de la historia. Esto redunda en el uso de la metáfora, a pesar de ser un cómic escrito en tiempo presente guarda en su interior espasmos de poesía que nos obligara a releer la obra más de una vez para poder disfrutarla en todo su esplendor.

@Mr_Miquelpg

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Fricción: Una entrevista a Antonio Hitos

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Una cosa que me llama mucho la atención de Inercia es que está hecho en base a dos niveles que se enfrentan, por un lado la historia que es muy pequeña, pero que se expande muchísimo. Algo que sucede igual en los espacios, por ejemplo los espacios del día a día están muy vacíos y cuando tenemos los juegos gráficos todo se expande.

En narración gráfica funciona muy bien cuando pones una cosa y su opuesta, porque se refuerzan mutuamente por contraste. En Inercia la mayoría son espacios cerrados, pero luego hay un par de escenas importantes en espacios abiertos que funcionan por ese contraste con el resto. También hago esa contraposición de ideas con la arquitectura y las formas orgánicas, por ejemplo, o en el uso del color cuando elimino alguno de los tonos o aumento la presencia de otro.

Después de leer el cómic a mi me vienen a la mente dos  películas, más que dos cómics, que creo que tienen mucho en común con Inercia. Una es Magical Girl de Carlos Vermut por la utilización de las heterotopias, los no-lugares. Tanto en la película como en Inercia, los espacios como la casa de Jaime están totalmente vacíos, sin que haya ninguna personalidad, encontramos pequeños destellos como un póster de una película u otros objetos de decoración, pero poco más.

Hay una intención en que se perciba con cierta frialdad, con distancia, y eso se construye desde el dibujo técnico, la expresividad neutra de los personajes, y también la construcción esquemática de los espacios, aunque conservando algunos elementos que refuercen la personalidad de los protagonistas. En el caso concreto de la casa de Jaime, y también en la de Juan, hay un par de giros en la historia que me obligaban a medir bien los elementos que ocupaban esos espacios, porque debía verse cómo cambian o desaparecen llegado el momento.

La otra película que creo que viene mucho a colación es El árbol de la vida de Terrence Malick, en el sentido de que una historia muy pequeña se expande a lo más grande. En ese sentido creo que hay cierto paralelismo entre las dos obras porque la historia de Jaime y Juan no existe, es una historia sin un desarrollo narrativo en tres actos, sino que casi es una única acción.

Soy un apasionado de la ciencia, de la física sobre todo, y me interesa mucho desde un punto de vista estético la explicación de los fenómenos que suceden en el mundo natural. También la biología es muy importante en el desarrollo de la historia en Inercia. Funciona muy bien a modo de metáfora, y me permite una aproximación técnica a la historia. No he querido hacer una recreación verbal de la emotividad del personaje, ni una explicación más lírica, y por eso las partes de mayor densidad textual son también las más técnicas.

Porque aunque son elementos que tenemos más relacionados con la poesía, como lo que se dice muchas veces, lo típico del polvo de estrellas y todo eso, que es un intento de darle una belleza poética a la ciencia, tú te lo cargas totalmente.

Yo creo que la ciencia tiene una belleza poética inherente. Lo que has dicho del polvo de estrellas es cierto, es una explicación sencilla para un fenómeno muy grande. Pasa igual con la evolución o con la formación de los planetas. A modo de divulgación, todo esto se puede reducir a explicaciones que, llevadas a la síntesis, son muy emocionantes por el hecho mismo de lo que son, y no hace falta adornarlas con artificios textuales. Creo además que cuando se procura darle esa pomposidad a la explicación, en muchas ocasiones se le quita parte de la belleza cruda que tiene por sí misma.

A raíz de Inercia se ha hablado mucho a nivel social, como el paro juvenil. Pero casi que veo más en esos personajes un problema menos social y más centrado en el tedio, en el dejarse llevar.

Mi intención haciendo Inercia era la explicación visual de ese tedio, lo que pasa es que el contexto en el que sucede la historia, que es el mío propio, es el que es: niveles de paro juvenil escandalosos, incertidumbre económica… Eso marca la forma en la que te relacionas con el mundo que te rodea. Si tú estás sometido a esta incertidumbre, a la fragilidad laboral y sin expectativas a medio y largo plazo, todo lo demás termina estando muy condicionado por eso.

Tú optas siempre por la no-acción, en ese sentido no es una juventud en rebeldía, no es un correr hacia delante, sino casi chocando con la pureza de las matemáticas es un existencialismo de dejarse llevar. Me da la sensación de que los personajes se dan ya por derrotados.

Eso no representa necesariamente mi punto de vista con respecto al problema, pero también es verdad que cada uno de los personajes está en una situación distinta. Ana sí parece que es una profesional con posibilidades de progresar y ella está enfocada en eso. Juan está perdido. Jaime tiene ese trabajo y sobrevive. Pero tampoco sabemos, porque no se explica, qué situación les ha llevado ahí, no sabemos si han buscado trabajo mucho o poco, si vienen de un contexto socioeconómico más perjudicado o no. Todo esto se queda en el aire, por el mismo motivo por el que la arquitectura es más bien genérica o los personajes en muchos sentidos sean estereotípicos. Quería que el estado de ánimo que se cuenta primara sobre la historia.

2

Ahora que me has hablado del punto de vista, no lo reduciremos a que Jaime eres tú. Ya que si tú fueras Jaime no hubieras hecho el cómic, te hubieras quedado vendiendo discos. Pero, ¿cuánto hay de ti en Inercia?

Supongo que un montón. Pero no sólo en Jaime, también en Juan, y en Ana, en todos los personajes. Aunque la verdad es que me reconozco mucho más en el punto de vista alejado y frío, mezcla de íntimo y técnico, que en los personajes particulares y la forma en la que se comportan.

Se ve en esa sequedad, en la puesta en escena, es casi reduccionista. Yo conozco tu trabajo y sé que es un estilo que has estado trabajando mucho tiempo, pero a mí me da la sensación de que has estado buscando una depuración en lugar de una perfección.

Sí, además lo noto muchísimo más ahora que estoy haciendo otro cómic, porque durante el proceso de realización de Inercia he sentido evolucionar mi dibujo muchísimo. Me veo con una economía de líneas más pensada, una composición de página y de estructura más medidas. Sí que llegó un momento en el proceso, en los pasos previos, en el que vi que debía ir por ahí, y entonces enfoqué más conscientemente el estilo en esa dirección.

¿Sientes que has tenido que sacrificar algún alarde técnico?

Sí, claro, un montón. Pero creo que eso es un buen síntoma, cuando empiezas a sacrificar alardes técnicos en beneficio de una coherencia interna y de una cohesión en toda la obra. Ahí es cuando estás viendo cada una de las partes como eso, como partes de algo más grande.

En esa evolución de tu estilo, no puedo evitar encontrar lugares comunes con otros autores. Ese contraste entre una arquitectura de líneas muy puras, muy rectas, y unos personajes más redondeados, casi estilo cartoon, que podemos ver en clásicos como Chris Ware o autores más actuales como Alex Schubert.

Alex Schubert y Chris Ware son, sobre todo Chris Ware por la densidad de su obra, dos de los tíos que más me gustan en el mundo. Chris Ware es el que mejor hace esa puesta en contexto, los personajes siempre están muy ubicados en un entorno arquitectónico particular. Building Stories es el ejemplo perfecto de hasta qué punto se puede relacionar al personaje con el ambiente que habita, y cómo una cosa afecta a la otra.

Más que relacionar tiende a sacar fuera, hay un contraste entre el fondo y la figura que también lo vemos en Inercia. Los personajes habitan el mundo pero ese mundo no es suyo. Casi que están por estar.

Sí, puede ser, no sé. Depende de tu estilo, pero es difícil evitar que la figura orgánica sea distinta de la figura arquitectónica, porque las naturalezas son muy distintas y las formas de representarlas, si pretendes una cierta figuración, siempre tienen que ser distintas. Uno puede sintetizar, pero si quieres que sigan haciéndose reconocibles tienes que mantener esa diferencia. Alex Schubert por ejemplo, en The Blobby Boys parece que lo mantiene un poco más, pero cuando hace Fashion Cat sí veo algo mucho más técnico incluso en los personajes. Lo prefiero cuando se distingue un poco mejor.

Hablando de lo que es el autor. Yo tengo la mala suerte de conocerte desde hace muchos años. Me sorprende una cosa que pasa muchísimo, que ves una obra sin conocer el autor y piensas “éste tiene que ser un amargado encerrado en su casa”, pero después yo te conozco a ti y tienes un humor de chistes de pollas y pedos. ¿Cómo eso después lo dejas fuera de la obra?

A mí los chistes de pollas y el humor muy pasado de rosca son de las cosas que más me gustan en el mundo, y lo disfruto muchísimo cuando lo leo. Nosotros somos amigos desde hace muchos años y la mitad de nuestras conversaciones se basan en mierdas por el estilo. Lo que pasa es que sentía que darle sitio a esto no beneficiaba a la obra en absoluto. Primero porque hubiera orientado mucho la personalidad de los personajes en una dirección u otra y hubiera ido en detrimento de lo que hemos hablado antes, de hacer un cómic más abierto, y luego lo que pasa es que el diálogo en Inercia está muy medido y sirve a unos intereses muy concretos en cada punto, y probablemente los chistes de pollas se habrían terminado comiendo la intención del diálogo. Pero habrá muchos más en el que estoy haciendo ahora.

Es bueno oírlo. Sobre ese poco uso del diálogo, ¿no te da miedo, o directamente no te importa, que la obra pueda ser demasiado críptica?

No sé si me importa mucho, pero tampoco creo que sea muy críptica. A mí me cuesta saberlo porque yo no puedo acercarme a la obra con ojos extraños, pero creo que muy críptica no es. Las metáforas visuales están bastante contextualizadas y aunque es un tebeo abierto, el desarrollo de lo que se cuenta es muy claro. No da lugar, creo, a que el lector se pierda y no sepa muy bien por dónde va el eje central de la historia. Luego el estado de ánimo que cada uno le pone a cada una de las secuencias sí que está abierto, pero no me parece mal que sea así.

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La historia, a pesar de ser sencilla y lineal sin juegos temporales, está llena de muchas elipsis. El espacio off tiene una gran importancia. ¿Tú tenías la historia y la vaciaste de contenido en los puntos que te interesaba o no llegaste a llenar esos puntos en ningún momento?

Lo segundo, yo no llené esos puntos. Puede que en alguna fase preliminar sí que tuviera alguna escena que al final acabé desechando, pero la historia está construida usando cuatro o cinco acciones claves que determinan el desarrollo que yo necesitaba. Y ya a partir de ahí añadí otras tantas para darle una coherencia y una cadencia concreta a la estructura que reforzara la sensación de desidia y todo eso, pero no he tenido una historia más completa a la que luego he mutilado.

Tenías unos puntos de giro y los rellenaste para conseguir un ritmo.

Eso es, es otra forma de decirlo. Añadí otras tantas escenas para dar esa cadencia.

Hablando de tu próxima obra.  ¿Será un cómic o una novela gráfica?

Bueno, una novela gráfica es un cómic. He tenido dudas porque sigo sin tener muy claro cuál es el formato idóneo para lo que quiero contar, pero últimamente está avanzando a un ritmo en el que parece que será una novela gráfica de una extensión parecida a la de Inercia.

En el sentido temática, ¿alguna variación? Tampoco sin destrozar la sorpresa.

Habrá algunos elementos visuales con los que tenía muchas ganas de trabajar, aliens sobre todo, porque es uno de mis temas favoritos y tú lo sabes. Intentaré que sea un poco más ambiciosa en el concepto. Habrá una exploración un poquito más intensa de la vertiente técnica o física que había en Inercia.

Tu idea es seguir el mismo camino, en el cual te sientes cómodo. Quizás más investigar el medio que la narración.

No creo que puedas investigar el medio sin investigar la narración.

Me refiero a la narración implícita al cómic, no a la narración de cómo contar una historia sino de cómo contar una historia en el cómic.

Yo estoy obsesionado con los cómics, y cuando me siento a dibujar un cómic me gusta, porque me gusta así cuando lo leo en otros autores, que exprima los códigos propios del medio. Eso no quiere decir que un cómic tenga que ser un continuo artificio en el que se manipulen los medios tradicionales de la secuencia para hacer algo espectacular todo el tiempo, sino a que simplemente tenga conciencia de sí mismo. El autor debe tener en cuenta las particularidades del medio en el que está trabajando y usar las herramientas propias del mismo, que son intransferibles a otros medios, para construir su mensaje.

Muchas gracias por la entrevista, Antonio, ya puedes vestirte.

Necesito ducharme.

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Quien a zombie mata a zombie muere

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Deadworld: la última siesta (Gary Reed, Gary Francis y Mark Bloodworth). Tyrannosaurus Books, 2014. Rústica. 108 págs. B/N. 13,50 €

Los ciclos son un elemento inherente a la cultura popular, especialmente en lo que concierne a los géneros temáticos. En el campo del horror es algo más que notable. Si a alguien le parecen absurdas las modas relacionadas con la ropa o los maquillajes, no puede más que encontrar la misma sensación con el terror. A principios de los noventa del siglo pasado, los serial killers sobrenaturales fueron perdiendo fuelle poco a poco hasta que los serial killers sin más tomaron su lugar. De este modo, Freddy Krueger daba paso a Ghostface sin que nadie se inmutara demasiado. Actualmente, parece que el horror sobrenatural más gótico, lleno de casas encantadas, está viviendo su pequeño reinado, con lo que sólo queda ver cuanto tiempo aguantarán las casas embruajdas y las muñecas con inclinaciones demoniacas.

Como es lógico, estas modas no son absolutas y no tienen problemas con cohabitar junto a otras, así que mientras en el cine de finales de siglo se apostaba por la cacería del adolescente sin visos de sobrenaturalidad, en el cómic reinaba un terror recargado tanto en la puesta en escena como en su estética, con vampiros y más seres misteriosos llenos de glamour, decadencia y poder. Pero como todo cambia, toda la pomposidad se vio reventada la llegada de los zombies, más bien su retorno, quienes cogieron todo ese saber estar y lo pasaron por una trilladora. Ahora la norma no era una rosa blanca manchada de sangre, sino un charco de barro y sangre, cartuchos de escopeta reciclados y un poncho hecho con una manta. Pareciera que Robert Kirkman hubiera inventado la pólvora, pero para nada fue así, ya que antes que él no eran pocos lo que habían mantenido encendida la mecha de los muertos vivientes, algunos durante casi 20 años, como es el caso de Gary Reed y su saga Deadworld.

Aunque Gary Reed ha escrito desde 1987 más de 50 números de Deadworld, contando tres volúmenes, varias miniseries y alguna que otra novela gráfica, no es hasta ahora que la serie ha llegado a nuestro país con la publicación de Deadworld: la última siesta, una novela gráfica independiente, escrita por Gary Reed y Gary Francis y dibujada por Mark Bloodworth que permite al lector introducirse en el universo postapocalíptico imaginado por Gary Reed. En Deadworld: la última siesta no nos encontramos con los primeros días de un despertar zombie, sino en un futuro cercano lo suficientemente alejado como para que la sociedad humana pueda haberse reorganizado mínimamente, es decir, conseguir fortificar algunas ciudades para vivir de espaldas a los muertos vivientes. En el caso de la obra que nos compete, toda la acción tiene lugar en la ciudad de Juarez, en México, donde como no podía ser de otra forma, un cartel de la droga se ha hecho con el poder, pasando de narcotraficantes a gestores públicos.

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La brutalidad ordenada de esta Juarez post-zombies chocará de frente con dos personajes muy diferentes: Raga, un asesino vagabundo que vive en el desierto; y el Rey Zombie, un muerto viviente consciente capaz de controlar al resto de los cadáveres reanimados. Ambos personajes llegarán a Juarez en busca de algo, y como es lógico sus caminos terminarán cruzándose para desgracia de todos los habitantes de la ciudad. Aparentemente Raga y el Rey Zombie son dos personajes muy parecidos, hombres de acción incapaces de recibir órdenes, aunque mientras Raga es el arquetipo de antihéroe más violento y callado, su contrapartida zombie es un cínico de buen humor. Es curioso como casi toda la carga humanista recae sobre el Rey Zombie, pues mientras los vivos luchan y mueren de forma directa, el monarca de los no muertos es más proclive a dejarse llevar por sus pasiones y caprichos, convirtiéndose en el personaje más humano de todo el cómic. Es fácil entender porque Raga hace lo que hace, pero es aún más sencillo empatizar con el Rey Zombie. Quizás en su intención de hacer de Raga un personaje de acción pura, Gary Reed y Gary Francis han terminado devorándolo, narrativamente hablando, con el Rey Zombie, protagonista de las mejores escenas del cómic.

Quién busque en Deadworld: la última siesta la típica historia de supervivencia que mezcle consejos para sobrevivir al fin del mundo junto con una violencia cruda y emocional quizás deberían leer otros cómics. Ahora bien, quien quiera acción pura y dura en un ambiente lleno de sangre y explosiones tiene en el cómic de Gary Reed, Gary Frances y Mark Bloodworth un tesoro a descubrir, un universo donde todo puede haber colapsado pero siguen existiendo héroes one-liners capaces de acabar con un batallón con un cuchillo. Deadworld: la última siesta es ante todo diversión pura y dura, descarnada y sin miedo por entretener. Sin duda una gran entrada para un universo en el que merece la pena excavar en busca de más historias de supervivientes y el Rey Zombie.

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El último héroe libertario

BATMAN_A_O_100Batman año 100 (Paul Pope). Debolsillo, 2014. Rústica. 200 págs. Color. 14,95 €

El problema de la ideología es que todos pensamos que hemos llegado a la nuestra a través del razonamiento y la reflexión libre mientras que los demás, aquellos que no coinciden con nosotros, han terminado llegando a sus propias conclusiones a partir de la estupidez y el dejarse llevar por mentes carismáticas pero equivocadas. Es así de sencillo y no hay más. Con esto no vamos a defender el relativismo absoluto, pero si vamos a señalar que mientras la defensa de las ideas sea más pasional que reflexiva, el otro será antes un tonto que alguien con ideas complementarias. Este proceder llega a límites absurdos en el campo del arte, donde muchas personas se niegan a aceptar la innegable calidad de una obra simplemente por la animadversión ante la ideología del autor.

La deriva histórica de España ha marcado de forma muy clara a los creadores y a las líneas de pensamiento, haciendo que buena parte de la creación se sienta más atraída hacia un extremo que hacia el otro, extremo que puede que no haya hecho mucho por la cultura, pero al menos no ha sido tan claramente destructivo como su oponente. Así que a veces la gente no sabe como reaccionar ante autores de reconocido talento pero que se alejan completamente del estereotipo del autor de izquierdas, no por ello siendo menos comprometidos. Un caso paradigmático es el del director de cine Clint Eastwood, quien se define como un libertario extremista, hasta el punto de rozar el anarquismo capitalista. Pero claro, tampoco faltan autores así en el cómic, siendo un ejemplo claro, tomado por muchos casi como una parodia, Frank Miller, aunque obras como Batman año 100 de Paul Pope no se alejan mucho de esa visión libertaria del universo. El error es principalmente del lector, quien ante un texto digamos marxista ve a un creador comprometido y reflexivo, mientras que ante una obra libertaria se empeña en buscar la ironía, buscando siempre la excusa, minimizando la implicación ideológica de la obra.

Pero no nos engañemos, Frank Miller está muy convencido de lo que dice y se limita a usar la expresión artística como vehículo de su ideario. Ocurre exactamente lo mismo con Paul Pope, quien en su Batman año 100 realiza una crítica directa, un ataque sin concesiones, al estado totalitario, pero no defendiendo la revuelta social, sino el poder único del individuo, defendiendo a Batman no como un catalizador que derive en una revuelta social, sino como un individuo que se basta y sobra para enfrentarse a un estado alienante que no tiene problemas en maltratar a sus ciudadanos, si es que los habitantes de ese Estados Unidos futuro merecen tal apelativo. Paul Pope simplemente transmite su ideología, o simplemente la misma se cuela en su obra de ficción. Texto que ante todo es divertido, intenso y coherente, muy coherente, sin hacer ninguna concesión buenista. En Batman año 100 existen los daños colaterales porque las víctimas eligen ser víctimas, ya sea por su adhesión a un sistema injusto o por la aceptación de su papel como cordero ante los opresores.

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En cierto sentido, el Batman de Paul Pope es equiparable a ciertas representaciones de los villanos de un Batman más clásico, especialmente a sus recientes adaptaciones cinematográficas. Al igual que el Joker o el Bane de Nolan, el Batman de Pope es un agente del caos, pues la sociedad futurista del cómic no es más que una proyección de los miedos libertarios actuales. Mientras que la izquierda teme una sociedad sin estado al servicio de megacorporaciones, la derecha se asusta ante un estado tan fuerte que esté por encima de cualquier iniciativa privada, tanto individual como colectiva. Evidentemente esto no es nada nuevo, es una idea que siempre ha estado ahí, poblando la cultura popular, una corriente a la que Paul Pope se suma con un cómic de calidad sobresaliente. Batman año 100 es el superhéroe norteamericano llevado un paso más allá, parecido a El regreso del señor de la noche de Frank Miller pero cambiando la espectacularidad operística por una acción más directa y cruda.

Del trabajo gráfico de Paul Pope poco se puede decir que no sea positivo. Es cierto que el autor cuenta con un estilo muy personal, lo que puede crear predisposición hacia filias y fobias por parte de los lectores, aunque pocos argumentos pueden existir para criticar el trazo de Paul Pope más allá de la subjetividad. El dibujo de Paul Pope consigue llenar de epicidad cualquier viñeta, cargando cada línea con una potencia cinética que parece a punto de explotar. Paul Pope es uno de esos pocos artista capaces de insuflar vida al dibujo estático, haciendo que sus figuras salgan de la página. Este acabado está presente en todas sus obras, como la juvenil Battling Boy, pero lo cierto es que casi funciona mejor en Batman año 100, ya que cierta suciedad en su trazo mejora la sociedad futura distópica, haciendo que la ciudad y las fuerzas que la controlan sean aún más despreciables y aterradoras. Aunque por suerte contamos con Batman, un héroe que no va a permitir que nadie le aplaste, dispuesto a luchar por su libertad cueste lo que cueste.

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