Cultura, propaganda, totalitarismo y el beso inocente de un niño

p-nopuedesbesarNo puedes besar a quien quieras (Sandrine Revel y Marzenaa Sowa). La Cúpula, 2014. Rústica. 108 págs. Color. 16,90€

Las diversas ideologías que han poblado la razón humana a lo largo de la historia han presentado propuestas y acciones de lo más diversas, la mayoría de las veces preocupándose más por temas abstractos que por el bienestar o la felicidad de los ciudadanos. Aunque en resumen se podría hablar de dos fuerzas contrapuestas que luchan no sólo por imponerse, sino también por eliminar a su rival: la libertad y la seguridad. La libertad aboga por una sociedad donde cada cual sea libre de hacer lo que le venga en gana, donde nadie pueda poner frenos o límites al potencial del individuo, evidentemente hablamos de conceptos tan bonitos como el darwinismo social o el capitalismo radical. Por su parte, la seguridad apuesta por una sociedad donde el individuo esté protegido de si mismo, donde nadie pueda poner en peligro el status quo, como es lógico, nos encontramos casos tan deseables como el socialismo totalitario. Después hay otras apuestas aún más valientes, como el fascismo, que no tiene problemas en coger lo peor de ambos extremos.

Porque al final el peligro es siempre el mismo, los extremismos, defender tanto una idea, darle tal valor objetivo a un concepto subjetivo hasta el punto de que la sociedad y el individuo quedan aislados, a merced de una simple idea y de sus defensores. Todo esto podría dar sin duda para largos debates políticos y filosóficos, pero sería responder a las ideas con más ideas, siendo quizás más provechoso atacar a través de los hechos, enfrentar lo abstracto a lo cotidiano. Este ejercicio cuenta con grandes ejemplos en la industria cultural y el cómic, donde el autor confronta el discurso con el día a día. Quizás uno de los ejemplos más conocidos sea la novela gráfica Pyongyang de Guy Delisle, donde el autor convierte una visita a Corea del Norte en una especie de tour turístico por un infierno totalitarista. Sin embargo, la obra de Guy Delisle cuenta con el problema del observador externo, alguien que no tiene problemas en criticar una ideología, y su puesta en marcha, siendo originario de otra concepción social. Así que aunque Pyongyang sea una lectura más que recomendable, es más pertinente la lectura de obras como No puedes besar a quien quieras de la guionista polaca Marzena Sowa y la artista francesa Sandrine Revel, quizás porque en la obra, Marzena Sowa realiza una cruda reconstrucción de lo que supuso vivir su infancia en la Polonia comunista.

La historia central de No puedes besar a quien quieras casi no existe, pues en sus más de 100 páginas saltamos entre varios puntos de vista para mostrarnos desde todos los ángulos posibles un acontecimiento muy concreto. Un niño intenta besar a una compañera durante la proyección de una película propagandística, incidente que termina provocando que se sospeche del trabajo subversivo de su padre. Esta es toda la acción central del cómic, un incidente y una sospecha, algo más de 24 horas. Tiempo más que suficiente para crear un fresco complejo sobre una sociedad totalitaria, desde un escritor que publica de forma clandestina en el extranjero hasta una maestra y un director de colegio que tratan de amoldarse al sistema con alguna dificultad, sin olvidar a los niños, los elementos más vivos, quienes se ven obligados a construir un mundo propio de emociones rodeados de una construcción social casi matemática. Marzena Sowa crea así, en base a sus recuerdos, una historia que no es tal, sino una simple anécdota, un día en la Polonía de su infancia, donde se visualizan las vidas de sus ciudadanos, divididos entre los que sobreviven a pesar del sistema y los que se aprovechan del mismo para satisfacer únicamente sus deseos personales.

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De este modo, el camarada Viktor más que un protagonista es una excusa, un hilo conductor entre los demás personajes, quienes más que actuar reflexionan. Escenas como la clase particular de francés, el afeitado del bigote o la lectura del cómic extranjero no son más que representaciones externas de un mundo interior único, de hombres, mujeres y niños que deben hacer encajar su vida en un entorno no pensado para los seres humanos. Algunos optan por la aceptación, otros por la resignación o la lucha. Pero al final, lo importante en No puedes besar a quien quieras es esa idea de una biosfera humana pensada para cualquier cosa menos para el ser humano, pues los personajes de Marzena Sowa no son los engranajes que mueven Polonia, sino más bien los restos que se quedan atorados entre las piezas móviles de una máquina sin alma. No cabe duda que el socialismo totalitario de No puedes besar a quien quieras, al igual que el liberalismo más atroz, funcionaría de forma envidiable si no existieran las personas.

No me gustaría tampoco pasar por alto el trabajo de Sandrine Revel, pues seguro que el resultado final de No puedes besar a quien quieras no hubiera sido el mismo sin su dibujo. La artista francesa maneja una narrativa certera, con unos encuadres que consigue sacar lo mejor de cada viñeta y página, ya sea para describir una acción o para darle una carga emocional. Por suerte, este trabajo técnico no se encuentra sólo, pues se acompaña de un estilo que sólo puede definirse como amable y triste. Las figuras y paisajes presentes en la obra muestran un paraíso en decadencia, muy parecido a los Estados Unidos fotografiados por Dorothea Lange durante la Gran Depresión. Así que no podemos sentir más que empatía por los personajes que pueblan No puedes besar a quien quieras, pues todos tienen sus razones para acatar o rebelarse, pues al final, lo único que quieren todos es vivir.

No puedes besar a quien quieras
si valoras tu vida.

El polvo se acumula,
se pega a ti.

@bartofg
@lectorbicefalo

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2 comentarios en “Cultura, propaganda, totalitarismo y el beso inocente de un niño

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