La inexistente diferencia entre raro y diferente

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Extraños (Javier Sáez Castán). Sexto Piso Editorial, 2014. Rústica. 25,3 x 37 cm. 48 págs. Color. 24€

Todos somos diferentes para poder reconocernos entre iguales. Elementos tan cotidianos como las tribus urbanas no son más que un ejemplo de la muerte de la singularidad, ya que todo lo que se escapa de la norma vuelve a encontrar su camino dentro de una clasificación menor que en cierto sentido respeta en su totalidad al organigrama superior. Puede que en su origen los punkis o los heavys supusieran un mínimo enfrentamiento a todo lo establecido. Hoy en día ya no es así, y propuestas tan extremas como los neogóticos no sorprenden más allá de algunas señoras de pueblo que pueden extrañarse ante una apariencia tan extrema. Pero ten por seguro que el dependiente de El Corte Inglés o el conductor del autobús urbano no te va a dedicar más de una mirada de lástima o repulsa.

Lo extraño ha desaparecido totalmente del espectro social habitual, todo se diluye en la actualidad hasta el punto de que algo como mucho puede aspirar a ser excéntrico pero por seguro jamás romperá las estructuras mentales con las que explicamos nuestro mundo, pues las mismas son tan elásticas que casi cualquier realidad cabe dentro de las mismas. Ese gran horror cósmico del que hablaban Lovecraft y sus discípulos, conceptos tan abstractos que podían causar la locura, han muerto, pues en Youtube todo es posible. Así que es de agradecer la existencia de obras como Extraños de Javier Sáez Castán, un ejercicio que trata de recuperar lo raro, lo insólito, lo extraño en sí mismo, pero no a través de la creación de nuevos misterios, sino añadiendo nuevos niveles a relatos del siglo XX que prácticamente se han convertido en cuentos del día a día.

Así encontramos en Extraños tres historias: el ataque de una babosa gigante a Nueva York, la cual recuerda a las películas clásicas de serie B; los problemas de integración de un monstruo en un pequeño pueblo de Escocia, canto a la criptozoología; y la aventura de un monstruo clásico convertido en un padre de familia, americano pero obligado a salvar a Estados Unidos y el mundo. Como es lógico, estas historias se pueden enfocar dentro del cine de bajo presupuesto estadounidense más centrado en el terror y la ciencia-ficción, no por poco el maestro de ceremonias que enlaza las historias es el insigne Vincent Price. Pero el valor de lo realizado por Javier Sáez Castán no es revisitar estas historias, sino complicarlas, consiguiendo que algo extraño que se ha convertido en normal adquiera un nuevo nivel de complejidad que vuelve a lanzar la historia fuera de la lógica. En este sentido, el ejercicio se podría considerar como la segunda venida del misterio, primero lo aceptamos para después darnos cuenta de que esconde más de lo que pudiera parecer. En un mundo donde los hombres están acostumbrados a los monstruos gigantes, a las lombrices en paro y a los actores procedentes de otros planetas, se abre una nueva brecha que nos muestra como lo que pensábamos, esconde mucho más de lo que podía parecer a simple vista.

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La primera historia, Tan grande… ¡Tan rosa!, nos hace reflexionar sobre como todo está tan encasillado que incluso le pedimos a los monstruos que nos asusten de una forma determinada. En la trama, una gigantesca babosa ataca la ciudad de Nueva York, destrozando edificios y devorando a todos los neoyorquinos que se cruzan en su camino. Pero para nuestra sorpresa, los habitantes de la urbe no huyen despavoridos, sino que simplemente se limitan a reírse ante la bestia, a señalarla con el dedo entre carcajadas mientras son devorados. Todo debido a un elemento tan arbitrario como el color de la criatura, la cual es rosa. Algo que puede parecer anecdótico se vuelve del todo básico, ya que los habitantes de Nueva York no pueden asustarse de algo tan naïf como un monstruo rosa. Este juego con el color se repite en la segunda historia, El horror de Lonch Lambton, donde un gigantesco gusano de mortadela marrón vive deprimido entre los vecinos que le ignoran. Todo hasta que decide cambiar su aspecto y al volverse azul se convierte en una criatura monstruosa que obliga a llamar al ejército. La historia final, Luces de Sorax, también se vale del color para explicarse, aunque en este caso es un alienígena verde el que a pesar de ser diferente se adapta al crisol norteamericano, simplemente porque es útil a dicha sociedad, sociedad a la que termina amando tanto, incluida sus marcas, que no duda en acabar con sus congéneres antes de que pongan sus pies sobre la Tierra.

El juego con el color de Javier Sáez Castán en Extraños es sin duda un acierto, pues al final los monstruos, por muy desagradables que sean, se definen simplemente por su tonalidad, lo que los hace iguales o diferentes, es decir, extraños. El color no sólo hace que algo inofensivo sea terrible, sino que es capaz de eliminar la percepción de peligro de una amenaza. Todo esto, como es lógico, se encuentra incrustado en un universo de pura extrañeza donde el mundo es tan parecido al nuestro que podría ser un reflejo perfecto, aunque pequeñas notas disonantes, minúsculas, nos dejan un sabor extraño en la boca. El aire huele igual pero indudablemente no es el mismo.

@bartofg

@lectorbicefalo

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