Las piezas que sobran cuando desmontas algo y lo vuelves a montar

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El último deseo (Andrzej Sapkowski). Alamut, 2009. Rústica con solapas. 15,5 x 23 cm. 256 págs. Color. 18,95€

El análisis de la cultura se ha convertido en una actividad kamikaze, elementos como el canon occidental de Bloom están totalmente muertos sin haber podido llegar a la pubertad. Desde la llegada de la postmodernidad, la cual está soltando los últimos estertores sin que se le conozca heredero legítimo, nadie sabe muy bien que demonios está pasando con la cultura. No hablemos ya de los Estudios Culturales, más preocupados por el objeto cultural en sociedad que por la propia obra. Así que nos enfrentamos a dos opciones bien diferenciadas, o tratamos de organizar lo inorganizable, acotando y clasificando un mundo en el que cualquiera es un autor; o por contra bajamos los brazos y dejamos que la creación fluya libre, sin tener posibilidades muchas veces si quiera de realizar valoraciones válidas de los textos culturales. En cierto sentido, ha llegado la época de la anarquía, los grandes relatos se erosionan ante el viento del desierto y las nuevas corrientes funcionas más como bandas callejeras que como movimientos intelectuales reunidos en un café de Madrid o París. Estamos surfeando una nueva ola, pero en vez de tabla usamos un tiburón, así que más nos vale no caernos si no queremos terminar devorados.

Pero cuando llega un mundo nuevo hay que tener en cuenta dos aspectos, por un lado, hay que conocer lo que dejamos atrás, pues la creación nunca está aislada, ni de lo que nos rodea ni de lo que nos precede, así que la herencia genética de la cultura debe ser conocida y respetada. Pero claro, por el otro lado, si se quiere crear algo no queda más remedio que destruir lo viejo para obtener espacio. Este ejercicio de conocimiento y aniquilación puede parecer del todo esquizofrénico, pero nos lo encontramos a nuestro alrededor en cada momento. Aunque si hay una obra que recoge mejor que ninguna esta evolución-revolución es la saga literaria de Geralt de Rivia, del polaco Andrzej Sapkowski. Como no podía ser de otra forma, esta saga se ha expandido por todos los medios conocidos, desde la historia original, escrita en siete novelas, hasta una aclamada serie de videojuegos, cuya tercera parte está pendiente; sin olvidar películas, series de televisión y cómics. El protagonista, Geralt, es un brujo, una especie de mercenario especializado en la caza de monstruos, el cual es reconocible por su personalidad cínica y por encontrarse siempre en disputas épicas en un mundo de fantasía medieval.

Pero lo realmente importante es lo que Andrzej Sapkowski hace en las dos primeras novelas de la serie, las cuales son un compendio de relatos más o menos inconexos, frente a las cinco últimas entregas que presentan un trama seriada. Siendo, para ser realmente sinceros, lo más interesante el segundo volumen de la saga El último deseo, el cual cronológicamente es el primero. Esta obra se desmarca de cualquier construcción épica para casi entrar en el slice of life de un cazador de monstruos. Geralt no es un antihéroe en el sentido clásico, pues su cinismo es tan sincero que hasta cierto punto lo aleja del heroísmo, convirtiéndole en un personaje mezquino que vaga por el mundo resolviendo entuertos por dinero y luchando con toda su alma contra el destino épico que le ha sido deparado, principalmente por una fuerza superior o divina en la cual él no cree. Se podría decir que Geralt es el antipolaco, un libertario ateo enfrentado a un mundo donde la religión y el estado ejercen un poder casi absoluto en la población. Geralt no tiene problemas en asesinar para salvar a un amigo del mismo modo que es capaz de ignorar guerras entre diversas razas místicas sin importar las miles de muertes que se deriven del conflicto.

Aunque al margen de la personalidad de Geralt, el verdadero experimento postmoderno literario de Andrzej Sapkowski tiene lugar en las tramas que recorren El último deseo, pues el autor polaco realiza una labor de deconstrucción y reconstrucción de los grandes relatos infantiles y fantásticos de la cultura occidental. Al igual que Disney ha revisitado a los clásicos, para devolverlos con los ojos más grandes y más azúcar en las venas, Sapkowski juega con los diversos elementos, tensando las obras hasta crear clones bizarros que resaltan las carencias y necesidades de los textos base al mismo tiempo que los contextualiza en un mundo donde elementos como el honor o el amor poco tienen que ver con los ideales que se tenían durante la primera escritura de las obras.

Relatos como la reciente película Maléfica (Robert Stromberg, 2014) juegan a la reinterpretación total de una historia, muchas veces tratando de añadir realismo y coherencia a la historia. Un nuevo texto se presenta como los hechos reales en los que se basa la leyenda. Andrzej Sapkowski no tiene tiempo para eso, como bien se demuestra en El último deseo, su intención al trastocar relatos como La bella durmiente, Blancanieves o La bella y la bestia, no es añadir un grado de verosimilitud, sino evidenciar lo absurdo de esas historias en nuestras coordenadas vitales actuales. Todo con un testigo como Geralt, un cínico al que poco le preocupan los hombres o los monstruos, pues no son más que las dos caras de la misma moneda. Una moneda de madera cubierta de purpurina.

@bartofg

@lectorbicefalo

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