El vampiro contra el amor

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Vampir (Joann Sfar). Fulgencio Pimentel, 2013. Cartoné. 22 x 24 cm. 216 págs. Color. 25€

En cierto pasaje de su autobiografía, Mi último deseo, Luis Buñuel realiza una lúcida reflexión sobre lo que el amor ha representado para él en su vida. El cineasta termina tratando el tema exponiendo como en la actualidad ciertos autores han desmitificado el propio amor, reduciéndolo a un hecho cultural o social adquirido. Sin embargo, Buñuel termina su defensa del amor con una idea que no acepta críticas: “Yo protesto. No hemos sido víctimas de una ilusión. Aunque a algunos les resulte difícil de creer, hemos amado verdaderamente”. Sin duda no es el primer autor que define el amor como una prueba empírica de la propia existencia, como una evolución del famoso “pienso luego existo” de Descartes, pero no se puede negar que es uno de los que mejor defienden dicha postura sin caer en ningún sentimentalismo barato que en lugar de dignificar el amor lo convierte en un artefacto de consumo de plástico mal moldeado.

En este sentido, el amor debería presentarse siempre como un motor de la experiencia vital y no como un mero fin. El problema con muchas obras románticas es que presentan el amor como un fin, con lo que sus personajes pivotan alrededor de los propios sentimientos amorosos, los cuales terminan convirtiéndose en el centro de la propia trama, la cual fagocita cualquier elemento divergente. Poco importa que hablemos del amor casto de una monja, del descubrimiento sexual de un adolescente o de la recuperación de la esperanza por parte de un cínico; al final, todos terminan convirtiéndose en el mismo amante estándar, en el mismo estereotipo sentimental sin importar que den besos en la mejilla o aten a su compañero a la cama. Al final todos quedan reducidos al amante. Cuando precisamente las historias deberían recorrer el camino inverso, el amor debería despertar individualidades, abrir caminos en los que cada personaje pudiera desarrollar su única y exclusiva forma de amar.

Vampir de Joann Sfar es uno de los mejores cómics que he leído en mi vida, primero vamos a dejar eso claro. Ahora continuemos con la crítica. La historia del vampiro Fernand es precisamente eso, la creación y el desarrollo de un camino único y propio, todo gracias al amor. El vampiro ha sido desde siempre el monstruo más romántico, hasta el punto de volverse bastante difícil encontrar historias con chupasangres que no tengan una alta carga sentimental y erótica, desde el clásico Drácula de Bram Stoker hasta creaciones más cercanas como Crepúsculo, True Blood o American Vampire, en diverso grado se mata, algunas veces mucho, pero al final el vampiro de turno siempre termina enamorado, casi siempre de un ser humano a través del cual llega su ansiada redención. Afortunadamente, Fernand no ansía en lo más mínimo ser redimido, acepta su papel como vampiro, con sus ventajas e inconvenientes, pero en ningún momento decide descartar el amor como una opción, pues al final, como el propio vampiro reconoce, amar es lo único que le recuerda que está vivo dentro de su existencia inmortal que desgraciadamente tiende hacia el inmovilismo.

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Aunque el dibujo de Joann Sfar difícilmente podría catalogarse dentro de una corriente particular, no cabe duda de que gran parte del acabado gráfico de Vampir tiene mucha herencia del expresionismo alemán, movimiento que con su traspaso a Estados Unidos casi pasó a considerarse sinónimo de las historias de monstruos. Pero este acabado gráfico realiza un gran contraste con la historia y los personajes, alejándose del gótico más clásico. Pues lo mejor de Vampir es que toda su diatriba sobre el amor no se sustenta sobre el drama, ni muchísimo menos sobre el terror, ya que Joann Sfar hace transitar la trama por una comedia norteamericana clásica dignas de los mejores Wilder o Lubitsch. Es difícil no encontrar paralelismos entre Fernand y C.C. Baxter. Las relaciones de Fernand, tanto con su novia intermitente, la mandrágora Lio como con las diversas mujeres que se cruzan en su vida, desde Aspirina hasta Suspiro; están basadas en las intenciones y el azar en lugar de en la voluntad y el destino. Joann Sfar hace increíblemente reales las relaciones amorosas de un vampiro lituano hasta un punto en el que difícilmente no se reconozca ningún lector, tanto en sus victorias como en las derrotas y los combates que terminaron en tablas.

Esta Lituania mágica, aunque Fernand sea un declarado francófilo, se convierte en un fresco diario casi demasiado bien orquestado, algo que nunca podría verse como algo negativo, pues a medida que la historia avanza las diversas piezas se van ensamblando creando un cosmos tan cotidiano como vivo. Las relaciones entre los personajes, donde parece que todos los amigos de Fernand, desde el hombre árbol hasta el lunático de Michel Douffon, terminan relacionándose amorosamente, en menor o mayor grado, con todos los intereses amorosos del vampiro. Con lo que el resultado final es por un lado una historia simple fácil de disfrutar, pero con unas entrañas complejas que sustentan mucho más de lo que a simple vista se puede ver. Ahora sólo queda esperar a la publicación del segundo volumen de la obra, el cual cerrará la no existencia de Fernand.

@bartofg

@lectorbicefalo

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