La inexistente diferencia entre raro y diferente

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Extraños (Javier Sáez Castán). Sexto Piso Editorial, 2014. Rústica. 25,3 x 37 cm. 48 págs. Color. 24€

Todos somos diferentes para poder reconocernos entre iguales. Elementos tan cotidianos como las tribus urbanas no son más que un ejemplo de la muerte de la singularidad, ya que todo lo que se escapa de la norma vuelve a encontrar su camino dentro de una clasificación menor que en cierto sentido respeta en su totalidad al organigrama superior. Puede que en su origen los punkis o los heavys supusieran un mínimo enfrentamiento a todo lo establecido. Hoy en día ya no es así, y propuestas tan extremas como los neogóticos no sorprenden más allá de algunas señoras de pueblo que pueden extrañarse ante una apariencia tan extrema. Pero ten por seguro que el dependiente de El Corte Inglés o el conductor del autobús urbano no te va a dedicar más de una mirada de lástima o repulsa.

Lo extraño ha desaparecido totalmente del espectro social habitual, todo se diluye en la actualidad hasta el punto de que algo como mucho puede aspirar a ser excéntrico pero por seguro jamás romperá las estructuras mentales con las que explicamos nuestro mundo, pues las mismas son tan elásticas que casi cualquier realidad cabe dentro de las mismas. Ese gran horror cósmico del que hablaban Lovecraft y sus discípulos, conceptos tan abstractos que podían causar la locura, han muerto, pues en Youtube todo es posible. Así que es de agradecer la existencia de obras como Extraños de Javier Sáez Castán, un ejercicio que trata de recuperar lo raro, lo insólito, lo extraño en sí mismo, pero no a través de la creación de nuevos misterios, sino añadiendo nuevos niveles a relatos del siglo XX que prácticamente se han convertido en cuentos del día a día.

Así encontramos en Extraños tres historias: el ataque de una babosa gigante a Nueva York, la cual recuerda a las películas clásicas de serie B; los problemas de integración de un monstruo en un pequeño pueblo de Escocia, canto a la criptozoología; y la aventura de un monstruo clásico convertido en un padre de familia, americano pero obligado a salvar a Estados Unidos y el mundo. Como es lógico, estas historias se pueden enfocar dentro del cine de bajo presupuesto estadounidense más centrado en el terror y la ciencia-ficción, no por poco el maestro de ceremonias que enlaza las historias es el insigne Vincent Price. Pero el valor de lo realizado por Javier Sáez Castán no es revisitar estas historias, sino complicarlas, consiguiendo que algo extraño que se ha convertido en normal adquiera un nuevo nivel de complejidad que vuelve a lanzar la historia fuera de la lógica. En este sentido, el ejercicio se podría considerar como la segunda venida del misterio, primero lo aceptamos para después darnos cuenta de que esconde más de lo que pudiera parecer. En un mundo donde los hombres están acostumbrados a los monstruos gigantes, a las lombrices en paro y a los actores procedentes de otros planetas, se abre una nueva brecha que nos muestra como lo que pensábamos, esconde mucho más de lo que podía parecer a simple vista.

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La primera historia, Tan grande… ¡Tan rosa!, nos hace reflexionar sobre como todo está tan encasillado que incluso le pedimos a los monstruos que nos asusten de una forma determinada. En la trama, una gigantesca babosa ataca la ciudad de Nueva York, destrozando edificios y devorando a todos los neoyorquinos que se cruzan en su camino. Pero para nuestra sorpresa, los habitantes de la urbe no huyen despavoridos, sino que simplemente se limitan a reírse ante la bestia, a señalarla con el dedo entre carcajadas mientras son devorados. Todo debido a un elemento tan arbitrario como el color de la criatura, la cual es rosa. Algo que puede parecer anecdótico se vuelve del todo básico, ya que los habitantes de Nueva York no pueden asustarse de algo tan naïf como un monstruo rosa. Este juego con el color se repite en la segunda historia, El horror de Lonch Lambton, donde un gigantesco gusano de mortadela marrón vive deprimido entre los vecinos que le ignoran. Todo hasta que decide cambiar su aspecto y al volverse azul se convierte en una criatura monstruosa que obliga a llamar al ejército. La historia final, Luces de Sorax, también se vale del color para explicarse, aunque en este caso es un alienígena verde el que a pesar de ser diferente se adapta al crisol norteamericano, simplemente porque es útil a dicha sociedad, sociedad a la que termina amando tanto, incluida sus marcas, que no duda en acabar con sus congéneres antes de que pongan sus pies sobre la Tierra.

El juego con el color de Javier Sáez Castán en Extraños es sin duda un acierto, pues al final los monstruos, por muy desagradables que sean, se definen simplemente por su tonalidad, lo que los hace iguales o diferentes, es decir, extraños. El color no sólo hace que algo inofensivo sea terrible, sino que es capaz de eliminar la percepción de peligro de una amenaza. Todo esto, como es lógico, se encuentra incrustado en un universo de pura extrañeza donde el mundo es tan parecido al nuestro que podría ser un reflejo perfecto, aunque pequeñas notas disonantes, minúsculas, nos dejan un sabor extraño en la boca. El aire huele igual pero indudablemente no es el mismo.

@bartofg

@lectorbicefalo

Spain is Pain #188: Dos rupturas, dos.

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Caballos muertos permanecen a un lado de la carretera (Pedro Franz). Ediciones Valientes, 2014. Rústica. 13 x 18 cm. 16 págs. B/N. 3 €

Traducciones (Inés Estrada). Ediciones Valientes, 2014. Rústica con sobrecubierta. 14,8 x 21 cm. 48 págs. B/N. 6 €.

Hoy vamos a echarle un ojo a dos títulos Caballos muertos permanecen a un lado de la carretera de Pedro Franz y Traducciones de Inés Estrada.

Caballos muertos permanecen a un lado de la carretera de Pedro Franz es una historia sobre los recuerdos  que vienen impuestos por las situaciones actuales, en este caso por una ruptura matrimonial. Esa situación desencadena una serie de recuerdos que va de los gatos que ha habido en la vida del protagonista a Elegía Roja de Seichi Hayashi. Pero no es esta la única apropiación de textos que se incluye en este breve trabajo, también encontramos referencias a Le Mépris de J.L. Godard o a la canción de Luis Enríquez Bacalov Historia de una gata.

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Entre esas intersecciones que se deben a los recuerdos personales se cuela la historia del protagonista que debe, o se ve obligado, a explicar parte de su pasado a través de aquellos textos que forman parte de su crecimiento emocional. Creando una especie de juego de espejos en los que la realidad solo puede ser contada por la relación interpersonal entre la obra que se está contando, aquella a partir de la cual se explica y los motivos que impelen a explicar dicha historia. Un trabajo narrado con sencillez, a pesar de todo lo que pone en juego, y de gran profundidad dramática que viene marcada por la apuesta estética de Pedro Franz.

Por otro la Traducciones de Inés Estrada para explicarnos una historia en tiempo presente con unos cuantos ramalazos oníricos. La protagonista es Lucia una mujer que se dedica a traducir registros médicos, lo que al parecer es lo único que le mantiene a flote a todos los niveles, ya que vive en una especie de entropía física, en un piso más bien sucio y lleno de basura.

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Traducciones se pone en valor ciertos aspectos de la vida contemporánea, todo es como una especie de puesta en realidad de  la vida contemporánea. Lucía, vive su vida postergada en un espacio vital abyecto, pero cuando visitamos de su mano el resto de su mundo parece que todo es igual. Su forma de vida no responde a una forma de respuesta contra la sociedad; es la sociedad, al menos el nicho en el que ella vive que crea esos hábitats caóticos como una forma de definirse a sí mismos. La apuesta de Inés Estrada es abiertamente feísta que desemboca en una orgía onírica.

Ambos títulos reflejan el buen estado de forma de la historieta en Mexico y Brasil, y la apuesta de Ediciones Valientes por unos títulos abiertamente rupturistas y no vinculadas a las corrientes discursivas contemporáneas.

@MrMiquelpg

@lectorbicefalo

El apocalipsis ya llego

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Los señores del caos, El sangriento auge del metal satánico (Michael Moynihan y Didrik Søderlind) Es Pop Ediciones, 2013. Cartoné con sobrecubierta, 16,5 x 24 cm. 480 págs. 28€

A finales de la década de los ochenta salió a la venta uno de los libros que marcaría un antes y un después en lo que se refiere a investigación de las culturas extremas: Cultura del Apocalipsis de Adam Parfrey. Si bien aquí el término investigación más que referirse a la idea clásica de reportaje narrado en el que se da la palabra a unos testimonios para luego ir hilvanando cierto discurso aquí se diluye; la idea era totalmente diferente la labor de Adam Parfrey era más bien de editor. Este nos soltaba a bocajarro los testimonios, textos, manifiestos y todo tipo de parafernalia discursiva sin ningún tipo de pretexto, el libro supuso una conmoción. Como resultado la segunda edición se vio suavizada.

El valor de dicho libro sirvió para denominar a esa cultura de final de siglo predominada por una violencia anónima y domestica alejada de aquellos cánones en los que esta podía ser sectaria, marginal o derivada del consumo de algún tipo de estupefacientes. Aproximadamente diez años después de la aparición de dicho volumen llegaría a las librerías otro texto que no tardó en convertirse de culto: Los señores del caos. En este caso sí que nos encontramos con un texto de investigación periodístico en toda regla, alejado estilísticamente del de Parfrey, posiblemente también ideológicamente, pero coincidía en lo elemental: reflejar una de las facetas de esa cultura del apocalipsis que en aquel momento exploto en la cara de la sociedad bien pensante pero que a día de hoy forma parte del imaginario cotidiano.

La edición española nos llega un poco tarde, muchos la hubiésemos querido antes, aunque la espera ha merecido la pena por la cuidada edición llevada a cabo por Es Pop Ediciones. Pero también por otro triste motivo, para poder comprobar que esta cultura de los extremos nos ha arroyado, nos ha absorbido; la violencia se ha vuelto mainstream, quiero decir, la ultraviolencia se ha vuelto mainstream, para muestra dos ejemplos: alguien recuerda lo más o menos difícil que era conseguir pelis gore en los noventa y como eran tratados los seguidores de ese subgénero, sin embargo hoy día cualquier serie de televisión norteamericana tiene unas cotas de violencia explícita inimaginables hace ni tan siquiera un lustro; por otro lado está la prensa digital, incluso las cabeceras más respetadas, no dudan en poner video de muertes en directo grabadas por ciudadanos en la calle.

Sí, es una triste constatación de que aquello que se nos narra en Los señores del caos es solo parte de lo que en un pasado era marginal. Pero la distancia dada entre la edición original y la española dota al relato de cierto misticismo y encanto primitivo. Aunque no le guste el black metal se trata de uno de los mejores libros de investigación jamás escritos sobre un ámbito cultural contemporáneo. Los autores no se centran solo en lo anecdótico o lo escabroso, que fue mucho y muy crudo, sino en realizar un análisis pormenorizado de la situación social, política y antropológica de Noruega. De ahí que el libro descienda a los infiernos empezando por una historia del metal satánico de aquel más cervecero a aquel con un perfil ideológico marcadamente violento. Pasa por una descripción de los personajes claves del movimiento, porque ciertamente sí que tenían aspectos organizativos que los calificaban como tal.

Pero ¿porque se le da preminencia al análisis de la violencia en este texto? Básicamente fue el elemento propagador; el fuego, la sangre, la parafernalia violenta, y cierta confusión ideológica es la que hizo tan atractivo para aquellos seguidores de los primeros sonidos del metal noruego, como lo hace ahora para los lectores de las correrías de estos seguidores de satán. Lo violencia atávica ligada al instinto destruir para volver a reconstruir como los niños que destrozan la casa del Sr. Thomas en Los destructores de Graham Greene, destruyen solo por destruir, pero en el fondo lo contemplan como una posibilidad para reconstruir.

Los Señores del caos es un libro que visto con perspectiva cierra un periodo en el que aquello que considerábamos que estaba dentro de la cultura del apocalipsis era una amenaza, en la que podíamos consumir gore con cierta idea de placer culpable aun sabiendo que todo era mentira, en el que la nueva carne era todavía una filosofía transgresora. Pero hemos perdido distancia y también el miedo, el apocalipsis nos ha invadido; el gore no tiene ninguna valía y el porno amateur se ha cargado, literalmente, a la nueva carne. Desde el punto de vista estilístico el ejemplo perfecto de cómo llevar la investigación de un tema escabroso desde un punto de vista lo más objetivo posible. Una de mis lecturas favoritas de este año.

@MrMiquelpg

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Spain is pain #187: Aber wir Modernen.

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Las meninas (Santiago García y Javier Olivares) Astiberri, 2014. Cartoné 18,46 x 26 cm. Color 192 páginas.18 euros.

La obra de Velázquez es por definición inevitable, cuando uno estudia la historia del arte siempre hay artistas que van y vienen, otros que dependiendo de los teóricos y críticos que estén en boga en ese momento adquieren mayor o menor valor. Sin embargo, Velázquez es inevitable, ni sale ni entra, siempre está ahí y siempre estará ahí. Existe una línea muy clara entre el arte pictórico actual que nos lleva a través de Picasso, hacia Goya y de ahí a Velázquez. Velázquez como ese gran moderno que engloba todo lo que vino después.

El sevillano a pesar de ser el pintor de cámara de la casa real también fue el aposentador real,  uno de los muchos cargos que ocupo dentro de la casa del rey, labor que le ocupaba cada vez más tiempo. Encarnando no solo la idea del artista como profesión adquirida a través de la maestría sino a través de la vocación. Aunque Velázquez cobraba por su trabajo artístico sí que existía en esa dicotomía una rotunda afirmación: el artista lo es a pesar de no vivir de sus ingresos como tal, aunque sería lo deseable. Situación en la que están muchos artistas hoy día y si miramos al ámbito del cómic esta situación se acentúa todavía más.

De Velázquez conocemos su obra pero ¿qué sucede con él? La persona, el genio, aquel que a día de hoy es el más importante de los pintores españoles. Ese es el misterio que tratan de resolver Santiago García y Javier Olivares en Las meninas, saber quién era ese pintor que a día de hoy ha alcanzado el estatus de mito. Adoptando la forma de una puesta en abismo, o dicho de otra manera, a modo de cajas chinas; se nos narra una historia que contiene a otra pero que todas tienen como centro neurálgico a Las meninas, la que es sin ningún tipo de dudas su trabajo más reconocido tanto a nivel popular como por los entendidos en arte. Y es que la obra de García y Olivares copia en cierto sentido la estructura de un cuadro que encierra otros muchos, cuyo nivel de composición va más allá de la mera representación de los personajes que aparecen en escena.

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Siguiendo esas pautas la obra editada por Astiberri despliega una serie de recursos que no son capaces de dejar indiferente a nadie: en primer lugar el mencionado anteriormente, la centralidad temática de la obra del pintor y luego del pintor. A partir de ahí reverberan una serie de ecos que se reflejan en artistas posteriores como: Foucault, Dalí, Goya o Picasso. Que revelan no solo la importancia de la obra en cuestión sino la necesidad de poner en valor y de manifiesto los referentes muchísimo más allá de la mera copia u homenaje.

Pero los ecos no se disparan hacia el presente sino también hacia el pasado mostrando la grandeza del maestro, aprendiendo y recurriendo de artistas anteriores a él. A continuación le sigue otro tipo de dispersión narrativa, está en torno al pintor, su vida y las personas y personajes que le rodearon en todo momento. El mensaje está claro no se puede entender a una figura a la altura de Velázquez sin conocer su contexto, el genio nace del momento del que vive, no aislado ni elucubrando a espaldas del mundo. Todo, sin embargo, marcado con el inconfundible estilo de Javier Olivares, aunque es mucho mejor decir con los estilos de Javier Olivares, porque el artista madrileño es capaz de dotar a cada uno de los espacios temporales y temáticos de una personalidad propia con un cambio de estilo que se adapta perfectamente al registro elegido por Santiago García.

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Las meninas de Velázquez es una de las obras más importantes de la humanidad, la de Santiago García y Javier Olivares, va a ser como mínimo una de las más importantes del año porque aparte de lo desplegado narrativa y estéticamente confiere valor al cómic como transmisor de cultura, (no como cultura que ya lo es) y aunque sea un poco pretencioso, porque a veces hay que serlo, ponerse como uno de esos ecos que reverberan de la obra original, del texto primario, debiéndole todo y a la vez nada. Para mí el mejor trabajo de Santiago García como guionista y el más personal de Javier Olivares, las gotas de sudor que salen de Velázquez en las primeras páginas del libro no son otras que las del dibujante de esta obra.

@MrMiquelpg

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Las piezas que sobran cuando desmontas algo y lo vuelves a montar

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El último deseo (Andrzej Sapkowski). Alamut, 2009. Rústica con solapas. 15,5 x 23 cm. 256 págs. Color. 18,95€

El análisis de la cultura se ha convertido en una actividad kamikaze, elementos como el canon occidental de Bloom están totalmente muertos sin haber podido llegar a la pubertad. Desde la llegada de la postmodernidad, la cual está soltando los últimos estertores sin que se le conozca heredero legítimo, nadie sabe muy bien que demonios está pasando con la cultura. No hablemos ya de los Estudios Culturales, más preocupados por el objeto cultural en sociedad que por la propia obra. Así que nos enfrentamos a dos opciones bien diferenciadas, o tratamos de organizar lo inorganizable, acotando y clasificando un mundo en el que cualquiera es un autor; o por contra bajamos los brazos y dejamos que la creación fluya libre, sin tener posibilidades muchas veces si quiera de realizar valoraciones válidas de los textos culturales. En cierto sentido, ha llegado la época de la anarquía, los grandes relatos se erosionan ante el viento del desierto y las nuevas corrientes funcionas más como bandas callejeras que como movimientos intelectuales reunidos en un café de Madrid o París. Estamos surfeando una nueva ola, pero en vez de tabla usamos un tiburón, así que más nos vale no caernos si no queremos terminar devorados.

Pero cuando llega un mundo nuevo hay que tener en cuenta dos aspectos, por un lado, hay que conocer lo que dejamos atrás, pues la creación nunca está aislada, ni de lo que nos rodea ni de lo que nos precede, así que la herencia genética de la cultura debe ser conocida y respetada. Pero claro, por el otro lado, si se quiere crear algo no queda más remedio que destruir lo viejo para obtener espacio. Este ejercicio de conocimiento y aniquilación puede parecer del todo esquizofrénico, pero nos lo encontramos a nuestro alrededor en cada momento. Aunque si hay una obra que recoge mejor que ninguna esta evolución-revolución es la saga literaria de Geralt de Rivia, del polaco Andrzej Sapkowski. Como no podía ser de otra forma, esta saga se ha expandido por todos los medios conocidos, desde la historia original, escrita en siete novelas, hasta una aclamada serie de videojuegos, cuya tercera parte está pendiente; sin olvidar películas, series de televisión y cómics. El protagonista, Geralt, es un brujo, una especie de mercenario especializado en la caza de monstruos, el cual es reconocible por su personalidad cínica y por encontrarse siempre en disputas épicas en un mundo de fantasía medieval.

Pero lo realmente importante es lo que Andrzej Sapkowski hace en las dos primeras novelas de la serie, las cuales son un compendio de relatos más o menos inconexos, frente a las cinco últimas entregas que presentan un trama seriada. Siendo, para ser realmente sinceros, lo más interesante el segundo volumen de la saga El último deseo, el cual cronológicamente es el primero. Esta obra se desmarca de cualquier construcción épica para casi entrar en el slice of life de un cazador de monstruos. Geralt no es un antihéroe en el sentido clásico, pues su cinismo es tan sincero que hasta cierto punto lo aleja del heroísmo, convirtiéndole en un personaje mezquino que vaga por el mundo resolviendo entuertos por dinero y luchando con toda su alma contra el destino épico que le ha sido deparado, principalmente por una fuerza superior o divina en la cual él no cree. Se podría decir que Geralt es el antipolaco, un libertario ateo enfrentado a un mundo donde la religión y el estado ejercen un poder casi absoluto en la población. Geralt no tiene problemas en asesinar para salvar a un amigo del mismo modo que es capaz de ignorar guerras entre diversas razas místicas sin importar las miles de muertes que se deriven del conflicto.

Aunque al margen de la personalidad de Geralt, el verdadero experimento postmoderno literario de Andrzej Sapkowski tiene lugar en las tramas que recorren El último deseo, pues el autor polaco realiza una labor de deconstrucción y reconstrucción de los grandes relatos infantiles y fantásticos de la cultura occidental. Al igual que Disney ha revisitado a los clásicos, para devolverlos con los ojos más grandes y más azúcar en las venas, Sapkowski juega con los diversos elementos, tensando las obras hasta crear clones bizarros que resaltan las carencias y necesidades de los textos base al mismo tiempo que los contextualiza en un mundo donde elementos como el honor o el amor poco tienen que ver con los ideales que se tenían durante la primera escritura de las obras.

Relatos como la reciente película Maléfica (Robert Stromberg, 2014) juegan a la reinterpretación total de una historia, muchas veces tratando de añadir realismo y coherencia a la historia. Un nuevo texto se presenta como los hechos reales en los que se basa la leyenda. Andrzej Sapkowski no tiene tiempo para eso, como bien se demuestra en El último deseo, su intención al trastocar relatos como La bella durmiente, Blancanieves o La bella y la bestia, no es añadir un grado de verosimilitud, sino evidenciar lo absurdo de esas historias en nuestras coordenadas vitales actuales. Todo con un testigo como Geralt, un cínico al que poco le preocupan los hombres o los monstruos, pues no son más que las dos caras de la misma moneda. Una moneda de madera cubierta de purpurina.

@bartofg

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El vampiro contra el amor

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Vampir (Joann Sfar). Fulgencio Pimentel, 2013. Cartoné. 22 x 24 cm. 216 págs. Color. 25€

En cierto pasaje de su autobiografía, Mi último deseo, Luis Buñuel realiza una lúcida reflexión sobre lo que el amor ha representado para él en su vida. El cineasta termina tratando el tema exponiendo como en la actualidad ciertos autores han desmitificado el propio amor, reduciéndolo a un hecho cultural o social adquirido. Sin embargo, Buñuel termina su defensa del amor con una idea que no acepta críticas: “Yo protesto. No hemos sido víctimas de una ilusión. Aunque a algunos les resulte difícil de creer, hemos amado verdaderamente”. Sin duda no es el primer autor que define el amor como una prueba empírica de la propia existencia, como una evolución del famoso “pienso luego existo” de Descartes, pero no se puede negar que es uno de los que mejor defienden dicha postura sin caer en ningún sentimentalismo barato que en lugar de dignificar el amor lo convierte en un artefacto de consumo de plástico mal moldeado.

En este sentido, el amor debería presentarse siempre como un motor de la experiencia vital y no como un mero fin. El problema con muchas obras románticas es que presentan el amor como un fin, con lo que sus personajes pivotan alrededor de los propios sentimientos amorosos, los cuales terminan convirtiéndose en el centro de la propia trama, la cual fagocita cualquier elemento divergente. Poco importa que hablemos del amor casto de una monja, del descubrimiento sexual de un adolescente o de la recuperación de la esperanza por parte de un cínico; al final, todos terminan convirtiéndose en el mismo amante estándar, en el mismo estereotipo sentimental sin importar que den besos en la mejilla o aten a su compañero a la cama. Al final todos quedan reducidos al amante. Cuando precisamente las historias deberían recorrer el camino inverso, el amor debería despertar individualidades, abrir caminos en los que cada personaje pudiera desarrollar su única y exclusiva forma de amar.

Vampir de Joann Sfar es uno de los mejores cómics que he leído en mi vida, primero vamos a dejar eso claro. Ahora continuemos con la crítica. La historia del vampiro Fernand es precisamente eso, la creación y el desarrollo de un camino único y propio, todo gracias al amor. El vampiro ha sido desde siempre el monstruo más romántico, hasta el punto de volverse bastante difícil encontrar historias con chupasangres que no tengan una alta carga sentimental y erótica, desde el clásico Drácula de Bram Stoker hasta creaciones más cercanas como Crepúsculo, True Blood o American Vampire, en diverso grado se mata, algunas veces mucho, pero al final el vampiro de turno siempre termina enamorado, casi siempre de un ser humano a través del cual llega su ansiada redención. Afortunadamente, Fernand no ansía en lo más mínimo ser redimido, acepta su papel como vampiro, con sus ventajas e inconvenientes, pero en ningún momento decide descartar el amor como una opción, pues al final, como el propio vampiro reconoce, amar es lo único que le recuerda que está vivo dentro de su existencia inmortal que desgraciadamente tiende hacia el inmovilismo.

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Aunque el dibujo de Joann Sfar difícilmente podría catalogarse dentro de una corriente particular, no cabe duda de que gran parte del acabado gráfico de Vampir tiene mucha herencia del expresionismo alemán, movimiento que con su traspaso a Estados Unidos casi pasó a considerarse sinónimo de las historias de monstruos. Pero este acabado gráfico realiza un gran contraste con la historia y los personajes, alejándose del gótico más clásico. Pues lo mejor de Vampir es que toda su diatriba sobre el amor no se sustenta sobre el drama, ni muchísimo menos sobre el terror, ya que Joann Sfar hace transitar la trama por una comedia norteamericana clásica dignas de los mejores Wilder o Lubitsch. Es difícil no encontrar paralelismos entre Fernand y C.C. Baxter. Las relaciones de Fernand, tanto con su novia intermitente, la mandrágora Lio como con las diversas mujeres que se cruzan en su vida, desde Aspirina hasta Suspiro; están basadas en las intenciones y el azar en lugar de en la voluntad y el destino. Joann Sfar hace increíblemente reales las relaciones amorosas de un vampiro lituano hasta un punto en el que difícilmente no se reconozca ningún lector, tanto en sus victorias como en las derrotas y los combates que terminaron en tablas.

Esta Lituania mágica, aunque Fernand sea un declarado francófilo, se convierte en un fresco diario casi demasiado bien orquestado, algo que nunca podría verse como algo negativo, pues a medida que la historia avanza las diversas piezas se van ensamblando creando un cosmos tan cotidiano como vivo. Las relaciones entre los personajes, donde parece que todos los amigos de Fernand, desde el hombre árbol hasta el lunático de Michel Douffon, terminan relacionándose amorosamente, en menor o mayor grado, con todos los intereses amorosos del vampiro. Con lo que el resultado final es por un lado una historia simple fácil de disfrutar, pero con unas entrañas complejas que sustentan mucho más de lo que a simple vista se puede ver. Ahora sólo queda esperar a la publicación del segundo volumen de la obra, el cual cerrará la no existencia de Fernand.

@bartofg

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Spain is Pain #186: Reacción y acción.

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Orgullo y satisfacción nº 1 (VVAA). Orgullo y satisfacción SL (2014). Cómic digital (PDF/CBR). Color. 103 págs. 1,5 € (como mínimo)

Podría decirse que vivimos, en los social, un periodo bastante estándar en el que el statu quo se mantiene de manera, porque no decirlo, bastante insana. Con esa idea de trasfondo se nos vende, en cierta manera, a través de diferentes aspectos que todo ha cambiado, se nos invita a percibir una evolución continua y revolucionaria; pero a cada pequeño paso que damos lejos de distanciarnos de ese centro gravitatorio de la mediocridad que se nos propone, nos acerca más todavía.

Si nos remitimos al ámbito de la política la cosa es todavía peor, nos movemos en la misma órbita que hace cuarenta años por lo que cualquier propuesta política “innovadora” antes o después deberá gravitar en torno a unos ecosistemas estructuralmente viciados. Ha tenido que llegar una crisis desintegradora, social y económicamente hablando para darnos cuenta de que las funciones de los políticos en este país se reducen básicamente a dos: timar y protegerse a ellos mismos, independientemente del signo político al que estén aglutinado, ya no digo al signo político que defienden porque todos sabemos que no es así.

Dentro de esa comodidad ideológica promovida por el establishment la idea de lo crítico hacia las estructuras estatales ha quedado a lo largo de las décadas completamente diluida, al menos a un nivel mainstream. Los blogs, la nueva escena de publicaciones de izquierdas han supuesto un buen acicate político pero con poca repercusión al menos a nivel social y político. Todo hasta la llegada de Mongolia, la revista satírica que como retranca final reserva las diez últimas páginas a informes reales sobre los quehaceres de la clase dominante.

Pero ¿y qué pasaba con El Jueves? Sé que a día de hoy con todo lo acontecido es muy fácil cargar con la revista satírica de referencia en este país, la última superviviente de la larga tradición de revistas dedicadas a la crítica social. El jueves está ahí sin más con poca posibilidad de reacción, me refiero a la revista como un ente. En cierta manera ya se nos había instalado en la cabeza la idea de que la publicación en cuestión era un ente que acogía a una serie de autores que más o menos comulgaban con la revista en cuestión, como un todo. Hasta que un día de junio un tipo decide jubilarse y dejarle su puesto de trabajo a su hijo, si hubiese sido un campesino, un pescadero o un zapatero, no hubiera pasado absolutamente nada. Sin embargo, el tipo en cuestión era el rey (en minúscula a propósito) de España, fue uno de esos momentos que los astrólogos denominan conjunción de astros, sin embargo; en este caso fue de la prensa y los medios generalistas, todos a una sin un resquicio de duda sin quiebra cantaban las alabanzas del viejo monarca y loas al nuevo (algo más o menos parecido a lo que hemos visto estos días con respecto a la muerte de Botín).

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Bueno, una quiebra si, realmente una doble quiebra, la famosa portada de El Jueves y la dimisión en masa de muchos de los autores más representativos de la cabecera. Tras todo eso como reacción nace Orgullo y satisfacción donde los autores que han abandonado la revista dan su muy especial bienvenida al nuevo monarca. Un trabajo que nace de una rabia premeditada y que descubre a la gran mayoría de los lectores de El Jueves que la revista en cuestión no es un ente aglutinador. Las renuncias de los autores a través de Twitter, Facebook o los blogs personales los personaliza nos hacen sentir la impotencia de la situación y su condiciones de trabajadores del medio. De ahí nacía ese especial de la publicación digital.

Si esa fue la reacción, la publicación del primer número regular de Orgullo y satisfacción nace de la acción premeditada de crear una publicación con un serio espíritu crítico en la que los autores solo tienen que rendir cuenta con ellos mismos. Seguramente no sea la primera iniciativa de este tipo, solo hay que recordar Tio Vivo, pero en este caso la particularidad de la situación social y económica del país, de la notoriedad de los autores que componen la plantilla de esta cabecera, y de una clara y sana voluntad de tocar los huevos. Sobre todo esto último.

Pero me quedan un par de dudas ¿habrá trasvase de lectores de El Jueves a Orgullo y satisfacción? ¿El lector objetivo es él mismo? Tras la lectura del último número, que en realidad es el número uno, me da la sensación de que hay diferencias en el trato de las temáticas que podría hacer que no hubiera cierto trasvase, pero que buscando un tipo de lector nuevo no se quiera perder a los antiguos lectores. También el formato digital es un buen acicate para ese tipo de usuario de tabletas que busca centralizar todos sus usos culturales en ese soporte. En definitiva, Orgullo y satisfacción es una necesaria reacción al mainstream informativo, esperemos que con el tiempo no se acomoden.

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