Tu pequeño vecino yokai

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Kitaro (Shigeru Mizuki). Astiberri, 2010. Rustica. 17 x 24 cm. 224 págs. B/N. 18€

Sí a lo largo de su historia Occidente se ha caracterizado por algo ha sido por el fuerte carácter maniqueísta de sus creencias, no dejando lugar en ningún término para los tonos grises: la luz más radiante como fuente de todo lo bueno y las sombras, ya ni siquiera la oscuridad absoluta, como refugio de todo lo impuro y perverso. Esto ha provocado que la mitología se divida radicalmente en entes positivos y negativos, y aunque durante la Europa pagana y grecolatina había espacio para lo sobrenatural burlón, la hegemonía judeocristiana acabó con cualquier matiz. Todo lo bueno estaba directamente relacionado con Dios, la luz, ya fuera el propio Padre Supremo, su hijo, los ángeles o los santos. Todo lo demás, ya fuera una criatura puramente infernal o un monstruo pagano, debía ser por entero maligno. En el centro teocrático, en la Iglesia, habitaba la luz, todo lo demás era territorio del maligno y las fuerzas del mal, ya habláramos de Lucifer, un trasgo o un lobisome.

Por su parte, Oriente ha vivido una evolución que poco tiene que ver, manteniendo el mundo sobrenatural, lo mágico en un terreno de grises que juegan sin problemas con los arquetipos de la moral, permitiéndose que los buenos no sean tan buenos y que los malos tengan cierto alivio. En el caso de Japón esta situación es especialmente notable, ya que aunque el budismo encontró cobijo en las tierras niponas, sus gentes no han abandonado nunca el sintoísmo, creencia que otorga carácter casi divino a casi cualquier cosa, desde un río o montaña hasta un simple árbol o un animal. Son característicos los llamados yokais, criaturas monstruosas o fantasmales que viven en el mismo plano que los seres humanos pero sin rendir cuentas al cielo o al infierno, así podemos encontrar tanto yokais que ayudan a los viajeros perdidos como yokais que no tienen reparos en entrar en una casa para devorar a bebés recién nacidos.

Actualmente no es difícil encontrar continuas referencias al sintoísmo y a los yokais en la producción cultural que nos llega de Japón, pero siempre es de agradecer contar con obras más clásicas, como Kitaro de Shigeru Mizuki, una obra central para entender el concepto de lo mágico en Japón. La obra de Shigeru Mizuki es difícil de comprender fuera de la óptica humanística del autor, un veterano de la Segunda Guerra Mundial que perdió su brazo izquierdo durante un bombardeo para después posiblemente convertirse en el mejor mangaka de terror de la historia, sin dejar de lado otras obras como una biografía sobre Adolf Hitler. Un hombre que habló de los mayores monstruos, tanto reales como irreales, pero sin olvidar jamás el respeto por la vida. Quizás por eso el protagonista de Kitaro, quien da nombre a la obra, es el último hijo de una estirpe de monstruos japoneses, un paria que viaja por todo el país tratando de conseguir algo de paz entre los seres sobrenaturales y los humanos que han conquistado sus territorios.

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Desde el comienzo, Mizuki juega con una delicada difuminación entre monstruos y humanos, desde la propia gestación y primeros años de Kitaro, quién queda al cuidado de un trabajador japonés. Así que no es raro que a lo largo de la historia no sólo se mezclen aviones con templos milenarios o mafiosos yakuzas con viajes al infierno; todo sin despertar demasiadas dudas entre los japoneses que habitan la obra, que presencian a los yokais como un peligro más, sin sobrecogerse por su carga sobrenatural. En cierto modo, Kitaro podría entenderse como la antítesis del terror cósmico, ya que las criaturas no son aterradoras por sus capacidades más allá de la lógica, lo son simplemente por su peligro real. Asistimos a una especie de realismo mágico en el que el Japón de los años sesenta del pasado siglo está habitado sin mayores problemas por espíritus de todas las clases.

Shigeru Mizuki desarrolla una obra que vista hoy podría ser considerada como un Suehiro Maruo edulcorado, ya que la perversión del autor actual se ve reemplazada con ternura. El mal existe en el universo de Kitaro, pero no es una fuerza indestructible que lo infecta todo, es un mal palpable que puede ser combatido y vencido, incluso sin recurrir a la fuerza. Buscando paralelismo, hay cierto matiz Disney en la obra, pues todos los problemas se solucionan mediante el ingenio de un pequeño monstruo siempre al servicio de los más necesitados. Aunque quizás todo esto no sea más que una lectura occidental de una obra netamente oriental, la cual trata de encorsetar una forma de ver la vida dentro de unas estructuras que le son del todo ajeno. En todo caso, ya sea por el gusto de disfrutar de la obra de Shigeru Mizuki por el placer de dejarse llevar por la mitología yokai, o simplemente por hacer arqueología del manga, Kitaro es un cómic a tener siempre presente.

@bartofg

@lectorbicefalo

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