Autopsia del ser amado

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Don’t go where I can’t follow (Anders Nilsen). Drawn & Quarterly, 2012. Cartoné. 17 x 21 cm. 96 págs. Color. 19,95 $

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The End (Anders Nilsen). Fantagraphics, 2013. Cartoné. 19,5  x 26,5 cm. 80 págs. Color. 19,99 $

Arthur C. Clarke defendía que el ser humano había sufrido dos evoluciones igual de trascendentales: la primera la biológica, con la cual el propio cuerpo se convertía en la base de la humanidad; la segunda la instrumental, cuando a través de la creación de herramientas el hombre daba un salto expandiéndose más allá de sus limitaciones fisiológicas. En cierto sentido, a nivel social y afectivo hemos sufrido un proceso parejo, pues mientras un cerebro superior nos daba un potencial cognitivo, no ha sido hasta después que hemos sobrepasado sus límites creando códigos y procesos que más allá de la sinapsis nos hacen humanos.  Sólo desde que nuestros ancestros comenzaron a enterrar a sus muertos, únicamente desde que el amor romántico suplanto a la pura necesidad de reproducción, sólo entonces, nos convertimos en personas. Evidentemente, creando un mundo mucho más complejo de habitar, haciendo que vivir sea la más intrincada ceremonia del té del cosmos.

Pero al margen de esferas sociales e intimas, aún seguimos siendo un animal desprovisto de defensas naturales, criaturas desnudas en mitad del bosque, llenas de barro e incapaces de gestionar todo lo que nos pasa por el cerebro y el corazón. Esto puede llegar a provocar auténticos colapsos existenciales cuando un individuo se enfrenta a situaciones más allá de la razón y el entendimiento. A finales del año 2005 murió Cheryl Weaver, una diminuta unidad dentro de la grotesca estadística de los fallecidos por cáncer. Cheryl tenía menos de 30 años y estaba planeando su boda con Anders Nilsen, quizás uno de los mejores autores de cómic del panorama internacional y en aquel momento alguien que no pudo lidiar con la muerte de su prometida. Sin embargo, o como consecuencia, Anders Nilsen plasmó su experiencia, la perdida del ser amado, en dos obras capitales que desentrañan los misterios del amor cuando es sesgado sin el más mínimo aviso. El primero de ellos fue Don’t go where I can’t follow, un cuaderno de viajes al centro de una relación romántica; el volumen fue seguido tiempo después por The end, un ensayo teórico sobre el mismo acontecimiento.

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Anders Nilsen explica al final de Don’t go where I can’t follow que nunca pretendió que la obra se publicara para el gran público, ya que se había concebido como un regalo para amigos y familiares cercanos, como un último recordatorio de Cheryl y lo que había significado para él. Afortunadamente para los lectores, voyeurs del alma humana, Anders Nilsen aprobó una reimpresión para que todo el mundo fuera partícipe de su viaje. Sí hablamos de la obra, no deberíamos catalogarla como un cómic, pues entre sus páginas se mezclan una carta manuscrita de Anders a su hermana, muchas fotografías y postales enviadas entre ambos junto a algunas páginas llenas de dibujos y notas. El autor se convierte en un explorador que se encuentra con una odisea jamás deseada, pasando de ser un novio enamorado más, al guardián de una llama que se apaga sin ninguna esperanza de cambio. Ante este panorama podría ser sencillo caer en el sentimentalismo más obvio, pues una mera sinópsis de la historia ablandaría hasta el corazón más duro, pero para fortuna del lector, Anders Nilsen presenta la historia de una forma mucho más pura y desnuda, huyendo de cualquier recurso fácil para ganarse la empatía del lector. Don’t go where I can’t follow no busca que sintamos lástima en ningún momento ni de la chica que muere de cáncer ni de su novio que queda atrás, en su lugar se nos presentan unos hechos sólidos como rocas, un recordatorio de lo hermoso, triste y absurdo que puede ser el amor y su pérdida.

Pero no es hasta The end cuando Anders Nilsen eleva la apuesta hasta quebrar cualquier límite entre una obra autobiográfica y un ensayo teórico. En Don’t go where I can’t follow, los cimientos de la obra son las vivencias y recuerdos del autor, con lo que la experiencia lectora se convierte en un ejercicio de identificación, todos hemos amado y hemos perdido. En The end ya no se busca ningún lugar común con el lector, Anders Nilsen abandona cualquier coordenada reconocible para hablar única y exclusivamente de sí mismo, consiguiendo que la subjetividad absoluta se convierta en metafísica. Mientras que la obra anterior podría entenderse como un ejercicio de arte terapéutico, The end es una inmolación creativa en la que Anders Nilsen, muchas veces a través de algo que sólo podría considerarse locura, alcanza unos niveles de genialidad descarnada.

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En Don’t go where I can’t follow se dan muchas concesiones, especialmente a Cheryl y su recuerdo, algo lógico si conocemos la génesis de la obra. Por su parte, The end no guarda absolutamente nada en la recámara, Anders Nilsen se entrega sin miedo a la hoja en blanco, desarrollando una exposición sin filtro. Absolutamente todos tenemos pensamientos que jamás compartiríamos con nadie, principalmente por el miedo al efecto que podrían provocar; esto parece no importar al autor, quién de forma totalmente desinteresada expone su cerebro, corazón y alma ante el lector. The end funciona a tantos niveles, consiguiendo mezclarlos todos, que es imposible separar un único hilo de la tela de araña, desde el guión hasta la narrativa visual o el dibujo de Anders Nilsen, todo crea un capullo en el que habita un loco, parecido a todos los locos que habitan dentro de nosotros, con la diferencia que el de Anders además de tener que bregar con la locura de la propia existencia, debe superar la desaparición de su compañera. La lectura de este díptico es obligatoria no sólo para cualquier amante del medio, sino para cualquier persona cuyo día a día consista en algo más que dormir, comer, cagar y follar. Una obra tremendamente triste pero al mismo tiempo con un poso de esperanza y unas dosis tanto de belleza como de lucidez difíciles de encontrar.

@bartofg

@lectorbicefalo

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