Spain is pain #328: Rabia e dor.

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Cuaderno de tormentas. Crónicas de los deambulares por Ciudad Espanto (David Rubín). Astiberri, 2018. Cartoné, 128 págs. Color, 15 €.

Revisando la obra de cualquier autor de forma retrospectiva uno puede encontrar trabajos que constituyen el final de un ciclo o el principio de otro. Para cerrar las primeras estas deben de tener todos aquellos elementos que han aparecido anteriormente en los títulos anteriores, en el caso del cómic estamos hablando de las formas de narrar, la composición de las parrillas de viñetas, colores o aquellas referencias que se utilizan de otros autores o de otros medios. En cambio, las que inician nuevo ciclo rompen con todo lo anterior y se caracterizan por una búsqueda, todavía no definitiva, de estilemas propios que definan ese nuevo periodo.

En el caso de David Rubín estaríamos hablando de dos obras muy concretas, por un lado, el título que nos ocupa hoy, Cuaderno de tormentas es la que cierra un bloque estilístico. Por el otro están los dos volúmenes de El Héroe con los que el autor gallego inicia una andadura visualmente más pop, posiblemente más rabiosa y con unos relatos que giran en torno a conceptos sociales más que personales. Pero el David Rubín de 2008 no es el de 2018, el reconocimiento no le había llegado, o más bien si, la primera vez que se publicó esta obra hace una década le valió la nominación al mejor dibujante en el Saló del Cómic de Barcelona y por La tetería del oso malayo (2006) recibió el premio al autor revelación en el Saló del Cómic de Barcelona en 2007, a partir de aquí es cuando empieza un ascenso meteórico que le convierte en uno de los valores más seguros del cómic patrio.

Pero ¿Por qué Cuadernos de tormenta es tan importante? Creo que en primer lugar porque es una obra de final de ciclo que viene a cerrar de manera conceptual el universo temático y estético iniciado con El circo del desaliento (2005) y La tetería del oso malayo (2006). Un mundo con un tono surrealista y a veces abstracto en el que las reglas del juego cambian a medida que el protagonista avanza, cabe recordar que el índice de este volumen es el tablero de un juego de mesa. En segundo lugar, está una estructura capitular, muy marcada en los dos títulos anteriores, y más diluida en este trabajo y que también encontramos en El Héroe. Esta estructura permite jugar mejor con las elipsis intercalar interludios para darle profundidad al gran soliloquio que es este trabajo y leer mejor la vinculación entre los espacios mostrados y la voluntad del Narrador, el protagonista. Eso nos lleva a otro elemento que marca la referencialidad de esta obra, el texto en primera persona. Es difícil separar la voz del Narrador de la del propio autor un Rubín buscando la inspiración en los recovecos de su mente. Una mente poblada de seres fantásticos provenientes de los clásicos de la literatura y el cómic, pero sobre todo de demonios personales. Los referentes culturales pop forman parte de este ecosistema cultural entre ellos Tintín o de la mitología grecorromana como el Minotauro. De ahí surge otra característica que marca un punto y seguido con el resto de la obra de Rubín, la rabia. Una rabia, en este caso, volcada sobre sí mismo para exorcizar y enfrentarse a sus fantasmas. En sus siguientes obras la rabia se volcará contra otros como sucede en Gran Hotel Abismo. Y en último lugar lo que hace de esta obra única y que marca el fin de un periodo es la oscuridad, seguramente la obra más oscura de este autor. La penumbra marca el camino del Narrador sin mucha esperanza de encontrar la claridad, solo enfrentándose a sí mismo podrá ser consciente de su realidad personal.

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Ciudad Espanto es otro de los ítems que marcan un elemento diferenciador dentro de la obra de Rubín. La ciudad como una representación de la psique, es enrevesada, compleja, incomprensible y fuera de toda lógica. La único en lo que podemos confiar es en la inseguridad del protagonista que no dejan de ser otra cosa que los cimientos sobre los que se asientan la ciudad.

Cuaderno de tormentas es, ante todo, y a pesar del tiempo pasado, una de las obras capitales del cómic español contemporáneo y a partir de la cual podemos observar la evolución de un de los autores más notables de esta generación. Pero es una obra dura en la que David Rubín nos muestra su vertiente más literaria, y  al igual que su dibujo es prodigo en el detalle con la palabra intenta clavar un puñal en la retina del lector, cada palabra es elegida para profundizar en la oscuridad del relato. Pero lo mejor de todo es que después de una década la obra sigue teniendo la frescura y el punch de cuando fue publicada por primera vez. Es decir, un must have imprescindible en cualquier biblioteca que se precie.

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Clásico de clásicos

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Billy Avellanas (Tony Millionaire) La Cúpula, 2018. Rústica, 112 págs. B/N, 15,50 €

La idea de la obra clásica consiste en un texto que a pesar del paso de los tiempo sigue abrumando a la humanidad, ya sea porque su contemplación o lectura sigue maravillando a la humanidad hasta el punto de ser un referente cultural. También se puede considerar como aquella obra que sigue siendo citada, homenajeada o parodiada en el devenir de la humanidad. Eso mismo se puede aplicar al término nuevo clásico o clásico instantáneo como aquellas obras más recientes que tienen una serie de valores estéticos y discursivos asimilados a los clásicos eternos que se fijan en nuestras retinas. Umberto Eco, en Casablanca o el renacimiento de los dioses (1975) apuntaba a una serie de valores que apuntaban a que se debería considerar un texto de culto, que en muchas ocasiones puede servir para acotar la obra clásica. Estos son: que la obra este amueblada, que sea desmontable y que sea una cita de citas.

Para el cómic que comento hoy me quedo con lo último. El planteamiento de Tony Millionaire en Billy Avellanas sigue ese precepto bajo un seudónimo que podríamos denominar como “clásico de clásicos”. Esta doble acepción, rimbombante por un lado y reiterativa por otro, recoge cierta idea del juego que plantea el autor. Por un lado está el cómic, la obra original de Millionaire, desarrollando un relato que ante todo se mueve por ciertas tendencias del relato infantil escabroso del s. XIX y principios del XX sin beber de los principios del gótico pop al que estamos tan abonados a día de hoy. La idea del cuento es la de un ser creado, en este caso, por ratones, y no por humanos, a partir de deshechos encontrados en la basura para combatir a la mujer que intenta matarlos. De ese espíritu vengativo este ser hereda su carácter, capaz de sentir afecto, pero que básicamente se mueve por el rencor que siente por el mundo que le rodea, por lo que es capaz de reconocer el cariño que una persona manifiesta por el o simplemente darle una paliza sino le gusta su aspecto o su actitud.

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Por ahora hemos hablado del “clásico” que por formulación discurre por los mismos senderos que las narrativas a las cuales podemos darle ese apelativo. Ahora falta el “de clásicos”, ahí retomamos la tercera condición de Eco: una cita de citas. Partiendo de un estilo gráfico más vinculado con relatos del pasado cercano a la ilustración que hace algo más que acompañar al texto; y siguiendo con las citas dentro de este que se constituye como elementos vehiculares en forma de lugares comunes de la narración. Las más evidentes son Pinocho o Pedro Melenas, hasta ciertas influencias del Eduardo Manostijeras de Tim Burton mezcladas con ciertos estilemas de Winsor McCay. O recursos cíclicos en la narración como son la ballena, el Arca de Noé, animales parlantes o niños sabiondos. Eso son los clásicos que no tienen que ser siempre referentes completos sino esos elementos desmontables, recurrentes y constantes que se pueden ver reflejados en diferentes obras pero siempre con el peso del significado que ha tomado a lo largo del tiempo.

Así pues, Billy Avellanas es un libro muy agradecido y valiente llegando a cierta truculencia olvidada en el pasado para el relato infantil. Porque el relato de Tony Millionaire juega a eso, a ser un clásico utilizando todos los elementos que narrativas pasadas le han otorgado y que el autor estadounidense ha sabido administrar muy bien en un relato con personalidad pero ligado a la conciencia cultural colectiva, al menos para los que pertenecemos a cierta generación. El volumen es rico en esa idea de citar pero no se pierde en la referencia eterna. Más bien constituye un homenaje que en realidad esconde un discurso muy personal que destaca por lo persuasivo del mismo. Una joyita que uno no se cansa de releer.

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Espadas vs. Lasers

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El Rey Araña ( Josh Vann y Simone D’Armini). Grafito Editorial, 2017. Rústica, 112 pags. Color, 16€

Alguna vez se ha hablado en el blog de la importancia de los géneros narrativos, su vuelta y su consolidación en la actualidad como una de las bases más importantes de la ficción contemporánea. Con la vuelta de esas formas literarias, en su gran mayoría, recubiertas de una pureza en torno a los rasgos que definen a cada uno de estos géneros surgen las variantes, casi tan antiguas como los géneros principales. Los subgéneros buscan, sobre todo, ahondar e investigar en los detalles más pequeños de las narrativas principales. De toda esa focalización surgen subgéneros temáticos  centrados en estereotipos históricos, gran parte de ellos centrados en la aventura pero con vertientes que se desvían hacia otros géneros; de manera que el western, los relatos de piratas, de exploradores o vikingos quedan expuestos a nuevas/viejas narrativas.

Los vikingos, el tema que nos ocupa en esta entrada, han sido uno de los grandes resucitados en esta revisión de los antiguos estereotipos, desde series de televisión, documentales, novelas que se entremezclan con otros géneros o reescrituras de antiguas leyendas los han puesto en una posición más que interesante. En El Rey Araña de Josh Vann y Simone D’Armini nos encontramos en una transposición de géneros que mezcla la épica y el honor vikingo con el relato de seres de otros planetas. Es decir, tecnologías primigenias de guerra, de formas de vida social y de economía basada en el saqueo con seres de otros planetas que intentan por un lado invadirlo y por otro salvarlo.

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La venganza conforma el estrato base del relato, el hijo de un rey muerto ha de vengar su asesinato intentando matar a la mano ejecutora de su padre. Esta vendetta que dura años se convierte en una miniodisea en la que estos vikingos que basan, quizás, su estrategia más en la fuerza que en el pensamiento estratégico se ve interrumpida por la caída de dos naves alienígenas en la tierra; en una va un ser malvado que trata de destruir el planeta asimilando a cualquier ser humano que se le aparezca, en la otra va un tripulante de un planeta invadido por el primero. Pero dicha asimilación se lleva a la inversa con la avanzada tecnología bélica de los extraterrestres por parte de los vikingos, convirtiendo el relato en toda una experiencia.

El Rey Araña es ante todo un libro pensado para un tipo de lector clásico que conoce los referentes culturales vinculados a las dos narrativas presentadas en este volumen. Los autores no se entretienen en explicar y replicar ideas sobre las sagas nórdicas o los lugares comunes de las historias de invasión alienígena. El espacio de esta obra se dispone como un tablero de juego para ver hasta qué punto puede llegar esa situación explosiva, la de dos sociedades muy distantes en lo tecnológico. Por supuesto podemos pensar en otros tipos de público, aquel que se haya enganchado recientemente a los textos que se inspiran en la cultura vikinga, que no son pocos. Pero el rasgo principal, y en eso la obra no pierde pulso, es que se trata de un trabajo que busca aplicar las claves del relato de crecimiento personajes personal en el entorno de la aventura clásica.

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Spain is pain #327: el mundo de la mente

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Las voces y el laberinto (Alfredo Borés y Ricard Ruiz Garzón). Sapristi cómic, 2017. Rústica, 112 págs. Color, 14,90€

El cómic patrio contemporáneo no es muy dado a adaptar a viñetas relatos de otros medios. Podemos pensar que no es tanto por que no haya obras literarias, por ejemplo, que estén a la altura de ser adaptadas, que sean excesivamente complejas en el proceso de traslación o que estén pensadas para pertenecer a un medio concreto y sea muy difícil adaptarlas. La cuestión puede que sea que el lector de cómics, por lo general, desea leer títulos que estén pensados para ser directamente trasladados a la viñeta, tanto aquellos que se amparan bajo obras de concepción más clásica a aquellas experimentales. En todo caso la adaptación necesita una sensibilidad especial para no decepcionar a los lectores de la obra original.

Este es el caso de Las voces y el laberinto de Alfredo Borés, una adaptación/inspiración de la obra Las voces del laberinto de Ricard Ruiz Garzón. En este caso parece que ambas obras se conjugan en favor de un concepto de expansión. No se trata de una adaptación pura y dura que respeta todos y cada uno de los rasgos del texto original, sino que adopta estos para crear una obra propia; capaz de coger esos elementos y jugar con ello para convertir en un relato que parece pensado desde un primer momento para este medio. En ese sentido el trabajo de Borés es notable, sucede en muchas ocasiones que, en esa acomodación, muchas veces realizada a través de la reducción, se sustraen demasiados elementos hasta hacerla a veces incomprensible. En esta obra en cuestión no sucede hace suya el dicho la parte por el todo. Todo aquello que es necesario para entender la obra en su complejidad está presente, ni se pretende que se sobreentienda ni se suponga.

Por otro lado, lo que hace realmente interesante a Las voces y el laberinto es el tema, un recorrido por los recovecos de la mente y de las patologías asociadas a esta. Lo más importante creo que es el tono que el autor aporta nivel estético. Todo aquello que se relaciona con la locura suele imaginarse visualmente como un espacio de rotura con la realidad a través de lo escabroso. Borés opta por mostrar a los monstruos interiores de manera sutil suave sin imágenes macabras ni planteamientos surrealistas. En ese aspecto adquiere mucho peso los escenarios urbanos, definiendo la realidad como un espacio en el que, a pesar de cada uno de los síntomas de los personajes, estos tocan con los pies en el suelo, son conscientes de sus problemas y de la compleja situación en la que están sus familias.

Lo que más destaca de este trabajo es su vertiente pedagógica y de concienciación social lo que lo hace un título muy adecuado para su lectura entre los más jóvenes. De ahí surgen cuestiones como la forma de narración, sencilla y efectiva pero no maniquea. No cae en cuestiones de denuncia social, pero si de una toma de realidad, no hay ni buenos ni malos sino de perspectiva. El laberinto se muestra como el espacio interior de cada uno de nosotros y las voces aquello que no guía, el libro nos explica que pasa cuando esas voces no nos indican la dirección correcta, están son impostadas y buscan confundir. Todo constituye un trabajo interesante, con unos recursos visuales muy interesantes capaz de transmitir toda la angustia que sienten las personas que padecen dichas enfermedades.

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Jughead (Chip Zdarsky y Erica Henderson) / Betty & Verónica (Adam Hughes)

Jughead –Vol. 1 (Chip Zdarsky y Erica Henderson). Norma Editorial, 2017. Color, 19,95€

Betty y Verónica (Adam Hughes). Norma Editorial, 2018. Color, 16,50 €

En la entrada dedicada a los dos primeros volúmenes recopilatorios de la nueva serie de Archie se habló del concepto de mitoarco de ese motivo que mueve una narración de manera infinita sin que este se queme. El trio sentimental compuesto por Archie, Betty y Verónica, ha sido el eje central de un universo mitológico basado en la nostalgia de unos Estados Unidos de América caracterizados por el american Way of life. Por supuesto a lo largo de las más de siete décadas en las que este personaje que encarna universo narrativo en sí mismo se ha explotado esa narrativa indefinidamente diferida, nada acaba de solucionarse y la aparición de nuevos personajes que merecen ser explotados  narrativa y económicamente ha sido una constante.

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Hoy nos ocupamos de dicha explotación narrativa de tres de los personajes centrales. El primero que nos ocupa es Jughead, el mejor amigo de Archie, aunque posiblemente sería mejor decir el mejor amigo de sí mismo. El Jughead de la serie clásica era un tipo preocupado solo por comer hamburguesas, algo que mantiene esta reescritura, y con ciertos toques misóginos con un completo despreció por el sexo opuesto, que en esta nueva serie se ha reconvertido en un tipo ciertamente asexuado. Ya no entramos en la descripción de este en la reciente serie televisiva en la que aparece como un chico amargado que quiere apartarse de la sociedad. El nuevo Jughead de la mano de Chip Zdarsky es un tipo divertido, imaginativo, pero igual de vago y hambriento que en sus orígenes al cual se le ha dotado de cierto toque friki para hacerlo más digerible para las nuevas generaciones. El toque dado por el guionista es realmente divertido y ameno, siguiendo en cada entrega una estructura dividido entre mundo real y ficcional del personaje donde existen citas continuas a series de televisión contemporáneas como Juego de Tronos o cómics de superhéroes. En este primer volumen el leitmotiv es la llegada de un nuevo director al instituto que impone unas duras normas a los alumnos y el mayor perjudicado es nuestro protagonista.

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Si bien Jughead es un título más que recomendable Betty y Verónica no es más que una mera explotación de la mano de Adam Hughes, autor especialista en dibujar mujeres muy atractivas y ciertamente neumáticas. Aquí la idea es otra explorar a estos personajes femeninos recreados en este nuevo universo para un nuevo tipo de lector y alejándolo de los estereotipos femeninos del siglo pasado. Aquí el juego pasa por una charada planeada por ambas para intentar evitar que se cierre Pop’s, su restaurante favorito, por enésima vez. Este hecho recurrente en el universo clásico reaparece aquí como un evento que ayuda a introducir una narrativa más bien débil pero que explota muy bien el carácter de estos personajes femeninos, sobre todo el de Verónica, recuperando su carácter altivo, aunque no sea por mucho tiempo.

Se trata de dos cómics destinados al entretenimiento puro y duro destinados a los fans del universo Archie. Son dos tebeos pensados para ser disfrutados de la manera más simple y esencial recuperando la idea de estos como un producto cultural de masas reconocido y reconocible por todo el mundo y del que no hay que atarse a una cronología preestablecida e inquebrantable. Lo dicho, solo para aquellos que quieran divertir con algo sencillo pero muy efectivo.

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Spain is Pain #326: Hard Sci-Fi

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Pulse Enter para continuar (Ana Galvañ). Apa-Apa Cómics, 2018. Cartoné, 96 págs. Color, 19 €

Con la resurrección de los géneros principalmente el negro, casi el único que puede hacer de sí mismo un género narrativo transversal bordeando el costumbrismo por su posibilidad de la transposición localista. El terror por su lado también ha encontrado su lugar en este nuevo resurgimiento, junto con la ciencia ficción, ambos, géneros que debido a la globalización tiene cada vez menos rasgos regionales optando por cierta estandarización. En el caso de la CiFi dicha estandarización del discurso contextual y visual pasa por cierta visión del mundo futuro, aunque sea de pasado mañana, un ejemplo de ello es la serie de ficción Black Mirror, con unos parámetros discursivos y visuales comprensibles para una chica que vive en el centro de Tokyo como para una persona de la tercera edad que viva en mitad Alpujarra Granadina.

A pesar de lo conocido del último ejemplo es también una muestra que el hacer un texto para todo el mundo también tiene su parte negativa, se pierde el misticismo del discurso, ya no futurista sino de ciencia ficción, aquel que utiliza la parábola del mañana para hablar de la esencia del hombre. Las series antológicas de Rod Serling son el mejor ejemplo de ese tipo de narrativas, que aun guardando cierto discurso moral no dejaban de lado cierto cripticismo en torno al relato. Es decir, cierta oscuridad de lo inexplicable que tiene mucho que ver con lo que Umberto Eco denominaba como obra abierta en la que el lector/espectador tiene que cerrar el trabajo a través de su propio conocimiento personal ya aplicando un código para entender la obra ya sea en el hegemónico-dominante o en el opuesto.

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Lo que nos ofrece Ana Galvañ en su último trabajo, Pulse Enter para continuar, es precisamente eso un relato oscuro y críptico de la mejor ciencia ficción en la línea en la que trabajaba un genio como Rod Serling. Un relato que no opera sobre los tópicos del género, o más bien alejándose de ellos, evitando cierta tendencia al Techno-babbling, a los cronotopos meramente futuristas o a las lecciones morales que incluso a los que tienden muchos narradores del este tipo de trabajos. Dejando todo eso de lado si se busca una representación referencial de los espacios que proporciona a la obra cierta ubicuidad espacial, buscar situaciones fácilmente reconocibles que permiten a la autora profundizar en la estética del volumen. Desde el planteamiento estructural de la página alejado de la plantilla convencional, el uso de colores poco habituales en los cómics convencionales, básicamente fosforescentes y eléctrico; el trazo de la figura humana y la descripción de los espacios a través de una perspectiva rectilínea nos ayudan a reforzar esa idea de extrañeza que viene representada a la perfección en la relación figura y fondo.

Los relatos que componen esta antología son esencialmente jodidos; la sensación de desasosiego viene producida no solo por las decisiones estéticas tomadas por la autora sino porque lo que nos ofrece el momento clave de un relato que desconocemos. Aun así nos da las pistas justas para poder indagar en lo que sería la historia general que rodea dicho microrrelato. Ana Galvañ nos ofrece lo que posiblemente, o al menos a mí me lo parece, uno de sus mejores trabajos demostrando que innovar en el noveno arte es posible, abordando cierta abstracción conceptual sin dejar de lado una narratividad mínima que permite la lectura contextual de lo planteado. Si el año pasado Nuevas estructuras de Begoña García-Alén fue una de las claves para entender 2017 y las nuevas sendas del cómic español contemporáneo, Pulse Enter para continuar de Ana Galvañ sigue por el mismo camino. No dejen de disfrutarlo.

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Life is like a big black dick

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Saint Cole (Noah van Sciver). La Cúpula, 2018. Rústica, 116 págs. B/N, 13,50€

El inicio de Trainspotting (Danny Boyle, 1996) y El Club de la lucha (David Fincher, 1999) marcaban ante todo una crítica a la vida preestablecida y planificada de la sociedad occidental del último siglo. Estudiar, sacarse una carrera, buscar un buen trabajo, encontrar pareja, comprar un piso, casarse, tener descendencia y pudrirse delante del televisor viendo cientos de programas estúpidos que bordan un discurso a medio camino entre la alarma social y el divertimento efímero con ciertas ínfulas intelectuales. Ese sería cierta forma de éxito de la añorada por muchos clase media. La fórmula, si es que se le puede denominar como tal puede ser pervertida hasta la saciedad hasta convertirse en un mantra que ocupe todo un espectro social incluso para aquellos que realmente saben que eso no funciona y que no es nada más que eso una forma de anestesia.

Joe, el protagonista de Saint Cole, es, hablando en plata, un puto desgraciado. Vive en un apartamentucho con su pareja con la que ha tenido un hijo no deseado, la madre de esta se ha encajado a vivir con ellos, él trabaja en una pizzería todas las horas que puede y encima tiene problemas con el alcohol. Evidentemente es la otra cara del sueño de la clase media, pero una cara mucho más jodida y por desgracia mucho más común. La vida tal y como se le plantea a este tipo no tiene mucha solución solo seguir para adelante a pesar de la mierda en la que vive. Todo apunta que la única solución es que la tierra se trague sus problemas, literalmente.

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Joe encarna a un nuevo Leopold Bloom en una barriada suburbial de cualquier ciudad estadounidense, en este caso el descenso a los infiernos es inevitable. La vida de este tipo, que porta una perilla a modo de recuerdo de los tiempos de una juventud pretendidamente eternizada e idealizada, es un rechazo constante a su situación cotidiana, bebe antes, durante y después del trabajo como un modo de aguantar eso que se denomina familia nuclear, la suya autoimpuestas y las ajenas, las que tiene que soportar en el restaurante. La familia deconstruida de Joe no es más que esa parte del pastel de la clase media que el solo desea en parte pero que no puede deshacerse de ella al menos no en cuerpo, pero si en alma.

Mr. Chapman, personaje interpretado por el grandísimo humorista Ignatius Farray, tiene una frase que define a la perfección la obra de Van Sciver: “Life is like a big blag dick”. Cuanto más problemática se pone la situación esa polla es todavía más gorda, y Joe no sabe por dónde se la va a meter sabiendo que antes o después va a tener que tragársela. El principal problema de Joe es que no sabe cuándo debe frenar ni cuando cuando bebe, ni cuando le propone sexo a una compañera de trabajo menor o cuando va hasta las trancas de meta y se acuesta con su suegra. Todo un desbarajuste cómico y a la vez que dramático que viene muy bien acompañado de un dibujo sucio y turbio, tanto como la situación, la mente y la forma de actuar de Joe. Solo me resta decir que el estreno de Noah Van Sciver por estos lares va a ser recordado mucho tiempo por la capacidad del autor de elaborar un discurso agrio en el que el mayor triunfo del personaje es ser un deshecho humano.

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