Weird adolescence

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The End of the Fucking World (Charles Forsman). Sapristi, 2018. Rústica, 178 págs. B/N, 15,90€

Adolescencias turbias, oscuras, anormales o aquellas alejadas de la idea de ir creciendo dentro de una sociedad, enamorarse, estudiar, trabajar y preparar la entrada a la universidad. Son adolescencias que no necesariamente tienen que ser contraculturales o en la que los jóvenes a través de su actitud cuestionan todo lo que les rodea. Hay adolescentes que sienten cierto vacío emocional durante ese periodo de su vida que reconducen a través de la violencia hacia a otros o hacia ellos mismos. Historias como Natural Born Killers o Badlands nos hablan de ese desencuentro entre el desencanto y la falsa normalidad que se construyen como relatos de reafirmación social.

En The End of the Fucking World se pone de manifiesto la falta de empatía del mundo hacia las personas, de cómo los disfraces que construimos para ser socialmente aceptables son tan falsos como la sociedad que los tolera. Los protagonistas no necesitan ninguna justificación que les permita actuar como desean, el instinto sale a primer plano de su personalidad para poder llevar a cabo su road movie personal. No se trata de una adolescencia premeditadamente construida por ellos mismos, en su propio pasado y en su propia salud mental y emocional.

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El enfoque del autor pasar por evitar cualquier tipo de aderezo narrativo ni exquisitez gráfica, remitiéndose a lo esencial valiéndose del discurso directo. También deja de lado cualquier tipo de función aséptica que muchos narradores utilizan en obras en las que la violencia tiene un peso importante. Lo esencial del relato pasa por contar aquello que les sucede a los protagonistas y que es realmente importante para ellos a la vez que influye directamente en el relato. Para ello se sirve de James y Alyssa, dos adolescentes que intentan buscar o tener una meta en la vida, el busca el cariño de otra persona, pero como una forma de entender que el es capaz de mostrar afecto esta. Por su lado ella, quizás en el mismo plano sentimental trata de encontrar a su padre. Con esa perspectiva se encuentran y deciden emprender una relación, que no se puede aplicar el termino romántico y posiblemente más el de simbiótico a nivel afectivo.

 Charles Forsman es capaz de captar esa idea de adolescencia de urgencias con las necesidades a flor de piel, dejando de vivir la vida como si fuera un instante y que las acciones que se emprenden tienen todo tipo consecuencias. Eso no implica coherencia en los hechos, pero si en la causa efecto. De manera que los asesinatos y tropelías que comenten tienen sus secuelas, y ellos son conscientes de ellos, la huida es estéril, y el viaje interior lo sufren en sus propias carnes. En definitiva, relato crudo sobre la otra adolescencia basada estéticamente en una simplicidad visual devastadora, en unos diálogos breves y una capacidad inconmensurable del autor de narrar con lo mínimo.

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El arte sin alma no es arte

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El jugador de ajedrez (David Sala). Astiberri, 2018. Cartoné, 128 págs. Color, 21€

Voy a empezar con una evidencia: el mundo está dando un viraje hacía lo tecnológico. Matizo, exclusivamente hacia lo tecnológico. La tecnología por la tecnología se ha convertido en el motor que va a mover nuestro planeta a lo largo del siglo XXI. Las nuevas tecnologías no están creadas para solucionar problemas del día a día sino para solucionar y complementar tecnologías. Eso nos remite a una situación en que todos los nuevos inventos que han tenido lugar desde el advenimiento de Internet vienen a rellenar huecos que la misma tecnología ha creado. Dicho de otra manera, tecnologías no sociales y descontextualizadas con respecto a lo humano.

La tecnología por la tecnología, sin contexto, sin nexo de unión con lo eterno humano pierde sentido. Lo mismo sucede con las personas que aprenden a realizar una actividad de manera mecánica, aplicando la técnica por delante del intelecto. La actividad por cuestión pierde alma. Lo mecánico entendido como racional nos lleva una sociedad que solo busca soluciones pretendidamente lógicas en la que lo emocional pierde terreno y todas las decisiones se someten a lo supuestamente necesario. Theodor Adorno lo resumió a la perfección este viraje social: “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie” donde la lógica se aplicó en extremo bajo un prisma perverso, seguramente el más perverso de la historia.

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David Sala en su adaptación del relato del último texto escrito por Stefan Zweig plasma gráficamente esa idea de los procesos mentales para el desarrollo de una actividad desde dos vertientes: por un lado, el del reputado campeón de ajedrez que ha jugado con grandes rivales con los que ha demostrado su imbatibilidad con rivales de todo el mundo. Es reconocido por su maestría, pero también por ser un jugador voraz y cruel, pero detrás de su discurso como jugador no existe nada, es un hombre sin cultura. El juego aprendido, sabe desarrollarlo, pero tan solo es ejecutado. Por su lado el otro jugador no sabe jugar ha memorizado las jugadas de un libro mientras esperaba a ser interrogado por los nazis. El ajedrez supuso para el no una forma de expresarse sino una obsesión escapista de la tortura psicológica. La práctica ajedrecista no es para ninguno de los dos un arte sino una manera de mostrar su personalidad o sus traumas.

El trabajo de David Sala excede de la mera adaptación entra en la psique del segundo jugador, en su obsesión eso se plasma en el desglose de caras que el autor muestra del personaje. Esto nos hace avanzar en la trama a otro nivel, no son un simple flashback narrativo que intenta aclarar el pasado. Las circunstancias del personaje no pasan solo por la mostración de las caras la interacción del personaje del espacio interior, aquel del pasado, y el exterior, el transatlántico en el que se desarrolla la narrativa principal. Este último constituye un microcosmos de la sociedad elitista del momento, millonarios, nobleza venida a menos, intelectuales y clase media rampante se mezclan con aquellos que huyen del horror que ha tenido lugar en la Europa central. El jugador de ajedrez plasma dos escenarios de narración, primero la convencional la acción que se desarrolla en el relato y segundo el intelectual donde el relato adquiere una conexión directa con el pasado común que esa ficción tiene con los lectores. Resumiendo, un libro en apariencia fácil pero complejo, en el que vemos como las artes sin contexto, sin alma, sin un intelecto detrás no son nada.

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Spain is Pain #331: Into the Night I See…

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The Black Holes (Borja González) Reservoir Books, 2018. Cartoné, 120 págs. Color, 16,90 €

En su obra anterior, La reina Orquídea, Borja González empezaba a experimentar con las resonancias entre espacio y tiempo presente y pasado en una misma línea narrativa. Todo con algunas influencias de ciertos aspectos provenientes del relato gótico de la sociedad inglesa del siglo XIX. En esa obra, espacio, tiempo y personajes conformaban una triada en la que una obra pictórica constituía una puerta entre lo real del universo ficcional. En este trabajo era un cuadro el que provocaba una evocación en la protagonista que le permitía adentrarse en otro, pero con las limitaciones espaciales de la obra pictórica.

The Black Holes es una continuación sobre algunas de las temáticas iniciadas en La reina Orquídea. En primer lugar, nos encontramos con dos mundos, o dos momentos históricos conectados por textos y momentos. en este caso letras musicales, y para acabar un universo poblado por mujeres. Dos mundos, pasado y presente, 1856 y 2016. En el primero nos encontramos con una definición de la femineidad que ya encontramos en la obra de Jane Austen en el que el valor de las mujeres es igual al de las habilidades aprendidas: coser, tocar algún instrumento, escribir, etc. una visión constreñida del ser humano que hace que aquellas que quieran salirse de la línea marcada sean o reconducidas o expulsadas de esa estructura. Teresa es una de esas mujeres que tienen la necesidad de tener una voz propia a partir de esas cosas que ha aprendido para ser una “mujer de provecho” para el sistema. Su pasión es escribir relatos góticos. Por otro lado, Gloria, Laura y Cristina, tres adolescentes que intentan formar un grupo punk a partir de los extraños textos que escribe una de ellas.

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La música y el halito de libertad conectaran a estas mujeres, y un momento concreto del día: la noche. La hora de las brujas como un espacio incierto que nos permite acceder a otras dimensiones o percibir aquello que no se puede ver a simple vista. La oscuridad amparada con la luna y un pequeño lago. En semiótica la noche pertenece a la mujer y las aguas nocturnas emanan algo de malignidad, pero también dan lugar a encuentros ajenos a la realidad. Es en ese espacio en mitad de la noche donde se produce un intercambio que cambiará la vida de estas. Todas las mujeres que aparecen en el relato buscan sus sitios, pero resulta ser que ninguna está donde cree que tiene que estar. Por su lado Teresa puede dejar volar su imaginación y Laura puede ir disfrazada de aquello que desea ser. Dicha combinación hace que ellas se conjuguen en ese paradigma de tiempo y espacio.

The Black Holes es un descubrimiento para el gran público, pero su labor como contador de historias de Borja González se remonta ya a unos cuantos años, desde la época de la editorial Los ninjas polacos a la de El verano del cohete siendo en esta última donde se publica la anteriormente mencionada La reina Orquídea. Es ahí donde empieza a cristalizar un tipo de narrativa permanente que trasciende del hecho de la lectura. El juego entre periodos históricos diferentes, roles eternos y el papel importante de la cultura en sus obras buscan una gran puesta en abismo que convierte la lectura en experiencia. The Black Holes tiene partes iguales de ciencia ficción y de lo gótico, de clasicismo narrativo y experimentación y en lo estético, al igual que en obras precedentes, un sentido de la puesta en escena hipnótico que contrapone cierto barroquismo del pasado con líneas más sencillas lo cual hace de la lectura toda una experiencia. A pesar de que todavía quedan unos cuantos meses para que se cierre el año estamos ante una, sino la, de las obras de 2018 y posiblemente una de las más interesantes de finales de esta década.

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New Girl in Town

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Madre Pánico (Jody Houser, Shawn Crystal y Tommy Lee Edwards). ECC, 2018. Rústica, 176 págs. Color,  15,95€.

La introducción de un personaje nuevo en un universo tan consolidado como el del Caballero Oscuro de Gotham, suele ser algo complicado. Grosso modo podríamos establecer tres grandes líneas de introducción de personajes: la primera sería la de incluir un nuevo villano de turno que le complica la vida al vigilante en un arco argumental completo y que luego ira apareciendo regularmente; la segunda es darle protagonismo a un personaje que aparece en tercer plano de manera regular y se decide llevarlo a un primer plano; y la última puede ser un personaje que ha tenido una relación tangencial con un héroe o un villano, en forma de rescatado o víctima, y empieza a tomar forma cuando es recuperado.

Es poco habitual que entren personajes con una personalidad fuerte y estable que vienen de la nada o que anteriormente no tengan ningún tipo de vínculo con el universo en cuestión. El caso de Madre Pánico, publicada en el sello Young Animal de la editorial americana, es una apuesta fuerte por parte de DC para la introducción de un personaje complejo en universo conformado completamente. Tan solo falta ubicar a la nueva heroína dentro de un entorno reconocible, en este caso Gotham, y hacer aparecer unos personajes que vinculen los dos elementos anteriores, aquí son Batman y Batwoman, que tienen apariciones esporádicas.

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El resto corre a cargo de Jody Houser, la creación de un nuevo contexto dentro del Gotam de siempre, nuevos villanos y, lo que es más importante, adaptar a los personajes al siglo XXI. En cierta manera Madre Pánico es un personaje totalmente opuesto Batman. Bruce Wayne sigue siendo bastante estanco en su representación soltero de oro, aunque en su alter ego nocturno haya tenido unos cuantos giros hacia la oscuridad mucho más interesante. Los villanos que aparecen son más deudores de la tradición pulp que de los nuevos tiempos. Por su lado Violet Paige es una celebrity contemporánea, es una mujer joven, controvertida, perseguida por la prensa rosa, bisexual y no tiene miedo a enfrentarse a aquellos que la atacan en su vida social. Madre Pánico surge como una extensión del personaje, desaparece la bipolaridad Wayne/Batman la relación personaje/heroína es mucho más directa.

Lo bueno de Madre Pánico es que no es una más de esas explotaciones de universo que no tienen mucho sentido y que solo buscan saturar el mercado. El trabajo de Houser pasa por escuchar a la sociedad del momento y crear una superheroina a la medida de nuestra sociedad para un público mucho más joven. De camino replantea algunas cuestiones de género y de autocuestionamiento sobre la heroicidad en nuestros tiempos. Lo interesante va a ser ver la evolución del personaje y de los villanos a los que tiene que va a tener que combatir en el futuro. Gran parte de este volumen consiste no solo en presentarla a ella sino a ellos, y quizás ese sea el punto más flojo de este título, se centra demasiado en el relato de orígenes, explica demasiado e insinúa poco. Es decir, todo demasiado cerrado, aunque eso forma parte, también de la actualización del relato, los nuevos lectores buscan obras mucho más contenidas que expansivas. A pesar de todo, Madre Pánico es un soplo de aire fresco dentro del universo de Batman, una mirada que hasta cierto punto es necesaria para poder airear Gotham.

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Spain is Pain #330: Nuevas normalidades.

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La furgo (Martín Tognola y Ramon Pardina). La Cúpula, 2018. Rústica, 178 págs. Bitóno, 16,50€

Es un hecho que la sociedad, desde las clases más altas a las más bajas, ha asumido por completo no el capitalismo sino un ultracapitalismo del que no se escapan ni los progres de antaño ni las nuevas izquierdas. Un sistema basado en la posesión y acumulación de bienes materiales. Al capitalismo le da igual si se adquieren por vías legales, alegales o ilegales, ese es el verdadero discurso de la transmodernidad, poseer por encima de todo. Algo que las nuevas generaciones tienen asumido desde que son tiernos infantes. Sin embargo, ese bien al que todo el mundo tendría que tener acceso se ha convertido en un bien alejado de las posibilidades de muchos ciudadanos. La vivienda no es solo un bien especulativo sino un cronotopo que nos define a partir del momento en que empezamos a volcarnos en él.

Los problemas de acceso a una casa han provocado que la precariedad laboral y en los usos y costumbres hayan pasado a primer plano. Dando lugar a que cada vez más gente se salga de esa normalidad preestablecida que viene acompañada de un trabajo estable, unas relaciones sociales sistemáticas y un mundo regulado por los espacios de ocio que le permite lo laboral. Pero cuando somos expulsado de esa normalidad canónica empezamos a descubrir que hay algo más allá de ese confort esclavista que nos encarcela en el día a día. Ese nuevo territorio son las nuevas normalidades, gente que sobrevive como puede, que duerme donde encuentra un lugar para ello y que, en definitiva, se hace su vida como puede ya sea en solitario o creando una nueva familia a partir de amistades que van surgiendo.

Oso, el protagonista de La furgo, es un personaje paradigmático de la situación que vivimos en este país desde hace una década, y por lo que uno puede aventurar tras la lectura de algunos periódicos internacionales, también en muchos países occidentales. Oso está divorciado, es padre de una niña, no tiene un trabajo regular y ni tan siquiera tiene un techo bajo el que dormir, a excepción del vehículo que da título a este volumen. Pero esa furgoneta cumple muchas funciones no solo la de un hogar, sino que se convierte en su centro de trabajo, un lugar en el que enamorarse, hacer fiestas, convertirlo en un lugar de juegos para su hija y, por último, cumple la función básica para el que fue construida, desplazarse. Un vehículo ubicuo que cumple en base a las necesidades del protagonista.

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De paso los autores nos muestran otra cara de una Barcelona descrita siempre como amable pero que empezó a perder ese rostro tras el documental Ciutat Morta. Aquí se hace en dos pasajes; uno, cuando Oso, acompañado de un amigo, se dedica a hacer rutas turísticas low cost para turistas desorientados a los cuales les hace un tour sui generis por los lugares emblemáticos de la ciudad, y una segunda vez cuando en esa ruta se muestra las partes más desfavorecidas de la ciudad con la misma narración que cuando están visitando los monumentos tradicionales. Esa es la cara de esa otra normalidad a la que poco a poco nos hemos ido acostumbrando, a la de ir sobreviviendo sin mucho apego a lo material, no por haber alcanzado un estado zen sino por el nivel de desposesión a la que el sistema nos somete.

La furgo, es un cómic que en principio puede pasar muy desapercibido, aunque no debería de hacerlo, no tiene héroes, ni tan solo un discurso moral sobre el triunfo basado en la adquisición de bienes. Oso vive cada día con una especie de rutina no reglada, no espera convertirse en un triunfador, sino en llevar su propia vida, ni el amor ni la posibilidad de un trabajo estable suponen una salida real.. Sin embargo, Martín Tognola y Ramon Pardina se alejan del discurso moral, pero no dejan de lado el mensaje, la caída de la sociedad del bienestar empezó hace mucho tiempo, tanto, que hemos tardado mucho en darnos cuenta llegando a un punto en el que la solución no pasa por lo individual sino por lo colectivo.

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Spain is Pain #329: por una idea de aventura

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¡A la aventura! (Alexis Nolla). Apa-Apa Cómics, 2018. Cartoné, 128 págs. Color, 20€

La llamada a la aventura es el requisito único e imprescindible para emprender el camino por espacio inhóspitos y desconocidos. En si no hace falta nada más que eso ni planear el recorrido, ni tener muy claro las coordenadas hacia las que nos dirigimos. Lo realmente importante es decidir la senda por la cual vamos a iniciar a caminar e ir resolviendo problemas a medida que aparecen. Esta ruta narrativa viene iniciada por H. Rider Haggard y su seminal Las minas del Rey Salomón. En esta, Allan Quatermain, un cazador blanco en el África negra que en cada una de sus aventuras toma más valor la preparación del viaje y el recorrido que en llegar a su destino. El recorrido adquiere un valor muy concreto, el del crecimiento personal, el aprendizaje sobre el entorno y la relación que se establece entre lo humano y lo salvaje.

Precisamente de ese tránsito entre la importancia de la misión bajo la cual los personajes se echan a la aventura y el perderse en el viaje, en sí mismo, tratan los tres relatos que componen ¡A la aventura! de Alexis Nolla. Las tres historias están protagonizadas por personajes que parecen no muy preocupados por llegar a su meta tanto como por sobrevivir y de manera indirecta conocerse a sí mismos a través de sus errores. El polo sur, Escondite y La isla del diablo, previamente publicadas en grapa, son una trilogía que profundiza en los avatares de la aventura propiamente dicha con rasgos que nos recuerdan a Joseph Conrad y más concretamente a su obra El corazón de las tinieblas, en la que un marinero llamado Charlie Marlow emprende un viaje fluvial por el Congo Belga en busca de Kurtz, un jefe de una explotación de marfil. Esta obra es un ejemplo de la importancia del trayecto por encima del final del recorrido, el protagonista a lo largo de su camino reimagina el espacio que recorre a través de un ejercicio de abstracción a la ve que perfila un retrato psicológico de Kurtz a través de los poco que le cuentan de él.

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En El polo sur un grupo de exploradores británicos en busca del polo sur geográfico, pero la gesta se ve eclipsada por otra expedición de origen noruego, que se encuentran en un segundo plano narrativo. En este caso el relato gira en torno a la estrategia de planificación de la exploración y el carácter aséptico con el que se relacionan los personajes, cada uno de ellos con sus propias expectativas y en las que cada uno de ellos espera, por encima de todo, sobrevivir. Algunos se resignarán a una muerte dolorosa y otros simplemente seguirán adelante todo lo que puedan buscando las bases donde han ido dejando provisiones. Por su lado La isla del diablo parte del precepto principal de llamada a la aventura, un padre reúne a sus dos hijos para que le acompañen en la búsqueda de una isla de la cual desconocen si existe de verdad. Este viaje se inicia con una leyenda que ha ido pasando de padres a hijos. Pero en este caso el cabeza de familia parece tener muy claro de que llegar a puerto no es lo más importante: administra tareas banales a sus hijos como seleccionar la música, dibuja un mapa al cual le quema los bordes para hacerlo parecer más viejo y el padre en cuestión se pasa todo el día leyendo. La aventura en sí misma es un viaje que no tiene mucho más sentido que el autoconocimiento personal de estos tres personajes. En Escondite se amparan una serie de relatos cortos en torno al concepto que da título a este segmento ya sea desde un lugar físico donde refugiarse y ocultarse hasta una narración abordada desde lo conceptual. En Lo natural un grupo de animales antropomorfos conviven con unos monstruos en un santuario de la naturaleza con sus propias reglas y sin renunciar a su propio instinto, aquel que lo traicione podrá perder la vida; Escondite funciona de una manera más figurativa refiriéndose a un lugar donde ocultarse tras haber cometido un delito o en Mi abuelo era un vaquero donde dicho escondite es un lugar donde alejarse del mundo y del propio pasado.

Alexis Nolla nos regala un volumen en el que retoma los rasgos típicos de la aventura, pero dejando de lado lo épico y centrándose en determinados momentos de lo que implica la exploración a ciegas. Ese es el mayor acierto, el relato de aventuras como territorio narrativo está especialmente acotado, y a veces poco dado a reflexionar sobre los tiempos muertos del relato o aquellos que son meramente circunstanciales. Que no por ello son mucho menos interesantes, todo lo contrario. Nolla reflexiona sobre estos y los pone de manifiesto a través del tempo narrativo como elemento para articular un relato que a primera vista puede parecer sencillo, pero que en realidad desarrolla cierta complejidad en la puesta en escena y en la relación entre personajes y espacio. ¡A la aventura! recoge lo mejor de un autor que posiblemente no esté siempre en primer plano del panorama editorial, aunque eso no debe llevarnos a engaño, pero que a base de un trabajo sólido, perseverancia y sin ser pretencioso ha conseguido un estilo propio capaz de establecer una conversación directa con los clásicos de las novelas de aventuras.

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Spain is pain #328: Rabia e dor.

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Cuaderno de tormentas. Crónicas de los deambulares por Ciudad Espanto (David Rubín). Astiberri, 2018. Cartoné, 128 págs. Color, 15 €.

Revisando la obra de cualquier autor de forma retrospectiva uno puede encontrar trabajos que constituyen el final de un ciclo o el principio de otro. Para cerrar las primeras estas deben de tener todos aquellos elementos que han aparecido anteriormente en los títulos anteriores, en el caso del cómic estamos hablando de las formas de narrar, la composición de las parrillas de viñetas, colores o aquellas referencias que se utilizan de otros autores o de otros medios. En cambio, las que inician nuevo ciclo rompen con todo lo anterior y se caracterizan por una búsqueda, todavía no definitiva, de estilemas propios que definan ese nuevo periodo.

En el caso de David Rubín estaríamos hablando de dos obras muy concretas, por un lado, el título que nos ocupa hoy, Cuaderno de tormentas es la que cierra un bloque estilístico. Por el otro están los dos volúmenes de El Héroe con los que el autor gallego inicia una andadura visualmente más pop, posiblemente más rabiosa y con unos relatos que giran en torno a conceptos sociales más que personales. Pero el David Rubín de 2008 no es el de 2018, el reconocimiento no le había llegado, o más bien si, la primera vez que se publicó esta obra hace una década le valió la nominación al mejor dibujante en el Saló del Cómic de Barcelona y por La tetería del oso malayo (2006) recibió el premio al autor revelación en el Saló del Cómic de Barcelona en 2007, a partir de aquí es cuando empieza un ascenso meteórico que le convierte en uno de los valores más seguros del cómic patrio.

Pero ¿Por qué Cuadernos de tormenta es tan importante? Creo que en primer lugar porque es una obra de final de ciclo que viene a cerrar de manera conceptual el universo temático y estético iniciado con El circo del desaliento (2005) y La tetería del oso malayo (2006). Un mundo con un tono surrealista y a veces abstracto en el que las reglas del juego cambian a medida que el protagonista avanza, cabe recordar que el índice de este volumen es el tablero de un juego de mesa. En segundo lugar, está una estructura capitular, muy marcada en los dos títulos anteriores, y más diluida en este trabajo y que también encontramos en El Héroe. Esta estructura permite jugar mejor con las elipsis intercalar interludios para darle profundidad al gran soliloquio que es este trabajo y leer mejor la vinculación entre los espacios mostrados y la voluntad del Narrador, el protagonista. Eso nos lleva a otro elemento que marca la referencialidad de esta obra, el texto en primera persona. Es difícil separar la voz del Narrador de la del propio autor un Rubín buscando la inspiración en los recovecos de su mente. Una mente poblada de seres fantásticos provenientes de los clásicos de la literatura y el cómic, pero sobre todo de demonios personales. Los referentes culturales pop forman parte de este ecosistema cultural entre ellos Tintín o de la mitología grecorromana como el Minotauro. De ahí surge otra característica que marca un punto y seguido con el resto de la obra de Rubín, la rabia. Una rabia, en este caso, volcada sobre sí mismo para exorcizar y enfrentarse a sus fantasmas. En sus siguientes obras la rabia se volcará contra otros como sucede en Gran Hotel Abismo. Y en último lugar lo que hace de esta obra única y que marca el fin de un periodo es la oscuridad, seguramente la obra más oscura de este autor. La penumbra marca el camino del Narrador sin mucha esperanza de encontrar la claridad, solo enfrentándose a sí mismo podrá ser consciente de su realidad personal.

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Ciudad Espanto es otro de los ítems que marcan un elemento diferenciador dentro de la obra de Rubín. La ciudad como una representación de la psique, es enrevesada, compleja, incomprensible y fuera de toda lógica. La único en lo que podemos confiar es en la inseguridad del protagonista que no dejan de ser otra cosa que los cimientos sobre los que se asientan la ciudad.

Cuaderno de tormentas es, ante todo, y a pesar del tiempo pasado, una de las obras capitales del cómic español contemporáneo y a partir de la cual podemos observar la evolución de un de los autores más notables de esta generación. Pero es una obra dura en la que David Rubín nos muestra su vertiente más literaria, y  al igual que su dibujo es prodigo en el detalle con la palabra intenta clavar un puñal en la retina del lector, cada palabra es elegida para profundizar en la oscuridad del relato. Pero lo mejor de todo es que después de una década la obra sigue teniendo la frescura y el punch de cuando fue publicada por primera vez. Es decir, un must have imprescindible en cualquier biblioteca que se precie.

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