Dioses y la carne

Son Goku, el héroe de la ruta de la seda (Kazuo Koike y Goseki Kojima) ECC, 2016. Rústica, 360 págs. B/N, 13,95 € c/u

Dragon Ball, de Akira Toriyama, no solo fue el título con el que el manga se convirtió en un fenómeno dentro de nuestras fronteras, sino que también fue el primer contacto que muchos espectadores, primero, y, luego, muchos lectores conocieron, de segunda mano, Viaje al Oeste uno de los clásicos inevitables de la literatura China. En esta se narran las aventuras del monje Chen Hsüan-Tsang peregrinaje a la India en busca de unos sutras budistas. Sin embargo, a medida que avanza el relato el interés se desplaza hacia sus tres compañeros, tres seres con características animales que buscan volver a su forma humana. Uno de estos es Son Goku, de los tres, el que tiene conceptos morales más altos.

Posiblemente de las mejores adaptaciones que podamos leer de este relato sea la desarrollada por Kazuo Koike y Goseki Kojima, la de Tezuka camina por otros derroteros. Estos dos autores tienen una cualidad especial a la hora de crear relatos de carácter histórico, por aquí ya hemos escrito previamente sobre El hombre sediento y Hanzo, en los cuales se acotan no solo a periodos históricos concretos sino que respetan los contextos sociales y económicos de los mismos para imbricar un relato ficcional. Pero el caso de Son Goku tiene algo diferente a las obras citadas anteriormente: el tema. Dioses, demonios, seres fantásticos, maldiciones, etc. eso le da la oportunidad a los autores a desarrollar escenarios más etéreos y que funcionan en un sentido fantástico omitiendo el contexto y ubicando el relato en el interior de los personajes más que en espacios reconocibles.

En los dos volúmenes publicados por el momento por ECC se desarrollan las primeras aventuras en las que el protagonismo pasa del monje al Rey mono. En cuanto a construcción supone un relato de fórmula en la que los protagonistas se encuentran con un problema a resolver y dependiendo de la situación tardan más o menos. Pero el problema consiste en que los contrincantes son dioses, sus guardianes o seres del bosque con poderes por lo que la resolución del conflicto pasa por otro lado, buscar la vertiente humana de los mismos. Antes hay que remontarse un poco en la historia, el monje en cuestión, rebautizado en la tradición japonesa como Genjo Sanzo va en busca de los sutras a la India por encargo de los dioses Shaka y Kannon. El monje en cuestión lejos de ser un prohombre se acuesta/viola a todas las mujeres que se encuentra por el camino, ya sea humana o diosa. Las artes amatorias del mismo hace que los seres celestiales bajen a la tierra hasta convertirse en carnales, reconociendo la dependencia del acto sexual como forma de sometimiento.

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El principal giro de la historia consiste en descubrir que el monje es Shaka transmutado en un cuerpo humano. Al descubrirse se establece una diatriba sobre la necesidad del mal para que el bien sea reconocido como tal, sin embargo Son Goku decide seguir el camino recto y no aceptar las enseñanzas de Shaka por lo que Kannon toma el lugar que antes había tomado su marido. Pero ella busca ante todo ser humana, no abusar de su condición de diosa, y para ella pasa por acostarse con sus compañeros de viaje: Son Gokuu, Hakkai y Gojo.

Uno de los mayores hallazgos de este título pasa por la propia representación de un texto que supone uno de los valores recurrentes de la cultura asiática. Kojima opta por momentos a jugar esbozar, más que dibujar, unas viñetas que recuerdan a pinturas y grabados chinos dándole a la obra un perfil diferente al de la simple traslación/adaptación. Tratándose de Koike y su socio no podemos dejar de lado la vertiente sexual de todos esto, evidente y explicita, quizás por ser seres mitológicos los autores no dejan pasar la oportunidad de mostrar los desmanes del monje. En definitiva un clásico de estos maestros del manga más clásico.

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Spain is pain #271: Mansplaining and mythology

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Lamia (Rayco Pulido) Astiberri, 2016. Cartoné, 88 págs. B/N, 16 €

La historia ha sido irremediablemente explicada por los hombres, incluida la mitología, esta última plaga de ejemplos negativos de mujeres cuyas ambiciones de poder son siempre tachadas de manera negativa y que irremediablemente reciben su merecido. Narrar el mundo, y justificarlo tal como es, es quizás el arma más poderosa que nos podemos encontrar para controlar el mundo y dejarlo como está; o permitiendo pequeñas variaciones que no suponen demasiado. Interferir en el discurso hegemónico dominante constituye atacar al heteropatriarcado desde sus raíces, no existen dobleces morales en ese punto, y eso pasa por reescribir los mitos bajo los cuales se construye la sociedad contemporánea.

Si tuviéramos que escoger un momento en la historia de nuestro país en el que la mujer ha sido secuestrada bajo los condicionantes de catolicismo español ese ha sido el franquismo tras los avances en igualdad promulgados por la República la intelectualidad, o la falta de ella, más retrógrada se encargó de sepultar el futuro de millones de mujeres reduciéndolas a tres roles: monja, esposa y puta. Existe la necesidad, y la obligación, de empezar a reconsiderar dichas posiciones y releer el mundo con otros ojos; lo importante es la óptica no los ojos (masculinos o femeninos). Rayco Pulido, que ya demostró una especial sensibilidad a la hora de recrear a un personaje femenino en Nela vuelve a desarrollar uno especialmente enigmático a medio camino de la reescritura mitológica y la histórica.

Lamia parte del personaje de la mitología grecolatina con el mismo nombre cuyo mayor rasgo consiste en atemorizar a los niños y por ser una gran seductora. Algo que nos recuerda a las femmes fatales de los relatos negros, aunque quizás estas están más relacionadas con devoradoras, en un sentido intelectual, de hombres que se agarran a una heterosexualidad lúgubre y gris. La reescritura del personaje pasa, principalmente por convertir la seducción en inteligencia, perseverancia y convertir al personaje en una persona concienzuda y con un alto concepto de la justicia contra los casos de violencia de género.

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El espacio escogido por el autor canario es la Barcelona de posguerra en el que la mujer con iniciativa propia tiene poca cabida en la que la necesidad de tener un hombre al lado para prosperar se convierte en una obligación patológica. Laia se construye en esa tensión emocional que está a medio camino de entre la idea de independencia personal en favor de la elaboración de proyectos personales y la imposición de las relaciones de pareja institucionalizadas y reguladas por el estado católico español. La protagonista es una mujer embarazada que busca a su marido desaparecido, por ello recurre a Mauricio un investigador con unos métodos peculiares para resolver sus casos, entre los que se encuentra la hipnosis. Este detective se encuentra en otro caso sin resolver el de un asesino de hombres a los cuales se les amputa el dedo anular de la mano izquierda. Algo que quizás debamos entender como un agente liberador del claustro que muchas veces supuso el matrimonio en aquel periodo histórico. Ella es la guionista más joven de un programa de radio que da consejos a mujeres casadas, que está patrocinado por el obispado de Barcelona.

Lamia es una obra de género negro que utiliza sus estructuras para cuestionar las bases sobre cómo explicar el mundo en el que vivimos. Laia, su marido, Mauricio, el obispado, las otras guionistas del programa, todos constituyen una lectura de universo compleja en la que la estructura del relato nos impele a pensar que las cosas realmente han cambiado poco. En el apartado gráfico el último trabajo de Rayco Pulido es una maravilla el desglose de movimientos por escena, el uso de la línea recta como forma de expresión apunta hacia una tesis en la que incluso aquello que parce más plano goza de gran profundidad. Como ejemplo de ello la utilización y la fragmentación de un espacio único en función de la acción del personaje en la página 8, un ejemplo de punto de giro que se soluciona en una página y sin escribir una sola palabra. Lamia es un cómic único que apunta hacia un entorno falsamente amable pero cuya misión no es otra que ahogar la independencia de la mujer en todos sus sentidos. Rayco Pulido ha vuelto con una obra mucho mejor que la anterior, y eso es decir mucho, pero con la misma voluntad de hablar, duramente, de nuestro pasado y presente.

@Mr_Miquelpg

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El amargo atolladero de la lucidez

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Melancolía (Simon Hanselmann) Fulgencio Pimentel, 2016. Rústica, 160 págs. Color, 24€

Simon Hanselmann está empezando a caminar por unos senderos un tanto peligrosos para sus lectores. Las desventuras de Megg, Mogg y Búho empiezan, o más bien inician una acentuación, hacia la mostración de la depresión como un estado de ánimo permanente. En este universo nadie es feliz, simplemente siguen hacia adelante, viven su día a día omitiendo cualquier sentimiento que les ayude a reflexionar sobre su paupérrima situación emocional. Ninguno de los tres parece que quiere vivir en esa ciudad, ni en ese apartamento y, en el caso de Búho, odia su trabajo.

El escenario que plantea Hanselmann es de amor/odio entre los personajes, el de tener que soportarse a pesar de todo. En la última entrega tanto Búho como Werewolf Jones adquieren gran protagonismo casi dejando  a Megg y Mogg como personajes que articulan el resto del relato. El hombre lobo se ve asediado por la paternidad y tiene que  cuidar de dos hijos que al igual que el son incontrolables. Aunque es quizás la incapacidad de este a incorporar un poco de autocontrol en su vida la que hace de la vida de todos estos personajes sea un caos. Aunque el personaje más paradigmático sigue siendo Búho, la incapacidad de buscarse una vida propia le hace vivir con unas personas que lo maltratan física y psicológicamente; un punching ball de las retoricas del resto de habitantes de la casa. Búho representa la imposibilidad de marcar unas pautas sociales dentro del “hogar”, pero que él es incapaz de seguir.

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La clave de la imposibilidad emocional de los personajes la podemos encontrar en el último relato del volumen “Amsterdam” en el que la bruja y el gato deciden viajar a la ciudad holandesa para visitar los coffee shop para hartarse a fumar. Por su lado Búho se queda solo en casa y decide experimentar, en un vano intento de reconstrucción de su mundo, con un ápice de “normalidad” hasta que Werewolf Jones aparece y rebela la auténtica razón por la que no puede ser padre: es un ser totalmente dependiente que es incapaz de gestionar su propia vida como para convertirse en el pilar en el que se apoyen sus hijos. Por su lado Megg y Mogg, entre porro y porro, tienen una revelación: dejar los antidepresivos en favor de encontrar cierta lucidez en sus vidas. Pero a la vuelta sigue todo igual, Megg necesita espacio, Mogg no puede vivir sin ella, Búho asume en cierta medida su incapacidad emocional para emanciparse de dicha situación y, si, Werewolf Jones se convierte por su extrema dependencia en el elemento unificador de este grupo.

Posiblemente uno de los factores que hace emocionalmente digerible esta obra es que en su mayoría son personajes fantásticos y animales antropomorfizados. En la mayoría de ocasiones las historias breves dejan en el lector una demoledora amargura sobre la imposibilidad de la felicidad. La lucidez es un lujo que ninguno de los personajes se puede permitir. Hanselmann se está ganando como pocos  el título de cronista de una generación, sin lastres morales y sin segundas lecturas, más allá de las que cada uno de los lectores quiera extraer. En Melancolía se recuperan las dinámicas narrativas del primer volumen manteniéndose igual de fresco que en sus inicios para constituir uno de los títulos fundamentales de esta década.

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Pecados sin penitencia

tsumitsukiTsumitsuki (Hiro Kiyohara) ECC, 2016. Rústica, 192 págs. ByN, 7,95 €

El otro día, en mitad de una conversación sobre religión, nos dimos cuenta de que no sabíamos que pasaba con un judío cuando se moría. La mayoría de las religiones tienen un final para el ser que puede ser bueno o malo: cielo, infierno, nirvana, reencarnación, penitencia, etc, pero los judíos no. Así que me puse a investigar y resulta que aunque algunas pequeñas sectas defienden una vida ulterior, en ningún lugar de los dogmas hebreos se habla de ninguna existencia posterior al fallecimiento del cuerpo físico. Con lo que no existe recompensa ni castigo y aún así son posiblemente la religión más normativa y exigente para sus practicantes, que al menos podrían tener la decencia de decirte que si no le pones queso a la hamburguesa serás feliz durante toda la eternidad.

Y en el caso contrario tenemos a los japoneses sintoístas, una religión empeñada en la vida tras la muerte, con una riqueza sobrenatural fuera de toda duda, pero que carece de cualquier norma. Desde un punto de vista católico, más cultural que que religioso, esto puede parecer difícil de entender, pues la lógica occidental nos marca que existen normas y que su cumplimiento traen recompensas mientras que su transgresión conlleva el castigo. Supongo que por esto me resultan tan interesantes las obras realizadas por autores hebreos y japoneses, hay una magia que se me escapa que vuelve precisamente todo el proceso aún más interesante y atractivo. Como me ha ocurrido recientemente con la lectura del manga de terror Tsumitsuki de Hiro Kiyohara, donde toda la trama gira en torno a un concepto tan católico y ajeno a la tradición sintoísta como es el pecado.

La trama de Tsumitsuki es sencilla: existen unos demonios que buscan a los pecadores, entran en su interior para ir devorándolos poco a poco hasta que toman el control del sujeto para después limitarse a hacer maldades por todo el mundo, llevándose por delante a quien puedan. Como es lógico tenemos un héroe, o al menos una especie de héroe, Kuroe, un joven encargado de acabar con los Tsumitsuki antes de que se lancen a la destrucción malsana. Toda la historia está ambientada en los lugares comunes del manga de terror, un instituto lleno de chicas que ven peligrar su vida mientras se mezcla con sus relaciones interpersonales. Por su parte, Kuroe vive en un templo sintoísta esperando a ser útil mientras el lector poco a poco va descubriendo todo lo que esconde el personaje. No se puede negar que antes que nada, Hiro Kiyohara construye una trama que funciona dentro de los andamiajes del género, cualquiera que quiera disfrutar de un manga de terror tendrá en Tsumitsuki todo lo que desea, pero por fortuna para quien quiera algo más también puede hallar elementos interesantes, entre ellos un conocimiento superior sobre la religión y la moral japonesa, tan descentralizada como personal.

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Lo interesante del manga es que los mencionados demonios buscan a pecadores, y claro, como el pecado no existe como concepto mensurable en la religión japonesa, se equipara pecado y arrepentimiento, hasta el punto de que un asesino que no se arrepienta de sus crímenes no es un pecador, mientras que por contra una chica que trate mal a una amiga lo es y en gran medida. Así que más que pecados nos encontramos con personas que se han fallado a sí mismas y se ven incapaces de perdonarse. Encontramos aquí el segundo punto interesante de Tsumitsuki, la ausencia de penitencia, en el momento que una persona es captada por un demonio no existe posibilidad de sanación o perdón, Kuroe  no puede salvar a los infectados, simplemente tiene la opción de acabar con su sufrimiento y con el que pudieran causar a terceras personas. De este modo, Tsumitsuki se convierte en un relato desesperado y dramático, sin posibilidades de redención o perdón.

A simple vista, el manga puede parecer un volumen más dentro de la gran producción del género, pero una lectura nos muestra que nos encontramos con algo más, con un vehículo que se vale del mismo motor y carrocería para llegar a un sitio nuevo, uno que sin lugar a dudas tendrá más interés para los curiosos de la cultura japonesa y de sus engranajes más allá de las filias y fobias ya conocidas en detalles por todos. Hiro Kiyohara construye en Tsumitsuki un vehículo cultural donde posiblemente sin darse cuenta habla de su cultura mucho más de lo que pretendía, algo que como lector sólo podemos agradecer al obtener una lectura mucho más enriquecedora y entretenida.

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Spokon emocional

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Ping Pong Vol.1 (Taiyo Matsumoto) ECC, 2016. Rústica con sobrecubierta, 208 págs. B/N, 12,95 €

El spokon es uno de los géneros manga más populares en el país del sol naciente, este tipo de títulos así como los deportes. Spokon se podría traducir como “tenacidad deportiva” algo que acota perfectamente una de las principales características del género en el que el deporte y las metas a conseguir es el fin mismo del relato, por lo general casi nunca el texto deriva a otros aspectos de la experiencia humana. El deporte se convierte en una metáfora de la vida, el hecho de ir consiguiendo metas que son un trasunto del crecimiento y el desarrollo de los personajes, normalmente adolescentes o preadolescentes, que en una sociedad como la japonesa que poco a poco ha ido adquiriendo rasgos de una cultura ultracatólica pero sin el complemento religioso, para mostrar el valor del esfuerzo personal en pos de una sociedad mejor.

Sin embargo, Taiyo Matsumoto, en Ping Pong, apunta a utilizar las características principales del spokon para hacer un retrato emocional de los personajes, algo que el autor nipón es capaz de hacer de manera transversal a través de la escritura del relato y el desarrollo de una estética que a veces pasa por obviar un discurso figurativo que va asociado a textos de este tipo títulos que tan solo tratan de resaltar y respetar la mostración del esfuerzo físico a través de la representación del cuerpo. Matsumoto sigue esas pautas pero alarga las extremidades de los personajes, algunos tienen las caras desencajadas o deformadas en exceso mostrando rasgos como las arrugas a modo de cicatrices de la vida.

La trama de Ping Pong, es más o menos convencional, pero en el primer volumen se percibe de manera muy transversal. Se trata de la típica estructura de campeonato en la que los protagonistas se esfuerzan por ir subiendo de nivel y superando, con esfuerzo los diferentes obstáculos. Pero en este título Smile y Peko, a pesar del talento natural que tienen para esta disciplina no quieren jugar, o al menos no lo quieren reconocer abiertamente. Si bien Peko es más abierto, sociable y fanfarrón, es Smile, el cual recibe el nombre porque nunca sonríe, el que tiene más talento pero el que mejor ejemplifica la idea de lo japonés vinculado a la falta de iniciativa individual. Este tiene que ser su entrenador el que lo saque de ese trance de subordinación social voluntario para convertirlo en un individuo que sea capaz de expresarse a través de sus habilidades.

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El resto del relato apunta a evolucionar bajo las pautas del género: un contexto que intenta incentivar a los personajes principales a la vez que los define, una serie de jugadores rivales que se convertirán en los obstáculos a superar pero que están bien definidos desde el primer momento, un instituto japonés como espacio de construcción de la adolescencia como experiencia, etc. Pero con un personaje poco convencional, rebelde por dejadez.

Matsumoto sigue insistiendo en construir unas obras a través de una visión del mundo deformada, al menos en aspecto; en las que el género no es más que una excusa para elaborar unos personajes que más haya de definirse como arquetípicos se construyen cómo metáforas de ellos mismos, al igual que el espacio definido por el autor. Ping Pong es un spokon atípico en el que se evita mostrar las emociones de los personajes y ponerlas a flor de piel. No sabemos nada de los protagonistas, Matsumoto nos pone en la piel de un personaje más. Tan solo somos capaces de vislumbrar el discurso interno del entrenador, un tipo cínico que parece ser el único en capaz de interpretar los deseos de Smile. Personaje que nos muestra otras formas de rebeldía y que posiblemente se acoten más a la forma de pensar de las gentes del país del sol naciente.

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Button Man – La confesión de Harry Exton (John Wagner y Arthur Ranson)

button_man_vol2_confesionButton Man: La confesión de Harry Exton (John Wagner y Arthur Ranson) ECC, 2016. Rústica, 128 págs. Color, 12,50 €

John Wagner continúo la historia del asesino a sueldo Harry Exton a lo largo de cuatro arcos argumentales, siendo el segundo el recogido en el tomo La confesión de Harry Exton, donde repite con el artista Arthur Ranson para seguir contando la azarosa vida del mercenario adicto a la violencia. Si en el primer volumen se nos presentaba el mundo de los modernos combates de gladiadores, protagonizados por sicarios a las órdenes de patrocinadores acaudalados en Gran Bretaña, el segundo volumen continúa de forma directa, pero llevando el juego mortal hasta el terreno de Estados Unidos de Norteamérica, donde todo es más grande, impactante y moral.

Si algo se debería decir de La confesión de Harry Exton es que John Wagner no cede a lo que todos esperamos de un relato clásico y la carencia de moral sigue primando en su protagonista. El guionista construye un personaje tan creíble como psicótico, pues Harry Exton no es una máquina de matar sin sentimientos, es un hombre con una moral diferente gestada en el campo de batalla, primero como soldado y luego como mercenario. Y es precisamente esta moral desviada, en lugar de la ausencia de cualquier tipo de brújula moral, lo que hace más original al personaje, pues no es ni un animal que otrora fuera un hombre ni es un bárbaro con hambre de sangre, es simplemente alguien que no tiene problemas en matar por dinero cuando hay otros que se prestan a participar en tan terrible juego.

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En principio puede parecer que John Wagner cambia sólo el escenario en Button Man, Estados Unidos por Gran Bretaña, repitiendo el esquema del primer volumen, con Harry Exton aceptando volver a participar en el juego y con un patrocinador que parece esconder algo. Pero la realidad es que el guionista coloca suficientes cambios, y sigue desarrollando la personalidad de su protagonista, como para que la historia siga enganchando e invitando a leer el volumen de una sentada. Todo sin olvidar el discurso de exaltación-crítica a la ultraviolencia más descarnada, un valor ya seguro en la serie que hace sonrojar a cualquier obra de acción actual, pues hay momentos en los que las comparaciones si son odiosas.

Por su parte, Arthur Ranson mantiene en este segundo arco el mismo estilo de dibujo característico, con un realismo de trazo y un control de la anatomía humana que añade aún más veracidad y crudeza a la historia contada. No hay el más leve recurso a la fantasía propia del cómic de superhéreos, todo en Button Man: La confesión de Harry Exton exuda credibilidad hasta el punto de que se nos hace complicado pensar que el juego de la muerte no esté sucediendo realmente a varios cientos de metros de nosotros, con hombres amantes del dinero a ambos lados, los que no tienen nada que perder y lo quieren ganar, y los que manejan los hilos para que la arena siga alimentada de sangre fresca.

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Un Gaiman animalista

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Criaturas de la noche (Neil Gaiman y Michael Zulli) ECC, 2016. Cartoné, 48 págs. Color, 8,95 €

Lo mágico, lo mitológico y la importancia de la flora y la fauna en el devenir de los humanos son algunos de los elementos que caracterizan las narrativas desarrolladas por Neil Gaiman. Los animales, especialmente, ocupan un lugar de honor realizando una labor de puente entre dos mundos el real y el del plano de la magia o lo oscuro. Estos son capaces de estar en dos mundos ya que no tienen la capacidad de transmitir lo que han visto en uno o en otro espacio. Criaturas de la noche cumple esa pauta pero con una deriva bastante interesante, la animalista.

El volumen está compuesto por dos historias: “El precio” y “La hija de los búhos”. En la primera una familia que se dedica a acoger y cuidar los gatos que aparecen en su apartada casa. El relato está centrado en la relación entre el protagonista, un padre que se dedica a escribir y un gato negro recién llegado que aparece todas las mañanas con unas heridas terribles. En un primer momento el hombre cura y cuida al felino y no le deja salir por las noches; sin embargo, este reclama la libertad para poder hacer lo que viene haciendo tras la puesta de sol. El escritor en cuestión decide comprobar que es lo que causa las magulladuras en el animal hasta que descubre que se trata de un ser maligno del otro lado. La decisión que toma el humano es más bien cínica, decide que el animal se vaya desgastando poco a poco y muriendo tras los enfrentamientos por el bien de la familia.

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En La hija de los búhos un grupo de hombres de un poblado, desde los más respetables hasta los más chabacanos, deciden tomar por la fuerza a una muchacha joven que vive aislada en unas ruinas. Esta tiene un vínculo especial con los animales, especialmente con los búhos. Aves que guardan una simbología ligada con lo oscuro y las fuerzas del mal pero que el autor inglés lo recupera como un símbolo de renacimiento. Ambos relatos se caracterizan por el gusto de Gaiman por encontrarse en la herencia de los grandes literatos británicos, cierto punto por gustarse a sí mismo y de crear una narrativa que trata de sumergir a los lectores desde el primer momento con la palabra.

Criaturas de la noche delata ciertos tics de las civilizaciones que se han desarrollado a través de la religión: el utilitarismo de los animales. Casi todas las creencias omiten a la fauna como un elemento de unión entre lo cósmico y lo humano, los animales tan solo sirven para algo, ya que se les niega la capacidad de estos al afecto, al sentimiento y el de cierta conciencia de la evolución de la vida. Gaiman apoyado por Zulli, que desarrolla un dibujo envolvente, capaz de arropar un texto entroncado a medio camino de una lectura de lo místico y lo común. En el que el subtexto navega más hacia mostrar la hipocresía del ser humano a través de dos tipos de hombres: uno supuestamente bienintencionado y otros que no dejan de ser violadores en grupo. Esto supone no solo una lectura animalista sino también feminista.

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