Anabel Colazo vs. Cham

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Encuentros cercanos de Anabel Colazo (Ediciones La Cúpula, 2017)

Impressions de voyage de Mr. Boniface de Cham (Paulin, 1844)

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Spain is Pain#310: La postal de Etty Hillesum

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Cuerda de presas (Jorge García y Fidel Martínez). Astiberri, 2017. Cartoné, 96 págs. B/N, 15 €

El 7 de septiembre de 1943 Etty Hillesum tiró una postal dirigida a su amiga Christine van Nooten desde el tren que la conducía a Auschwitz. Etty fue una de las millones de mujeres que perdieron la vida en los campos de concentración diseñados por los nazis. En Ya sabes que volveré, el último libro de Mercedes Monmany, la autora hace un repaso a las vidas de las que tendrían que haber sido las intelectuales de la segunda mitad del s. XX. Esta se centra tanto en la vida de Etty así como en la de Irène Nemirovsky y Gertrud Kolma, tan solo tres mujeres que sirven para intuir no solo la lamentable pérdida de vidas humanas sino la futura repercusión que este holocausto tuvo sobre la cultura occidental contemporánea. Pero esa postal lanzada al aire, al azar, tenía algo más que la voluntad de vivir, tenía esperanza.

La perspectiva histórica de los conflictos bélicos y la posguerra suelen ser siempre de carácter masculino. En la Guerra Civil Española el hombre como principio y fin de todo: hombres topo, los maquis, los rojos, etc. Dejando de lado o con un mero rol de sufriente o acompañante de la mujer, incluso en las revisiones de carácter progresista la mujer ocupa ese lugar otorgado por el catolicismo español con un rol eminente pasivo. Pero en nuestra guerra las mujeres jugaron un papel importante en todas las vertientes: social, política, en el frente, en la retaguardia o como profesionales en diferentes ámbitos de la vida. Durante el conflicto fueron rechazadas como guerrilleras y durante el franquismo aquellas que no estuvieron en la cárcel sufrieron una merma de derechos considerable.

Cuerda de presas de Jorge García y Fidel Martínez tiene como protagonistas a un grupo de mujeres que sufrieron no solo el tener que estar retenidas sin ningún tipo de garantía legal sino ser despreciadas hasta el punto de intentar que perdieran su condición humana. Teniendo como obra paralela la Mercedes Monmany, no podemos llegar a comprender a alcanzar la perdida no solo en vidas humanas sino en ciudadanas capaces de contribuir en todos los ámbitos sociales al bien de un país. Porque en España, y aunque cueste mucho reconocerlo desde el presente, tuvo lugar un holocausto femenino con el fin de acabar con la voluntad y los derechos de las mujeres. En este fueron cómplices la iglesia en su espectro más amplio, todas las asociaciones políticas reaccionas y una sociedad predispuesta, en parte a que eso sucediese.

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La obra de García y Martínez no es tan solo un retrato que busca emocionar empatizar con un solo personaje sino a través de diferentes protagonistas que habitan los once relatos propuestos por los autores, y con estas aquellas que las rodean otras mujeres retenidas en contra de su voluntad, y aquellas que controlan sus vidas con formas machistas disfrazadas de seudocatolicismo. Estos microrrelatos ofrecen una panorámica atroz de la sumisión a unos valores impuestos sin filtro y de manera violenta. Algo de lo que participo, en gran parte, ‘toda’ la sociedad española.

El guion de Jorge García es preciso, nada maniqueo y dejando mucho espacio para el lector para que este pueda verter su conocimiento del posconflicto sobre el texto. Se convierte en un narrador implacable mostrando las pruebas, las situaciones y los espacios que dan lugar a la injusticia. Por su lado Fidel Martínez nos muestra el horror de lo planteado en el guion; Cuerda de presas se podría haber saldado con un aspecto gráfico con un estilo realista pero el dibujante nos coge de la mano y nos lleva un poco más allá del dato y del hecho nos introduce en la crudeza de lo que sucedió. Sin embargo, aparte de los valores artísticos intrínsecos de la obra existen otros de carácter paraliterario, como el que dos hombres reivindiquen la vida de unas mujeres. La herstory no solo debe de ser explicada por mujeres, de esa manera el sistema actual lo acabaría relegado a un ghetto, tiene que ser explicada por todos y cada uno de nosotros. Así pues, Cuerda de presas es una de esas obras esenciales e inevitables dentro de nuestro cómic, un must have de libro. Por cierto, la postal de Etty Hillesum llego a su destino la encontró un campesino en el campo y la depositó en un buzón. No debemos ni olvidar, ni perder la esperanza.

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El oasis como metáfora

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Sabor a Coco (Renaud Dillies). La Cúpula, 2017. Rústica, 92 págs. Color, 18,90€

El desierto es una localización que permite esbozar y diseñar escenarios abiertos, no en un sentido geográfico o de extensión del territorio sino en la apertura que sugiere un espacio sin límites en el que todo es posible. Quizás una confirmación de lo que nos puede sugerir lo fantástico en una superficie árida son los oasis. Esos recovecos mentales en los que los que están perdidos en el desierto desean refugiarse pero apunta a otro frente estético, el surrealismo. Algunas de las obras más celebradas de Dalí apuntan a esa condición de esos lugares que son una frontera continua, no solo en lo geográfico sino también en los límites de lo onírico.

Sabor a coco de Renaud Dillies le saca rendimiento a esa localización como los grandes maestros de la ficción redefiniendo el espacio a voluntad y reconstruyendo todo aquello que la realidad preconcibe para el desierto. Autores como George Herriman con su Krazy Kat, Saint-Exupéry y El principito, Max y Vapor ya ponen de relieve la importancia de encontrar y desarrollar la acción en un lugar que se puede reimaginar como un lienzo en blanco en el que pueda caber todo aquello que el subconsciente del autor; explorar nuevos territorios como ya hiciera Carroll en las aventuras de Alicia o Winsor McCay en Little Nemo in Slumberland. De estas fuentes bebe Dillies para crear un mundo que no se mueve por ningún tipo de lógica, más que aquella interna del universo y que en muchos ocasiones se reconfigura a medida que avanza el relato.

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Los protagonistas de esta aventura son Jiri y Polka, un ave y un canido, que deciden emprender un viaje por el enorme desierto que es su pequeño planeta en busca de agua. El recorrido será complejo, no tanto por las dificultades que se encontraran a cada paso, sino por la forma en que cada descubrimiento realizado por ambos se desarrolla como una reconstrucción continua del universo nada de lo que aprenden de una dificultad anterior les sirve para resolver el siguiente obstáculo. Estos suelen estar camuflados de cronotopos, lugares y existentes reconocibles por su forma y su uso en nuestro contexto pero aquí no funciona de esa manera. Peces que vuelan, puertas que no conducen a ningún lado, columnas antiguas abandonadas, policías que tienen que mantener el orden de un lugar que no parece reglado, etc. sirven para dejar de lado cualquier idea preconcebida que tengamos antes de leer el volumen dejando claro que aquí vale todo.

Ese sentido de la representación que juega a la puesta en abismo no solo de la obra consigo misma y con otras, como las citadas anteriormente; se acentúa por el uso de unas viñetas que más que cumplir una función institucional que le otorga el lenguaje clásico del cómic da lugar a un juego de espejos. Por un lado aparte del uso del encuadre tradicional de viñeta existen otros que manifiestan cierta atracción por una visión del mundo a través de un espejo estos, en forma de marco, son una parte importante de las viñetas que nos podemos encontrar en este trabajo. En otras tantas Dillies manipula las formas preexistentes dentro de la narración para configurar un viñeta dentro de otra. Este alarde visual va mucho más allá del mero placer estético, nos marca las pautas de “funcionamiento” del universo, un relato dentro de otro, cada objeto guarda un significado dentro de una viñeta que apuesta por enmarcar la complejidad en unas formas muy sencillas. Como el coco, una figura redonda, que encierra las esperanzas de ambos protagonistas, pero que por sí solo no sirve de nada necesitan vehicular el deseo de este objeto con otro, en este caso un martillo. Denotando la diferencia entre deseo y logro.

Al igual que ese coco no es nada sin ese martillo, el dibujo de cada viñeta no es nada sin el marco de la misma. Dillies apunta a un cuento de tipo naíf, al menos en la parte visual y el diseño de personajes, pero que deja en ocasiones cierto regusto amargo por la imposibilidad de llegar y conseguir lo que desean. Aunque el viaje, el recorrido por el territorio es más sobre uno mismo que por lo que nos rodea. Jiri y Polka son dos seres muy diferentes, con necesidades diametralmente opuestas (aparte de la necesidad de agua), pero que consiguen resolver poco a poco los problemas planteados, quizás más por el sentido de la observación del entorno que por instinto o inteligencia propia, porque a veces los problemas más complejos tienen las soluciones más sencillas. El oasis sirve de metáfora para este cuento en el que las formas no tienen que coincidir con aquello que visualmente reconocemos, como sucede en El principito, pero si con aquello que deseamos ver.

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Cicatriz

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Trabajo sucio (Larry Brown). Dirty Works, 2015. Rústica, 240 págs. 21,50 €

Posiblemente la Guerra de Vietnam fue la que implanto en la mentalidad occidental que la guerra era un gran holocausto que en realidad no servía a nada más que a los poderes económicos y políticos. La sociedad estadounidense empezó a ver más allá de un patriotismo rancio que impedía no cuestionar las decisiones de su gobierno; miles de jóvenes se convirtieron en insumisos, otros cientos de miles salieron a protestar por la calle y los medios, por primera vez empezaban a plantear dudas sobre la necesidad de entrar en un conflicto armado con la gente de un país en el cual nadie sabía por lo que realmente se luchaba. Los periódicos llevaban presentes en las guerras desde la Guerra Civil  Americana con las primeras fotos en los campos de batalla tras los enfrentamientos o la de Crimea con la primera corresponsalía fotográfica para cubrir el conflicto, pero no fue a hasta finales del enfrentamiento en Extremo Oriente que las cadenas de televisión, los documentalistas, los cineastas, los fotógrafos, y, sobre todo, las celebridades protestaron contra la actuación del gobierno estadounidense.

Pero después de Vietnam la población de Estados Unidos tuvo que enfrentarse a otro conflicto el de los soldados retornados, tanto aquellos que no estaban aquejados de ningún tipo de problema personal como de aquellos que vinieron con su cuerpo reducido ya sea psicológicamente o físicamente. Quizás la narrativa más conocida de este relato sea Acorralado (Ted Kotcheff, 1982), aunque no podemos olvidarnos de Nacido el 4 de Julio (Oliver Stone, 1989), dos cintas que hablan a diferentes niveles y dentro de unos géneros cinematográficos muy concretos del conflicto interior que sufrió el país y que ponían en tela de duda el reconocimiento hacia aquellos que prestan un servicio a su país. Convirtiéndose en una herida que no acaba de cicatrizar sino que aumenta a lo largo de las décadas con cada guerra.

Larry Brown en su opera prima, de 1989, nos sitúa en un escenario posconflicto no inmediato, han pasado dos décadas desde el final de la guerra, en el que podemos ver  la escabechina que supuso ese enfrentamiento armado para dos personas en concreto. Por un lado está Braiden Chaney un hombre negro que ha perdido todas las extremidades y que lleva 22 años anclado en una cama de hospital. Por otro lado está Walter James un hombre blanco que tiene la cara destrozada por el impacto de un fragmento de bala. Ambas víctimas de Vietnam se encuentran en la habitación de hospital del primero.

El lugar en cuestión se convertirá en el territorio de otro conflicto: el de asumir la realidad y sus consecuencias. Aunque Braiden es consciente de ello, lo real no deja de ser para él una suerte de situación anómala de la cual es capaz de evadirse a través de su imaginación. En su mente es el líder de una tribu, habla con Jesús o hace de ayudante de cazador en la sabana africana, se trata de un método para evadirse del presente. Sin embargo, Walter vive en el pasado en una relación poco satisfactoria con una chica, este es incapaz de superarla no es capaz de entender los mecanismos que mueven a la sociedad contemporánea. Se ha convertido en un ser anacrónico y su compañero de habitación en poco más que un bulto de carne que no desea vivir ningún día más.

El libro se plantea como un relato con cierta aproximación teatral, dos personajes extremos que no entienden que tengan que sobrevivir en las condiciones en las que están. Brown plantea un escenario de ultimátums, Braiden le pide a Walter que lo mate, Walter busca una explicación a su pasado hablando sobre el con Braiden y Diva, hermana de este último y enfermera de ese hospital, vive una vida sumida en el cuidado de su hermano intentando ayudarlo en su vida final. Diva representa los efectos colaterales de la guerra, esta no afecta solo a los combatientes sino a su entorno más próximo expandiendo las cicatrices de los heridos hasta límites insospechados.

Trabajo sucio es un callejón sin salida, desde la primera página se respira un ambiente terminal, ambos personajes coinciden en el momento definitivo de sus vidas; la muerte se huele en cada uno de los recovecos del relato de Larry Brown, porque los dos afectados han llegado a la conclusión de que la vida no es lo que viven sino una extensión de lo que fue.

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El árabe del futuro 3 (Riad Sattouf)

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El árabe del futuro 3 (Riad Sattouf). Salamandra Graphic, 2017. Rústica, 152 págs. Color, 19 €

En las entregas anteriores de El árabe del futuro se van sembrando algunas semillas que empiezan a germinar en esta entrega ubicada temporalmente entre 1985 y 1987. La primera de ellas es cierta imposibilidad por parte de los personajes a integrarse por completo. Empezando por la madre de Riad, una mujer francesa acostumbrada a una forma de vida occidental que no acaba de entender su posición como mujer y ciudadana en Siria. Esta carece de autonomía estando muy condicionada por la situación de la mujer en ese país. Ella, al igual que el resto de mujeres de la familia siria que de vez en cuando la acompañan, está apartada de todo desde el poder de decisión a poder emprender acciones a nivel personal, cumpliendo tan solo una función social y reproductiva. Ese choque cultural es leitmotiv de este volumen. Por su lado el marido, nacido en Siria pero formado en Francia se autoimpone, a él y a su familia, el vivir en un país que ni siquiera el entiende.

Otra semilla es la de la frustración de unos niños que ven con extrañeza los giros culturales de cada civilización: tanto la siria como la francesa. A través del cine los niños crean una fantasía de un occidente atractivo que quizás por su lejanía se convierte en un lugar deseado. De ahí que las tiendas del mercado negro supongan a los ojos de la mujer y, sobre todo, de sus hijos una fruta prohibida, tanto por la sociedad, como por los precios de las cosas, que les permite degustar un poquito de aquello que otorgan las tierras lejanas: esperanza. Aunque todo se desmiente en el capítulo 15  cuando para que la madre dé a luz a su tercer hijo se muda a su país natal allí, el niño protagonista, puede comprobar que las miserias sociales de cada nación quizás no sean iguales pero comparten una especie de decadencia paralela.

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La última semilla es la de la multiculturalidad en un entorno no occidental. Sattouf apuesta por mostrar un microcosmos de lo árabe en un pequeño pueblo sirio en el que la relación entre niños supone un motor de intercambio cultural y de costumbres que trasciende a las diferencias de cada habitus. El cine occidental, la navidad, el islam como forma de vida en Arabia Saudí e incluso el aspecto de los infantes trazan el camino de normalización en el que todo se equilibra en favor de la convivencia. Pero el autor rechaza mostrar una uniformidad en el relato de Siria mostrándonos otras realidades, ciudades, formas de vida, incluso de otras religiones. Eso abre las puertas a la imaginación de un niño que no acaba de entender las diferencias entre el mundo de una madre aferrada a sus costumbres occidentales y un padre que cuestiona constantemente lo francés pero que no acaba de encontrar su espacio en Siria.

En realidad todo confluye en este tercer volumen en el que Riad Sattouf hila más fino que en los anteriores. Ya conocemos a los personajes, su entorno y los condicionantes que suponen vivir en un cronotopo que no es el tuyo o en el que has cambiado tanto que cuesta reconocerte como del lugar. En esta entrega el padre se perfila como el personaje más interesante de todos por vivir en una contradicción continua que fluctúa entre el querer a su tierra y la incapacidad de esta para evolucionar hacia unos estándares de calidad de vida mínimos. Sin embargo, el relato principal es el de una especie de libre aproximación a la bildungsroman mezclado con el slice of life más canónico, en la que Riad aprende un funcionamiento polar de la sociedad, por un lado el paternal vinculado al mundo rural sirio y por otro la maternal construida por el discurso del progreso en occidente. Así el autor sitúa al lector a medio camino de ambas formas de pensamiento demostrando las carencias de ambos sistema y los beneficios de los mismos. En definitiva, una historia que crece entrega a entrega y que va concretando unos personajes en formación dentro de un contexto estanco.

Otras obras de Riad Sattouf en el blog:

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Spain is Pain #309: Preguntas sin responder

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Encuentros cercanos (Anabel Colazo). La Cúpula, 2017. Rústica, 116 págs. B/N, 10,9 €

Las paraciencias tienen como un rasgo común: intentar demostrar lo teorizado a través de cualquier tipo de prueba sólida que demuestre al resto de la sociedad que existen otras realidades. Para bien o para mal en la mayoría de ocasiones las pruebas se pueden desmentir con un análisis exhaustivo. A partir de ahí solo queda un elemento para refrendar cualquier tipo de experiencia: el testimonio. Este es la primera piedra de toque de algunas paraciencias como la ufología. Muchas de las situaciones y avistamientos se parapetan no en la prueba sino en el testimonio de las personas supuestamente afectadas. Pablo Ríos centro en este aspecto su brillante Azul y pálido (Entrecómics Cómics, 2011), el autor malagueño se apoyaba en su amplio conocimiento sobre el tema para poner en boca de los protagonistas los hechos acontecidos.

La creencia o no en estas experiencias paranormales depende básicamente en la consistencia del relato. La coherencia se construye a través de la comparación de la experiencia de otras personas testigos de avistamientos o que hayan sufrido abducciones. Las ideas más extrañas y que se salgan de la línea marcada por la mayoría son descartadas desde el primer momento, las que siguen las pautas generales son aceptadas ya que ayudan a construir y solidificar un canon dentro de la ufología y más concretamente sobre los contactados. En Encuentros cercanos, Anabel Colazo, nos invita a un viaje a este tipo de situaciones a través de un personaje que parece tener cierta disposición a enfrentarse a lo paranormal.

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A diferencia de Pablo Rios, basado en el testimonio, Colazo opta por crear una ficción dentro de una ficción con diferentes enfoques. En su obra anterior, El cristal imposible, ponía, a través de un relato sencillo, dos vertientes de aproximación a un hecho: la teoría vs. la pragmática. A partir de ese punto se constituía la aproximación de los personajes y definían sus roles dentro de la narración. En Encuentros cercanos la distancia entre lo sucedido y el personaje marca la creencia en las abducciones. Daniel, el protagonista de este título, tiene cierta predisposición a creer en lo paranormal, pero con el paso de la edad se siente empujado a racionalizar todo lo que ve, pero sin dejar de lado que lo perceptivo puede encerrar explicaciones poco lógicas y racionales. Este se encuentra en un pueblo pequeño que tienen lugar avistamientos y abducciones por parte de entes extraterrestres. Pero los dogmas de fe requieren de un demimurgo que vehicule el relato, en este caso es Barry un extranjero que vive a las afueras del pueblo y que utiliza a Juan, un adolescente para divulgar la palabra. Esta debe de estar unificada, no debe de presentar fisuras, la experiencia se define a través de un pararelato de reafirmación basado en la censura y por extensión en los hombres de negro.

Pero al igual que en El cristal imposible la estructura de esta obra se basa en la distancia que se construye en la percepción de la experiencia. La diferencia entre lo sufrido por Daniel y Marina, hermana de Juan, y este último hace dudar de la realidad y si es lo constatado a nivel personal puede ser considerado como algo fehaciente. Lo sufrido por Juan es tan diferente a lo padecido por los otros que le hace dudar sobre si su abducción fue real; por su parte Daniel al no tener recuerdos duda sobre lo relatado por Marina. El relato se rompe si los protagonistas no quieren ver las señales y estas pueden ser malinterpretadas.

Este relato sobre la percepción de la realidad de Anabel Colazo se construye a base de paradigmas eso nos conduce al enfrentamiento de realidades. Estas pasan a un segundo plano cuando no se está seguro de poder razonar aquello que percibimos. Ahí entra en juego el dibujo de la autora jugando con las perspectivas, alienando a la persona y proporcionando cierto aire místico a través de un trazo limpio. En Encuentros cercanos nos encontramos con una obra que nos habla de los cuestionamientos y la asunción de las ideas dejando la realidad en un hiato. Siendo esta un paréntesis para la vida de los personajes. Para Daniel, Marina y Juan las consecuencias son diferentes, los relatos que construyen son divergentes rompiendo el canon creando inseguridad en estos. Este título tiene todos los rasgos característicos de la autora una estética muy marcada, un ritmo sosegado, una narrativa por capas y una capacidad para describir contextos extraños dentro de la normalidad; en la que nada es como aparenta ser, aunque pueda serlo. En definitiva: una obra plena.

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Narrative Meets Transmodernity

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Trees (Warren Ellis y Jason Howard) Norma Editorial, 2017. Rústica, 168 págs. Color, 18 €

A mediados de la década de los ochenta se empezó a utilizar el término glocalización para referirse a una dinámica de actuación que se resume con la consigna “pensar globalmente y actuar localmente”. Esto se podía ver, principalmente bajo dos perspectivas: la económica y la cultural. La primera consistía en que las grandes empresas se adaptaban a las características de una sociedad en concreto. De ahí que las empresas de comida rápida proliferan en regiones del mundo que no se corresponden con los paradigmas alimenticios del occidente capitalista. En lo cultural pasaba por asumir y adaptar costumbres de un punto del planeta en otro. Posiblemente esos fueron los primeros pasos de la transmodernidad: la idea de lo global aplastando la posmodernidad y de paso arropando cualquier tipo de discurso de lo local. Ya no nos extraña poder consumir productos orientales, leer al segundo cualquier cosa escrita por alguien en la India o simplemente ver un partido de futbol entre dos equipos camerunenses.

En lo narrativo ese discurso daba pie a cualquier tipo de relato relacionado con la ciencia ficción, desde Star Trek, con una innegable visión etnocentrista que se ha ido perdiendo a lo largo de la franquicia, a Babylon 5, pasando por series como Space Precinct. Los ejemplos son televisivos adrede, no hay nada más global que un medio audiovisual que desde un principio se pensó para formar discursos únicos para territorios amplios. Si hablamos de series más modernas el discurso de la transmodernidad empieza a calar en Lost, protagonistas de diferentes partes del globo terráqueo intentando resolver un problema que les atañe a todos. Aunque es con Sense 8, de las Hermanas Wachowski y J. Michael Straczynski, que el discurso de la transmodernidad en lo narrativo ha explotado una trama explicada por una serie de personajes cada uno de ellos viviendo en una parte del planeta.

Trees me ha recordado mucho a Sense 8, ¿o quizás debería de decirlo a la inversa?. La serie de Netflix tiene muchos de los elementos que el guionista británico dispone a lo largo del relato, cabe recordar que Trees es previa a Sense 8. La trama es más bien sencilla, se plantea como un punto de partida en el que un hecho excepcional afecta a los personajes protagonistas desde los más íntimo, la política, ciencia, economía, o aspectos que parecen de carácter esotérico. El hecho en cuestión es la llegada desde el espacio de unas columnas que se implantan en algunas zonas concretas del mundo; en principio estas están situadas en lugares que no parecen relevantes: desde China, al sur de Italia, pasando por Nueva York, el ártico, Rio de Janeiro o Somalia. En un principio parecen destruir cualquier tipo de vida, pero con el tiempo, 10 años concretamente, la gente se ha acostumbrado a vivir a la sombra de los árboles sin saber cuál es la misión de estos. Las nuevas situaciones plantean un cambio de relato social y económico, desde la ascensión de la ultraderecha en el sur de Italia, un enfrentamiento entre países limítrofes con Somalia, la creación de nuevas sociedades libres en China o la posibilidad de comunicarse con los árboles en el ártico.

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Las ficciones normalmente muestran este tipo de situaciones desde la bipolaridad, o bien de cómo se gestiona desde el poder o como lo sufre la población. En Trees, por el momento, tan solo podemos percibir algo de lo primero, pero Ellis se centra principalmente en la mejora o peoría de algunos individuos en concreto. Los más interesantes son Tian Chenglei, un chico joven que llega a la ciudad de Shu, nacida a la sombra de un árbol, en la que el gobierno chino ha declarado como una ciudad libre en la que viven artistas de todo tipo y personas con todo tipo de orientación sexual. Tian descubrirá la suya tras participar en una orgia en la que también está Zhen, una chica transexual. Por otro lado, esta Eligia Gatti, una mujer joven que sale con un fascista italiano solo por lo que este le procura manutención. Ella quiere emanciparse, pero en tiempos de cambio esto pasa por derramar sangre.

Trees resume a la perfección lo que implica la transmodernidad en la narrativa moderna. Cada vez cuesta más explicar lo que nos pasa en nuestro país sin saber lo que está sucediendo en otros lugares. Ellis desarrolla un relato contado desde diferentes perspectivas que justo explota en el último capítulo de este volumen; pero que ya en las primeras páginas parece estar planteando una colección en el que la resolución de la misma va a pasar más por el viaje interior que el lector va a hacer de la lectura que por una conclusión narrativa en sí misma. La obra refleja la constante de un mundo cambiante que posiblemente no sea tan rabiosa como Tranmetropolitan en sus planteamientos pero que está sembrando para poder serlo.

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